Capítulo 2 de 40

Lo que se entrega y lo que se pierde

Alejandro de la Serna la esperaba junto a la pista improvisada cuando Candelaria regresó a la plaza. Al verla con las rosas entre los brazos, sonrió.

—Pensé que ya te habías ido.

—Tenía que guardar la corona.

—¿Pesa mucho?

—Más de lo que parece.

Él soltó una risa breve y señaló una silla.

—Puedo dejarte las flores aquí, si me permites este baile.

Candelaria miró hacia donde estaba su madre. Mercedes hablaba con una vecina, pero sus ojos encontraron enseguida los de su hija. Después se desplazaron hacia Alejandro. No sonrió. Candelaria apartó la mirada.

—Solo una pieza —respondió.

Alejandro recibió el ramo, lo dejó sobre una mesa y le ofreció la mano. No la tomó de la cintura hasta que estuvieron en la pista. Había cierta cautela en sus movimientos, como si temiera incomodarla. Candelaria había imaginado al hijo del hacendado orgulloso y acostumbrado a ordenar; aquella timidez la desconcertó.

—No bailo muy bien —confesó él.

—Entonces sígame.

—¿Vas a hablarme de usted toda la noche?

Ella sonrió.

—Es la costumbre.

—Tenemos casi la misma edad.

La banda comenzó una canción lenta. Candelaria sintió las miradas que los seguían. Cerca de los puestos, dos muchachas dejaron de conversar para observarlos. Un hombre se quitó el sombrero al paso de Alejandro. Ella enderezó la espalda.

—¿Te gusta vivir aquí? —preguntó él.

—Aquí he vivido siempre.

—Eso no responde.

Candelaria pensó un momento.

—Me gusta el río. Y cuando llueve, el cerro se pone de un verde que parece mentira.

—¿Y lo demás?

Miró las bombillas colgadas sobre la plaza.

—A veces quisiera conocer otra vida.

Alejandro asintió.

—Yo pasé años queriendo regresar.

—Porque sabías lo que te esperaba.

Él bajó los ojos un instante.

—Creía que mi padre iba a estar aquí.

Candelaria se arrepintió de sus palabras.

—Lo siento.

—No podías saberlo.

Bailaron unos segundos sin hablar. De pronto, Alejandro dejó de parecerle únicamente el heredero de una fortuna. Era también un muchacho que había regresado a una casa donde faltaba alguien. Aquello le permitió relajarse. Cuando terminó la canción, él no intentó retenerla.

—Gracias —dijo—. Me has dado la mejor parte de esta noche.

Candelaria sintió que se le encendían las mejillas. Alejandro recogió las flores y se las entregó.

—¿Puedo ir a visitarte?

Ella tardó demasiado en responder. Pensó en Julián esperando en las caballerizas.

—Mi mamá está casi siempre en casa.

—Entonces iré a saludar a tu mamá también.

Candelaria acarició con el pulgar el borde del papel que envolvía las rosas.

—Vivimos detrás de la capilla. La casa de la puerta verde.

* * *

Mercedes caminó de regreso sin comentar el baile. Llevaba la corona dentro de una bolsa, mientras Candelaria sostenía las rosas contra el pecho. En la otra mano cargaba el pequeño ramo del arroyo. Al dejar atrás la última calle iluminada, su madre habló:

—¿Y Julián?

—Se fue a la hacienda.

—¿Lo despediste?

—Hablé con él.

Mercedes se detuvo.

—Te estoy preguntando otra cosa.

Candelaria sintió que el listón azul se le clavaba entre los dedos.

—Mamá, estoy cansada.

Su madre observó los dos ramos.

—No voy a elegir por ti. Pero si ese muchacho ya no te interesa, tienes que decírselo antes de recibir a otro en la casa.

—No es tan fácil.

—Para él tampoco va a serlo.

Continuaron caminando. Al llegar, Candelaria dejó las rosas en una jarra grande. Para las flores de Julián buscó un vaso y lo colocó junto a su cama. Mercedes la observó desde la puerta.

—La belleza hace que mucha gente se acerque, hija. A ti te toca averiguar quién se quedaría si un día ya no tuvieras nada que ofrecerle.

Candelaria no contestó. Esperó a que su madre se acostara. Después se quitó el vestido marfil y se puso una falda sencilla, una blusa clara y el rebozo que usaba para salir temprano. Antes de abandonar el cuarto, miró las flores sobre la mesa.

