Capítulo 5 de 40

Las vísperas de la mentira

La modista le pidió que levantara los brazos. Candelaria obedeció frente al espejo de cuerpo entero que habían llevado desde La Encina. En su pequeño cuarto, aquel objeto parecía demasiado grande: reflejaba la cama, la pared descascarada y el vestido de novia que casi tocaba el suelo.

—No se mueva —advirtió la mujer, con dos alfileres entre los labios.

Mercedes observaba desde una silla. El vestido tenía botones diminutos en la espalda y encaje bordado sobre el pecho. Candelaria había pasado semanas soñando con probárselo terminado. Ahora que lo llevaba puesto, apenas podía mirarse a los ojos.

—Le falta un ajuste aquí —dijo la modista, señalando la cintura—. Ha adelgazado.

—Casi no come —respondió Mercedes.

—Son los nervios. Todas las novias se ponen así.

Candelaria dejó que aquella explicación ocupara el cuarto. Era más fácil que admitir por qué se despertaba antes del amanecer o por qué cualquier ruido de cascos en la calle la hacía acercarse a la ventana. La boda sería dentro de ocho días.

En la plaza ya habían comenzado a hablar de los músicos contratados, de la comida y de los invitados que llegarían desde la capital. Había quienes opinaban que don Ernesto habría querido una celebración más discreta, tan reciente todavía su muerte. Otros aseguraban que la hacienda necesitaba una nueva señora.

Candelaria escuchaba las dos cosas sin intervenir. La modista retrocedió para examinar su trabajo.

—Ahora sí. Parece una princesa.

Mercedes miró el rostro de su hija en el espejo. No dijo nada.

* * *

Julián había aprendido a medir los días por las tareas de la boda. El lunes llegaron las mesas. El martes descargaron cajas de bebidas. El miércoles, Eusebio le ordenó trasladar a dos caballos para que el pasillo principal de las caballerizas pudiera limpiarse a fondo.

—Van a venir unos señores a ver los animales después de la comida —explicó—. El patrón quiere todo en orden.

Julián asintió. Cumplía su trabajo y se marchaba. Había dejado de sentarse con los otros peones a conversar antes de volver al pueblo. Algunas noches terminaba en la cantina. No siempre bebía demasiado, pero comenzaba a gustarle el instante en que el ruido de las conversaciones conseguía tapar sus pensamientos. Aquella tarde, Tomás lo encontró contando unas monedas junto al lavadero.

—¿Para otra botella?

Julián cerró la mano.

—Es mi dinero.

—Lo sé.

Tomás se agachó para lavarse los brazos.

—También sé que tu madre preguntó por ti ayer.

—Llegué tarde.

—Llevas varias noches llegando tarde.

Julián guardó las monedas en el bolsillo.

—¿Quieres que me siente en mi casa a pensar?

Tomás se secó con un costal limpio.

—Quiero que no pierdas el trabajo por una mujer que ya decidió lo que va a hacer.

Julián levantó la mirada. El otro no retrocedió.

—Te lo digo porque soy tu amigo.

Durante un momento pareció que Julián iba a contestarle con violencia. Después bajó los hombros.

—Yo también pensé que ya había decidido —murmuró—. Hasta que vino a buscarme aquella noche.

Tomás esperó. Julián se arrepintió de haber hablado. Tomó su sombrero y se marchó antes de que llegara otra pregunta.

* * *

Alejandro encontró a Candelaria en el patio de su casa, desgranando maíz junto a Mercedes. Llevaba las mangas recogidas y una trenza floja sobre el hombro. Al verlo, se limpió las manos en el delantal y quiso levantarse.

—No te muevas —dijo él—. Puedo sentarme.

Tomó un banco. Mercedes se excusó poco después para atender el fogón. No se había vuelto más entusiasta con la boda, pero tampoco deseaba humillar al muchacho por las dudas de su hija. Alejandro recogió una mazorca.

—¿Así?

Candelaria lo observó forcejear con los granos y sonrió.

—Te vas a lastimar.

—Entonces tendrás que enseñarme.

Ella le mostró cómo apoyar el pulgar.

Durante unos minutos trabajaron en silencio.

—Hablé con mi madre —dijo él al fin.

Candelaria dejó de desgranar.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros. Sobre la casa.

Ella esperó. Alejandro apartó un grano pegado a la manga.

—Sé que puede ser difícil. Está acostumbrada a decidirlo todo y todavía está de duelo. Pero quiero que tengas claro algo: si hay algún problema, puedes decírmelo.

