Capítulo 39 de 40

Las flores que eligió de nuevo

Casi tres años después de que Lucía volviera al pueblo, en la semana anterior a la boda, Candelaria encontró a Darío sentado en el suelo de su habitación. Tenía una maleta abierta y varios libros repartidos alrededor. Ella llamó suavemente al marco. Su hijo levantó la cabeza.

—Pasa.

Candelaria entró. Durante años había imaginado aquel cuarto como un lugar que siempre lo esperaría igual. Ahora había repisas vacías, un cajón fuera del armario y una caja donde él había guardado los objetos que quería llevarse.

No iba a marcharse lejos.

Darío y Lucía habían alquilado una casa cerca de la universidad para que ella continuara sus estudios. Él organizaría sus jornadas entre la ciudad y las haciendas, sin dejar sus responsabilidades en manos de una promesa improvisada. Habían hecho cuentas. Habían discutido. Habían cambiado de idea varias veces. Candelaria admiraba aquello más de lo que sabía decir.

—Encontré esto —dijo Darío.

Le mostró una fotografía de la infancia. Aparecía sentado sobre las rodillas de Mercedes, con un sombrero que le cubría las orejas. Candelaria sonrió.

—No querías quitártelo ni para comer.

Él miró la imagen. Después la dejó sobre una caja.

—Me la llevo.

Su madre asintió.

* * *

Darío señaló un espacio libre en la cama. Candelaria se sentó. Él continuó acomodando libros durante unos segundos antes de hablar.

—No quiero irme dejando todo a medias contigo.

Ella apoyó las manos sobre el regazo.

—Yo tampoco.

Darío se quedó con un libro entre los dedos.

—Todavía me enojo cuando pienso en algunas cosas.

Candelaria asintió. No intentó decirle que el tiempo ayudaría.

Había usado demasiado aquella palabra para pedir paciencia. Su hijo dejó el libro.

—Pero no quiero que cada vez que vuelva parezca que tenemos que empezar una conversación triste.

Ella levantó la mirada. Darío la observaba con una seriedad tranquila.

—Te quiero, mamá.

Candelaria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Él continuó:

—Eso no cambió. Lo que cambió fue lo que necesito de ti.

Ella respiró despacio.

—Dime.

—Que confíes en que puedo escuchar cosas difíciles. Y que no intentes arreglar mi vida antes de preguntarme cómo quiero vivirla.

Su hijo se acercó y la abrazó. Ella lo sostuvo sin pedirle que olvidara.

* * *

Elena llegó al ensayo de la ceremonia con una caja de alfileres. Una de las costuras del vestido de Lucía necesitaba un pequeño ajuste y la modista la esperaba en el cuarto del jardín. Candelaria la recibió junto a la escalera. Durante un instante, ambas miraron hacia el pasillo.

Había ruidos de sillas movidas, voces que preguntaban dónde dejar las flores y una risa de Lucía detrás de una puerta.

—La están esperando —dijo Candelaria.

Elena asintió. Antes de avanzar, se detuvo.

—Gracias por hacerme un lugar aquí.

Candelaria la miró.

—Eres su madre.

La respuesta hizo que Elena bajara los ojos. Todavía había días en que se sentía como una invitada incómoda dentro de la vida de su hija.

—No siempre he sabido estar donde debía.

Candelaria apoyó una mano en la baranda.

—Yo tampoco.

No hubo una confesión larga entre ellas. Elena subió. Llevaba también una carta de Rafael, recibida meses atrás después de que Lucía decidiera ponerse en contacto con él. La joven había aceptado una primera conversación y no quiso convertirla todavía en una invitación a la boda. Fue ella quien lo explicó a sus padres; ninguno negoció la decisión por su cuenta.

Candelaria la vio entrar al cuarto y escuchó a Lucía decir:

—Mamá, menos mal. Ven a ver esto.

La mujer cerró los ojos un segundo antes de continuar con los preparativos.

* * *

Julián apareció poco después con Rosa. Su madre caminaba despacio, apoyada en un bastón. Él quería ayudarla, pero ella apartó su brazo en cuanto llegaron al corredor.

—No estoy hecha de vidrio.

Julián se resignó. Candelaria se acercó a saludarla. Rosa la miró de arriba abajo.

—Estás más tranquila.

La observación la sorprendió.