Se acercó al ramo pequeño y rozó una de las margaritas. Luego apagó la luz.

* * *

La hacienda estaba silenciosa cuando llegó. Solo se oía el rumor de los árboles y, a lo lejos, el golpe ocasional de algún caballo contra la madera. Julián esperaba junto a la entrada de las caballerizas. Había dejado encendido un farol sobre una repisa. La luz le alcanzaba un lado del rostro y volvía más oscura la preocupación de sus ojos.

—Pensé que no venías.

—Mi mamá tardó en dormirse.

Él se acercó.

—¿Por qué tenías que salir a escondidas? Podíamos hablar mañana.

Candelaria dejó el rebozo sobre sus hombros y lo miró como si necesitara aprenderse otra vez cada rasgo. La pequeña cicatriz. El cabello rebelde. La manera de inclinar la cabeza cuando esperaba una respuesta.

—Quería verte hoy.

Julián le tomó las manos. Las tenía frías.

—¿Qué te pasa?

Ella negó, pero el movimiento no convenció a ninguno.

—Desde que bajaste del templete estás distinta —insistió él.

Candelaria miró hacia el patio. Desde allí podía distinguirse una ventana iluminada de la casa grande.

—Todo el mundo me decía cosas. No sabía ni qué contestar.

—¿Y el patrón?

La pregunta quedó entre ellos.

—¿Qué tiene?

—Te vi bailar con él antes de irme.

Candelaria bajó los ojos. Julián le soltó una mano, aunque conservó la otra entre sus dedos.

—No me molestó el baile —dijo—. Me molestó quedarme ahí, esperando que le dijeras quién era yo.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—Me puse nerviosa.

—¿Te dio vergüenza?

—No.

Lo dijo enseguida. Porque lo amaba. Porque conocía su nobleza y su esfuerzo. Porque nunca había sentido vergüenza al caminar con él por el pueblo. Pero había callado. Y no encontraba una explicación que no la hiciera sentirse peor.

—Mírame, Cande.

Obedeció. Julián le acarició la mejilla.

—Si hice algo, dímelo. No me tengas adivinando.

Ella cerró los ojos bajo su mano.

—No hiciste nada.

* * *

Entraron en el pequeño cuarto donde Julián guardaba mantas limpias y algunos utensilios de montar. Había un banco de madera, un arcón y una ventana abierta hacia los potreros. Candelaria conocía aquel lugar: más de una vez había ido a llevarle comida cuando él tenía que quedarse de noche cuidando una yegua enferma. Sobre el banco descansaba la chaqueta de Julián.

Ella la tomó y la apretó entre las manos.

—¿De verdad fuiste a ver lo del terreno?

Él pareció tranquilizarse al escucharla.

—El domingo.

—¿Y cómo es?

Julián señaló hacia el camino, aunque desde allí no pudiera verse.

—Tiene un mezquite grande al fondo. Habría que limpiar y emparejar una parte. Don Matías dice que podemos usar el pozo mientras hacemos el nuestro.

Candelaria se sentó. Él continuó, animándose:

—La casa no saldría de una vez. Primero un cuarto y la cocina. Después, conforme juntemos…

Se interrumpió al verla llorar.

—Cande.

Se arrodilló frente a ella.

—¿Qué ocurre?

Ella dejó la chaqueta a un lado y le sujetó el rostro.

—Te quiero mucho.

Julián apoyó las manos sobre las suyas.

—Yo también te quiero.

Candelaria se inclinó y lo besó. Lo había besado antes, junto al río, detrás de la capilla, bajo la sombra del mezquite. Pero aquella vez no se apartó cuando el beso terminó. Permaneció cerca, con la frente apoyada en la suya.

—Abrázame —pidió.

Él la rodeó con los brazos. Durante un momento, Candelaria pudo creer que todavía tenía tiempo de elegirlo. Bastaba con decirle la verdad. Contarle que la riqueza de Alejandro la había deslumbrado, admitir lo que había sentido al verlo acercarse y pedirle que la ayudara a ordenar aquella confusión.

En lugar de hablar, volvió a besarlo.

Julián respondió con ternura, aunque al advertir su temblor se detuvo.

—No tienes que demostrarme nada.