Candelaria sintió un alivio breve.

—Tu mamá no está contenta conmigo.

—Mi madre no está contenta con casi nadie.

Ella no rio. Alejandro dejó la mazorca sobre la mesa.

—Le he dicho que vamos a tener nuestras propias decisiones.

—¿Y ella qué respondió?

Él vaciló.

—Que espera que sean buenas.

Candelaria miró sus manos. Alejandro le rozó un dedo.

—¿Tú estás contenta?

La pregunta la tomó desprevenida.

—Sí.

Él la estudió.

—A veces siento que te alejas aunque estés aquí.

Candelaria tuvo que obligarse a no retirar la mano.

—Me preocupa no saber vivir en tu casa.

—Aprenderemos juntos.

Aquella generosidad volvió a dolerle. Alejandro no le había exigido que negara su pasado. Ni siquiera le había preguntado si había amado antes. Sin embargo, Candelaria llevaba días sintiendo miedo de que lo descubriera. Había escuchado demasiadas conversaciones sobre las muchachas decentes, sobre las novias que llegaban “como debían” al matrimonio. No sabía cuánto de aquello creía él. Tampoco se atrevía a averiguarlo.

* * *

Fue doña Leonor quien convirtió ese miedo en una preocupación constante. Tres días antes de la boda, llamó a Candelaria a su habitación para mostrarle un collar que había pertenecido a la familia. La muchacha permaneció de pie mientras su futura suegra abría un estuche.

—Alejandro quiere que lo uses durante la ceremonia.

El collar descansaba sobre terciopelo oscuro. Candelaria lo miró sin tocarlo. Leonor levantó los ojos.

—Mi hijo confía mucho en ti.

—Yo lo sé.

—Espero que lo merezcas.

Candelaria sintió que la habitación se hacía más pequeña.

—Nunca le he pedido nada.

—Hay cosas que se ofrecen sin pedirlas.

Leonor cerró el estuche. Después lo deslizó hacia ella.

—No quisiera que Alejandro descubriera, después de casarse, que hay algo importante que no le contaste.

Candelaria sostuvo el estuche con ambas manos.

—¿Qué quiere decirme?

La mujer le acomodó una punta del cuello, un gesto tan cercano que resultó incómodo.

—Que todavía estás a tiempo de ser sincera.

Candelaria salió sin saber cuánto conocía Leonor y cuánto se limitaba a sospechar. En el corredor, Petra se hizo a un lado para dejarla pasar. La criada bajó los ojos hacia el estuche. Luego observó cómo la muchacha apretaba el paso hasta el patio.

* * *

Candelaria fue al mercado a la mañana siguiente. Dijo a su madre que necesitaba hilo y unas cintas. Compró ambas cosas antes de acercarse al puesto de verduras de Jacinta. La mujer estaba apartando jitomates golpeados.

En el pueblo acudían a ella por hierbas para el malestar, por limpias y por asuntos que nadie quería comentar en voz alta. Algunos la llamaban curandera; otros, hechicera. Jacinta rara vez corregía a nadie. Vio a Candelaria y dejó los jitomates.

—¿Qué necesita la novia?

La muchacha miró a ambos lados.

—Hablar con usted.

Jacinta señaló el pasillo estrecho detrás del puesto. Allí olía a costales húmedos y cilantro. Candelaria tardó tanto en comenzar que la mujer acabó preguntando:

—¿Estás enferma?

—No.

—¿Entonces?

Ella se llevó una mano al anillo.

—Tengo miedo de mi noche de bodas.

Jacinta la observó con atención.

Candelaria bajó la voz hasta volverla casi inaudible.

—Yo ya estuve con alguien.

La mujer no mostró sorpresa.

—¿Alejandro lo sabe?

Candelaria negó.

—Quiero que crea que es mi primera vez.

Jacinta se quedó callada. En la calle, un vendedor anunció el precio de las naranjas.

—No hay nada que te devuelva una primera vez —respondió al fin.

—Pero puede ayudarme a que él no se dé cuenta.

La mujer la miró largamente. Candelaria sintió vergüenza, pero continuó:

—Y tampoco quiero quedar embarazada todavía.

Jacinta se apoyó en una caja.

—Para eso no te fíes de lo que cuentan en los puestos. Busca a alguien que sepa atenderte. Yo no te voy a dar un remedio que te haga daño.

