Capítulo 6 de 40
La señora de La Encina
Las campanas comenzaron a sonar antes de que Mercedes terminara de abrochar el vestido. Candelaria estaba de pie frente al espejo, con las manos apoyadas sobre el vientre. Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos, soñaba que llegaba a la iglesia descalza y no encontraba la manera de volver a casa. Su madre ajustó el último botón.
—Ya está.
La muchacha levantó la mirada. El encaje le cubría los hombros y caía sobre sus brazos con una delicadeza que parecía imposible dentro de aquel cuarto. El cabello, recogido a medias, dejaba escapar unos rizos junto al rostro. En el cuello llevaba el collar de los De la Serna. Era la novia que todas las muchachas del pueblo estaban esperando ver.
Mercedes se acercó con el velo. Antes de colocárselo, le sostuvo la cara entre las manos.
—Todavía puedo salir y decir que estás enferma.
Candelaria sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—No hagas eso.
—Entonces mírame.
Obedeció. Su madre buscó algo en su rostro. Una certeza, quizá. Algo que pudiera llevar consigo cuando regresara sola a aquella casa.
—Cuídate mucho, hija.
Candelaria la abrazó con fuerza.
Por un instante pensó en quedarse así, apretada contra el olor conocido de su madre, mientras las campanas se cansaban de llamarla. Pero alguien tocó a la puerta. El vehículo había llegado.
* * *
Alejandro esperaba junto al altar. Se acomodó los puños de la camisa por tercera vez y miró hacia la entrada. El templo estaba lleno. Había trabajadores de la hacienda, familias del ejido, comerciantes y parientes a los que apenas recordaba. Doña Leonor ocupaba la primera banca.
Llevaba un vestido oscuro y un broche de perlas. La sonrisa que ofrecía a quienes la saludaban desaparecía en cuanto volvían la cabeza. Cuando Candelaria apareció, Alejandro dejó de moverse. La vio avanzar del brazo de su madre, envuelta en la luz de la puerta, y sintió una alegría tan grande que tuvo que respirar hondo. Ella lo miró. Después buscó entre las bancas.
No encontró a Julián. Sabía que no estaría allí. Aun así, había buscado su rostro. Al llegar al altar, Mercedes entregó la mano de su hija sin pronunciar las palabras que había ensayado. Alejandro la recibió con cuidado.
—Estás preciosa —murmuró.
Candelaria intentó sonreír. La ceremonia comenzó. Escuchó las oraciones, se levantó cuando debía hacerlo y volvió a sentarse siguiendo el movimiento de Alejandro. Las palabras llegaban hasta ella por fragmentos. Fidelidad.
Compañía. Todos los días. Cuando llegó el momento de responder, sintió que la iglesia entera aguardaba. Miró a Alejandro. Candelaria comprendió con dolor que también a él podía hacerle daño.
—Sí, acepto —dijo.
Su voz se escuchó con claridad. Después él le colocó la alianza.
* * *
En La Encina, Julián escuchó el primer cohete mientras llenaba un bebedero. El agua siguió cayendo mucho después de alcanzar el borde.
—Se está derramando —dijo Tomás.
Julián cerró la llave. Llevaba varias horas trabajando sin hablar. Había alimentado a los animales, revisado las puertas y colocado una cuerda para impedir que los invitados entraran en las caballerizas. Eusebio se acercó desde el patio.
—Ya vienen. Tú quédate aquí. Que nadie saque un caballo para lucirse con las copas encima.
Julián asintió. Poco después llegaron los vehículos. La música estalló junto al corredor principal y los invitados comenzaron a bajar entre risas. Desde la entrada de las caballerizas alcanzó a ver el vestido blanco cuando Alejandro ayudó a su esposa a descender. Su esposa. La palabra le produjo un malestar físico.
Candelaria levantó el rostro hacia los arcos, hacia las flores que adornaban las columnas y las mesas dispuestas alrededor de la fuente.
Alejandro le dijo algo al oído. Ella sonrió. Julián se volvió antes de que pudieran verlo.
