Capítulo 40 de 40

La vida que todavía podían elegir

La mañana de la boda, Candelaria abrió las ventanas antes de vestirse. El aire entró fresco, movió las cortinas y llevó hasta el cuarto el olor del jardín recién regado. Sobre la mesa estaban las flores que Julián le había dado la víspera. Una margarita se había inclinado hacia el borde del florero. Candelaria la acomodó con cuidado.

Después miró el vestido verde extendido sobre la cama. No tenía una corona esperando en la silla ni una banda que anunciara quién debía ser aquella tarde. Solo un vestido que le gustaba. Se lo puso sin llamar a nadie. Cuando Mercedes entró, la encontró intentando abrocharse una pulsera.

—Ven.

Su madre cerró el broche y luego le acomodó un rizo sobre el hombro. Durante unos segundos se miraron en el espejo.

—¿Estoy bien? —preguntó Candelaria.

Mercedes sonrió.

—Estás aquí, hija.

Ella le tomó una mano. Aquella respuesta le bastó.

Lucía llevaba media hora diciendo que no estaba nerviosa. Lo repetía mientras buscaba unos aretes que tenía frente a ella, mientras preguntaba por los zapatos y mientras alisaba una falda que ya no tenía ninguna arruga. Elena la observaba desde una silla.

Había terminado de asegurar el último broche del vestido y ahora sostenía el velo sobre sus rodillas.

—Siéntate un momento.

Lucía obedeció. Su madre se arrodilló para acomodarle una cinta del zapato. La joven miró sus manos. Habían tenido muchas conversaciones difíciles durante aquellos casi tres años. Algunas terminaban con un abrazo. Otras, con la necesidad de dejar pasar una semana antes de volver a hablar. No habían recuperado la confianza de golpe.

La habían ido construyendo con respuestas pequeñas, incluso cuando Elena temía lo que su hija pudiera pensar de ellas.

—Mamá.

La mujer levantó el rostro. Lucía le tomó las manos.

—Me alegra que estés conmigo hoy.

Elena tuvo que respirar antes de responder.

—A mí también.

Se abrazaron sin intentar convertir aquel gesto en un perdón por todo. Luego llamaron a la puerta. Julián esperaba afuera.

* * *

Darío estaba junto a la estructura de la ceremonia cuando Tomás llegó con una caja pequeña.

—Se te olvidó esto.

El joven la abrió. Dentro había un pañuelo limpio y un reloj que había pertenecido a Alejandro. Candelaria se lo había ofrecido días antes. Darío lo aceptó después de conocer su historia completa: no como una prueba de filiación, sino como recuerdo del hombre que había esperado su nacimiento y querido protegerlo. Se colocó el reloj. Tomás revisó el cierre.

—Ya está.

Darío sonrió.

—Gracias.

El trabajador lo miró con orgullo. Durante años había evitado decir ciertas cosas para no ocupar un lugar que creía ajeno. Aquella mañana no quiso volver a quedarse corto.

—Te he visto crecer. Me da mucho gusto verte así.

Darío lo abrazó. Tomás le dio dos palmadas en la espalda. Después se apartó para secarse discretamente los ojos.

* * *

Los invitados comenzaron a ocupar sus lugares. Rosa y Mercedes se sentaron cerca del pasillo, bajo una sombra que ambas habían exigido revisar personalmente. Los trabajadores llegaron con sus familias. Había vecinos, compañeros de Lucía y amigos de Darío de los años que había estudiado fuera. La ceremonia se celebraría en el terreno compartido junto al canal.

A un lado quedaban los árboles de La Encina. Al otro, el camino hacia El Sauz.

La cerca que antes atravesaba aquel espacio había sido retirada para las obras y sustituida donde todavía era necesaria. Candelaria miró las sillas, las flores y el paso abierto. Recordó cuántos recados hostiles habían cruzado por allí. Después vio a su hijo esperando y dejó de mirar hacia atrás.

* * *

Julián entró al cuarto de Lucía con una emoción que no intentó disimular. Se detuvo en la puerta. Su hija estaba de pie frente al espejo.

—¿Qué? —preguntó ella, sonriendo.

Él negó despacio.

—Déjame mirarte.

Lucía bajó los ojos, conmovida. Julián se acercó y le ofreció el brazo. Antes de tomarlo, ella lo abrazó.

—Gracias por quedarte —susurró.

Él cerró los ojos. Había tantas cosas dentro de aquella frase que no habría podido responderlas por separado. Le besó la frente.

—Vamos.

Darío lleva una hora fingiendo que está tranquilo.

Lucía soltó una carcajada. Elena recogió el ramo y se lo entregó. Los tres salieron juntos del cuarto.