—Hay mucho por hacer.

—Eso no fue lo que dije.

Candelaria sonrió.

La mujer le apretó una mano y siguió hacia el jardín, donde Mercedes la esperaba con una silla a la sombra. Julián permaneció junto a Candelaria. Ambos las observaron conversar.

—Van a organizarnos la boda entera —comentó él.

—Probablemente mejor que nosotros.

Julián soltó una risa. Candelaria reconoció algo del muchacho que había sido. No en el rostro, cambiado por los años. En aquella manera de reír antes de bajar los ojos.

* * *

Recorrieron juntos el terreno donde se celebraría la ceremonia. Las obras del canal habían dejado un paso ancho entre las haciendas. Habían colocado una estructura sencilla para dar sombra y reservado espacio para quienes necesitaran sentarse cerca. La comida sería después en el patio de La Encina. La música continuaría en El Sauz, donde había más lugar para bailar.

Darío y Lucía habían rechazado una celebración que pareciera una competencia de riqueza. Querían buena comida, espacio para sus familias y tiempo para estar con las personas que habían elegido invitar. Candelaria llevaba una lista. Julián, otra. Al compararlas descubrieron que ambos habían encargado velas.

—Nos alcanzan para tres bodas —dijo ella.

Él miró las cantidades y negó, divertido.

—Podemos guardar algunas.

Candelaria levantó los ojos.

Julián pareció advertir demasiado tarde lo que podía escucharse detrás de aquella frase. Ninguno añadió nada. Siguieron caminando.

* * *

Al llegar cerca del río, Candelaria se detuvo. La vegetación había cambiado. Un árbol viejo ya no estaba y el sendero se había desplazado después de varias temporadas de lluvia. Aun así, reconoció el lugar donde había suplicado un abrazo y ofrecido un amor que quería mantener escondido. Julián se detuvo a su lado. Sabía qué estaba mirando.

—No tienes que quedarte aquí —dijo.

Ella negó despacio.

—Quiero poder recordarlo sin sentir que sigo atrapada.

Él guardó la lista en el bolsillo. Candelaria observó el agua.

—Te hice promesas para no perderte antes de estar dispuesta a cumplirlas.

Julián permaneció callado.

—Y después hubo una noche en que sí iba a irme. Durante mucho tiempo pensé que eso borraba todo lo anterior.

Se volvió hacia él.

—No lo borraba.

Julián bajó los ojos. Había esperado esas palabras cuando estaba demasiado herido para escucharlas. Ahora llegaron sin una petición escondida.

—Yo usé lo que me hicieron para justificar lo que hice después —respondió—. Con Darío. Con Elena. Contigo.

Candelaria asintió.

El agua corría entre las piedras.

* * *

Julián fue el primero en sentarse sobre una roca baja. Candelaria eligió otra, a poca distancia.

—¿Estás bien viviendo solo? —preguntó ella.

Él tardó en responder.

—A veces sí. Otras no.

La mujer sonrió apenas.

—Respuesta honesta.

Julián se apoyó sobre las rodillas.

—Me he dado cuenta de que pasé años ocupándome de todo para no pensar demasiado.

Candelaria miró sus propias manos.

—Yo aprendí a llevar la hacienda para no sentir que todo lo que tenía era algo que no merecía.

Él la observó.

—Has hecho un buen trabajo.

Ella recibió el comentario sin apartarlo.

—Tú también.

Había habido un tiempo en que reconocerle algo al otro parecía una forma de perder.

* * *

La conversación terminó cuando escucharon voces en el sendero. Darío y Lucía venían buscando a sus padres. Ella llevaba una cinta de medir sobre el hombro. Él, dos botellas de agua.

—Los dejamos con unas listas y desaparecen —dijo Lucía.

Julián se levantó.

—Estamos revisando el terreno.

Su hija miró el río y luego a Darío. Sonrió, pero no hizo ninguna broma. Candelaria se incorporó con cuidado. Su hijo le ofreció una mano. Ella la aceptó. Regresaron los cuatro hacia la estructura de la ceremonia. En el camino hablaron de sillas, de sombra y de dónde colocar a Rosa para que no tuviera que caminar demasiado.

Candelaria escuchaba a Julián discutir con Lucía sobre la hora del baile. Darío caminaba junto a ella. Su hijo le rozó suavemente el brazo.

