Capítulo 13 de 40

La sangre que ella quería ocultar

Jacinta acercó el banco hasta las rodillas de Candelaria.

—Siéntate antes de que te caigas.

La muchacha obedeció. Tenía los dedos fríos y una presión en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Al otro lado del puesto, alguien preguntó por el precio de los tomates. Jacinta no respondió.

—¿Qué quieres decir con que no puedes volver a la casa? —preguntó.

Candelaria miró hacia el pasillo.

—Mi suegra lo sabe.

La mujer se quedó inmóvil.

—¿Lo del embarazo?

—Lo de Julián. Nos descubrió. Yo iba a irme con él, pero me detuvo.

Jacinta esperó. Candelaria bajó la voz.

—Dijo que lo mandaría matar.

La mujer soltó lentamente el aire. Por primera vez desde que la muchacha había llegado, dejó de mirar su vientre y se concentró en su rostro.

—¿Te ha golpeado?

Candelaria no respondió. Jacinta tomó un vaso de agua.

—Escúchame. Primero vamos a confirmar qué te pasa. Después buscaremos a alguien que pueda ayudarte.

Candelaria rechazó el vaso con un movimiento débil.

—Necesito que me ayude a que esto no siga.

Jacinta mantuvo el agua entre ambas.

—No voy a darte algo a escondidas sin saber siquiera cómo estás. Puedes enfermarte, Candelaria. Necesitas que te vea una persona preparada y que te expliquen tus opciones.

La muchacha comenzó a llorar otra vez.

—No tengo a nadie.

—Tienes a tu madre.

Candelaria negó enseguida.

—No quiero que Leonor se meta con ella.

Jacinta miró hacia la entrada. Los ruidos del mercado continuaban, ajenos a la conversación. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una firmeza tranquila.

—Tu madre puede enterarse por ti o por alguien que no quiera protegerte. Piénsalo.

* * *

Petra había retrocedido antes de escuchar el final. Se alejó del puesto con los brazos pegados al cuerpo, procurando no correr. Hasta aquella mañana había creído conocer el secreto completo. No era así. La idea de un hijo de Julián dentro de la familia le produjo un miedo que no había sentido cuando descubrió los encuentros.

Leonor no recibiría aquella noticia como una falta que pudiera corregirse con una orden. Al llegar a la esquina, Petra se detuvo. Podía callar. Podía regresar a casa de Mercedes y fingir que no había seguido a Candelaria. Pero recordó la pregunta que su señora le había hecho al entregarle los manteles:

«No quiero sorpresas».

Petra apretó el paso hacia el lugar donde esperaba el conductor.

Le dijo que necesitaba enviar un recado urgente a la hacienda.

* * *

Candelaria volvió a casa de su madre cerca del mediodía. Mercedes había terminado de preparar la comida y la esperaba con dos platos sobre la mesa.

—Siéntate.

La muchacha se quitó el rebozo. No había podido dejar de pensar en las palabras de Jacinta. Su madre sirvió caldo.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Candelaria miró la cuchara.

—Mamá…

Mercedes se detuvo. En ese momento llamaron a la puerta. Petra entró acompañada por el conductor.

—La mandan buscar, señora. Doña Leonor se sintió mal.

Candelaria levantó los ojos. La criada evitó su mirada. Algo en aquel movimiento terminó de inquietarla.

—¿Qué tiene? —preguntó Mercedes.

—No me dijeron bien. El señor Alejandro está en los potreros.

Candelaria dejó la cuchara. Su madre le tomó la mano antes de que se levantara.

—No has comido.

—Ahora vuelvo.

Mercedes no la soltó enseguida.

—¿Qué ibas a decirme?

Candelaria miró a Petra junto a la puerta.

—Luego te cuento.

Se inclinó para besarla. Mercedes sintió el temblor de sus labios contra la mejilla. Cuando el vehículo se alejó, permaneció en la entrada mucho después de que desapareciera el polvo.

* * *

Leonor estaba de pie frente al escritorio de su habitación. No tenía aspecto de sentirse enferma. Candelaria lo comprendió apenas entró. Petra cerró la puerta por fuera. El sonido del pestillo hizo que la muchacha se volviera.

—Déjenla abierta.

Leonor no se movió.

—¿Qué fuiste a buscar con Jacinta?

