Capítulo 8 de 40

La promesa que quiso creer

Durante los días siguientes, Candelaria descubrió que una casa tan grande podía dejar muy poco espacio para estar sola. Petra entraba para recoger la ropa. Leonor aparecía cuando ella terminaba de desayunar. El administrador la saludaba en los corredores y los trabajadores se apartaban a su paso, quitándose el sombrero. Había deseado que la miraran de aquella manera.

Ahora no podía cruzar el patio sin que alguien supiera adónde iba.

—Esta mañana no conviene montar —le dijo Leonor al verla con las botas puestas—. Viene el proveedor de telas para las habitaciones.

Candelaria se detuvo junto a la escalera.

—Puede atenderlo Petra.

—Petra no es la señora de la casa.

La muchacha miró hacia el portón. Leonor siguió la dirección de sus ojos.

—¿Tienes tanta prisa?

—Quería aprovechar que todavía no hace calor.

—Habrá otras mañanas.

Candelaria regresó a su habitación. Desde el balcón alcanzó a ver a Julián cruzando hacia el cobertizo con un rollo de alambre sobre el hombro. No levantó la cabeza. Ella permaneció allí hasta que desapareció.

* * *

Julián había empezado a quedarse en las habitaciones de los trabajadores algunas noches. A su madre le dijo que había demasiado trabajo. A Tomás, que quería ahorrarse el camino. Ninguno terminó de creerle. La verdad era que necesitaba evitar la cantina. Le resultaba más fácil conseguirlo cuando al otro lado del patio había alguien despierto, dispuesto a preguntarle a dónde iba.

Una noche, mientras remendaban unas correas, Tomás dejó la lezna sobre la mesa.

—Mi primo sigue necesitando gente en el norte.

Julián no levantó los ojos.

—Ya me habías dicho.

—También me dijo que puede conseguir trabajo para dos en una finca de manzanos. No es de ganar una fortuna, pero pagan mejor.

—¿Para dos?

—Yo no voy a ir. Mi mujer acaba de encontrar trabajo en la escuela.

Julián comprendió. Tomás se encogió de hombros.

—Si te interesa, le escribo.

Durante un momento, el cuarto quedó en silencio. Julián pensó en los potreros que conocía desde niño, en su madre y en el pequeño terreno que todavía esperaba comprar. Después recordó a Candelaria desmontando en brazos de su marido.

—Escríbele —respondió.

* * *

Alejandro procuraba regresar temprano. Algunas tardes llevaba a Candelaria a recorrer los jardines. Le hablaba de mejorar los caminos de la hacienda, de reparar una bodega y de contratar a alguien que revisara las cuentas antiguas. Ella escuchaba. A veces lograba interesarse de verdad. Otras, cualquier movimiento junto a las caballerizas le robaba la atención.

Una noche, Alejandro la encontró sentada frente al tocador, con el cepillo inmóvil sobre el regazo.

—¿Quieres que salgamos unos días?

Candelaria lo miró por el espejo.

—¿Adónde?

—A donde quieras. No pudimos irnos después de la boda y me sabe mal.

Ella imaginó caminos desconocidos, habitaciones lejos de la hacienda. Lejos de Julián.

—Ahora tienes mucho trabajo.

—Puedo dejar instrucciones.

—Prefiero esperar.

Alejandro se acercó y apoyó las manos sobre sus hombros.

Candelaria se tensó antes de poder evitarlo. Él lo notó. Retiró las manos con lentitud.

—¿He hecho algo que te moleste?

Ella se volvió.

—No.

—Entonces ayúdame a entenderte.

Candelaria vio el cansancio en su rostro. Él también estaba aprendiendo a vivir en aquella casa, a ocupar un lugar que durante años había pertenecido a su padre. Podía decirle que el matrimonio había sido un error. Podía evitar que el engaño siguiera creciendo.

—Extraño a mi mamá —respondió.

Alejandro asintió, aliviado por encontrar una explicación.

—Mañana vamos a verla.

Candelaria bajó los ojos. Él se inclinó para besarla. Ella correspondió, deseando por un momento que aquello bastara.

* * *

Mercedes los recibió con café recién hecho. Alejandro había mandado reparar el techo. Las láminas nuevas brillaban bajo el sol y ya no había cubetas junto a la pared. Candelaria miró hacia arriba al entrar. Su marido observó el gesto y sonrió.

—Ahora puede llover lo que quiera.

