Capítulo 10 de 40
La última noche de espera
Julián bajó la escalera antes de que Candelaria pudiera detenerlo. Ella lo siguió hasta el primer descanso.
—Espera.
Él se volvió. Habló en voz baja, pero cada palabra llegó con claridad.
—¿Qué iba a decir si nos preguntaba?
Candelaria miró hacia el corredor por donde había desaparecido Petra.
—Podías estar ayudándome con algo.
—¿Con qué?
Ella no respondió. Julián se quitó el sombrero y volvió a ponérselo, buscando serenarse.
—Ya no quiero inventar explicaciones.
—No tienes que hacerlo. Yo hablaré con Petra.
Él negó despacio. Aquello pareció dolerle más que haber sido descubierto.
—Siempre encuentras cómo arreglar una hora, Cande. Una tarde. Un rato. Pero cuando te pregunto por nosotros, nunca sabes qué decirme.
Candelaria sujetó la baranda.
—Te dije que hablaría con Alejandro cuando volviera.
—Entonces hazlo.
Julián terminó de bajar. Ella permaneció en la escalera hasta oír la puerta del patio.
* * *
Petra estaba en el lavadero cuando Candelaria la encontró. Tenía los brazos hundidos en el agua y una sábana extendida sobre la piedra. Al verla acercarse, retiró las manos.
—¿Necesita algo, señora?
Candelaria miró alrededor. La cocinera estaba al otro extremo del patio, escogiendo frijoles con una muchacha.
—Quería explicarte lo de hace un momento.
Petra esperó.
—Julián iba a ayudarme a mover un arcón.
La criada bajó los ojos hacia la sábana.
—Sí, señora.
Aquella docilidad no la tranquilizó.
—No quisiera que se entendiera otra cosa.
Petra levantó el rostro.
—Yo no he dicho nada.
Candelaria sintió que el calor le subía por el cuello. Había llegado dispuesta a dar una explicación y acababa de revelar cuánto temía que la criada hablara.
—Bien —murmuró—. Eso es todo.
Regresó hacia la casa. Petra esperó a que desapareciera para volver a inclinarse sobre el agua.
* * *
Alejandro regresó el jueves con una caja pequeña y polvo del camino en los zapatos. Encontró a Candelaria en el comedor. Se acercó sonriendo, la besó y dejó el regalo junto a su plato.
—Lo vi y pensé en ti.
Dentro había un prendedor de plata con forma de hoja. Candelaria lo sostuvo sobre la palma.
—Es muy bonito.
Alejandro se sentó a su lado.
—¿Me extrañaste?
Ella levantó los ojos. Había preparado la conversación durante dos días. Pensó en hablar en el jardín, luego en el despacho; decidió que sería mejor después de cenar, cuando Leonor se retirara. Ahora él estaba allí, cansado y contento de volver.
—La casa estuvo muy callada —respondió.
Alejandro sonrió.
Durante la cena le contó lo que había resuelto en la capital. Había conseguido mejores condiciones para una compra y encontrado a un antiguo compañero de estudios. Candelaria escuchaba el movimiento de los cubiertos. Esperaba una pausa. Cuando llegó, Leonor preguntó por un abogado. Después trajeron el postre. Luego Alejandro bostezó y se disculpó.
—Mañana me cuentas todo lo que hiciste. Hoy apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Candelaria guardó el prendedor en su caja.
—Descansa.
No habló aquella noche.
* * *
El viernes, Julián la esperó junto al cobertizo. No había dejado nota. Simplemente permaneció allí después de terminar su trabajo, en el lugar por donde ella solía pasar antes de volver del jardín. Cuando Candelaria lo vio, sintió primero alegría y después miedo.
—Ya regresó —dijo él.
Ella se detuvo.
—Sí.
Julián aguardó. Candelaria miró hacia las ventanas.
—Llegó agotado. No me pareció justo…
Él bajó la cabeza. Durante unos segundos, ella escuchó el roce de una rama contra el techo de lámina.
—Hoy —añadió—. Lo haré hoy.