Candelaria le sostuvo la mirada.

—Lo sé.

—Podemos quedarnos aquí hablando.

Ella acarició el cuello de su camisa.

—Quiero estar contigo.

Julián guardó silencio.

—¿Estás segura?

—Sí.

Él le besó las manos antes de levantarse para cerrar la puerta.

* * *

La llama del farol se movió con la última corriente de aire. Julián extendió una manta limpia y regresó junto a ella. Candelaria le rodeó el cuello, sintiendo cómo disminuía su nerviosismo al reconocer la paciencia con que él la abrazaba. No hubo prisa.

Él le apartó el cabello del rostro, besó su frente y esperó cada vez que ella necesitó detenerse. Candelaria, que durante toda la noche había sentido tantas miradas sobre sí, dejó de pensar en cómo la veían los demás. Allí podía esconder el rostro en su hombro. Podía decir que tenía miedo.

—Estoy aquí —murmuró Julián.

Ella lo atrajo de nuevo hacia sí. Más tarde, el farol quedó apagado y la luna dibujó un rectángulo pálido sobre el suelo. Las voces de la fiesta ya no llegaban hasta ellos. Candelaria eligió vivir su primera intimidad con el hombre que amaba, protegida por aquella confianza que él no le había negado nunca.

Julián la sostuvo cerca cuando todo volvió a quedarse en calma.

Le acarició el cabello mientras ella escuchaba los latidos bajo su mejilla.

—¿Estás bien? —preguntó.

Candelaria asintió. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Él se las secó con el pulgar.

—Me asustas cuando lloras así.

Ella le besó la palma de la mano. Quiso quedarse hasta el amanecer. Quiso despertar y encontrar que las rosas rojas, el baile y la invitación habían sido un sueño sin importancia. Pero la casa grande seguía al otro lado del patio. Y ella sabía que deseaba entrar en ella.

* * *

Fue Candelaria quien se apartó primero. Se acomodó la blusa en silencio y buscó su rebozo. Julián se incorporó para ayudarla, todavía con una suavidad que volvió casi insoportable lo que debía decir.

—Te acompaño —ofreció.

—No.

Él alzó la mirada. Candelaria se quedó de pie junto al banco. Había preparado frases durante el camino. Ahora todas le parecían falsas.

—Julián… ya no podemos seguir.

Él no se movió. Después dejó escapar una respiración breve, como si hubiera escuchado mal.

—¿Qué?

Ella apretó el rebozo.

—Quiero que terminemos.

El silencio se alargó.

Un caballo resopló al otro lado de la pared. Julián miró la manta y volvió a mirarla a ella.

—Acabamos de estar juntos.

—Lo sé.

—Me dijiste que me querías.

Candelaria se llevó una mano a la boca.

—Te quiero.

—Entonces explícame.

Ella no podía decirle que lo amaba y que, aun así, estaba dispuesta a renunciar a él por una vida que otro hombre apenas le había insinuado.

—Necesito estar sola.

Julián se puso de pie.

—¿Desde cuándo?

Ella no respondió. Él comprendió algo en aquella vacilación.

—¿Ya lo sabías cuando viniste?

Candelaria comenzó a llorar de nuevo. Julián retrocedió un paso.

—Dime que no.

—Yo quería estar contigo.

—Y yo creí que querías seguir conmigo.

La vergüenza le impidió sostenerle la mirada. Él pasó una mano por su rostro. Durante unos segundos pareció buscar palabras, pero no encontró ninguna que pudiera contener su desconcierto.

—¿Es por él?

Candelaria sintió que se le detenía el corazón.

—No me preguntes eso.

Julián la observó largamente. Luego se apartó de la puerta.

—Vete, Candelaria.

Ella avanzó hacia él, pero Julián levantó una mano. No para tocarla. Para impedir que se acercara.

—Por favor —dijo—. Ya no me abraces.

Candelaria salió al patio con las lágrimas enfriándose sobre las mejillas. Cruzó las sombras sin volverse hasta llegar al portón. Allí miró hacia las caballerizas. Julián seguía en la puerta. Ella esperó, sin saber qué esperaba. Él entró y cerró.

Candelaria permaneció un momento frente al patio vacío. Después echó a andar hacia su casa, donde la aguardaban dos ramos de flores y una visita para la que ya había dado permiso.