Capítulo 14 de 40
El heredero que esperaba
El médico llegó poco después de las diez. Candelaria lo vio bajar del vehículo desde la ventana de su habitación. Llevaba un maletín oscuro y caminaba despacio, mirando los corredores de La Encina como quien reconoce un lugar al que ha acudido demasiadas veces por motivos distintos. El doctor Salcedo había atendido a don Ernesto durante su última enfermedad. Leonor salió a recibirlo.
Candelaria retrocedió del cristal. Sobre el tocador había una taza de té que no había probado. La noche anterior seguía en su memoria con una claridad que le producía vergüenza: Alejandro ofreciéndole refugio y ella aceptándolo mientras ocultaba el motivo de su miedo. Cuando llamaron a la puerta, se incorporó. El médico entró acompañado por Leonor.
—Buenos días, Candelaria. Me han dicho que llevas varios días sintiéndote mal.
Ella asintió. Leonor tomó una silla. El doctor dejó el maletín sobre la mesa.
—Primero voy a hablar con ella a solas.
La mujer levantó el rostro.
—Soy su suegra.
—Lo sé.
Salcedo esperó junto a la puerta.
Leonor tardó unos segundos en ponerse de pie. Antes de salir, miró a Candelaria. La muchacha bajó los ojos.
* * *
El médico comenzó por preguntas sencillas. Desde cuándo tenía náuseas. Si había podido comer. Si se había desmayado. Candelaria respondió con las manos apretadas sobre el regazo. Después llegó la pregunta que esperaba.
—¿Recuerdas la fecha de tu última menstruación?
Ella miró hacia el tocador. El almanaque estaba guardado en el primer cajón. Podía mentir. Leonor se lo había pedido sin llegar a decirle cómo sostener después la mentira.
—No estoy completamente segura —respondió.
El doctor asintió y continuó tomando notas.
—Entonces tendremos que aclarar las fechas con los estudios.
Candelaria sintió un estremecimiento. Salcedo levantó los ojos.
—¿Qué es lo que más te preocupa?
Ella abrió la boca. Por un momento imaginó contarle lo de Leonor. Pedirle que llevara una carta, que avisara a su madre, que hiciera algo que ella todavía no sabía nombrar. Pero oyó pasos detenidos al otro lado de la puerta. Su mirada se desplazó involuntariamente hacia allí. El médico lo advirtió. Luego observó la marca tenue que aún tenía en la mejilla.
—¿Estás segura en esta casa?
Candelaria sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Tardó demasiado en responder.
—Mi marido es bueno conmigo.
Salcedo dejó la pluma sobre el cuaderno.
—Te he preguntado por ti.
La muchacha comenzó a retorcer un borde de su falda.
—Estoy muy nerviosa.
El médico esperó. Cuando comprendió que ella no iba a decir más, acercó una hoja pequeña.
—Voy a dejarte la dirección del consultorio. Puedes ir a verme aunque no tengas una cita.
Candelaria tomó el papel. Lo dobló hasta hacerlo diminuto.
* * *
Alejandro regresó de los potreros mientras Salcedo guardaba sus cosas. Se detuvo en la entrada de la habitación.
—¿Qué tiene?
El médico se volvió hacia Candelaria antes de responder. Ella comprendió la pregunta silenciosa. Asintió. Salcedo explicó que los síntomas y la valoración hacían sospechar un embarazo, pero que necesitaban confirmarlo con una prueba y completar la revisión. Alejandro miró a su esposa. Durante un instante no pareció entender. Después sonrió.
La alegría le transformó el rostro de una manera que Candelaria no pudo soportar mucho tiempo.
—¿Un hijo?
Ella bajó los ojos. El médico aclaró que aún faltaba confirmar. Alejandro lo escuchaba, aunque su atención volvía una y otra vez hacia la muchacha sentada junto a la ventana. Cuando Salcedo se retiró, se arrodilló frente a ella.
—¿Tú lo sospechabas?
Candelaria asintió.
—¿Por qué no me dijiste?
La pregunta no contenía enojo. Eso la hizo más difícil.
—Tenía miedo.
Alejandro le tomó las manos.
—¿De mí?
Ella negó. Él apoyó la frente sobre sus dedos.
—Vamos a estar bien.
Candelaria lo observó inclinado ante ella. No recordaba haberse sentido tan culpable desde que aceptó el anillo.
* * *
Leonor recibió la noticia en el corredor. Alejandro habló con una emoción que todavía no se atrevía a convertir en anuncio.
—Hay que hacer la prueba. Pero el doctor cree que sí.
Su madre le acarició el brazo.
—Sería una bendición.
Candelaria estaba a pocos pasos. Escuchó aquellas palabras con una mano apoyada en el marco de la puerta.
Leonor volvió los ojos hacia ella. Sonrió.
* * *
La prueba confirmó el embarazo dos días después. Alejandro fue personalmente a buscar el resultado. Regresó con una caja de fruta, unos dulces que Candelaria no pudo comer y una alegría que llenó la habitación antes que él. La abrazó. Después se apartó para mirarla, como si necesitara acostumbrarse a verla de otra manera.
—Voy a ser padre.
Ella intentó sonreír. Alejandro le acarició el rostro sin rozar la mejilla lastimada.
—No tienes que estar contenta todo el tiempo —dijo—. Sé que puede darte miedo.
Candelaria quiso pedirle que dejara de comprenderla. Cada gesto suyo encontraba dentro de ella un lugar más hondo donde doler. Él puso una mano sobre su vientre, apenas un roce sobre la tela. La muchacha cerró los ojos. Por primera vez imaginó a Julián haciendo lo mismo. Tuvo que apartarse con el pretexto de abrir la ventana.