Candelaria permaneció junto a la puerta. Durante unos segundos intentó encontrar una explicación. Después vio la certeza en el rostro de su suegra. Petra la había escuchado.

—Necesitaba hablar.

—¿De qué?

Candelaria sintió rabia. Ya no podía ir al mercado, ver a su madre ni detenerse junto a un puesto sin que alguien la siguiera.

—Usted ya lo sabe.

Leonor dio un paso.

—Quiero oírtelo decir.

La muchacha apoyó la espalda contra la madera.

—Creo que estoy embarazada.

La expresión de Leonor cambió. Por un instante apareció algo parecido al alivio. Un hijo. Una razón para que Alejandro dejara de encontrar a su esposa ausente en cada habitación.

—Entonces no volverás con esa mujer —dijo—. Mañana viene el médico.

Candelaria la miró sin comprender. Leonor continuó:

—Y no se te va a ocurrir hacer nada contra mi nieto.

Aquellas palabras rompieron algo dentro de la muchacha. Alzó la cabeza.

—No es su nieto.

* * *

Leonor se quedó quieta. La mano que tenía apoyada en el escritorio comenzó a cerrarse.

—Cállate.

Candelaria sintió que la rabia le daba una fuerza breve.

—No es hijo de Alejandro.

La bofetada la tomó de lado. No cayó, pero tuvo que sujetarse del marco de la puerta. El dolor le llenó los ojos de lágrimas. Cuando volvió el rostro, Leonor estaba respirando con dificultad.

—¿También esto? —murmuró—. ¿También vas a hacerle esto a mi hijo?

Candelaria se llevó una mano a la mejilla.

—Yo iba a irme.

—No vuelvas a decirlo.

—Usted me detuvo.

Leonor levantó de nuevo la mano. Candelaria le sujetó la muñeca. Ambas se miraron, sorprendidas por aquel contacto. La muchacha tenía miedo. Se le veía en los ojos, en la forma de respirar. Pero no soltó enseguida.

—Ya no —dijo.

Leonor retiró el brazo con violencia. Durante unos segundos ninguna habló. Luego la mujer bajó la mirada hacia el vientre de su nuera. Candelaria sintió el impulso de cubrirse. Lo hizo. Aquel gesto avivó todavía más la ira de Leonor.

* * *

—¿Cómo puedes estar segura? —preguntó la mujer.

La voz había cambiado. Seguía llena de enojo, pero ahora buscaba algo concreto. Candelaria miró el suelo.

—Alejandro y yo llevamos semanas sin…

No terminó. Leonor la observó con una mezcla de incredulidad y desprecio.

—Mi hijo me ha preguntado varias veces qué te ocurre.

Candelaria cerró los ojos.

—Ahora ya lo sabe usted.

—Él cree que estás enferma.

La muchacha pensó en las ventanas abiertas, en el vaso de agua junto a la cama, en la preocupación con que Alejandro la miraba cada mañana.

Sintió vergüenza. Leonor caminó hasta la ventana. Estuvo allí un rato, mirando los jardines sin verlos. Cuando volvió, su expresión era distinta. Había dejado de buscar una explicación. Estaba buscando una salida.

—Esta noche vas a acercarte a tu marido.

Candelaria levantó el rostro.

—No.

—Vas a dejar de apartarlo como si tuviera algo malo.

La muchacha negó, retrocediendo contra la puerta.

—No voy a hacerle creer que…

—Ya le has hecho creer muchas cosas.

Candelaria sintió náuseas.

—Eso no cambia de quién es el hijo.

Leonor se acercó hasta quedar frente a ella.

—Lo que cambia es lo que Alejandro va a entender.

La joven comprendió la intención y se quedó helada.

—¿Quiere que lo engañe?

Leonor no respondió de inmediato. Tenía la mandíbula tensa.

—Quiero que mi hijo conserve la vida que cree tener.

* * *

Candelaria se dejó caer en una silla. El miedo comenzaba a pesar más que el enojo.

—Un médico va a darse cuenta del tiempo.

Leonor dirigió una mirada involuntaria hacia el calendario del escritorio. Aquella posibilidad también la inquietaba.

—Primero habrá que saber si estás embarazada.

—Y si lo estoy…

—Entonces veremos.

La respuesta no ofrecía seguridad. Solo revelaba hasta dónde estaba dispuesta a llegar sin haber pensado aún en todas las consecuencias. Candelaria apretó las manos sobre las rodillas.