—Ya no quiero que me prometas otra conversación.
—¿Entonces qué quieres?
Él respiró hondo.
—Que decidas si vas a venir conmigo.
Candelaria apretó los dedos sobre el chal.
—Ya te dije que sí.
—Entonces vámonos.
La palabra la dejó inmóvil.
—No ahora mismo —continuó Julián—. Mañana por la madrugada. Tengo dónde llegar. El encargado puede recibirnos antes de que comience mi trabajo.
Candelaria sintió que la casa se levantaba a su espalda con todo su peso. Los vestidos, las habitaciones, el jardín. Alejandro dormido, confiado en que ella seguiría allí al despertar.
—No puedo marcharme sin decirle nada.
—Déjale una carta. Después podrás hablar con él desde un sitio seguro, con tiempo para resolver lo que venga.
Ella miró el suelo. Julián se apartó un paso.
—Si quieres quedarte, dilo.
Candelaria levantó el rostro. Él tenía los ojos húmedos. Aquello la sorprendió más que cualquier reproche.
—Yo no puedo seguir así —dijo—. No duermo. No pienso en otra cosa. Cada vez que él me habla, siento vergüenza. Y cuando estoy contigo, me convenzo de que mañana todo va a cambiar.
Candelaria intentó tomarle la mano. Julián la dejó hacerlo, pero no cerró los dedos.
—Mañana —repitió—. A las cuatro, en las caballerizas. Lleva solamente lo tuyo. Nada que te ate después a esta casa.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Y si necesito más tiempo?
Él retiró suavemente la mano.
—Entonces yo me iré.
Candelaria se quedó sin aire. Julián sostuvo su mirada.
—Si no llegas, voy a entender que has decidido quedarte. No volveré a buscarte.
Ella dio un paso hacia él.
—¿Nunca?
Julián tardó en contestar.
—No puedo pasarme la vida esperando en una caballeriza.
* * *
Candelaria subió a su habitación sin sentir las piernas. Abrió el armario. Pasó los dedos por los vestidos nuevos hasta encontrar, al fondo, la falda con la que había llegado el primer día. La sacó junto con dos blusas sencillas. Las dejó sobre la cama. Después tomó una maleta. Era demasiado grande.
La devolvió al armario y buscó un bolso de tela que Mercedes utilizaba para llevar ropa a lavar. Al sostenerlo, recordó a su madre diciéndole que siempre podía regresar. Se sentó. Por primera vez imaginó con detalle lo que significaba irse. Tendría que trabajar. Alejandro conocería la verdad. Leonor la odiaría abiertamente y el pueblo hablaría durante meses.
No podía llevarse consigo la certeza de que Julián olvidaría todo lo que había pasado. Solo podía llegar y empezar a cumplir. Candelaria se cubrió el rostro.
Lloró un rato. Luego se levantó para buscar papel.
* * *
Escribió la primera carta tres veces. En la primera pidió perdón tantas veces que no consiguió explicar nada. En la segunda culpó al miedo. La rompió al darse cuenta. En la tercera escribió:
«Alejandro:
No he sido sincera contigo. Me casé sin haber dejado de querer a otra persona y después seguí viéndola a escondidas. Tú no tienes la culpa de esta decisión. Te hice daño antes de atreverme a reconocer lo que estaba haciendo.
Me voy porque seguir aquí sería continuar engañándote. No me llevo tus regalos ni las joyas de tu familia. Cuando pueda, te haré llegar una dirección para resolver lo que corresponda. Lo siento. Candelaria». Leyó la carta con las manos frías. No explicaba todo. Pero era la primera vez que no intentaba disculparse con una mentira. La dobló y la guardó dentro del bolso.
La dejaría sobre la almohada antes de salir.
* * *
Petra encontró a Julián detrás de las caballerizas al caer la tarde. Estaba limpiando un morral. Junto a él había una camisa doblada y un papel con una dirección.
—¿Va a salir? —preguntó la criada.
Julián levantó la cabeza.
—Tengo cosas que hacer.
