Capítulo 12 de 40
Lo que crece en el silencio
Cuando Alejandro despertó, Candelaria estaba sentada frente al balcón. No había abierto las cortinas. Tenía el cabello suelto sobre los hombros y una taza de agua entre las manos.
—¿No dormiste? —preguntó él.
Ella volvió apenas el rostro. La marca en su mejilla había perdido intensidad, pero seguía allí. Alejandro se incorporó.
—¿Qué te pasó?
Candelaria sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban.
—Me golpeé con la puerta del armario.
Él se levantó y se acercó para mirarla. Candelaria permitió que le apartara el cabello. Le costaba soportar aquella preocupación sin contarle nada.
—Está hinchado.
—Ya se me pasará.
Alejandro permaneció de pie junto a ella.
—Voy a pedir que te traigan algo frío.
Salió antes de que pudiera negarse. Candelaria miró la puerta cerrada. Había amanecido. Julián ya debía de estar lejos.
* * *
Lo primero que Julián hizo al llegar a su casa fue abrazar a su madre. Doña Rosa tenía las manos llenas de harina. Al sentirlo tan rígido, dejó de preguntar por qué regresaba a aquella hora.
Esperó a que él se apartara.
—Me voy a trabajar fuera —dijo.
Ella miró el morral.
—¿Hoy?
Julián asintió. Rosa se limpió las manos en el delantal y fue hasta el fogón.
—Primero vas a desayunar.
Mientras calentaba café, él dejó sobre la mesa una parte de sus ahorros. Su madre los empujó hacia él.
—Llévatelos.
—Esto es para tus medicinas.
—Tengo para comprarlas.
Julián no discutió. Separó las monedas que necesitaba para el camino y dejó el resto bajo una taza. Rosa sirvió frijoles y huevo. Él comió porque sabía que aquella era la manera de permitirle ayudarlo. Antes de salir, su madre lo sujetó del brazo.
—No te vayas a hacer daño por nadie.
Julián levantó los ojos. Rosa no necesitaba saber lo ocurrido en las caballerizas para reconocer una pena.
—Voy a trabajar, mamá.
Ella asintió, aunque no lo soltó enseguida.
—Entonces escríbeme. Aunque sea para decir que llegaste.
Julián prometió hacerlo. Al cerrar el portón, escuchó que su madre movía la taza y encontraba el dinero. No volvió la cabeza.
En La Encina, Eusebio encontró las notas junto a los arreos. Una era para Tomás. La otra, más breve, explicaba que Julián dejaba el trabajo por motivos personales y agradecía que entregaran a su madre lo que aún le debían.
El capataz llevó el papel al despacho. Alejandro lo leyó dos veces.
—Podía haber avisado con más tiempo.
—Eso mismo digo yo, patrón.
—¿Dejó todo en orden?
Eusebio hizo una mueca.
—Sí.
Alejandro volvió a mirar la letra. Había empezado a contar con aquel muchacho. Le molestaba perderlo sin entender por qué, pero tampoco quería retener el pago que había ganado.
—Preparen su liquidación. Y que Tomás lleve el dinero.
Cuando Candelaria bajó a desayunar, encontró a Leonor sentada en su sitio habitual. Alejandro alzó la mirada.
—Julián se fue.
Ella se detuvo junto a la silla. Leonor continuó untando mantequilla en un pan.
—¿Se fue? —repitió Candelaria.
Su voz sonó débil.
—Dejó una nota. Parece que encontró trabajo fuera.
La muchacha se sentó con cuidado.
—¿Dijo adónde?
—No.
Candelaria tomó la taza y bebió sin sentir el sabor.
—Esas cosas pasan —comentó su suegra—. Los trabajadores van donde les conviene.
Alejandro no respondió. Miraba a su esposa.
—¿Sigues sintiéndote mal?
Candelaria asintió. No habría podido explicar cuánto.
* * *
Los primeros días esperó escuchar noticias por accidente. Una conversación en las cocinas. Un comentario de Tomás. La voz de su madre diciendo que había visto a Rosa y que Julián había escrito. Pero Leonor había dispuesto que el conductor acompañara a Candelaria cada vez que saliera. Si pedía ir a pie, encontraba una razón para retrasarla. Si proponía montar, aparecía algún compromiso doméstico.