Mercedes le dio las gracias. Durante la visita hablaron de cosas sencillas. Una vecina había tenido gemelos; el tendero seguía fiando de mal humor; el camino de la capilla necesitaba piedras antes de las lluvias.

Cuando Alejandro salió a revisar una llanta que el conductor encontraba baja, Mercedes se volvió hacia su hija.

—Estás más delgada.

—Es el calor.

Su madre guardó las tazas. Candelaria se quedó mirando la puerta del cuarto donde había dormido toda su vida.

—¿Podría volver aquí si algún día lo necesitara?

Mercedes dejó de moverse.

—Esta sigue siendo tu casa.

La muchacha asintió.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Mercedes se sentó frente a ella.

—¿Alejandro te trata mal?

Candelaria negó enseguida.

—No. Es bueno conmigo.

La respuesta pareció inquietar a su madre todavía más.

—Entonces habla antes de que sea más difícil.

Candelaria acarició una grieta de la mesa. Afuera, Alejandro se rio de algo que había dicho el conductor. Ella retiró la mano.

—Ya es difícil.

* * *

Fue Tomás quien, sin querer, le dio la noticia. Candelaria había ido al patio de servicio para preguntar por la yegua mora. Julián estaba en un potrero, revisando una cerca.

—¿Regresará pronto?

—Antes de que oscurezca —respondió Tomás—. Quiere dejar listo lo pendiente.

Ella levantó la mirada.

—¿Por qué?

El peón comprendió demasiado tarde.

—Por nada, señora.

—Tomás.

Él se quitó el sombrero.

—Está averiguando un trabajo fuera.

Candelaria sintió que le faltaba el aire.

—¿Fuera de la hacienda?

Tomás miró hacia las cocinas.

—Todavía no hay nada seguro.

No quiso añadir más. Candelaria regresó a la casa caminando despacio. Subió la escalera, entró en su habitación y cerró la puerta. Hasta aquel momento había pensado que Julián seguiría allí. Podía negarse a hablarle. Podía evitarla durante días. Pero estaba al otro lado del patio.

La posibilidad de que se marchara le mostró cuánto había contado con su presencia sin preguntarse qué le costaba a él permanecer.

* * *

Esa tarde, Alejandro salió con el administrador para resolver un asunto de maquinaria. Leonor recibió a dos conocidas en la sala y pidió a Petra que sirviera el chocolate. Candelaria esperó hasta escuchar las voces reunidas. Después bajó por la escalera del fondo. No llevaba botas de montar.

Cruzó el patio de servicio con una canasta que había encontrado en la cocina. Si alguien preguntaba, diría que buscaba huevos.

Al llegar a las caballerizas, vio a Julián lavándose las manos en un cubo. Tenía la camisa húmeda en la espalda y una pequeña raspadura junto al codo. Él alzó la cabeza.

—No debería venir.

Candelaria dejó la canasta en el suelo.

—¿Te vas?

Julián miró hacia el patio.

—Estoy buscando trabajo.

—¿Dónde?

—Lejos.

Ella recibió la respuesta como si le hubieran cerrado una puerta.

—¿Y no pensabas decírmelo?

Julián soltó una risa breve, incrédula.

—¿Para pedirte permiso?

—No quise decir eso.

—Entonces no me lo preguntes así.

Candelaria se acercó.

—No puedo perderte.

Él dejó el trapo sobre el borde del cubo.

—Ya tomaste una decisión, Cande. Ahora me toca tomar la mía.

Ella se detuvo. El olor de las caballerizas la devolvió a aquella noche en que había llegado para despedirse sin decírselo. Había creído que podía conservar lo mejor de ambos caminos. Ahora uno de ellos estaba a punto de desaparecer.

—No te vayas —murmuró.

Julián la observó largamente.

—Dime que vas a dejar esta casa.

Candelaria sintió frío en la espalda.

—Yo…

—No me lo digas ahora si no es verdad.

Ella miró hacia la puerta. Pensó en el armario lleno, en el techo reparado de su madre, en las cuentas que ya no tendría que hacer antes de comprar algo. También pensó en el río sin Julián. Él recogió el cubo.

—Tengo que terminar.

—Espera.

Julián se quedó quieto. Candelaria oyó su propia respiración.

—Me iré contigo.

* * *

El cubo volvió lentamente al suelo. Julián no se acercó.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

Ella asintió, aunque acababa de decirlo antes de decidir cómo cumplirlo.

