Capítulo 1 de 40
Los dos ramos
La tarde en que María Candelaria iba a convertirse en reina de San Miguel del Encinal, su madre tuvo que coserle el vestido con ella adentro.
—No respires tan hondo, muchacha, que me vas a reventar la costura.
Candelaria soltó una carcajada y enseguida se quedó inmóvil, con los brazos levantados y los pies descalzos sobre el suelo fresco.
El vestido era de color marfil. Había pertenecido a una prima que se casó tres años atrás, pero doña Mercedes lo había transformado con paciencia: quitó las mangas, ajustó la cintura y aprovechó un pedazo de encaje para adornar el escote. Bajo la luz que entraba por la ventana, apenas se distinguían las pequeñas diferencias entre las telas.
—¿Se nota que está usado? —preguntó Candelaria.
Su madre cortó el hilo con unas tijeras.
—Se nota que te queda bonito.
—No te pregunté eso.
Mercedes levantó la mirada. Conocía aquella expresión. Su hija la ponía cuando alguna muchacha estrenaba zapatos, cuando pasaba frente a los escaparates de la cabecera municipal o cuando veía a las señoras de las haciendas bajar de sus camionetas sin preocuparse por el polvo.
—Nadie va a fijarse en las costuras —respondió—. Te van a mirar a ti.
Candelaria se volvió hacia el espejo manchado que colgaba de la pared. Tenía dieciocho años recién cumplidos y aún se sorprendía al reconocer a la mujer que le devolvía la mirada. Era alta, de cintura estrecha, caderas pronunciadas y piernas largas. El vestido seguía las curvas de su cuerpo con una elegancia que su madre había conseguido a fuerza de alfileres.
Su piel morena resaltaba contra la tela clara. Llevaba el cabello negro, largo y encrespado, suelto hasta media espalda; Mercedes únicamente había recogido dos mechones para despejarle el rostro. Los ojos verdes, enmarcados por pestañas abundantes y cejas de arco definido, parecían más luminosos aquella tarde. Candelaria se pasó un dedo por los labios, todavía sin pintar.
—¿Crees que gane?
Mercedes se levantó despacio, apoyándose en la mesa.
—Creo que vas a estar muy hermosa aunque gane otra.
Su hija hizo una pequeña mueca. No quería estar hermosa aunque ganara otra. Quería ganar. Desde la calle llegaron los primeros acordes de la banda. El pueblo llevaba tres días de fiesta: puestos de comida, juegos mecánicos, carreras de caballos y una hilera de banderines que cruzaba la plaza de lado a lado. Aquella noche coronarían a la reina. Y Julián había prometido estar allí.
Candelaria sonrió antes de poder evitarlo. Su madre lo advirtió.
—Ahora sí pusiste la cara que debías.
—¿Cuál cara?
—La que pones cuando piensas en ese muchacho.
Candelaria bajó los ojos. Mercedes le acomodó el encaje sobre un hombro y, por un momento, dejó la mano allí.
—Es buen hombre.
—Ya sé, mamá.
—Entonces cuídense.
La muchacha no respondió. Se acercó al espejo para colocarse unos aretes prestados y fingió que necesitaba concentrarse en el broche.
* * *
Julián Robles salió de las caballerizas de La Encina cuando el sol comenzaba a bajar. Tenía veintidós años, los brazos endurecidos por el trabajo y una pequeña cicatriz en la barbilla que Candelaria acostumbraba acariciarle cuando estaban solos. Aquella tarde llevaba la camisa limpia doblada sobre el antebrazo para evitar que se le llenara de polvo antes de llegar a su casa.
—¿A dónde tan apurado? —le preguntó Eusebio, el capataz.
—A cambiarme.
—Los caballos no saben de fiestas.
Julián miró hacia los pesebres. Había limpiado, repartido el alimento y revisado las herraduras de las dos yeguas que saldrían al día siguiente. Su turno había terminado hacía veinte minutos.
—Todo quedó listo.
Eusebio lo sostuvo con la mirada y luego escupió a un lado.
—Mañana te quiero aquí temprano. El patrón nuevo viene con ganas de revisar hasta las piedras.
Julián se detuvo.
—¿Ya llegó?
—Llegó esta mañana.
Durante años, el hijo de don Ernesto de la Serna había sido para los trabajadores poco más que un nombre en las conversaciones de la casa grande.
Lo mandaron a estudiar al extranjero siendo niño. Ahora tenía veinte años y había vuelto tras la muerte de su padre para hacerse cargo de los negocios familiares. Don Ernesto llevaba seis semanas bajo tierra y su viuda ya había reunido a administradores, abogados y encargados para preparar el regreso del heredero.
—Dicen que va a ir a la coronación —añadió Eusebio.
Julián asintió sin interés. Lo único que le preocupaba era llegar antes de que Candelaria subiera al templete. Al pasar junto al camino del arroyo, se apartó entre los matorrales. Llevaba días buscando flores que aguantaran el calor: encontró margaritas pequeñas, unas espigas moradas y varias flores blancas que crecían cerca de una cerca caída. Las reunió con cuidado.
