Capítulo 11 de 40
La carta que no escribió
Candelaria sostuvo el bolso con ambas manos. Leonor no soltó el asa. En la penumbra del corredor, su rostro parecía más pálido que de costumbre. No llevaba joyas y tenía el cabello recogido con tanta fuerza que le estiraba las sienes.
—Suélteme —susurró Candelaria.
—Vuelve a tu habitación.
—Me voy.
Leonor la miró unos segundos, como si necesitara convencerse de que había escuchado bien. Después le arrebató el bolso. Candelaria intentó recuperarlo. La bofetada la hizo retroceder contra la baranda. El golpe sonó demasiado fuerte en aquella casa dormida.
Durante un instante, ambas miraron hacia la puerta de Alejandro. No se oyó nada. Candelaria se llevó una mano a la mejilla.
—No vuelva a tocarme.
Leonor se acercó.
—¿Ibas a dejar a mi hijo dormido mientras salías a revolcarte con un peón?
Candelaria sintió que le ardían los ojos.
—Iba a dejar de mentirle.
—Después de casarte. Después de entrar en esta casa y aceptar todo lo que te ha dado.
—Sí —respondió ella, temblando—. Después de todo eso. Lo hice mal. Pero no voy a seguir.
Leonor apretó el bolso contra su cuerpo. La firmeza de aquella respuesta pareció enfurecerla todavía más.
—Mi hijo no va a despertar convertido en la burla del pueblo.
—Entonces despiértelo. Voy a decírselo yo.
Candelaria se volvió hacia la habitación. Leonor la sujetó del brazo. Esta vez habló tan bajo que la muchacha tuvo que acercar el rostro para escucharla.
—Si das otro paso, Julián no sale vivo de esta hacienda.
* * *
Candelaria dejó de moverse. Al fondo del corredor apareció Petra. No parecía sorprendida. Llevaba un chal oscuro sobre los hombros y evitó mirar la marca que comenzaba a encenderse en la mejilla de su señora.
—No se atrevería —murmuró Candelaria.
Leonor mantuvo los dedos cerrados sobre su brazo.
—¿Quieres averiguarlo esta noche?
La muchacha miró hacia la escalera. Más allá estaban el patio, las caballerizas, Julián esperando con su morral y una dirección guardada en el bolsillo. Él no sabía que alguien podía salir a buscarlo por algo distinto de una orden de trabajo.
—No le ha hecho nada a usted —dijo.
—Le ha hecho bastante a mi familia.
—Yo fui quien lo buscó.
La confesión no produjo compasión. Leonor se inclinó hacia ella.
—Entonces serás tú quien evite que le pase algo.
Candelaria intentó desprenderse de su mano.
—Déjelo ir.
—Eso depende de ti.
Petra permanecía junto a la pared. La muchacha la miró por primera vez.
—¿Tú se lo dijiste?
La criada bajó los ojos. Candelaria sintió una mezcla de vergüenza y rabia. Durante días había temido las sospechas de Leonor sin comprender que alguien estaba reuniendo sus pasos, sus horarios y sus pequeñas excusas.
—Vuelve con mi hijo —ordenó Leonor—. Y no vuelvas a acercarte a Julián.
Candelaria negó. Su suegra le apretó el brazo.
—Si intentas avisarle, si buscas a tu madre para que lleve un recado, si se te ocurre contarle a Alejandro lo que ha pasado aquí, la amenaza sigue en pie.
La muchacha miró otra vez la escalera. En algún lugar de la planta baja, el reloj dio las cuatro.
Julián escuchó las campanadas desde la entrada de las caballerizas. Se levantó del banco. Tenía el morral junto a los pies y había dejado todo limpio para que nadie pudiera acusarlo de abandonar sus obligaciones sin cuidado. Miró hacia la casa. No vio a nadie.
