Capítulo 4 de 40

El precio de decir que sí

La primera vez que Julián entró en la cantina después de la coronación, pidió un vaso de agua. Don Chava se lo sirvió sin preguntar. Lo conocía desde que acompañaba a su padre a recoger costales vacíos y sabía que no acostumbraba beber.

Julián se sentó en el extremo de la barra.

Desde allí podía ver un pedazo de la plaza y la esquina por donde Alejandro de la Serna había pasado aquella tarde, conduciendo él mismo, con Candelaria a su lado. Ella llevaba el cabello suelto. Se estaba riendo.

Julián había permanecido junto al puesto de semillas hasta que el vehículo desapareció. Después caminó hacia la cantina porque no quería llegar a casa y responder a las preguntas de su madre. Bebió el agua de un trago.

—Ahora sírvame algo que no sepa a nada de esto.

Don Chava apoyó ambas manos en la barra.

—¿Ya comiste?

—No tengo hambre.

—Entonces primero comes.

Le dejó delante un plato de frijoles y dos tortillas. Julián quiso protestar, pero acabó tomando una. Mientras masticaba, recordó a Candelaria sentada junto a él en la orilla del río, partiéndole su propia comida porque él había olvidado llevar algo. No entendía cómo una misma persona podía permanecer tan cerca en la memoria y haberse vuelto inaccesible en apenas unas semanas.

* * *

Durante el mes siguiente, Alejandro visitó la casa de la puerta verde casi todas las tardes. Algunas veces llevaba flores; otras, un libro, dulces de la cabecera o una cinta que había visto en un escaparate. Candelaria comenzó a distinguir el sonido de su vehículo antes de que doblara la esquina. Lo esperaba arreglada.

Había aprendido que le gustaba el café con poca azúcar y que, cuando hablaba de sus años lejos del pueblo, se frotaba el pulgar contra el nudillo del índice. Alejandro también empezó a conocerla. Sabía que apartaba las pasas de los panes, que le tenía miedo a las tormentas fuertes y que podía pasar mucho tiempo mirando telas.

—Podrías aprender a diseñar vestidos —le dijo una tarde.

Candelaria rio.

—Primero tendría que aprender a coser derecho.

—Eso se aprende.

Él lo decía con tanta facilidad que ella se quedó pensativa. En su casa, aprender algo siempre había significado pagar pasajes, dejar trabajo pendiente o conseguir dinero que hacía falta para otra cosa. Con Alejandro, las posibilidades aparecían antes que los obstáculos. Eso le gustaba. Le gustaba más de lo que se atrevía a reconocer.

Sin embargo, cuando él le tomaba la mano, a veces sentía el impulso de cerrarla para proteger un recuerdo. Julián le había dejado de hablar. Si coincidían en el camino, se quitaba el sombrero y seguía andando. Ya no la buscaba con los ojos ni encontraba excusas para acercarse. Candelaria comenzó a extrañar incluso aquellas preguntas que antes le parecían tan sencillas.

«¿Ya comiste?».

«¿Te acompaño?».

«¿Por qué estás triste?».

Alejandro le preguntaba también por sus tristezas. Ella siempre respondía que estaba cansada.

* * *

La propuesta llegó un sábado. Alejandro había pedido a Mercedes permiso para llevarlas a comer a la cabecera. Eligió un restaurante con patio interior y una fuente pequeña donde flotaban pétalos blancos. Candelaria apenas pudo probar la comida. No estaba acostumbrada a que alguien le retirara el plato antes de que ella pensara en levantarse.

Después del postre, Alejandro dejó la servilleta sobre la mesa.

—Hay algo que quiero decirles.

Mercedes lo miró sin sorpresa. Candelaria sintió que se le aceleraba el corazón. Él sacó una caja del bolsillo. No la abrió inmediatamente.

—Sé que ha pasado poco tiempo —comenzó—. Y sé que todavía tenemos mucho que aprender el uno del otro.

Candelaria miró sus dedos alrededor de la caja.

—No quiero que aceptes por agradecimiento —continuó Alejandro—. Ni por los regalos. Si necesitas tiempo, te lo voy a dar.

