Capítulo 9 de 40
Los días prestados
A la mañana siguiente, Julián encontró una nota doblada dentro de la caja donde guardaba los cepillos. Reconoció la letra de Candelaria antes de terminar la primera línea.
«A las cuatro, junto al molino. Necesito verte».
No había firma. Durante un momento sostuvo el papel entre los dedos, escuchando cómo los demás trabajadores comenzaban la jornada al otro lado del pasillo. Después lo guardó en el bolsillo. Había pasado la noche imaginando una vida fuera de La Encina. Un trabajo nuevo. Una casa alquilada. Candelaria entrando por una puerta que no tuviera que cerrar a escondidas. También había pensado en Alejandro.
A primera hora, el patrón lo había detenido para preguntarle por una yegua que comía poco. Lo escuchó con atención y le autorizó llamar al veterinario.
Aquella confianza empezó a pesarle desde antes de que encontrara la nota.
* * *
Candelaria llegó al molino con diez minutos de anticipación. Había dicho que visitaría a su madre y luego daría una vuelta a caballo. Esta vez anunció la salida delante de Alejandro para evitar preguntas de Leonor. Su marido insistió en que la acompañara alguien.
—Que vaya Julián —propuso ella, procurando no mirarlo demasiado.
Alejandro asintió. Pero Eusebio lo había enviado a revisar una cerca, así que Candelaria salió acompañada por Tomás. En casa de Mercedes le dijo que podía regresar a su trabajo y que ella volvería antes del anochecer. Ahora esperaba bajo la sombra del edificio abandonado, con las riendas entre las manos.
Cuando vio a Julián aparecer por el sendero, sintió una alegría que le borró las preocupaciones. Caminó hacia él. Julián desmontó. Ella lo abrazó antes de que pudiera hablar.
—Pensé que no vendrías.
Él le acarició el cabello.
—Encontré tu nota.
Candelaria levantó el rostro y lo besó. Julián respondió, pero después se apartó lo suficiente para mirarla.
—¿Hablaste con él?
Ella bajó las manos desde sus hombros.
—Todavía no.
La esperanza de Julián perdió algo de fuerza.
—Ayer me dijiste que…
—Ayer apenas pudimos volver a vernos.
Él guardó silencio.
Candelaria tomó su mano.
—No quiero hacerle esto de cualquier manera.
Julián miró hacia el camino. Había imaginado que la conversación sería dolorosa, pero sencilla: ella diría la verdad y después vendría a buscarlo. Ahora empezaba a comprender cuántas cosas podían caber dentro de unos días de espera.
—Tomás ya escribió a su primo —dijo—. Si hay trabajo, tendremos dónde empezar.
Candelaria sonrió.
—Eso está bien.
Lo dijo con sinceridad. Lo que no quiso imaginar fue cómo sería levantarse cada mañana en aquel lugar desconocido, lejos de los vestidos, del jardín y de la seguridad que acababa de conseguir. Se acercó de nuevo y apoyó la frente en su pecho. Julián la sostuvo. Por aquella tarde, decidió creer que su miedo terminaría pasando.
* * *
Los encuentros comenzaron a acomodarse entre las obligaciones de la hacienda. Una visita al pueblo. Un paseo temprano. La necesidad de revisar un sendero que Candelaria aseguraba no recordar bien. A veces solo conseguían unos minutos junto al cobertizo. Otras, podían sentarse cerca del río hasta que el sol empezaba a inclinarse. Candelaria recuperó la risa. Julián lo notó antes que nadie.
Le gustaba escucharla hablar de cosas pequeñas: una gallina de Mercedes que se metía en la casa, el empeño de Alejandro en aprender a distinguir las plantas del jardín, las palabras difíciles que usaba el administrador. Pero incluso en aquellos momentos, el nombre del marido aparecía entre ellos.
Una tarde, mientras compartían unas guayabas junto al agua, Candelaria dijo:
—Alejandro quiere mandar arreglar este tramo del camino.
Julián dejó de comer. Ella lo advirtió.
—Solo lo comentaba.
