Capítulo 38 de 40
Donde termina la cerca
Lucía se fue a la universidad un lunes. Llevaba dos maletas, una mochila y una caja de libros que Julián insistió en revisar para asegurarse de que no pesara demasiado. Ella lo dejó hacerlo. Había aprendido a reconocer cuándo su padre necesitaba una tarea pequeña para no decir que estaba triste. Elena llegó antes de que salieran.
Traía comida para el viaje y una carpeta con documentos. Lucía la abrazó.
Todavía había conversaciones difíciles entre ambas. La joven seguía preguntando por fechas, por recuerdos y por Rafael. Elena respondía lo que sabía y reconocía lo que no había averiguado. Había entregado las cartas antiguas y los datos con los que Lucía podría localizar a Rafael. Su hija los guardó: prefería terminar el primer semestre antes de decidir si quería escribirle.
Darío apareció con su camioneta poco después. Lucía había pedido que él la acompañara a instalarse. Julián dejó la caja en la parte trasera.
—Manejen con cuidado.
Darío asintió. Antes de subir, Lucía volvió a abrazar a su padre.
—Voy a volver.
Él le besó el cabello.
—Lo sé.
No añadió que la casa volvería a sentirse vacía.
* * *
La habitación era más pequeña de lo que parecía en las fotografías. Había dos camas, dos escritorios y una ventana desde la que se veía la pared del edificio vecino. Lucía dejó la mochila en el suelo. Darío observó el espacio.
—Podríamos buscar otra cosa.
Ella negó.
—Esta puedo pagarla con lo que tengo organizado.
Él iba a responder, pero se detuvo. Habían hablado de aquello. Lucía quería estudiar sin convertir cada dificultad en una petición a su familia o a él. Darío abrió la caja de libros.
—Entonces dime dónde van estos.
Ella sonrió. Pasaron la tarde acomodando ropa, armando una lámpara y descubriendo que uno de los cajones no cerraba bien. Al terminar, se sentaron sobre la cama. Había polvo en el piso y dos bolsas vacías junto a la puerta. Lucía miró alrededor.
—Ahora sí me dio miedo.
Darío le tomó una mano.
—¿De qué parte?
Ella soltó una risa nerviosa.
—De todas.
Él la abrazó. No le dijo que sería fácil. Le recordó la primera fecha en que volverían a verse. Eso pudo creerlo.
* * *
La distancia comenzó con entusiasmo. Se llamaban por la noche y hablaban hasta que alguno bostezaba sin poder evitarlo. Lucía contaba lo que había aprendido. Darío le enviaba fotografías de animales que ella quería conocer desde pequeña. Después llegaron los primeros exámenes. Las prácticas. Un problema en La Encina que lo mantuvo varios días fuera. Hubo llamadas canceladas y mensajes leídos demasiado tarde.
Una noche discutieron porque Darío había preparado una visita sin confirmar si ella podía recibirlo.
—Quería sorprenderte —dijo él.
Lucía estaba sentada frente a unos apuntes.
—Y yo tengo que entregar esto mañana.
Él miró la bolsa de comida que había comprado. Se sintió rechazado antes de comprender.
—Solo podía venir hoy.
Ella cerró los ojos.
—Entonces tenías que preguntarme.
La conversación terminó mal. Darío durmió en un pequeño hotel y regresó temprano. Durante el camino pensó varias veces en decirse que estaba haciendo todo el esfuerzo.
Al llegar a la hacienda, se detuvo antes de enviar el mensaje que había escrito. Lo borró. Por la tarde la llamó.
—Debí preguntarte —dijo.
Lucía dejó la pluma. Después de un silencio, respondió:
—Y yo debí escuchar que habías hecho un viaje para verme, aunque no pudiera dejarlo todo.
No resolvieron la distancia.
* * *
Los meses cambiaron también la relación de Darío con sus padres. Con Candelaria empezó a revisar decisiones que antes dejaba pasar para evitar discusiones. No siempre coincidían. Pero ella aprendió a no convertir su desacuerdo en ingratitud. Una tarde Darío encontró sobre su escritorio la caja de las cartas. Su madre había dejado una nota.
«No tienes que leerlas para perdonarme. Son tuyas si quieres conocerlas».
Él abrió el cuaderno de su infancia. Leyó las primeras páginas de pie. Después se sentó. Su primer diente. Una caída junto a la fuente. La vez que pidió guardar una rana en el baño. Había amor allí. Mucho.
Y había un nombre ausente que ahora podía reconocer en cada espacio. Darío lloró sin apartar las páginas. No dejó de estar herido.