Mercedes bajó los ojos hacia su taza. Alejandro abrió la caja. La piedra del anillo atrapó un destello de luz.

—Quiero casarme contigo, Candelaria.

La fuente siguió sonando. Ella pensó en su madre remendando la ropa bajo el foco de la cocina. Pensó en la habitación de La Encina que daba al jardín. Y después, sin poder evitarlo, recordó un terreno junto al molino, un mezquite y las ventanas azules de una casa que todavía no existía. Sintió dolor.

Lo confundió con el miedo de estar dejando atrás su vida.

—Sí —dijo.

Alejandro se quedó inmóvil un instante.

—¿Sí?

Candelaria asintió. Él sonrió, le tomó la mano y deslizó el anillo en su dedo. Cuando se inclinó para besarla, ella cerró los ojos.

Mercedes permaneció sentada frente a ambos, con la taza intacta entre las manos.

* * *

La noticia llegó a La Encina antes que ellos. Un empleado del restaurante tenía una hermana en las cocinas de la hacienda. Para cuando el vehículo cruzó el portón, Petra ya había escuchado que pronto habría boda. Doña Leonor recibió a su hijo en el despacho de su difunto esposo. Alejandro entró sonriente. Su madre no le ofreció asiento.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Él cerró la puerta.

—Ahora.

—Después de pedirle matrimonio.

—Sí.

Leonor miró el retrato de don Ernesto que seguía sobre el escritorio.

—Tu padre llevaba años preparando relaciones para esta familia.

Alejandro perdió la sonrisa.

—Yo no soy una relación de negocios.

—Eres responsable de una hacienda, de trabajadores, de un apellido…

—Y voy a casarme con Candelaria.

La firmeza de su voz sorprendió a ambos. Leonor se volvió hacia él.

—Apenas la conoces.

—La voy a conocer mejor.

—Eso se hace antes de darle un anillo.

Alejandro respiró hondo. Por un momento volvió a parecer el niño que esperaba una carta de su casa y recibía instrucciones sobre las calificaciones.

—No te estoy pidiendo que la quieras hoy —dijo—. Te estoy pidiendo que la respetes.

Leonor apoyó los dedos sobre el escritorio.

—¿Y tú sabes si ella te quiere?

Él tardó un instante en responder.

—Aceptó casarse conmigo.

Su madre no dijo nada.

* * *

Dos días después, Leonor invitó a Candelaria a tomar el té. La nota decía que quería hablar sobre la ceremonia. Mercedes tenía un pedido grande de comida y no pudo acompañarla. Candelaria llegó con el anillo puesto. Petra la condujo hasta una sala pequeña, apartada del corredor principal. Leonor esperaba junto a una mesa donde habían dispuesto muestras de encaje y un cuaderno.

—Siéntate.

Candelaria obedeció. Hablaron de flores, invitados y del vestido. Leonor mencionó una modista de la capital y una joyería donde conservaban piezas de la familia. Cada detalle parecía abrir otra puerta. Luego cerró el cuaderno.

—Ahora hablemos de lo que importa.

Candelaria levantó la mirada.

—Alejandro se entusiasma con facilidad —dijo Leonor—. No quisiera que confundieras su generosidad con falta de carácter.

—No lo hago.

—Me alegra.

La mujer se sirvió té.

—Me han dicho que tenías novio.

Candelaria sintió frío en las manos.

—Ya no.

—Eso también me lo dijeron.

Leonor removió el té aunque no le había puesto azúcar.

—El muchacho de las caballerizas.

Candelaria miró hacia la puerta.

—Julián.

—¿Terminó todo entre ustedes?

La pregunta era sencilla. Su tono no lo era.

—Sí.

—Entonces no habrá dificultades.

Candelaria se obligó a sostenerle la mirada.

—No entiendo a qué se refiere.

Leonor dejó la cucharilla en el plato.

—Este pueblo habla demasiado. Una mujer que entra en esta familia tiene que aprender a evitar ciertas familiaridades.

—No he hecho nada…

—No te estoy acusando. Te estoy explicando lo que se espera.