—No te estoy pidiendo que salgamos a escondidas —continuó él—. Estoy hablando de irnos. De trabajar. De empezar en otro sitio.

Candelaria apretó las manos.

—Lo sé.

—Tendrás que hablar con Alejandro.

El nombre la hizo vacilar.

—Necesito encontrar el momento.

Julián bajó la mirada.

Ella vio que estaba a punto de apartarse.

—Lo haré —añadió—. Pero dame unos días.

—¿Cuántos?

La pregunta la obligó a salir de la vaguedad.

—No sé todavía.

El rostro de Julián volvió a cerrarse. Candelaria dio un paso más.

—Tengo miedo.

Aquello sí era completamente cierto. Él la miró de nuevo.

—Yo también.

La confesión lo acercó más que todas sus súplicas.

—Tengo miedo de creerte otra vez —dijo.

Candelaria sintió que se le quebraba la voz.

—Quiero estar contigo.

Julián levantó una mano y le rozó la mejilla. Ella cerró los ojos. Durante unos segundos ninguno se movió. Después él retiró la mano.

—Si no vas a hacerlo, vete ahora.

Candelaria podía marcharse. La puerta estaba detrás. El corredor de la casa, a unos pasos. En cambio, sostuvo su mirada.

—Voy a irme contigo.

* * *

Julián la abrazó con una fuerza que se aflojó en cuanto ella apoyó el rostro sobre su pecho.

Candelaria comenzó a llorar. No era solo alivio. Era la vergüenza de reconocer que había necesitado prometer una vida que todavía no se atrevía a elegir. Él le besó el cabello.

—No vuelvas a hacerme aquello —murmuró.

Ella lo sujetó con más fuerza. Cuando alzó el rostro, Julián esperó. Fue Candelaria quien lo besó. El beso tuvo primero la cautela de quienes recuerdan una herida. Después llegaron la familiaridad y el dolor de los días separados. Entraron en el cuarto de las mantas.

Allí hablaron en voz baja, se abrazaron y volvieron a besarse. Julián le preguntó una vez más si estaba segura. Ella respondió que sí, aferrándose a ese instante para no pensar en lo que vendría después. La tarde fue perdiendo luz detrás de la ventana. Cuando volvieron a quedarse quietos, Candelaria tenía una mano entre las de él. Julián le acarició los dedos.

Al sentir la alianza, se detuvo. Ella retiró la mano y se quitó el anillo. Lo dejó sobre el banco. Él miró el pequeño círculo de oro, luego su rostro. Quiso creer que aquel gesto era el comienzo de algo. Candelaria apoyó la frente en su hombro y no dijo nada.

* * *

Se vistieron antes de que encendieran los faroles del patio. Julián le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Mañana voy a preguntar por ese trabajo —dijo—. Para saber si podríamos establecernos cerca mientras arreglas lo de tu matrimonio.

Candelaria asintió.

La realidad comenzó a regresar con cada palabra. Un trabajo. Un cuarto alquilado. El dinero contado. Él hablaba con una esperanza que le impedía mirarlo de frente.

—Avísame —murmuró.

Julián tomó sus manos.

—Esta vez vamos a hacerlo bien.

Ella logró sonreír. Cuando él salió para comprobar que el patio estuviera vacío, Candelaria recogió el anillo. Lo sostuvo unos segundos. Después volvió a ponérselo.

* * *

Regresó por el camino del lavadero con la canasta contra el pecho. Petra apareció al fondo del corredor.

—La estaba buscando, señora.

Candelaria sintió que el corazón le golpeaba la garganta.

—Fui a buscar huevos.

La criada miró la canasta vacía. Candelaria añadió:

—No encontré a nadie.

Petra levantó los ojos. En el cabello de su señora había una hebra de paja. No dijo nada.

—El señor Alejandro ya viene de regreso.

Candelaria apretó el asa.

—Voy a cambiarme.

Pasó junto a ella sin detenerse. Petra permaneció en el corredor hasta verla subir. Luego fue hacia las caballerizas. No entró. Desde la puerta vio a Julián recoger una cinta del banco del cuarto pequeño. La reconoció: azul oscuro, la misma que Candelaria había llevado aquella mañana. Él la guardó en el bolsillo. Petra retrocedió antes de que pudiera verla.

Al llegar a la casa, escuchó a Leonor despedirse de sus visitas. La criada se quedó junto a la pared, pensando. Esta vez tenía algo más que una sospecha.