* * *

Cuando Lucía apareció, Darío dejó de escuchar las conversaciones. La vio avanzar del brazo de Julián, con su madre unos pasos detrás.

Había imaginado aquel momento muchas veces. En ninguna había sabido cuánto le temblarían las manos. Lucía lo advirtió al llegar. Le sonrió. Julián se detuvo frente a él. Durante un instante, ambos se miraron. Padre e hijo.

Dos hombres que todavía estaban aprendiendo a compartir una historia sin fingir que no faltaban capítulos. Julián abrazó a su hija. Después abrazó a Darío.

—Cuídense —dijo.

No puso la obligación sobre uno solo. Lucía tomó la mano de su novio. Julián fue a sentarse junto a Elena. Al otro lado del pasillo, Candelaria se secó una lágrima.

* * *

La ceremonia fue sencilla. Los jóvenes habían elegido unas palabras propias para acompañar sus votos. Darío sacó una hoja del bolsillo y, después de mirarla, volvió a doblarla. Lucía sonrió.

—¿Se te olvidó?

Él soltó una risa nerviosa.

—Lo importante no.

Le tomó ambas manos.

—Te prometo preguntarte antes de decidir qué necesitas. Decirte cuando tenga miedo y escucharte cuando no pensemos igual.

Lucía apretó sus dedos.

Darío respiró hondo.

—No sé hacer todo lo que viene. Quiero aprender contigo.

La joven tuvo que esperar a que se le aclarara la voz.

—Te prometo no pedirte que adivines lo que me pasa. Voy a hablar, aunque me cueste. Y voy a seguir construyendo mi vida para poder compartirla contigo sin dejar de ser yo.

Darío bajó la cabeza un instante. Cuando volvió a mirarla, ambos estaban llorando. Entre los invitados, nadie sintió necesidad de aplaudir todavía. Escuchaban.

* * *

Candelaria miró a Julián al comenzar el intercambio de anillos. Él estaba inclinado hacia delante, con las manos juntas. Levantó el rostro casi al mismo tiempo. Durante unos segundos se reconocieron a través del pasillo. No como los jóvenes de la coronación.

Como las personas que habían llegado hasta allí cargando consecuencias y que, por fin, podían observar a sus hijos sin intentar decidir por ellos. Candelaria sonrió. Julián le devolvió el gesto. Después volvieron a mirar la ceremonia. Darío colocó el anillo en la mano de Lucía. Ella hizo lo mismo. Cuando los declararon esposos, se abrazaron antes de besarse. Entonces llegaron los aplausos.

Rosa lloraba sin esconderse. Mercedes le ofreció un pañuelo.

—Tengo otro —aclaró—. Ese te lo puedes quedar.

* * *

La comida comenzó en el patio de La Encina. Había mesas bajo los arcos y un espacio central donde los niños podían correr sin acercarse a la fuente. Candelaria recibió felicitaciones que dirigió enseguida hacia los novios. Ya no necesitaba ocupar el centro de la fiesta.

Disfrutó ver a Darío levantarse de su silla para atender a una invitada mayor y regresar después junto a Lucía, que le quitó discretamente una hoja prendida en el saco. Julián se acercó con dos vasos de agua. Le ofreció uno.

—Tu madre dice que apenas has comido.

Candelaria miró hacia Mercedes. La mujer fingió estar conversando con Rosa.

—Todavía me vigila.

—Tiene experiencia.

Ella se rio. Julián señaló dos sillas libres. Se sentaron.

* * *

El brindis de Darío fue breve. Se levantó junto a Lucía y miró las mesas antes de hablar.

—Gracias por venir y por ayudarnos a llegar hasta aquí.

Su madre dejó el vaso sobre el mantel. El joven continuó:

—Queremos que nuestra casa sea un lugar donde podamos decir las cosas antes de que se vuelvan demasiado grandes.

Lucía le tomó la mano. Darío buscó a Candelaria. Después a Julián y a Elena. No hizo una enumeración de heridas. No habría sido justo convertir la boda en una cuenta pendiente.

—También queremos agradecer a quienes aprendieron a escucharnos, aunque a veces empezaran tarde.

Hubo algunas risas suaves entre las lágrimas. Candelaria alzó su vaso. Julián hizo lo mismo.

* * *

El baile comenzó al anochecer en El Sauz. Las luces cruzaban el patio y se reflejaban en las ventanas abiertas. Darío bailó primero con Lucía. Después con su madre. Candelaria apoyó una mano sobre el hombro de su hijo.

—Estás contento —dijo.

Él sonrió.

—Mucho.