Candelaria bajó los ojos hacia el anillo. Leonor lo advirtió.

—Ese perteneció a la abuela de Alejandro.

La muchacha recogió la mano sobre su falda. Por primera vez desde que había aceptado casarse, sintió que el anillo podía pertenecerle a todo el mundo menos a ella.

* * *

La noticia encontró a Julián mientras ajustaba una puerta del pesebre.

Eusebio entró acompañado por Tomás.

—Hay que pintar esta parte antes de la boda —dijo el capataz—. Van a pasar invitados por el patio.

Julián dejó el martillo sobre una tabla.

—¿Qué boda?

Tomás cerró los ojos un instante. Eusebio se volvió.

—La del patrón. ¿No sabías?

Julián sintió que le zumbaban los oídos.

—¿Cuándo?

—En seis semanas. Y no quiero trabajos a medias.

El capataz siguió hablando de cal, madera y jornales extraordinarios. Julián apenas escuchó. Cuando quedaron solos, Tomás se acercó.

—Pensé que ya te habían dicho.

Él recogió el martillo. Intentó colocar un clavo. Falló el primer golpe. En el segundo se lastimó un dedo. Soltó una maldición y arrojó la herramienta. Tomás no le pidió que se calmara. Solo recogió el martillo y terminó de fijar la tabla.

* * *

Esa tarde, Candelaria salió del pueblo con una canasta vacía. Había llevado comida a una vecina y eligió regresar por el camino largo, el que bordeaba los terrenos de La Encina. Vio a Julián antes de que él la viera.

Caminaba con el sombrero bajo el brazo. Podría haberse escondido detrás de la tapia. En cambio, lo llamó. Él se detuvo.

Sus ojos bajaron hasta el anillo. Candelaria cerró la mano demasiado tarde.

—Quería hablar contigo.

Julián la miró con un cansancio que no le conocía.

—Pues habla.

Ella había deseado encontrarlo durante días. Ahora que lo tenía enfrente, no sabía qué pedirle.

—No quería que te enteraras por otros.

—Pero me enteré por otros.

Candelaria apretó el asa de la canasta.

—Todo ha pasado muy rápido.

—Para mí también.

El silencio fue breve y áspero.

—Espero que algún día puedas perdonarme —dijo ella.

Julián apartó la vista hacia los potreros.

—¿Qué quieres que perdone? ¿Que dejaste de quererme o que no me lo dijiste?

Candelaria sintió que las lágrimas acudían enseguida.

—No dejé de…

Se interrumpió. Él volvió a mirarla.

—Termina.

Ella no pudo. Julián asintió lentamente.

—Eso pensé.

—No sabes lo que siento.

—Tú tampoco me lo dices.

Candelaria dio un paso hacia él. Julián retrocedió. Aquel movimiento le dolió más que cualquier reproche.

—¿Lo quieres? —preguntó él.

Ella abrió la boca. Podía mentir. Podía decir que sí y terminar de una vez. Pero el rostro de Julián, tan serio, la dejó sin voz. Él aguardó hasta que la falta de respuesta fue suficiente. Después se colocó el sombrero.

—No vuelvas a buscarme para que te diga que está bien.

Pasó a su lado. Candelaria se volvió.

—Julián.

Él siguió caminando. Ella lo vio alejarse con el anillo clavándosele en la palma cerrada.

* * *

Aquella noche, Mercedes encontró a su hija sentada junto a la cama. Sobre la mesa había un vaso vacío. Las flores del arroyo, ya secas, descansaban sobre un pañuelo.

—Todavía puedes decir que no —murmuró su madre.

Candelaria miró las margaritas quebradizas. Después se secó las mejillas y tomó el anillo que había dejado junto a ellas.

Se lo puso despacio.

—Mañana viene la modista —respondió.

Mercedes permaneció unos segundos en la puerta. Luego se retiró. Candelaria envolvió las flores en el pañuelo y abrió el cajón de su mesa. Las guardó debajo de una blusa, lejos de la vista de cualquiera. Cuando cerró, un pétalo quedó atrapado entre la madera. Intentó sacarlo sin romperlo. Se deshizo entre sus dedos.