Todavía era temprano. Candelaria tendría que avanzar sin hacer ruido, esperar a que el pasillo estuviera vacío, bajar con aquel bolso sencillo que él había imaginado tantas veces durante la noche. Se sentó de nuevo. Sacó del bolsillo un papel doblado. Era la dirección de la finca donde lo esperaban.
Había hecho cuentas hasta el último peso. El pasaje de ambos, algo de comida para el camino y una pequeña cantidad que dejaría a su madre. No sobraba casi nada. Aun así, por primera vez en semanas sentía que podía respirar.
* * *
Leonor hizo que Candelaria entrara primero en la habitación de su hijo. Petra se quedó fuera con el bolso. La muchacha caminó hasta la cama. Alejandro seguía dormido. La carta continuaba sobre la almohada, blanca y visible aun en la oscuridad. Leonor la tomó. Candelaria extendió una mano, pero se detuvo al recordar la amenaza.
Su suegra leyó el comienzo junto a la luz que entraba del corredor. Después levantó los ojos.
Había algo nuevo en su expresión: desprecio, pero también una satisfacción fría al tener entre las manos una confesión. Guardó la carta. Luego señaló el tocador. Candelaria vio el estuche abierto, los anillos dentro.
—Póntelos.
Obedeció con los dedos torpes. La alianza no entraba. Tuvo que intentarlo dos veces. Alejandro se movió entre las sábanas.
—¿Cande?
Ella se volvió de inmediato. Leonor permaneció cerca de la puerta, fuera de su campo de visión.
—Aquí estoy —respondió la muchacha.
—¿Qué haces despierta?
Candelaria sintió que la voz no iba a salirle. Su suegra alzó apenas la cabeza.
—Fui por agua.
Alejandro murmuró algo y volvió a acomodarse. Candelaria esperó hasta que su respiración recuperó el ritmo. Cuando miró hacia la puerta, Leonor ya se marchaba. Antes de cerrar, la mujer dejó una última instrucción:
—Mañana no vas a salir de esta habitación.
* * *
Leonor llevó a Petra hasta su dormitorio. Encendió la lámpara del escritorio y colocó delante la carta de Candelaria. La leyó completa. Su hijo había sido engañado desde antes de la boda.
Sintió una punzada de dolor tan intensa que tuvo que apoyar una mano sobre la mesa. Por un momento imaginó entrar en la habitación, despertarlo y entregarle aquellas hojas.
Después vio, con una claridad que la endureció, las conversaciones del pueblo, las miradas de lástima y los hombres bajando la voz cuando Alejandro pasara junto a ellos. Su hijo tendría que vivir con aquello. Ella también. Se sentó y sacó papel de un cajón. Petra esperaba junto a la puerta.
—¿Qué va a hacer, señora?
Leonor no respondió enseguida. Miró la firma de Candelaria. Luego comenzó a escribir. No necesitaba reproducir cada rasgo con perfección. Le bastaba con imitar la inclinación y aprovechar la prisa, la oscuridad y el dolor del destinatario. La carta fue breve.
«Julián:
No voy a ir. He pensado mejor las cosas y no quiero dejar a mi marido ni la vida que tengo aquí. Lo que pasó entre nosotros debe terminar. No me busques. No quiero que vuelvas a comprometerme ni a hacerme promesas que yo ya no deseo cumplir. Vete y déjame en paz. Candelaria». Leonor dejó la pluma. Petra miró el papel.
—Él va a querer verla.
—No va a verla.
La mujer dobló la hoja.
—Vas a decirle que ella te mandó. Que esperó hasta el último momento porque no sabía cómo decírselo.
Petra recibió la carta.
—¿Y si no me cree?
Leonor la miró.
—Dile que te pidió guardar el bolso y volver a acomodar su ropa. Eso es verdad.
La criada bajó la cabeza. Al abrir la puerta, Leonor la detuvo.
—No quiero escenas en el patio.
* * *
Julián se puso de pie en cuanto oyó pasos. La esperanza le alcanzó apenas para dar dos zancadas. Después reconoció a Petra. Detrás de ella, el sendero estaba vacío.