Una tarde intentó bajar a las caballerizas. Su suegra la esperaba junto al arco.
—¿Qué necesitas?
Candelaria se detuvo.
—Quiero ver a mi yegua.
—Está bien atendida.
—No le pregunté eso.
Leonor se acercó. Habló sin levantar la voz.
—Mientras él permanezca lejos y tú sepas comportarte, no habrá ningún problema.
Candelaria sintió frío.
—Ya se fue.
—Y seguirá bien si tú no insistes en buscarlo.
La muchacha miró hacia el portón.
Por primera vez comprendió que la amenaza no había terminado con la partida de Julián. Leonor pretendía conservarla sobre ella todo el tiempo que fuera necesario.
* * *
La vida de Alejandro comenzó a llenarse de puertas cerradas. Primero fue el balcón. Después, el dormitorio. Si encontraba a Candelaria leyendo, ella cerraba el libro sin haber avanzado más de unas páginas. Si le proponía salir, respondía que estaba cansada. Cuando él intentaba abrazarla, permanecía inmóvil o se apartaba con una disculpa. Una noche se sentó a su lado en la cama.
—No puedes seguir diciéndome que no pasa nada.
Candelaria tenía las manos sobre la colcha.
—No sé qué decirte.
—Lo que te ocurre.
Ella miró hacia la puerta. Alejandro siguió sus ojos.
—¿Es mi madre?
La pregunta la hizo volverse de golpe. Él frunció el ceño.
—¿Te ha dicho algo?
Candelaria pensó en Julián viajando por un camino que ella desconocía. En Eusebio, en los hombres que obedecían a Leonor desde antes de que su hijo regresara. No sabía hasta dónde podía llegar la mujer. No se atrevía a comprobarlo.
—Extraño mi casa —respondió.
Alejandro se levantó despacio. Aquella explicación ya no le bastaba.
—Podríamos pasar unos días con tu mamá.
Candelaria cerró los ojos. Él esperó, pero ella no respondió. Esa noche durmieron sin tocarse.
* * *
El trabajo de la finca del norte era más duro de lo que Julián había imaginado. Había árboles por revisar, herramientas por reparar y animales que atender antes de comenzar cualquier otra tarea. La habitación ofrecida quedaba detrás de una bodega y apenas tenía espacio para una cama y un cajón. Al encargado le preocupaba que quisiera marcharse pronto.
Julián le aseguró que cumpliría lo acordado. Lo hizo. Trabajaba hasta sentir los brazos vencidos. Dormía pocas horas y volvía a empezar antes del amanecer. El primo de Tomás, un hombre llamado Esteban, acabó sentándose con él una noche.
—Así te vas a reventar.
Julián continuó limpiando una herramienta.
—Me falta poco.
Esteban lo observó. Después puso una carta sobre la mesa.
—Mi hermano está en Estados Unidos. Trabaja con ganado. Dice que a veces necesitan gente que sepa lo que hace.
Julián dejó de moverse.
—¿Es seguro?
—Seguro no hay nada. Primero hay que hablar con él, revisar cómo se puede hacer y qué piden. Pero si quieres ganar mejor, conviene averiguar.
Julián tomó la carta. Aquella noche escribió a su madre.
Le contó del cuarto, del frío por las mañanas y de la comida que todavía no conseguía acostumbrarse a preparar. No mencionó a Candelaria. Al terminar, sacó la carta que había recibido en las caballerizas. La leyó otra vez.
«No quiero dejar a mi marido ni la vida que tengo aquí».
La dobló con cuidado. Después le pidió a Esteban que lo ayudara a ponerse en contacto con su hermano.
* * *
Habían pasado cuatro semanas desde la madrugada de la fuga frustrada cuando Candelaria comenzó a sentirse enferma. Primero fue un rechazo repentino al café. Petra colocó la taza frente a ella y el olor bastó para obligarla a levantarse. Llegó al patio antes de que las náuseas la vencieran. La criada la siguió con un vaso de agua.