Petra miró el morral.
—Pensé que el trabajo de fuera no era seguro todavía.
Él dejó de moverse.
—¿Quién te dijo eso?
—Aquí las cosas se saben.
Julián recogió la camisa.
—Buenas noches, Petra.
La despedida fue suficiente. Ella se alejó por el sendero de servicio. No necesitaba otra confirmación de que pensaba marcharse. Le faltaba saber si Candelaria lo acompañaría. Esperó hasta que comenzó la cena. Luego subió con el pretexto de dejar toallas limpias.
* * *
La puerta de la habitación estaba entornada. Petra llamó. Nadie respondió. Entró y dejó las toallas sobre una silla. El bolso de tela asomaba bajo el banco del tocador. Podría no haberlo visto de no ser por una manga clara que había quedado atrapada en el borde. Se agachó. Dentro encontró ropa sencilla, un pañuelo y un sobre doblado.
Miró hacia la puerta antes de abrirlo. Leyó las primeras líneas. El corazón comenzó a golpearle con fuerza.
Volvió a doblar la carta exactamente como estaba y la guardó en el mismo lugar. Después acomodó la manga dentro del bolso. Al salir, tuvo que detenerse en el corredor para recuperar el aliento. Esta vez no podía esperar.
Si la señora se marchaba y Leonor descubría que ella había sabido algo, perdería mucho más que la confianza.
* * *
Encontró a Leonor en su habitación, quitándose los pendientes frente al espejo.
—¿Qué ocurre? —preguntó la mujer.
Petra cerró la puerta. Leonor levantó los ojos. La criada apretó las manos contra el delantal.
—La señora Candelaria se va.
El pendiente quedó inmóvil entre los dedos de Leonor.
—¿Adónde?
—Con Julián.
Durante un momento solo se oyó el reloj de la cómoda. Petra contó lo que había visto en la escalera, la excusa del arcón y la carta dentro del bolso. Leonor la escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, dejó ambos pendientes sobre el tocador.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Pero tiene ropa preparada y él también está guardando sus cosas.
Leonor se puso de pie. La criada retrocedió por instinto.
—¿Alejandro sabe algo?
—Creo que no, señora.
Leonor caminó hasta la ventana.
Su hijo cruzaba el jardín en ese momento. Llevaba en la mano un libro que Candelaria había olvidado en una banca. Lo vio entrar en la casa. Petra esperó detrás de ella.
—¿Quiere que llame al señor?
Leonor giró la cabeza.
—No.
La rapidez de la respuesta hizo que Petra bajara los ojos.
—De esto no vas a decirle una palabra.
—Sí, señora.
Leonor miró hacia la puerta.
—Y vas a hacer exactamente lo que yo te diga.
* * *
A las tres y media de la madrugada, Julián terminó de ajustar las correas del morral. Había dejado una nota para Tomás y otra para su madre. No decía todo, pero prometía escribir en cuanto llegara. Sacó del bolsillo la cinta azul de Candelaria. La alisó entre los dedos y la guardó de nuevo. Después miró hacia la casa. Una ventana permanecía iluminada.
* * *
Candelaria se vistió sin encender la lámpara. Alejandro dormía de costado, con una mano debajo de la almohada. Ella dejó las joyas dentro del estuche. Se quitó la alianza al final. Durante unos segundos sostuvo el aro en la oscuridad. Después lo colocó junto al anillo de compromiso.
Sacó la carta del bolso y la dejó sobre su almohada. Se acercó a la puerta.
Antes de abrir, volvió la cabeza hacia el hombre dormido.
—Perdóname —susurró.
Salió. El corredor estaba en penumbra. Candelaria avanzó con el bolso apretado contra el cuerpo y llegó a la escalera de servicio. Una figura se separó de la pared. Leonor estaba allí, vestida todavía, como si hubiera pasado toda la noche esperándola. Candelaria se detuvo. Su suegra bajó los ojos hacia el equipaje. Luego extendió una mano y sujetó el asa.
—¿Adónde crees que vas?