* * *
Aquella tarde, Leonor entró sin llamar. Candelaria estaba guardando el resultado en el cajón del tocador.
—Déjame verlo.
La muchacha cerró el cajón.
—Alejandro ya se lo dijo.
—He pedido el papel.
Candelaria permaneció sentada.
Su suegra miró el cajón y después su rostro.
—No empieces otra vez.
La joven levantó la cabeza.
—Esto no va a funcionar.
Leonor cerró la puerta.
—Baja la voz.
—Cuando sepan de cuánto tiempo estoy, Alejandro va a hacer cuentas.
La mujer se quedó inmóvil. Era la misma dificultad que había intentado apartar desde el principio. La noche de acercamiento entre los esposos no podía cambiar las semanas anteriores. No podía borrar un estudio ni obligar al tiempo a comenzar donde a ella le convenía.
—Todavía no han dado una fecha exacta —respondió.
—La darán.
Leonor apretó los labios. Candelaria la miró con cansancio.
—No puede arreglarlo todo dando órdenes.
Su suegra avanzó hacia ella. La muchacha se puso de pie. Esta vez no retrocedió.
—Si vuelve a tocarme, voy a gritar.
Leonor se detuvo. Al otro lado del corredor se escuchó la voz de Alejandro preguntando por el administrador. Ambas permanecieron en silencio hasta que sus pasos se alejaron. Después Leonor señaló a Candelaria con un dedo.
—Cuida lo que dices.
La joven apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Usted también.
* * *
En la finca del norte, Julián recibió una carta de su madre. Rosa le contaba que había llovido, que el dinero había llegado completo y que la vecina por fin le había devuelto una olla. Le pidió que comiera bien. Le dijo que no se preocupara por ella. Al final había una frase escrita con más cuidado que las demás:
«Aquí todo sigue como siempre».
Julián se quedó mirando aquellas palabras. No preguntó por Candelaria en su respuesta. Rosa tampoco la mencionó. Parecía un acuerdo que ninguno había querido hacer, pero que ambos necesitaban para seguir escribiéndose. Esa noche, Esteban lo llamó desde la puerta. Su hermano había respondido desde Estados Unidos.
Había una posibilidad de trabajo. Faltaban documentos, conversaciones y trámites que podían llevar tiempo, pero el dueño estaba dispuesto a revisar su experiencia. Julián leyó la información despacio. No era una promesa de riqueza. Era otra oportunidad para poner distancia.
—Voy a intentarlo —dijo.
Esteban asintió.
—Mientras tanto, aquí hay trabajo.
Julián dobló la carta de su madre y la guardó en el cajón. Debajo seguía la otra. La que había convertido en despedida una madrugada entera de esperanza.
Alejandro comenzó a hacer planes antes de que Candelaria pudiera acostumbrarse a la noticia. Quería preparar una habitación junto a la suya. Preguntó por cunas.
Se detuvo frente a un caballo pequeño en uno de los potreros y comentó que quizá, dentro de unos años, serviría para enseñar a montar a su hijo.
—O a tu hija —corrigió Tomás.
Alejandro rio.
—O a mi hija.
Candelaria los escuchó desde el corredor. La posibilidad de una niña la sorprendió. Hasta entonces había pensado en el embarazo como una amenaza sin rostro. Ahora imaginó unos ojos, unas manos diminutas, un cabello que quizá se encrespara como el suyo. Aquella imagen no disipó el miedo. Pero lo cambió. Esa noche abrió el bolso de tela que Petra había devuelto vacío. Revisó el fondo.
Encontró el pañuelo con las flores secas. Lo había llevado consigo la madrugada en que intentó marcharse. Se sentó en la cama y lo desplegó con cuidado. Las margaritas casi se deshacían. Apoyó una mano sobre el vientre.
—Tu padre sí me esperaba —susurró.
Después cerró los ojos. Era la primera vez que hablaba con su hijo.
La consulta para precisar el tiempo del embarazo quedó fijada para la semana siguiente, en la cabecera. Alejandro insistió en acompañarla. Leonor trató de ofrecerse.
—Tienes asuntos pendientes. Yo puedo ir con ella.
Su hijo negó.
—Los asuntos pueden esperar una mañana.
Candelaria miró a su marido. Sintió miedo y, debajo, una pequeña posibilidad de alivio. Si el médico hablaba con claridad, quizá ella ya no tendría que encontrar la fuerza para empezar. Quizá la verdad entraría por una puerta que Leonor no pudiera cerrar. Su suegra percibió aquel cambio.
* * *
Al anochecer, Leonor llamó a Eusebio. El capataz entró por la puerta lateral de su habitación y se quitó el sombrero. Petra permanecía junto al escritorio. Sobre la mesa había una cuenta antigua, firmada años atrás por don Ernesto. Eusebio la reconoció y apartó la mirada.
—Necesito un favor —dijo Leonor.
Él miró hacia la criada.
—Usted dirá.
La mujer tardó un momento en continuar. Había pasado días intentando decidir cómo sostener el engaño. Ahora empezaba a pensar en una manera de no tener que sostenerlo durante mucho tiempo.
—Mi nuera quiere volver a montar.
Eusebio frunció el ceño.
—Con lo que acaba de saber el patrón, no creo que la deje.
—Por eso necesito que escuches antes de responder.
Petra se quedó inmóvil. Eusebio volvió a mirar la cuenta sobre el escritorio. La mujer apoyó una mano encima del papel. En el piso de arriba, Alejandro leía en voz alta una lista de nombres para el niño. Candelaria lo escuchaba sin decidirse por ninguno. Abajo, Leonor señaló una silla para que el capataz se sentara.
—Vamos a hablar de la yegua mora.