Él asintió. No quería discutir cada vez que estaban juntos. Tampoco quería acostumbrarse a escuchar noticias de una vida en la que él no tenía lugar. Candelaria le limpió con el pulgar una gota de jugo junto a la boca.
—Mírame.
Julián levantó los ojos. Ella lo besó despacio. Él cerró los suyos y permitió que aquella cercanía aplazara otra conversación.
* * *
En la casa, Alejandro recibió con alivio el cambio de ánimo de su esposa. Candelaria ya no permanecía tantas horas frente al balcón. Comía mejor, caminaba por el jardín y algunas noches incluso comenzaba ella la conversación. Él lo interpretó como una señal de que estaba encontrando su sitio. Leonor observaba de otra manera.
—Sales mucho —comentó durante un desayuno.
Candelaria dejó la taza sobre el plato.
—Me gusta montar.
—Antes decías que querías aprender a llevar una casa.
—Puedo hacer ambas cosas.
Alejandro levantó la mirada del periódico.
—Claro que puede.
Su madre volvió los ojos hacia él.
—No he dicho lo contrario.
El silencio obligó a Candelaria a buscar algo que hacer con las manos. Partió un pan y lo dejó intacto. Alejandro se volvió hacia ella.
—La próxima semana tengo que ir a la capital. Serán dos noches. ¿Quieres acompañarme?
Candelaria sintió que debía responder enseguida.
—Me gustaría quedarme con mi mamá una tarde. Tiene trabajo.
—Puede esperar hasta que volvamos.
Ella vaciló. Leonor lo notó.
—También podríamos invitar a Mercedes —añadió Alejandro.
—Prefiero quedarme —respondió Candelaria.
Su marido dobló el periódico.
—Está bien.
No insistió, pero su expresión perdió la ligereza de unos momentos antes. Petra entró con más café. Candelaria se concentró en el pan mientras la criada llenaba su taza.
* * *
Por las noches, la mentira se volvía más difícil de sostener. Alejandro buscaba su cercanía con el afecto de los primeros días. Candelaria correspondía a veces por culpa, otras por la esperanza de que el cariño acabara ordenándose dentro de ella. Pero cada encuentro con Julián hacía más evidente la distancia.
Una noche, cuando Alejandro la abrazó por la espalda frente al tocador, ella se llevó la mano a la frente.
—Me duele la cabeza.
Él la soltó.
—¿Desde cuándo?
—Desde la tarde.
—Voy a pedir que llamen al doctor.
—No hace falta. Se me pasará durmiendo.
Alejandro la observó por el espejo.
—Has tenido dolor varias veces.
Candelaria recogió el cepillo.
—Quizá sea el calor.
Él asintió y se apartó para abrir las ventanas. Ese cuidado le produjo más vergüenza que una discusión. Cuando se acostaron, Alejandro dejó una distancia entre ambos. Candelaria permaneció despierta, escuchando el roce de las cortinas. Había conseguido estar con Julián sin renunciar a la hacienda.
* * *
Petra no necesitó seguirla hasta el río. Le bastó con aprender los horarios. Sabía cuándo Alejandro se quedaba en el despacho, cuándo Leonor dormía la siesta y a qué hora Julián salía hacia los potreros.
También observó que Candelaria había comenzado a llevar un pañuelo limpio cada vez que iba a montar y que regresaba acomodándose el cabello antes de entrar por el corredor de servicio. Una tarde encontró una pequeña hoja de sauce prendida en el dobladillo de su falda. No crecía ningún sauce dentro de los jardines. Petra la retiró antes de llevar la prenda a lavar.
En el cuarto de servicio, abrió la mano y contempló la hoja. No sabía todavía cómo utilizar lo que había descubierto. Durante cuatro años había visto a otras empleadas recibir favores por informar a Leonor de una visita, una cuenta o una conversación. Ella también necesitaba asegurarse un lugar en la casa.
Pero acusar a la esposa del patrón era distinto.
Si se equivocaba, nadie iba a creerle. Si decía la verdad, tampoco estaba segura de salir bien librada. Guardó la hoja entre las páginas de un almanaque viejo.