La respuesta no era la que esperaba. Candelaria comenzó a llorar.

—Si descubre lo de antes, todo se acaba.

—¿Te lo dijo él?

Ella negó.

—Entonces, ¿quién?

Candelaria no respondió. Jacinta suspiró y sacó de un cajón una bolsita de tela con una cinta roja.

—Esto es para que tengas algo entre las manos cuando te gane el miedo. Nada más.

Candelaria la recibió.

—¿Y qué le digo?

—Lo que puedas sostener después.

La muchacha dejó unas monedas sobre la caja. Jacinta le devolvió dos. Antes de dejarla salir, le sujetó suavemente la muñeca.

—Una boda no borra lo que pasó antes, Candelaria. Vas a llevarlo contigo aunque nadie más lo sepa.

* * *

Aquella tarde, Julián encontró a Alejandro en las caballerizas. El patrón revisaba una montura nueva.

—Quería pedirte algo —dijo al verlo.

Julián esperó.

—El día de la boda necesito a alguien de confianza pendiente de los caballos. Habrá mucho movimiento y no quiero que ningún invitado se acerque sin permiso.

—Yo me encargo.

Alejandro asintió, agradecido. Después apoyó una mano sobre la montura.

—Candelaria me contó que sabe montar desde niña.

Julián sintió un tirón en el pecho.

—Sí.

—Quiero regalarle una yegua. Pensé en la mora, la que tienes en el último pesebre. ¿Es tranquila?

Julián miró hacia el fondo. Él había enseñado a Candelaria a montar en aquella yegua. Recordaba sus risas cuando el animal se detenía a comer y ella no conseguía hacerlo avanzar.

—Es buena —respondió.

—Perfecto. Después de la boda, enséñale dónde está todo. Quiero que se sienta en su casa.

Julián pasó una mano por la madera del pesebre.

—Como usted diga.

Alejandro le dio una palmada en el hombro antes de marcharse. Julián esperó a quedarse solo. Luego fue hasta la yegua mora y apoyó la frente contra su cuello. El animal siguió masticando, ajeno a todo.

* * *

La víspera de la boda llovió. Mercedes puso dos recipientes bajo las goteras mientras Candelaria observaba el vestido colgado junto al armario. La casa olía a tierra mojada y café.

—Mañana ya no vas a tener que hacer eso —dijo la muchacha.

Su madre acomodó un balde.

—Mañana voy a seguir viviendo aquí.

—Alejandro dice que podemos arreglar el techo.

Mercedes se enderezó.

—Eso se agradece. Pero tú no te cases para pagarme las goteras.

Candelaria miró hacia la ventana. La lluvia cubría el vidrio con líneas torcidas.

—Ya está todo preparado.

Mercedes se acercó.

—Te estoy hablando de ti.

Por un momento, Candelaria pareció a punto de decir algo. Le tembló la boca. Después preguntó:

—¿Crees que una puede aprender a querer a alguien?

Mercedes tardó en contestar.

—Puede pasar.

Candelaria cerró los ojos.

—Entonces quizá me pase.

Su madre le acarició el cabello, como cuando era pequeña y despertaba asustada. No intentó convencerla de nuevo. Aquella noche, Candelaria colocó la bolsita de cinta roja dentro del equipaje que llevaría a La Encina. Debajo dejó el pañuelo con las flores secas de Julián. Permaneció un rato mirando las dos cosas. Luego cerró la maleta.

* * *

En la cantina, don Chava retiró el vaso que Julián intentaba llenar otra vez.

—Ya estuvo.

—Todavía puedo pagar.

—No te pregunté eso.

Julián apoyó los codos en la barra. Desde la plaza llegaba el ruido de quienes terminaban de montar los adornos para el día siguiente.

—Mañana se casa —dijo, como si el cantinero no lo supiera.

Don Chava guardó la botella.

—Sí.

Julián soltó una risa breve, sin alegría.

—Y yo tengo que cuidar sus caballos.

Se quedó mirando sus manos. Las mismas con las que había recogido flores junto al arroyo. Al cabo de un momento se levantó y dejó unas monedas sobre la barra. Afuera, la lluvia había terminado.

Caminó hacia su casa evitando la calle de la capilla. No quería ver la puerta verde ni saber si todavía había luz en el cuarto de Candelaria.

Al llegar a la esquina, sin embargo, se detuvo. Las campanas ensayaron un repique. Julián se quitó el sombrero y esperó a que callaran. Después siguió andando.