* * *
La fiesta ocupó toda la tarde. Hubo brindis, fotografías y felicitaciones que Candelaria recibió hasta perder la cuenta. Algunas mujeres la abrazaban con cariño; otras le examinaban el vestido antes de acercarse a besarla.
—Ahora sí vas a vivir como mereces —le dijo una antigua compañera.
Candelaria no supo qué responder. Durante la comida, Alejandro apenas se apartó de ella. Le servía agua, preguntaba si estaba cansada y le retiró discretamente una espina de rosa que se había enredado en el encaje. Esas pequeñas atenciones le daban vergüenza. Hubiera querido corresponderlas sin esfuerzo. Al terminar el primer baile, Leonor llamó a su hijo.
El administrador lo esperaba junto al despacho con varios hombres mayores. No había nada nuevo que entregarle legalmente: la hacienda ya era su responsabilidad desde la muerte de don Ernesto. Pero su madre había dispuesto aquel momento como una presentación ante los trabajadores y los socios.
Sobre una bandeja descansaban las llaves antiguas de la casa y el sello que su padre utilizaba en la correspondencia.
—Tu padre habría querido verte aquí —dijo Leonor.
Alejandro tomó las llaves. La alegría se le mezcló con una tristeza repentina. Buscó a Candelaria y le tendió la mano. Ella se acercó.
—También es tu casa —le dijo delante de todos.
Candelaria sintió las miradas sobre sí.
Al otro extremo del corredor, Mercedes recogió su bolso.
* * *
Se despidieron junto a la escalera.
—¿Ya te vas? —preguntó Candelaria.
—Tengo que darles de comer a las gallinas.
La sencillez de la respuesta le apretó la garganta.
—Puedo mandar a alguien.
Mercedes negó con una sonrisa pequeña.
—Yo puedo.
Le acomodó un rizo detrás de la oreja.
—Ven a verme cuando quieras.
Candelaria asintió. Quiso pedirle que se quedara aquella noche. En la casa sobraban habitaciones, pero no encontró la manera de decirlo sin explicar también por qué necesitaba tenerla cerca. La abrazó. Cuando Mercedes cruzó el patio, Candelaria permaneció inmóvil hasta perderla de vista. Después oyó una risa conocida. Tomás hablaba con un mozo junto a la entrada de las caballerizas.
Su mirada fue hacia allí por impulso. Julián estaba detrás, recibiendo un manojo de riendas. Se vieron. Él no se quitó el sombrero ni la saludó. Tenía las manos ocupadas y el rostro quieto. Candelaria dio un paso.
—Señora.
Petra apareció a su lado. Era la primera vez que alguien la llamaba así.
—Doña Leonor dice que ya puede subir a cambiarse. La voy a ayudar.
Candelaria volvió a mirar las caballerizas.
Julián ya había entrado.
* * *
La habitación matrimonial daba al jardín del fondo. Había una cama grande, cortinas claras y un armario donde habían colocado sus vestidos nuevos. Sobre el tocador descansaban cepillos, frascos de perfume y una caja vacía para guardar sus joyas. Petra cerró la puerta.
—El agua está lista.
Comenzó a desabrocharle el vestido. Candelaria permaneció de espaldas, observando el jardín por el cristal.
—¿Hace mucho que trabajas aquí?
—Cuatro años.
—Entonces conoces bien la casa.
—Sí, señora.
Otra vez aquella palabra. Cuando quedó libre del vestido, Candelaria tomó la bata que le ofrecían. Petra recogió el velo y las horquillas. Antes de salir, miró el equipaje abierto junto al armario. Candelaria se adelantó y cerró la maleta.
—Yo acomodo mis cosas.
—Como guste.
Al quedarse sola, abrió de nuevo. Encontró la bolsita con la cinta roja y la sostuvo un momento. Después la guardó en el fondo de un cajón, sin usarla. Se miró en el espejo. Aquel rostro era el mismo que Julián había sostenido entre las manos. Bajó la mirada.
Alejandro entró cuando la música comenzaba a apagarse en el patio.
Se había quitado el saco y traía dos vasos de agua.
—Pensé que podrías tener sed.
Candelaria recibió uno. Él miró alrededor con una sonrisa algo nerviosa.