* * *
La respuesta del primo de Tomás llegó al final de la tercera semana. Había trabajo en una finca a varias horas de camino. El encargado buscaba a alguien que supiera de animales y pudiera hacerse cargo de un pequeño establo. Julián leyó la dirección dos veces. El sueldo alcanzaría para empezar. Ofrecían una habitación mientras encontraban vivienda.
Durante unos minutos sintió el alivio de tener algo concreto entre las manos. Esa tarde esperó a Candelaria junto al viejo canal. Ella llegó sonriendo. Julián la besó y le mostró el papel.
—Ya está.
Candelaria lo tomó. Leyó despacio, aunque comprendió todo desde la primera vez.
—Es pronto —murmuró.
—Todavía tengo que responder.
Ella miró la fecha. El encargado lo esperaba dentro de dos semanas.
—Tendrías que dejar a tu mamá.
—Puedo volver a verla. Y mandarle dinero.
—¿Y el terreno?
Julián la observó.
—Puedo comprar otro después.
Candelaria dobló la carta.
—Son muchas cosas.
—Sí.
Él le tomó la mano.
—Pero son las cosas de las que hablamos.
Julián esperó.
—Alejandro sale la próxima semana —dijo Candelaria al fin—. Cuando vuelva, hablaré con él.
—¿Por qué cuando vuelva?
Ella sintió que la pregunta la dejaba sin refugio.
—No quiero que se vaya pensando en esto. Tiene que resolver asuntos importantes.
Julián retiró la mano. Candelaria se apresuró a recuperarla.
—No estoy cambiando de opinión.
Él miró sus dedos entrelazados.
—Entonces dímelo claro.
Ella sostuvo su mirada.
—Cuando vuelva, hablaré con él.
Julián asintió, aunque esta vez tardó más en abrazarla.
* * *
Alejandro partió un martes. Besó a Candelaria en la frente antes de subir al vehículo y le recordó que podía pedir al conductor que la llevara a cualquier sitio.
—Regreso el jueves, antes de cenar.
Ella sonrió. Lo vio alejarse desde los escalones. Leonor había anunciado una visita a una prima enferma en la cabecera. Se marchó después de comer y dejó instrucciones para regresar al anochecer.
La casa quedó silenciosa. Candelaria recorrió el corredor del piso alto.
Desde allí vio a Julián descargando unos costales junto al cobertizo. Tenía el sombrero echado hacia atrás y se secó el sudor con el antebrazo. Ella permaneció observándolo. Luego bajó por la escalera de servicio. Lo encontró solo al regresar por otra carga.
—Ven —susurró.
Julián miró hacia las cocinas.
—¿Qué pasa?
—Necesito hablar contigo.
Él dejó el costal. Candelaria lo condujo hasta la puerta del corredor trasero. Julián se detuvo al comprender que quería hacerlo entrar.
—Aquí no.
Ella le tomó la mano.
—No hay nadie arriba.
Él miró la escalera. Recordó el papel con la oferta de trabajo, la fecha y la conversación que ella había prometido tener.
—Cande…
—Solo un momento.
Julián la siguió unos pasos. Al llegar al descanso, vio abierta la puerta de la habitación matrimonial. Candelaria avanzó hacia ella. Él soltó su mano. Ella se volvió.
—¿Qué ocurre?
Julián miró el interior: el tocador, los vestidos, la cama junto al ventanal. Reconoció sobre una silla el saco que Alejandro llevaba el día anterior. Retrocedió.
—No voy a entrar ahí.
Candelaria sintió que le ardía el rostro.
—No lo pensé.
—Piénsalo ahora.
La firmeza de su voz la dejó inmóvil. Abajo sonó una puerta. Ambos volvieron la cabeza. Petra apareció al pie de la escalera con un cesto de ropa. Alzó los ojos. Vio a la señora junto a la habitación y al peón detenido unos pasos antes. Ninguno de los dos llevaba nada en las manos que pudiera explicar por qué estaban allí.
La criada bajó la mirada.
—Con permiso.
Atravesó el corredor sin esperar respuesta. Julián cerró los ojos un instante.