—Voy a decírselo.

Leonor se inclinó hacia ella.

—Piensa muy bien lo que vas a hacer antes de pronunciar otro nombre.

La muchacha levantó los ojos. No necesitó que añadiera nada. Julián seguía dentro de aquella habitación aunque estuviera a kilómetros de distancia. Leonor había encontrado la manera de utilizarlo sin tener que traerlo de vuelta.

—No sé dónde está —susurró Candelaria.

—Otros podrían averiguarlo.

La muchacha sintió que el aire le faltaba otra vez. Miró hacia la puerta. Petra esperaba al otro lado. La casa tenía empleados, vehículos y caminos que ella podía recorrer. Sin embargo, cada posibilidad parecía terminar en aquella amenaza.

* * *

Alejandro volvió antes de cenar. Al entrar en la habitación encontró a su esposa sentada junto al balcón. Tenía un paño húmedo sobre la mejilla.

Él se detuvo.

—Otra vez no.

Candelaria retiró el paño. La marca era más reciente que la anterior. Alejandro se acercó y se agachó frente a ella.

—Mírame.

La muchacha sostuvo sus ojos. Durante un instante estuvo a punto de contárselo todo. La carta. La madrugada. Las manos de Leonor sujetándole el brazo. El niño que podía estar esperando.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó él.

Candelaria miró por encima de su hombro. Leonor estaba en la puerta. No habló. No tuvo que hacerlo. Alejandro siguió la mirada de su esposa y se volvió. Su madre permanecía inmóvil.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Leonor entró despacio.

—La encontré muy alterada al volver del pueblo.

—Eso no responde.

La firmeza de su voz sorprendió a Candelaria. Él volvió hacia ella.

—Quiero que me lo digas tú.

La muchacha comenzó a temblar.

Tenía delante una oportunidad real de hablar. También recordó la amenaza, repetida aquella misma tarde sin necesidad de levantar la voz.

—Discutimos —respondió al fin.

Alejandro se quedó inmóvil. Luego se puso de pie. Miró a su madre.

—Sal de la habitación.

Leonor abrió la boca.

—Alejandro…

—Ahora.

La mujer lo observó unos segundos. Después salió. Candelaria escuchó sus pasos alejarse. Por primera vez desde la boda, su marido cerró la puerta para dejar a su madre fuera.

* * *

Alejandro tardó en acercarse de nuevo. Cuando lo hizo, se sentó frente a Candelaria sin tocarla.

—Esto no puede volver a pasar.

—Lo sé.

—No tienes que soportarlo porque sea mi madre.

La joven sintió que las lágrimas le caían sin hacer ruido. Él esperó. No le pidió que dejara de llorar. Aquella paciencia terminó de quebrarla.

Candelaria le tomó una mano y la apretó con fuerza. Alejandro se acercó. La abrazó con cuidado, evitando rozarle la mejilla. Ella escondió el rostro contra su pecho. Durante mucho tiempo no dijo nada.

Más tarde, cuando él intentó apartarse para pedir la cena, Candelaria lo retuvo. Lo besó. Alejandro se detuvo un instante, sorprendido después de tantas noches de distancia.

—No tienes que hacer esto para que me quede contigo.

La frase le produjo un dolor insoportable. Ella quiso responder que lo sabía. En cambio, volvió a abrazarlo. Aquella noche buscó refugio en su marido y dejó que él confundiera el acercamiento con el regreso del afecto. La culpa la acompañó incluso cuando apagaron la lámpara. Antes de dormirse, Alejandro le acarició el cabello.

—Mañana hablaremos de irnos unos días de aquí.

Candelaria permaneció con los ojos abiertos. Su mano descansaba sobre el vientre, oculta bajo la sábana.

* * *

En el corredor, Leonor escuchó cerrarse la última puerta. Petra esperaba junto a una mesa.

—¿Llamo al médico mañana? —preguntó.

Leonor miró hacia la habitación de su hijo. Había conseguido que Candelaria se quedara. Había conseguido que Julián se marchara. Pero no había conseguido borrar las consecuencias.

—Sí —respondió.

La criada asintió.

Leonor la detuvo antes de que se alejara.

—Y de lo que oíste en el mercado no vas a hablar con nadie.

Petra bajó los ojos. La mujer permaneció sola junto a la mesa.