* * *
Julián recibió el cuaderno un domingo. Darío se lo entregó en la cocina de Rosa.
—Puedes leerlo. Quiero que me lo devuelvas.
Su padre sostuvo la cubierta gastada. No la abrió enseguida.
—Lo cuidaré.
Rosa fingió que necesitaba buscar algo en el patio. Los dejó solos. Julián pasó la primera página. Al ver una fotografía de Darío con un año, llevó una mano al borde de la mesa. El niño tenía una cuchara en alto y una expresión orgullosa. Debajo, Candelaria había escrito:
«Hoy decidió comer sin ayuda. Terminamos limpiando hasta la silla».
Julián sonrió. Después se cubrió los ojos. Darío permaneció frente a él. No intentó aliviarle la culpa. Tampoco se marchó. Cuando Julián pudo hablar, preguntó por la rana. El joven soltó una risa. La recordaba.
* * *
El divorcio de Julián y Elena concluyó meses después. Hubo documentos, acuerdos y conversaciones que no se hicieron delante de Lucía. La joven recibió la noticia de ambos. No tuvo que llevar recados. No tuvo que decidir quién tenía derecho a sentirse más lastimado. Elena continuó viviendo en la cabecera y encontró trabajo administrando una pequeña tienda. Julián permaneció en El Sauz.
Había días en que la casa le parecía demasiado silenciosa. En otros agradecía poder escuchar sus propios pensamientos sin pedirle a otra persona que los volviera soportables. Candelaria no comenzó a visitarlo. Se encontraban por asuntos de las haciendas y en algunas comidas con los jóvenes. Entre ellos había una atención nueva, todavía cautelosa. Una pregunta sobre la salud de Mercedes.
Una llamada para avisar que una tormenta había dañado el camino. Un café compartido al terminar una reunión. No se apresuraron a darle nombre.
* * *
Valdés los citó una mañana para entregarles dos carpetas. En la primera estaban las actuaciones sobre la filiación de Darío y la resolución relativa a la sucesión de Alejandro.
Habían aportado las cartas, el resultado del laboratorio y los documentos originales del testamento. La disposición a favor de Candelaria se mantenía. Respecto del legado previsto para el niño, la resolución había atendido a la forma en que Alejandro lo identificó: el hijo que su esposa llevaba en el vientre, además de la filiación que entonces daba por cierta. Darío conservaba la mitad del patrimonio neto que le había sido adjudicada; Candelaria mantenía la otra mitad, conforme a lo resuelto en ese expediente. Su vínculo biológico con Julián quedaba asentado por separado.
Valdés señaló las copias certificadas. Candelaria las había revisado durante meses sin permitir que el nombre del niño volviera a usarse como una manera de evitar preguntas.
—¿Entonces esto es mío? —preguntó Darío.
—La parte que se indica aquí. Y tu madre conserva la suya. Ya tienen ambas delimitadas.
El joven leyó los porcentajes y las obligaciones. Después pidió una copia para llevarla a casa.
—No quiero que todo siga a nombre de mamá por costumbre.
Candelaria sacó del bolso las llaves del archivo.
—Mañana revisamos las cuentas de tu parte.
La segunda carpeta correspondía a la muerte de Alejandro. Contenía las declaraciones de Petra y Eusebio, el inventario de las piezas recogidas y las fotografías conservadas del equipo. La pieza de cuero hallada por Tomás constaba en el expediente inicial; ya no se conservaba en condiciones que permitieran examinarla de nuevo.
Petra y Eusebio habían sido interrogados por separado y contaban con defensa propia. La investigación seguía abierta respecto de su intervención. La muerte de Leonor impedía proceder contra ella; sus órdenes permanecían descritas en las declaraciones incorporadas. Aún faltaba resolver qué podía acreditarse sobre cada uno de los supervivientes.
—No hay una sentencia —explicó Valdés—. Tampoco una conclusión que convierta sus confesiones en una condena automática. Esto es lo que han hecho hasta hoy.
Candelaria revisó las fechas de las últimas actuaciones. Darío la acompañó al salir. Ella sostuvo la carpeta contra el pecho mientras bajaban los escalones.
* * *
Dos años después del regreso de Lucía, Darío propuso recuperar una franja cercana al canal para reducir las pérdidas de agua durante las lluvias. Llevó los planos a una reunión en La Encina. Candelaria se sentó a su lado; Julián ocupó la silla de enfrente.
El acuerdo debía contar con los tres: Candelaria y Darío por sus respectivas participaciones en La Encina, y Julián como propietario de El Sauz. Revisaron los costos, el acceso de los trabajadores y el mantenimiento que correspondería a cada hacienda.