Había pensado comprar rosas en la cabecera, pero el dinero no le alcanzó después de pagar las medicinas de su madre. Se quedó mirando el ramo. Quitó una hoja marchita y acomodó las flores más pequeñas alrededor de las grandes. Después lo ató con un listón azul que había comprado en la mercería. A Candelaria le gustaba ese color.
Se lo había dicho una tarde junto al río, cuando él le preguntó cómo imaginaba su casa.
«Con las ventanas azules», respondió ella.
Desde entonces, Julián guardaba parte de su jornal en una lata escondida bajo la cama. Todavía faltaba mucho para construirla. Pero ya había averiguado cuánto costaba la madera.
* * *
A las nueve de la noche no cabía una persona más frente al templete. Olía a elotes asados, tierra caliente y perfume. Los niños corrían entre las sillas mientras las madres los llamaban a gritos. Cerca del quiosco, varios hombres sostenían sus sombreros contra el pecho para dejar ver mejor a quienes estaban detrás. Candelaria esperaba junto a otras cuatro concursantes.
Sentía la espalda húmeda bajo el vestido.
Había imaginado aquel momento durante semanas, pero ahora las luces le impedían distinguir las caras y le temblaban las rodillas. Buscó a su madre. La encontró en tercera fila, apretando el bolso entre las manos. Después vio a Julián.
Estaba de pie, a un costado del pasillo, con su camisa blanca y el cabello todavía húmedo. Alzó discretamente el ramo. Ella sonrió. Julián llevó dos dedos a los labios y luego los dejó sobre el corazón. Era un gesto suyo, una costumbre que había nacido cuando comenzaron a verse a escondidas. Candelaria sintió que el miedo aflojaba. El presentador golpeó el micrófono.
—¡Y la ganadora de este año, con la mayor puntuación del jurado…!
La plaza comenzó a gritar su nombre antes de que él terminara.
—¡María Candelaria Mendoza!
El aplauso la envolvió. Una de las muchachas la abrazó. Otra se apartó con una sonrisa rígida. Candelaria caminó hacia el centro del escenario sin sentir los pies. Le pusieron una banda, después la corona. Durante unos segundos, el resplandor de las luces convirtió la plaza en un mar oscuro del que surgían voces. Su nombre. Una y otra vez.
Tomó el micrófono con las dos manos.
—Gracias —alcanzó a decir.
La gente aplaudió todavía más. Entonces, al fondo del pasillo central, advirtió que varias personas se levantaban para saludar a un joven de camisa clara y saco oscuro.
No lo reconoció. Él la miraba con una atención tan fija que Candelaria bajó los ojos un instante.
—Es Alejandro de la Serna —murmuró a su lado una de las organizadoras—. El hijo de don Ernesto.
Candelaria volvió a mirar. El heredero de La Encina.
* * *
Alejandro había ido a la fiesta por insistencia de su administrador. Según este, convenía que la gente lo viera, que lo saludara, que entendiera que la hacienda volvía a tener un dueño presente. Pensaba quedarse media hora. Después vio a la muchacha del vestido marfil.
Al principio lo atrajo su belleza. Luego ella buscó a alguien entre el público y sonrió de una manera que lo dejó inmóvil: una sonrisa abierta, cálida, ajena a las presentaciones cuidadosas que llevaba semanas soportando.
—¿Quién es? —preguntó.
El administrador siguió su mirada.
—La hija de Mercedes Mendoza. Una familia del ejido.
—¿Está casada?
—No, señor.
Alejandro no apartó los ojos del escenario. Su padre había muerto sin que pudieran arreglar los años de distancia entre ambos. Desde su regreso, la casa le parecía demasiado grande y las conversaciones giraban siempre alrededor de cuentas, ganado o escrituras. Aquella muchacha, en cambio, parecía pertenecer por completo a la noche de fiesta. Quiso conocerla. Se inclinó hacia el administrador.
—Consígueme unas flores.
—Claro. Mañana puedo mandar… —Ahora.
* * *
Julián esperó junto a los escalones hasta que terminaron las fotografías. Cuando Candelaria bajó, él abrió los brazos y ella se acercó sin preocuparse por quienes los miraban.
—Mi reina —le dijo al oído.
—No empieces.
—Lo digo desde antes que todos.
Candelaria rio contra su hombro. Él le entregó las flores.
—No conseguí rosas.
Ella bajó la mirada hacia el listón azul. Lo tocó con la punta de los dedos.
—Estas me gustan.
—Las corté junto al arroyo.
Candelaria se llevó el ramo al rostro. Olía a hierba, a agua y al camino que tantas veces habían recorrido juntos.
—Gracias.
Julián tenía algo más que decir. Ella lo notó por la manera en que se acomodó el cuello de la camisa.
—Estuve hablando con don Matías —comenzó él—. Me deja pagarle el terreno por partes.
—¿El que está por el molino?
—Ese.
La música aumentó de volumen. Él se acercó para que pudiera escucharlo.
—No es grande. Pero alcanza para la casa.
