Capítulo 7 de 40
La orilla donde dijiste que no
Julián dejó la montura sobre el travesaño.
—Entonces será mejor que vuelva a la casa.
Candelaria había imaginado su enojo. Incluso había ensayado respuestas durante el camino. No estaba preparada para aquella voz tranquila.
—Necesito hablar contigo.
—Ya hablamos.
—No te dije todo.
Él miró hacia el patio. Dos trabajadores arrastraban una mesa junto a la fuente.
—Aquí puede entrar cualquiera.
Candelaria se acercó, pero Julián retrocedió hasta quedar al otro lado del travesaño. El gesto la detuvo.
—No he venido a hacerte daño.
Él bajó los ojos hacia su alianza.
—Ayer te casaste.
Candelaria recogió la mano contra la falda.
—Lo sé.
—Entonces también sabes por qué no debes estar diciéndome esto.
Ella sintió que comenzaban a temblarle las rodillas. Había bajado hasta allí buscando alivio. Bastaba, pensó, con que Julián la escuchara para que aquella noche dejara de dolerle tanto. Ahora comprendía que también él necesitaba protegerse.
—Me equivoqué —susurró.
Julián apretó la mandíbula. Por un instante, ella reconoció en su rostro al muchacho que había esperado una explicación durante semanas.
—¿En qué? —preguntó él.
Candelaria miró hacia el cuarto de las mantas. No pudo sostener aquella mirada mucho tiempo.
—No lo quiero.
Julián cerró los ojos brevemente. Cuando volvió a abrirlos, su expresión se había endurecido.
—Eso debiste decírselo antes de entrar a la iglesia.
—Pensé que podía aprender.
—Pues ahora tendrás que hablar con él.
Candelaria extendió una mano.
—Julián…
Él no la tomó.
* * *
Se oyó un golpe de madera en el patio. Ambos se apartaron al mismo tiempo, aunque no se habían tocado. Tomás apareció en la entrada con un cubo vacío. Al verlos, se detuvo.
—Buenos días, señora.
Candelaria enderezó la espalda.
—Buenos días.
Julián recogió el cepillo.
—La señora quiere salir a montar.
Tomás miró la yegua mora.
—¿Preparo también el caballo del patrón?
—No —respondió ella, demasiado rápido.
Los dos hombres guardaron silencio. Candelaria corrigió el tono.
—Alejandro sigue descansando.
Julián me acompañará.
Él levantó la mirada.
—Tengo trabajo pendiente.
Candelaria sintió la presencia de Tomás entre ambos. La avergonzaba que presenciara su rechazo, aunque el muchacho no supiera lo que acababa de ocurrir.
—No voy a salir sola —dijo—. Conoces los caminos.
Julián dejó el cepillo despacio.
—Tomás también los conoce.
—He pedido que vengas tú.
La frase quedó suspendida bajo las vigas. Candelaria se oyó a sí misma y quiso retirarla. Había sonado igual que Eusebio cuando daba una orden. Tomás bajó la vista hacia el cubo. Julián se volvió hacia los arreos.
—Enseguida preparo los caballos, señora.
* * *
Salieron por el camino de los eucaliptos. El sol todavía estaba bajo y el aire conservaba la humedad de la noche. La yegua mora avanzaba con paso tranquilo, reconociendo el sendero. Julián montaba unos metros detrás. Candelaria volvió la cabeza dos veces antes de atreverse a hablar.
—No quise ordenártelo así.
—Pero lo hizo.
A ella le dolió aquel tratamiento.
—¿Vas a hablarme de usted todo el tiempo?
—Mientras trabaje para su marido.
Candelaria sujetó con más fuerza las riendas. Al otro lado de la cerca, unas vacas pastaban entre manchas de sombra. El campo seguía igual que siempre. Aquella indiferencia del paisaje le resultaba extraña: ella sentía que había cambiado de vida y, sin embargo, el río continuaba en su sitio, las aves repetían sus cantos y Julián conocía cada piedra del camino.
