Capítulo 3 de 40
La puerta verde
Candelaria despertó con el ruido de las tortillas al caer sobre el comal. Por unos segundos permaneció inmóvil, mirando las vigas del techo. Luego recordó las caballerizas, la voz de Julián y aquella última petición que todavía le quemaba por dentro.
«Ya no me abraces».
Se incorporó despacio. Las flores del arroyo seguían en el vaso junto a su cama. Una margarita se había inclinado durante la noche y rozaba la madera de la mesa. Candelaria enderezó el tallo, aunque sabía que no serviría de mucho.
—Ya está el desayuno —llamó su madre.
Cuando salió del cuarto, Mercedes estaba sirviendo frijoles. No preguntó dónde había ido ni a qué hora había regresado. Aquello inquietó a Candelaria más que un regaño.
Se sentó frente a su plato.
—¿No vas a comer tú?
—Ya comí.
Su madre tomó una tortilla y la envolvió en una servilleta. Candelaria partió un pedazo sin llevárselo a la boca.
—Terminé con Julián.
Mercedes dejó de acomodar las tortillas.
—¿Anoche?
Ella asintió.
—¿Le dijiste por qué?
Candelaria miró su plato.
—Le dije que quería estar sola.
Su madre volvió la cabeza hacia la jarra de rosas que ocupaba casi toda la mesa.
—Entonces, si Alejandro viene, vas a tener que decirle lo mismo.
El silencio se extendió entre ambas. Candelaria sintió que le ardían los ojos.
—No quiero vivir siempre contando monedas, mamá.
Mercedes se sentó frente a ella.
—Yo tampoco quería eso para ti.
—Pues es lo que tenemos.
—Sí.
La respuesta, tan sencilla, la desarmó. Mercedes tenía las manos sobre la mesa. En un dedo conservaba una pequeña quemadura del día anterior; junto a la muñeca, una vena sobresalía bajo la piel. Candelaria se obligó a continuar:
—Quiero que tengas una casa buena. Que no se meta el agua. Que cuando te enfermes podamos llevarte al doctor sin pedir prestado.
—¿Y para eso tienes que casarte con alguien a quien acabas de conocer?
—No he dicho que vaya a casarme.
—Pero ya estás haciendo cuentas.
Candelaria se levantó con tanta rapidez que la silla raspó el suelo.
—No sabes lo que estoy pensando.
Mercedes la miró con tristeza.
—Por eso te estoy escuchando, hija.
Pero Candelaria ya no encontró nada que decir.
* * *
En La Encina, Julián trabajaba desde antes del amanecer. Había dormido apenas una hora, sentado contra la pared de su cuarto. Después se lavó la cara en el abrevadero y comenzó a repartir alimento. Cada tarea le servía para aplazar el momento de quedarse quieto.
Revisó dos veces los mismos arreos. Barrió un pasillo que ya estaba limpio. Cuando encontró la manta doblada en el cuarto de las herramientas, la guardó al fondo del arcón sin mirarla.
—Te vas a acabar las escobas —comentó Tomás, uno de los peones.
Julián siguió trabajando. Tomás, que lo conocía desde niño, se recargó en el marco de la puerta.
—¿No ganaron anoche?
—Ella ganó.
El otro comprendió que no debía bromear. Antes de que pudiera preguntar algo, apareció Eusebio.
—Ensilla el alazán —ordenó a Julián—. El patrón quiere recorrer el potrero del norte.
Julián dejó la escoba. Alejandro llegó unos minutos después, vestido para montar y con un cuaderno pequeño en la mano. Saludó a los trabajadores por su nombre cuando lo sabía y preguntó los que aún desconocía.
—Robles, ¿verdad? —dijo al acercarse.
—Julián Robles.
—Necesito que me acompañes. Me dijeron que conoces bien los caballos y los caminos.
—Sí, patrón.
Alejandro pasó la palma por el cuello del alazán.
—¿Tiene alguna maña?
—Le molesta que lo jalen de golpe. Si lo lleva tranquilo, responde bien.
—Entonces nos entenderemos.
El comentario habría podido parecerle agradable en otro momento. Julián terminó de ajustar la cincha. Durante el recorrido, Alejandro preguntó por las cercas dañadas, los bebederos y la cantidad de animales que podían mantenerse en aquel terreno durante la temporada seca. Escuchaba las respuestas y tomaba notas. Julián tuvo que admitir, a su pesar, que el muchacho quería aprender.
Al regresar, Alejandro desmontó frente a las caballerizas.