Candelaria observó sus manos: las uñas limpias, las pequeñas heridas que el jabón no podía borrar.
Conocía aquellas manos. La habían ayudado a cruzar el río, sujetado la bicicleta cuando aprendió a montar y sostenido el rostro durante su primer beso. Sintió una ternura que casi le dolió.
—Julián…
Una voz masculina los interrumpió.
—Perdonen.
Alejandro estaba frente a ellos. De cerca parecía más joven de lo que Candelaria había imaginado. Tenía los ojos oscuros y una expresión algo insegura que contrastaba con su ropa impecable. Detrás, el administrador sostenía un ramo enorme de rosas rojas envuelto en papel claro.
—Quería felicitarte —dijo Alejandro—. No alcancé a presentarme antes.
—Sé quién es usted.
Él sonrió.
—Entonces llevo desventaja.
—María Candelaria.
—Alejandro.
Le ofreció las flores. Ella tardó un instante en reaccionar. Para recibirlas tuvo que cambiar de brazo el ramo de Julián. Las rosas eran tantas que le cubrieron parte de la banda. Alrededor, varias personas se habían detenido.
—Son preciosas —murmuró.
—Me alegra que te gusten.
Alejandro miró brevemente a Julián y le extendió la mano.
—Buenas noches.
—Buenas noches, patrón.
La palabra produjo una pausa. Alejandro lo observó con mayor atención.
—¿Trabajas en La Encina?
—En las caballerizas.
—Entonces nos veremos por allá.
Julián asintió. Candelaria sintió un calor incómodo en el cuello. Hasta unos segundos antes, Julián había sido el hombre que hablaba de construirle una casa. Ahora estaba frente a su nuevo patrón, con el sombrero entre las manos.
—Espero no interrumpir —añadió Alejandro.
Candelaria abrió la boca. Pudo presentarlo. Pudo decir: «Él es Julián, mi novio». Pero vio los rostros atentos, las rosas que sostenía y el vehículo negro estacionado junto a la plaza.
—Ya iban a llamarme para otras fotografías —respondió.
Julián la miró. Ella se volvió hacia la organizadora antes de que él pudiera decir algo.
* * *
En el pequeño cuarto que servía de camerino, Candelaria dejó ambos ramos sobre una mesa. Las flores del arroyo quedaron junto a las rosas. Se quitó la corona y la apoyó con cuidado sobre una silla. Afuera seguían llamándola.
Alguien comentó que Alejandro de la Serna estaba preguntando si podía acompañarla a bailar. Otra mujer se rio y dijo que ciertas coronas traían mejor suerte que otras.
Candelaria pasó los dedos sobre el papel fino de las rosas. Pensó en La Encina.
En sus corredores, en los balcones que había visto desde el camino, en las mujeres que salían de allí con vestidos que nadie tenía que remendar. Pensó en su madre inclinada sobre el fogón, calculando si alcanzaría el dinero para comprar gas. Después miró el ramo pequeño. El listón azul había comenzado a humedecerse. Lo levantó.
Recordó a Julián hablándole de las ventanas de su casa y sintió deseos de salir a buscarlo, tomarlo de la mano y marcharse antes de que aquella noche cambiara algo entre ellos. Se acercó a la puerta. Desde allí vio a Alejandro esperando junto al templete.
Dos hombres se apresuraron a ofrecerle una silla. Una mujer le llevó una bebida. Todos parecían saber que convenía atenderlo. Candelaria permaneció inmóvil. Luego volvió a la mesa. Dejó las flores del arroyo en un vaso con agua y tomó las rosas.
* * *
Julián la encontró unos minutos después. Ella estaba sola junto al corredor de la escuela, donde el ruido de la fiesta llegaba amortiguado.
—Te estaba buscando —dijo él.
Candelaria apretó el ramo contra el vestido. Julián miró las rosas y luego su rostro.
—¿Estás bien?
—Sí.
Él esperó. Ella tenía los ojos brillantes, pero ya no sonreía como al bajar del escenario.
—¿Quieres irte? —preguntó—. Te acompaño a tu casa. Candelaria negó despacio.
Desde la plaza llegó una carcajada. Después comenzó una canción que habían bailado juntos en la fiesta del año anterior.
—Necesito verte más tarde —dijo ella.
—Aquí estoy.
—A solas.
Julián dio un paso hacia ella.
—¿Qué pasó?
Candelaria quiso abrazarlo. Quiso esconder la cara en su pecho y dejar que él decidiera por ambos que las flores del arroyo eran suficientes, que la casa junto al molino llegaría algún día, que no necesitaban nada más. Pero no se movió.
—En las caballerizas —susurró—. Cuando termine la fiesta.
Él le acarició una mano. Candelaria cerró los ojos un segundo.
—Te espero —respondió Julián.
La vio alejarse hacia las luces, todavía con la banda cruzándole el pecho y las rosas rojas entre los brazos. Entonces notó que no llevaba su ramo. Pensó que lo habría dejado en agua para que no se marchitara. Y aquella explicación le bastó para sonreír mientras comenzaba a buscar el camino de regreso a la hacienda.