Ella lo miró con detenimiento. Quiso conservar aquel rostro sin intentar adivinar lo que vendría.

—Cuando algo se complique, no esperes tantos años para hablarlo como nosotros.

Darío la acercó un poco más.

—No vamos a hacerlo perfecto, mamá.

Candelaria asintió.

—Ya sé.

Él le besó la mejilla.

—Pero vamos a intentarlo de otra manera.

Al terminar la pieza, la abrazó antes de volver con su esposa. Candelaria permaneció un momento al borde de la pista.

* * *

Julián la encontró allí. Le ofreció una mano.

—¿Bailamos?

Candelaria miró sus dedos. Años atrás había conocido cada pequeña herida. Ahora había marcas nuevas y una manera distinta de esperar. Tomó su mano. Bailaron sin hablar al principio. La música llegaba cálida desde los instrumentos y alrededor se movían parejas, niños y amigos que no seguían demasiado bien el ritmo. Julián le rozó la espalda con cuidado.

—Quería preguntarte algo —dijo.

Candelaria levantó el rostro. Antes de que pudiera continuar, una voz llamó desde el centro del patio. Lucía iba a lanzar el ramo. Varias invitadas comenzaron a acercarse entre risas. Candelaria negó con una sonrisa cuando su nuera la señaló.

—Tú también.

—Lucía… Darío apareció detrás de ella.

—Anda, mamá.

Julián le soltó la mano. Candelaria lo miró, resignada y divertida. Él sonrió.

—Voy a estar aquí.

* * *

Se colocó al fondo del grupo. No tenía intención de disputar el ramo a nadie. Lucía se volvió de espaldas y levantó las flores. Hizo un primer amago que provocó protestas. Después las lanzó. Candelaria solo vio que algo blanco y verde venía hacia su rostro. Alzó las manos por reflejo. El ramo cayó entre ellas. Durante un instante permaneció inmóvil.

Después escuchó las risas, los aplausos y la voz de Darío. Miró las flores. Eran sencillas: blancas, con pequeños tallos morados entre las hojas. Candelaria comenzó a reír. Lucía se acercó para abrazarla.

—Ahora te toca elegir qué haces con él —le susurró.

La mujer le besó la mejilla. Cuando volvió el rostro, Julián estaba detrás de ella.

* * *

Él le rodeó suavemente la cintura.

Candelaria se apoyó contra su pecho sin dejar de sostener el ramo. Los invitados seguían celebrando, pero Julián habló cerca de su oído para que aquellas primeras palabras fueran solo de ella.

—Quiero seguir conociéndote.

Candelaria se volvió entre sus brazos. Él le tomó una mano. No había sacado un anillo. No llevaba un discurso preparado para los demás.

—Quiero desayunar contigo sin tener que buscar un asunto de las haciendas para verte. Quiero saber qué te alegra ahora y qué cosas todavía te cuestan.

Ella lo miró con los ojos húmedos. Julián respiró hondo.

—Y si tú quieres, quiero casarme contigo.

Candelaria bajó la mirada hacia las flores. Durante un segundo recordó los dos ramos sobre una mesa, la corona en una silla y al muchacho que había esperado demasiado. Después volvió al hombre que tenía delante.

—Sí —respondió.

Él permaneció quieto. Ella sonrió entre lágrimas.

—Sí quiero. Sin dejar para después lo que tengamos que hablar.

Julián le acarició la mejilla.

—Sin dejarlo.

La besó. Los aplausos crecieron cuando Darío levantó una mano y Lucía empezó a reír contra su hombro.

* * *

Más tarde, Candelaria y Julián caminaron hasta el paso que comunicaba las haciendas.

La música continuaba detrás de ellos. Ella llevaba el ramo contra el pecho. Él no le soltaba la mano. Se detuvieron donde había estado el antiguo portón. Desde allí podían verse luces en ambas casas.

—No quiero irme de La Encina —dijo Candelaria.

Julián asintió.

—No te lo he pedido.

Ella lo miró.

—Y tú no tienes que dejar El Sauz.

Él sonrió.

—Vamos a tener que hacer bastantes cuentas.

Candelaria soltó una carcajada. Hablaron de cosas pequeñas mientras regresaban: mañanas compartidas, trabajo, visitas de Mercedes y Rosa, espacio para los libros que ambos habían acumulado. No resolvieron su vida en aquel paseo. Ya no necesitaban hacerlo. Al llegar al patio, Darío y Lucía bailaban otra vez.

Candelaria dejó el ramo en una mesa, tomó la mano de Julián y volvió con él hacia la música. Esta vez, cuando las flores del campo se quedaron esperando, fue porque los dos habían salido a bailar juntos.