—Mañana voy a hablar con el administrador sobre los bebederos. No tiene sentido perder ganado por ahorrar en eso.
Julián recibió las riendas.
—Hace falta desde el año pasado.
—Pues debió hacerse desde entonces.
Alejandro se quitó los guantes y pareció recordar algo.
—Por cierto, tú eres del pueblo. ¿La casa detrás de la capilla queda junto a la tienda?
Julián sintió que se le endurecía el pecho.
—Hay varias casas.
—Una con la puerta verde. La de Mercedes Mendoza.
El caballo movió la cabeza. Julián le acarició el hocico para mantener ocupadas las manos.
—Pasando la tienda. La segunda.
—Gracias.
Alejandro dio unos pasos antes de volverse.
—Y gracias por lo de hoy. Me vas a ser de mucha ayuda.
Julián esperó hasta que desapareció por el corredor. Después condujo al caballo al pesebre y apoyó un momento la frente contra la madera.
* * *
Alejandro llegó a la puerta verde a las cinco de la tarde. No llevaba otro ramo. Traía una caja de pan de la cabecera y se había quitado el sombrero antes de llamar. Mercedes abrió.
—Buenas tardes. Soy Alejandro de la Serna.
—Ya sé quién es.
La franqueza lo hizo vacilar.
—Vine a saludarla. Y a ver a Candelaria, si usted lo permite.
Mercedes miró la caja. Él se la ofreció.
—No sabía qué les gustaba.
—No tenía que traer nada.
Aun así, lo dejó pasar. Candelaria apareció desde el patio. Se había cambiado de blusa tres veces y llevaba el cabello sujeto con una cinta, aunque varios rizos se le escapaban alrededor del rostro. Al verlo dentro de su casa sintió, por primera vez, vergüenza del techo manchado y de las sillas desiguales. Alejandro no pareció advertir nada.
Se sentó donde Mercedes le indicó y aceptó café en una taza despostillada. Preguntó por el huerto del patio, por las gallinas y por las fotografías que colgaban junto al almanaque. Candelaria comenzó a relajarse. Le contó que ayudaba a su madre con pedidos de comida y que, algunas mañanas, vendían gorditas cerca de la parada.
—¿Y te gusta cocinar? —preguntó él.
—Me gusta cuando no tengo que hacerlo para veinte personas antes de las siete.
Alejandro rio.
Mercedes también, a pesar suyo. La conversación continuó hasta que él preguntó:
—¿Podría invitarte a conocer la hacienda el domingo? Mi madre estará allí.
Candelaria sintió una alegría inmediata. Mercedes dejó la taza sobre el plato.
—¿Para qué quiere invitarla?
Alejandro miró primero a Candelaria y después a su madre.
—Porque me interesa conocerla mejor, señora.
La muchacha apretó las manos sobre su falda.
—No vine a pasar unos días —continuó él—. Voy a quedarme. Estoy comenzando una vida aquí y… quisiera verla.
Mercedes no respondió enseguida.
—Mi hija también está comenzando la suya. Espero que lo recuerde.
—Lo recordaré.
Candelaria se sorprendió deseando que su madre terminara pronto con las advertencias. Había aceptado tantas preocupaciones durante años que aquella posibilidad de algo distinto le parecía demasiado frágil.
—Me gustaría ir —dijo.
Alejandro sonrió. Y ella le devolvió la sonrisa antes de pensar en Julián.
* * *
Esa noche, en el comedor de La Encina, doña Leonor de la Serna escuchó el nombre de la invitada sin interrumpir a su hijo. Llevaba luto riguroso. El cabello, recogido sin un mechón fuera de lugar, acentuaba la severidad de su rostro.
—Mendoza —repitió—. ¿Qué Mendoza?
—Su madre se llama Mercedes. Viven detrás de la capilla.
Leonor cortó un trozo de carne.
—La que vende comida.
Alejandro levantó la vista.
—Sí.
—Conozco a la madre.
—Entonces será más fácil.
Leonor dejó los cubiertos.
—Has regresado hace apenas unos días.
—No estoy anunciando una boda, mamá. La invité a comer.
La mujer sostuvo su mirada. Después tomó la servilleta.
—Que vengan las dos.
En la puerta del comedor, una criada joven esperaba con la cafetera entre las manos. Se llamaba Petra y llevaba cuatro años al servicio de Leonor. Había aprendido a escuchar sin volver la cabeza y a recordar aquello que su señora podía necesitar más tarde.
—Petra —dijo Leonor—, el domingo tendremos visitas.