Lucía, de vacaciones y con varios semestres de veterinaria cursados, preguntó por el paso de los animales. Darío movió una de las marcas del plano para dejar una entrada más amplia. Cárdenas incorporó el cambio al documento.
Julián firmó primero. Candelaria lo hizo después y pasó la pluma a su hijo. Darío leyó una vez más la cláusula de los gastos antes de añadir su firma. Cada uno conservó una copia.
* * *
La propuesta de matrimonio no ocurrió en el río. Darío la había imaginado allí, hasta que comprendió que Lucía comenzaba a vivir en muchos lugares que también merecían formar parte de su historia. Fue a verla al terminar sus exámenes. Le llevó comida y la esperó mientras guardaba apuntes. Caminaron después hasta un parque cercano a su habitación.
Lucía hablaba de una práctica que quería solicitar cuando lo notó demasiado callado.
—¿Qué pasa?
Darío se detuvo junto a una banca. Sacó una caja del bolsillo. Ella dejó de caminar. Él la miró con una mezcla de alegría y nerviosismo.
—Quiero casarme contigo.
Lucía se llevó una mano al pecho. Darío continuó antes de que pudiera responder:
—No quiero que dejes la carrera ni que decidamos todo esta noche. Quiero que hagamos planes sabiendo que los dos vamos a tener que mover cosas.
Ella comenzó a sonreír entre lágrimas.
—Eso sonó muy pensado.
Él soltó una risa.
—Lo pensé bastante.
Lucía lo abrazó. Después se apartó lo suficiente para mirarlo.
—Sí.
Darío tardó un segundo en reaccionar.
Ella volvió a decirlo. Esta vez riendo.
* * *
Se lo contaron primero a sus padres por separado. Después Lucía propuso una comida.
—Una sola —aclaró—. No cuatro conversaciones en las que terminemos diciendo cosas distintas.
Darío estuvo de acuerdo. Elena aceptó acudir. Mercedes también. Candelaria ofreció el jardín de La Encina. Julián preguntó qué podían llevar desde El Sauz. Nadie discutió quién debía ser el anfitrión. El día de la comida, Lucía dejó el anillo sobre la mesa un instante para que Rosa pudiera mirarlo mejor. La mujer sonrió.
—Tu hijo sí acertó con la medida —le dijo a Julián—. Tú todavía debes de guardar aquellas botas enormes.
Todos tardaron un segundo en entender la referencia a las botas de la infancia. Lucía comenzó a reír. Julián también. Darío los observó y después buscó los ojos de su madre. Candelaria estaba sonriendo. No con tristeza. Solo sonriendo.
* * *
Hablaron de una fecha posible. Lucía quería terminar el siguiente ciclo antes de organizar la boda. Darío tenía que considerar la temporada de trabajo.
No pensaban abandonar sus estudios ni precipitar una casa para demostrarle algo a nadie.
—Nos gustaría celebrarla aquí —dijo él.
Candelaria miró el jardín.
—Podemos preparar el patio.
Lucía levantó una mano.
—Aquí y en El Sauz.
Julián volvió hacia ella. La joven señaló el camino que comunicaba ambas propiedades.
—La ceremonia puede ser en un lado y la comida en el otro. O podemos usar el terreno del canal. Ya no quiero que todo tenga que pertenecer a una sola hacienda.
Habían hablado de aquello. Candelaria y Julián se miraron. Durante muchos años habían utilizado cada cerca para recordarse lo que no podían perdonarse. Ahora sus hijos les pedían un lugar donde recibir juntos a las mismas personas.
—Vamos a ver cómo hacerlo —respondió Julián.
Candelaria asintió.
—Entre los dos.
* * *
Al despedirse los invitados, Darío y Lucía caminaron hasta el lindero. Una parte de la cerca debía moverse para permitir las obras del proyecto. Los postes estaban marcados. Lucía apoyó una mano sobre uno de ellos.
—Aquí me enojé contigo por el perro.
Darío sonrió.
—Me pegaste.
—Porque eras insoportable.
Él le tomó la mano donde brillaba el anillo.
—¿Y ahora?
Lucía lo miró.
—Ahora también. Pero ya sé cómo decírtelo.
Darío se rio y la abrazó. Desde el corredor, Candelaria los observó un momento. Julián apareció a su lado. Ninguno habló enseguida. Después él señaló los postes marcados.
—Mañana empiezan a retirar ese tramo.
Ella asintió. Pero aquella cerca, levantada tantas veces entre ellos, ya no iba a conservar exactamente el mismo lugar.