Llegaron al desvío del molino. Él indicó la vereda de la izquierda.
—Por aquí se vuelve antes.
—Quiero ir al río.
Julián la miró. Candelaria sostuvo sus ojos.
—Por favor.
Él tardó un momento en mover las riendas.
* * *
El río bajaba claro entre las piedras. Candelaria reconoció el árbol donde habían dejado sus cosas tantas tardes. Desde allí, cuando eran novios, caminaban hasta un remanso donde el agua apenas llegaba a las rodillas. Detuvo a la yegua.
—Ayúdame a bajar.
Julián desmontó y sujetó al animal. Ella retiró el pie del estribo. Durante un instante tuvo que apoyarse en sus hombros, y él la sostuvo por la cintura solo el tiempo necesario para dejarla en el suelo. Después se apartó. Candelaria permaneció cerca. Él ató las riendas a una rama baja.
—No deberíamos tardar.
—Mírame.
Julián terminó el nudo.
—Te estoy escuchando.
Ella tragó saliva.
—Anoche pensé en ti.
Él se quedó quieto. Candelaria se acercó un paso.
—No pude dejar de hacerlo.
Julián soltó las riendas y se volvió.
—No me cuentes eso.
—Necesito que lo sepas.
—¿Para qué?
Ella abrió la boca, pero él continuó:
—¿Para que me imagine allí? ¿Para que sepa lo que pasa cuando cierran la puerta de esa habitación?
Candelaria sintió una punzada de vergüenza.
—No es lo que quiero.
—Entonces dime qué quieres.
El río llenó el silencio. Candelaria lo miró con los ojos húmedos.
—Te extraño.
La expresión de Julián cambió apenas. Ella vio el esfuerzo que le costaba permanecer inmóvil.
—Yo también te extrañé —respondió—. Mientras elegías el vestido. Mientras mandaban poner flores. Mientras yo preparaba las caballerizas para tus invitados.
Ella bajó la cabeza.
—Cada día pensé que ibas a venir —continuó él—. No a despedirte otra vez. A decirme que había entendido mal.
Candelaria se cubrió la boca. Julián apartó la mirada hacia el agua. Por primera vez desde la boda, ella lo vio sin la protección del enojo. Tenía ojeras y una herida pequeña junto al pulgar. Parecía agotado. Quiso abrazarlo.
—No me acerqué porque no sabía cómo…
—Sabías llegar hasta aquí.
Aquella frase la dejó sin respuesta.
* * *
Candelaria se sentó sobre una piedra. La falda nueva se le enganchó en una rama seca. Intentó liberarla, pero tiró demasiado y una costura cedió con un chasquido. Julián hizo un movimiento para ayudarla. Se detuvo antes de alcanzarla. Ella logró soltar la tela y dejó caer las manos.
—Creí que iba a sentirme distinta.
Él guardó silencio.
—Que cuando todo estuviera hecho se me quitaría esta… —Buscó la palabra—. Esta necesidad de verte.
Julián la observó. Candelaria levantó el rostro.
—Me casé y sigo queriéndote.
Él respiró hondo.
—¿Y qué hago yo con eso?
La pregunta era tan sencilla que la obligó a pensar más allá de su propio dolor.
—No sé.
Julián se pasó una mano por la nuca.
—Yo quería una vida contigo, Cande.
El diminutivo casi la hizo llorar.
—La quería todos los días. No solamente cuando pudieras salir de la casa sin que te vieran.
Ella se levantó.
—Podríamos hablar. Ver qué hacer.
—¿Qué estás dispuesta a hacer tú?
Candelaria miró involuntariamente hacia el camino de regreso. Julián siguió sus ojos. No dijo nada. Ese silencio la hizo acercarse de nuevo.
—No me pidas que lo resuelva todo hoy.
—No te estoy pidiendo nada.