—Sí, señora.
—Que todo esté dispuesto.
Alejandro volvió a su plato, satisfecho. Leonor lo observó un momento. Desde niño había tenido aquella costumbre: entusiasmarse con algo y creer que los demás acabarían viendo lo mismo que él. Su padre solía resolverlo con una orden. Ella prefería conocer primero aquello que podía convertirse en un problema.
* * *
El domingo, Mercedes se negó a estrenar el vestido que Alejandro había enviado a través del administrador.
La caja llegó con una nota breve: había visto la tela en la cabecera y pensó que podía gustarles. Dentro había dos vestidos. Candelaria se quedó mirando el suyo largo rato. Era azul, de una suavidad que nunca había sentido entre los dedos.
—Yo voy con mi ropa —dijo Mercedes.
—Podrías probártelo.
—Y podrías decirle que no vuelva a comprarme cosas sin preguntarme.
Candelaria guardó silencio. Ella sí se puso el suyo. Durante el trayecto a la hacienda, en el vehículo que Alejandro mandó por ellas, evitó mirar a su madre. Se concentró en el camino y en el portón que se abrió antes de que el conductor tocara la bocina. Al entrar en el patio principal, se quedó sin aliento.
Desde fuera había imaginado la casa muchas veces. No había previsto el sonido de la fuente, las macetas de barro rebosantes de flores ni el aire fresco que recorría los arcos. Alejandro bajó los escalones para recibirlas.
—Te queda muy bien —le dijo.
Candelaria sonrió. Por encima de su hombro vio las caballerizas. Buscó sin querer una camisa blanca, una figura conocida. No encontró a nadie.
—Mi madre las está esperando —añadió él.
Doña Leonor las recibió en la sala. Besó apenas el aire junto a la mejilla de Mercedes y le ofreció a Candelaria una mano fría.
—Así que tú eres nuestra reina.
—Solo de la fiesta, señora.
Leonor la recorrió con los ojos, deteniéndose un instante en el vestido.
—Ya veremos cuánto te dura la corona.
Alejandro rio, convencido de que era una broma.
Mercedes no lo hizo. Durante la comida, Leonor preguntó por el padre de Candelaria, muerto años atrás, por los parientes que tenían fuera y por el trabajo de Mercedes. Cada pregunta parecía cortés hasta que llegaba la siguiente. Candelaria respondió con cuidado. Quería agradarle. Quería que aquella mesa volviera a esperarla otro domingo. Después del postre, Alejandro propuso mostrarle el jardín.
Mientras caminaban hacia los corredores, pasaron frente al acceso de las caballerizas. Julián apareció llevando una silla de montar. Los vio. Candelaria se detuvo medio paso. Alejandro, ajeno a lo que ocurría, levantó la mano.
—Robles. El martes revisamos lo de la cerca.
—Sí, patrón.
Los ojos de Julián descendieron hacia el vestido azul y luego hacia la mano de Alejandro, apoyada suavemente en la espalda de Candelaria para indicarle el camino. Ella quiso decir su nombre. Julián inclinó la cabeza y siguió andando.
—Es de los mejores trabajadores que tenemos —comentó Alejandro—. Mi padre hablaba bien de él en sus notas.
Candelaria miró al frente.
—Sí —murmuró—. Es muy trabajador.
* * *
Al caer la tarde, Alejandro la llevó hasta el balcón desde donde se veían los potreros. Candelaria apoyó los dedos en la baranda. Había vivido siempre cerca de aquellas tierras sin imaginar que algún día las contemplaría desde allí.
—Me gustaría que volvieras —dijo él.
Ella observó los campos, las cercas que se perdían a lo lejos, el camino por donde Julián debía regresar a su cuarto.
—Me gustaría volver.
Alejandro le tomó la mano.
—Y quisiera ir a verte. Sin tener que inventar que paso por el pueblo.
Candelaria lo miró. Él estaba nervioso. Aquello hizo más difícil lo que iba a hacer.
—No tienes que inventar nada.
Alejandro sonrió con una felicidad tan franca que ella sintió una punzada de culpa. Abajo, en el patio, Julián salió de las caballerizas. Alzó la vista una sola vez. Vio a Candelaria junto al heredero, con el vestido nuevo moviéndose al viento y su mano entre las de él. Después se colocó el sombrero y cruzó el portón. Candelaria siguió su figura hasta que desapareció.
—¿Qué miras? —preguntó Alejandro.
Ella volvió el rostro.
—El camino.
Y dejó que él le besara la mano.