—¿Dónde está?
La criada apretó la carta.
—Me pidió que le trajera esto.
Julián no la tomó.
—¿Quién?
Petra sostuvo su mirada un segundo.
—La señora Candelaria.
El tratamiento le produjo un malestar conocido. Él recibió la hoja. Leyó las primeras palabras. Volvió al principio. La luz del farol no bastaba y se acercó más, como si el problema fuera no distinguir bien la tinta. «No voy a ir». Petra observó cómo cambiaba su rostro. Julián terminó de leer. Durante unos segundos se quedó inmóvil.
—Quiero hablar con ella.
—Ya se acostó.
Él levantó la mirada.
—Me está esperando aquí desde ayer.
Petra sintió ganas de retroceder.
—Cambió de opinión.
Julián miró hacia la casa. La ventana de la habitación matrimonial estaba a oscuras.
—Ella escribió otra cosa —murmuró.
La criada no entendió. Él recordó la nota de los cepillos, sus pequeñas letras inclinadas. La carta se parecía, pero había algo rígido en algunos trazos. La levantó un poco.
—¿La viste escribirla?
Petra vaciló. Después recordó que Leonor seguía esperando.
—Me la entregó ella.
Julián apretó el papel.
—Dile que baje.
—No quiere.
—Que me lo diga a la cara.
Petra tragó saliva.
—Guardó el bolso, Julián. Mandó que volviera a poner la ropa en el armario.
Él dejó de mirar la carta.
Aquello sí era algo que solo Candelaria podía haber decidido. La había visto vacilar demasiadas veces. Recordó el anillo regresando a su dedo, la habitación de Alejandro, cada conversación aplazada. La duda sobre la letra fue perdiendo fuerza frente a todo lo demás. Petra dio un paso atrás.
—Será mejor que se vaya antes de que se despierten.
Julián la miró con una tristeza que hizo que ella apartara los ojos.
—Eso voy a hacer.
* * *
Candelaria escuchó pasos en el corredor. Se levantó de inmediato. Al llegar a la puerta, encontró a Petra. La criada tenía el bolso de tela doblado entre las manos.
—¿Lo viste? —susurró Candelaria.
Petra miró por encima de su hombro hacia Alejandro.
—Baje la voz.
La muchacha salió apenas lo suficiente para cerrar detrás de sí.
—Dime si está bien.
Petra sostuvo el bolso contra el pecho. Recordó a Leonor. Recordó la carta.
—Se va.
Candelaria sintió que le fallaban las piernas.
—¿Ya se fue?
—Todavía estaba recogiendo sus cosas.
Ella miró hacia la escalera. Petra se interpuso.
—No lo haga, señora.
Candelaria comprendió que no necesitaba añadir nada. Se llevó ambas manos a la boca.
—Él va a pensar que no quise.
Petra no respondió. La muchacha apoyó la frente contra la puerta. Al otro lado, Alejandro dormía. Abajo, Julián estaba preparándose para marcharse solo. Candelaria cerró los ojos.
—Por lo menos estará vivo —murmuró.
Petra la escuchó. No entendió del todo aquellas palabras hasta que vio el miedo en su rostro.
* * *
Julián salió de La Encina cuando el cielo comenzaba a aclararse. No miró hacia el balcón. Cruzó el portón con el morral al hombro y tomó el camino del pueblo. Antes de buscar el transporte hacia la finca del norte, tenía que ver a su madre. La carta iba doblada dentro de su camisa. A cada paso sentía el papel contra el pecho.
Había querido marcharse acompañado. Ahora necesitaba irse lo bastante lejos para no seguir esperando que Candelaria apareciera detrás de él. En la primera curva se detuvo. Desde allí todavía podía verse el tejado de la casa grande. Sacó del bolsillo la cinta azul. La sostuvo un momento entre los dedos.
Después la guardó de nuevo, con rabia por no ser capaz de dejarla.
Y continuó caminando.