Ella lo tomó del antebrazo. Sintió bajo la camisa el músculo tenso, la calidez familiar de su piel. Julián bajó los ojos hacia sus dedos. Candelaria dio otro paso.
—Abrázame un momento.
Él no se movió.
—Por favor.
Su voz tembló. Julián levantó una mano, pero no la llevó a su rostro. Le retiró con cuidado los dedos del brazo.
—No puedo.
Ella dejó caer la mano.
—¿Porque ya no me quieres?
Julián soltó una respiración dolorosa.
—Porque sí te quiero.
Candelaria comenzó a llorar. Él apretó los puños y volvió la cara, como si necesitara impedir que el llanto de ella decidiera por los dos.
* * *
Permanecieron separados por unos pocos pasos. Candelaria se secó las mejillas con la manga. Le avergonzaba volver a la hacienda con los ojos hinchados, tener que inventar otra explicación.
—Nadie tendría que enterarse de que nos vemos —dijo al fin.
Aquella vez no hubo vacilación.
—Yo me enteraría.
Ella sintió que se le vaciaba el pecho.
—No quise decir…
—Sí quisiste.
Candelaria volvió los ojos hacia el río. Julián recogió el sombrero que había dejado sobre la silla del caballo.
—No voy a esperar escondido a que tu marido se vaya para poder acercarme a ti.
Ella cerró los ojos.
—No hables así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
Candelaria no respondió. Julián señaló la yegua.
—Tenemos que volver.
Ella permaneció junto a la piedra unos segundos más. Después caminó hasta el animal. Él le acercó las riendas. Cuando Candelaria puso el pie en el estribo, Julián sostuvo la montura y le ofreció apoyo. Cumplió el gesto con precisión, sin brusquedad.
Eso terminó de humillarla.
* * *
Alejandro los esperaba en el corredor. Al verlos cruzar el patio, sonrió y bajó dos escalones.
—¡Ya me habían dicho que te habías escapado a montar!
Candelaria intentó acomodarse el cabello.
—Quería salir temprano.
Su marido se acercó para ayudarla a desmontar, pero Julián ya había sujetado a la yegua y ella estaba en el suelo. Alejandro le besó la mejilla. Candelaria sintió la presencia de Julián a su espalda.
—¿Te gustó el regalo? —preguntó él.
Ella tardó en comprender. Luego miró a la yegua.
—Sí. Mucho.
—Sabía que era la indicada.
Julián me ayudó a elegirla.
Candelaria mantuvo la vista sobre el animal. Alejandro se volvió hacia el peón.
—Gracias por acompañarla.
—Es mi trabajo, patrón.
Julián recibió las otras riendas y condujo a los caballos hacia las caballerizas. Candelaria lo siguió con los ojos. Alejandro le tocó suavemente el brazo.
—¿Estás bien?
Ella levantó la mirada.
—Me entró polvo.
Su marido le retiró un pequeño fragmento de hoja que llevaba prendido en el cabello.
—Vamos a desayunar.
* * *
Desde la ventana de la sala, Leonor vio a su hijo entrar con Candelaria. Esperó a que ambos desaparecieran por el corredor antes de volverse hacia Petra.
—¿Cuánto tiempo estuvieron fuera?
—No sé exactamente, señora.
—Averígualo.
La criada acomodó una esquina de la cortina.
—La señora pidió que la acompañara Julián.
Leonor dejó de mirar el patio.
—¿Lo pidió ella?
—Sí. Tomás estaba allí cuando prepararon los caballos.
Leonor permaneció callada. En el comedor, Alejandro apartó una silla para su esposa. Candelaria se sentó y recibió la taza de café que le ofrecían. Sonrió al escuchar algo que él decía. Petra observó a su señora, esperando otra instrucción. Leonor volvió los ojos hacia las caballerizas.
—La próxima vez que salga a montar —dijo—, quiero saberlo antes de que cruce el portón.