—¿Llamo al doctor?
Candelaria se enjuagó la boca.
—No.
Se quedó apoyada contra una columna, esperando que dejara de temblarle el cuerpo. Durante el resto del día culpó al calor y a la falta de sueño. A la mañana siguiente volvió a ocurrir. Esta vez no había café. Solo el olor del pan recién hecho. Candelaria regresó a su habitación y cerró la puerta. Se sentó frente al tocador. Empezó a contar.
Los días del viaje de Alejandro. La tarde del molino. La última vez que había estado con Julián antes de que él fijara la hora de la partida.
Luego buscó en su memoria la fecha de su última menstruación. No la encontraba con precisión.
Abrió un cajón, sacó el pequeño almanaque donde anotaba los pedidos de su madre y pasó las hojas con los dedos helados. Ahí estaba. Una marca diminuta junto a un día. Candelaria volvió a contar. Después dejó el almanaque sobre la mesa. Ya no podía seguir llamándolo cansancio.
* * *
Pidió ir al pueblo a la mañana siguiente. Leonor quiso saber para qué.
—Mi mamá necesita ayuda con un pedido.
—Que mande a alguien.
Candelaria sostuvo su mirada.
—Quiero verla.
Alejandro, que entraba en ese momento, oyó la respuesta.
—Yo tengo que revisar unas cuentas con el administrador —dijo—. Que te lleve el conductor. Puedes quedarte hasta después de comer.
Leonor no discutió delante de él. Pero cuando Candelaria salió hacia el patio, llamó a Petra.
—Acompáñala. Lleva el paquete de manteles para Mercedes.
* * *
En casa de su madre, Candelaria apenas pudo sentarse. Mercedes notó la palidez.
—¿Estás comiendo?
—Sí.
—Pues no parece.
Petra dejó el paquete sobre una silla y pidió permiso para llevar un recado a la tienda. Candelaria esperó a que saliera. Después se levantó.
—Voy a comprar algo al mercado.
Mercedes la miró con atención.
—¿Quieres que vaya contigo?
La muchacha estuvo a punto de decir que sí. Necesitaba que alguien la sostuviera, que escuchara sin amenazarla. Pero contarle significaba poner a su madre dentro del mismo peligro.
—No tardo.
Salió por la puerta verde. Petra, que todavía no había llegado a la tienda, la vio cruzar la calle. Esperó unos segundos. Luego cambió de rumbo.
* * *
Jacinta estaba acomodando manojos de cilantro cuando Candelaria se acercó. Bastó mirarle el rostro para dejar lo que hacía. La llevó detrás del puesto.
—¿Qué pasó?
Candelaria apretó el rebozo.
—Creo que estoy embarazada.
La mujer permaneció callada.
—¿Te ha visto alguien?
Ella negó.
Jacinta acercó un banco.
—Siéntate.
Candelaria no lo hizo.
—No puede ser.
—Primero hay que saberlo.
—Yo lo sé.
La rapidez de la respuesta sorprendió a ambas. La muchacha se llevó una mano al vientre. No sentía nada distinto allí. Nada que explicara el miedo que le estaba llenando el cuerpo.
—¿Tu marido no quiere hijos? —preguntó Jacinta.
Candelaria levantó los ojos. Y la mujer comprendió antes de escucharla.
—No es de él.
Las palabras salieron apenas. Jacinta miró hacia la entrada del pasillo. Candelaria comenzó a llorar.
—Julián ya se fue.
Al otro lado de los costales, Petra se quedó inmóvil. Había seguido a su señora esperando encontrar otra mentira, quizá un recado escondido. Ahora escuchaba algo que podía cambiarlo todo. Candelaria se aferró al borde de una caja.
—No sé qué voy a hacer —dijo—. No puedo volver a esa casa con un hijo suyo.
Jacinta la tomó de las manos.
—Ahora respira. No vamos a decidir nada mientras estés así.
Pero Candelaria apenas la escuchaba.
Por primera vez desde que Julián había partido, no estaba pensando en cómo encontrarlo. Estaba pensando en lo que Leonor haría si descubría que, pese a todo, una parte de él se había quedado con ella.