—¿Estás contenta?

La pregunta la tomó por sorpresa. Miró a los otros dos. Después a él.

—Sí —respondió.

* * *

Dos días antes de la boda, Valdés llevó la última comunicación del expediente de Alejandro. Las declaraciones de Petra y Eusebio habían quedado ratificadas y se había recibido el informe sobre los documentos conservados. Ambos seguían sujetos a los requerimientos de la investigación, con defensa propia y sin una sentencia dictada.

Petra ya no trabajaba en La Encina. Meses antes había entregado las llaves y se había instalado con una hermana en la cabecera. Acudía a declarar cuando la citaban. Eusebio permanecía en su casa; no había vuelto a ocupar un puesto en ninguna de las dos haciendas. Candelaria conocía sus domicilios por los cauces del expediente y no había intentado visitarlos.

Valdés le indicó cuál sería la próxima diligencia y qué documentos podían solicitarle. Ella anotó la fecha, guardó las copias y dejó la carpeta en el archivo de Alejandro, junto a la resolución de la herencia. Mercedes la esperaba en el jardín con un montón de flores sobre la mesa.

—¿Ayudo? —preguntó Candelaria.

Su madre le acercó unas tijeras. Trabajaron hasta llenar tres recipientes. Cuando la luz empezó a bajar, Mercedes preguntó por el vestido de la boda.

—El verde —respondió su hija.

—Te queda bonito.

Candelaria cortó una rama que sobresalía del arreglo y se la pasó a su madre.

* * *

La víspera de la boda, Julián llegó cuando empezaba a oscurecer. No llevaba documentos. Candelaria lo encontró en el corredor, con un ramo pequeño entre las manos. Había margaritas, unas flores blancas y espigas moradas. El listón era azul. Ella se detuvo. Por unos segundos miró el ramo sin hablar. Julián bajó los ojos hacia las flores.

—No son exactamente las mismas.

Candelaria sintió que se le apretaba la garganta. Las recibió con ambas manos. Olían a hierba fresca y al camino después del riego. No las comparó con nada. No pensó en cuánto habrían costado otras. Las acercó al rostro y cerró los ojos.

—Gracias.

Julián permaneció frente a ella. La mujer le tocó una mano.

—Todavía guardo las primeras.

Él levantó la mirada.

—Ya casi no son flores. Pero las guardo.

Julián dejó escapar una respiración lenta.

* * *

Se sentaron en el corredor mientras terminaban de colocar luces en el patio. Candelaria dejó el ramo sobre su regazo.

—No quiero que nos acerquemos solo porque nuestros hijos se casan —dijo.

Julián volvió hacia ella. Había pensado en lo mismo.

—Yo tampoco.

La mujer acarició el listón.

—Si vamos a conocernos otra vez, quiero saber quién eres ahora. No pasarme la vida intentando recuperar al muchacho de las caballerizas.

Él sonrió con tristeza.

—Ya no soy ese muchacho.

—Lo sé.

Julián miró sus manos. Después volvió a ella.

—Y yo necesito dejar de hablarte como si todavía estuvieras eligiendo aquel primer ramo de rosas.

Candelaria sintió que una tensión antigua se aflojaba dentro de su pecho. Permanecieron callados. Luego él extendió una mano. Ella la tomó.

* * *

No se besaron aquella noche. Había un ensayo por terminar, invitados llegando y dos hijos que los buscaban para hacer la última revisión. Pero al levantarse, Julián no soltó enseguida la mano de Candelaria.

—Mañana va a ser un día largo —dijo.

Ella sonrió.

—Tenemos práctica.

Él se rio. La mujer recogió las flores. Las llevó al cuarto del jardín y buscó un recipiente. Encontró una jarra grande, pero la dejó donde estaba. Eligió un florero sencillo, cortó los tallos y los acomodó con cuidado. Después abrió la caja de los recuerdos. No sacó el ramo seco.

Solo lo miró un momento antes de cerrar.

Las flores nuevas quedaron junto a la ventana. Candelaria apagó la luz y permaneció unos segundos en la puerta. Afuera terminaban de preparar el lugar donde Darío y Lucía se casarían. Por primera vez, ella no estaba esperando que una boda le diera otra vida. Estaba dispuesta a empezar la que todavía podía elegir.