—¿Te gusta?
—Es muy bonito.
—Podemos cambiar lo que quieras.
Ella asintió. Alejandro se sentó a su lado. Durante un momento ninguno habló. La intimidad del silencio resultaba más difícil que todas las conversaciones de la fiesta. Él le tomó la mano.
—Estamos cansados —dijo—. No tenemos que hacer nada esta noche si no quieres.
Candelaria lo miró, desconcertada por aquella salida que no había previsto. Podía aceptar. Podía pedirle tiempo. Pero tenía miedo de que su vacilación abriera preguntas.
—Quiero quedarme contigo —respondió.
Alejandro le acarició la mejilla y la besó con una ternura que ella intentó recibir sin comparar. No lo consiguió. Cuando cerró los ojos, recordó otra habitación, el olor de las mantas limpias y una voz que le preguntaba si estaba segura. Se obligó a volver al presente. Alejandro advirtió su rigidez y se detuvo.
—¿Te hago daño?
—No. Estoy nerviosa.
Era verdad, aunque no toda.
Lo dejó creer que su temor nacía de la inexperiencia. Midió sus palabras, ocultó sus recuerdos y no corrigió ninguna de las suposiciones con las que él intentaba tranquilizarla. Cuando la lámpara se apagó, Candelaria permaneció junto a su marido por voluntad propia, tratando de encontrar en aquella cercanía el afecto que había prometido. Hubo cuidado por parte de Alejandro.
También una distancia que ella no supo cruzar. Más tarde, él le besó el cabello.
—Te quiero —murmuró.
Candelaria sintió que la garganta se le cerraba. Se acurrucó junto a él para no responder. Alejandro entendió el gesto como una caricia y acabó por dormirse. Ella permaneció despierta.
No había ocurrido nada cruel. Nadie la había obligado. La habitación era hermosa, el hombre a su lado la quería y en el armario había más vestidos de los que había poseído en toda su vida. Aun así, tuvo que cubrirse la boca para que él no escuchara su llanto.
* * *
Despertó antes que Alejandro. Por unos segundos no reconoció el techo. Después vio la alianza en su mano y recordó. Su marido dormía boca abajo, con un brazo extendido hacia el espacio que ella había ocupado. Candelaria se levantó sin hacer ruido.
Abrió el armario y eligió una falda de montar. No había pensado salir a caballo hasta ese momento, pero al ponerse las botas comprendió que llevaba horas deseando bajar a las caballerizas. Se recogió el cabello. Antes de salir, miró hacia la cama.
Alejandro seguía dormido. En el corredor se encontró con Petra, que llevaba ropa limpia.
—¿Necesita algo, señora?
—Voy a montar.
—¿Le aviso al señor?
Candelaria sintió una impaciencia súbita.
—No hace falta. Volveré pronto.
Bajó la escalera y cruzó el patio. La fiesta había dejado pétalos pisoteados junto a la fuente. Dos empleados retiraban manteles y, desde las cocinas, llegaba el olor del café. En las caballerizas, Julián cepillaba a la yegua mora. Al oír pasos, levantó la cabeza. Candelaria se detuvo en la entrada. Ninguno habló enseguida. Él miró sus botas, su ropa nueva y la alianza.
Después dejó el cepillo sobre una tabla.
—¿Qué necesita, señora?
Candelaria sintió el golpe de aquel tratamiento.
—No me digas así.
Julián sostuvo su mirada.
—¿Qué necesita? —repitió.
Ella apretó las manos para impedir que le temblaran. Había imaginado muchas cosas durante el trayecto: una explicación, un reproche, quizá el alivio de escucharlo pronunciar su nombre. Solo encontró al trabajador esperando una orden.
—Quiero que ensilles un caballo —dijo al fin.
Julián volvió la vista hacia la yegua mora.
—El patrón dispuso esta para usted.
Candelaria dio un paso hacia él.
—Yo no he venido por la yegua.
La mano de Julián quedó inmóvil sobre la montura. Cuando volvió a mirarla, ya no había en sus ojos ninguna posibilidad de fingir que no había entendido.