Capítulo 37 de 40
La casa que Lucía eligió
Elena guardó primero los libros. No tocó las fotografías del corredor ni la vajilla que habían comprado durante el primer año de matrimonio. Comenzó por los objetos que podía reconocer como suyos sin tener que preguntarse qué recuerdos se llevaría con ellos. Julián la encontró arrodillada junto a una caja. Se detuvo en la puerta.
—Puedo pedir que te ayuden.
Ella negó.
—Prefiero hacerlo yo.
Él permaneció allí unos segundos. La habitación estaba ordenada, salvo por el armario abierto y las prendas dobladas sobre la cama. Habían vivido tanto tiempo entre aquellas paredes que la separación no parecía una decisión única, sino muchas pequeñas despedidas que todavía no terminaban de comprender.
—La casa de la cabecera estará lista el viernes —dijo Elena.
Julián asintió. Habían comenzado los trámites de separación y acordado cómo atenderían los bienes y obligaciones que compartían. Los abogados revisarían lo necesario. No había una discusión sobre quién se quedaría con cada silla.
—Lucía puede venir cuando quiera —añadió ella.
Julián miró una fotografía sobre el tocador. Su hija tenía siete años y sostenía una medalla escolar.
—Eso tiene que decidirlo ella.
Elena cerró los ojos un instante.
—Sí.
* * *
Lucía llegó mientras su madre terminaba la segunda caja. Se quedó junto al marco, con una carpeta contra el pecho.
Elena se levantó.
—No sabía que habías vuelto.
—Fui a entregar unos documentos.
La joven miró la ropa sobre la cama. Después dejó la carpeta en una silla.
—¿Te vas esta semana?
—El viernes, si todo está listo.
Lucía asintió despacio. Durante los días posteriores a la confesión había oscilado entre la rabia y el deseo de abrazarla. A veces quería hacerle cien preguntas. Otras, escuchar su voz le resultaba insoportable. Elena no intentó acercarse.
—No tienes que ayudarme.
Lucía tomó un libro del suelo. Lo reconoció: una colección de cuentos de animales que su madre le leía cuando era pequeña.
—Este lo quiero yo.
Elena sintió que se le quebraba la voz.
—Claro.
Su hija lo sostuvo entre las manos. Había cosas verdaderas dentro de una vida atravesada por una mentira.
* * *
Se sentaron al borde de la cama. Lucía dejó el libro sobre sus piernas.
—Quiero preguntarte algo y necesito que no me respondas con que tenías miedo.
Elena asintió. La joven respiró hondo.
—¿Rafael sabía que podías estar embarazada?
Su madre miró las cajas.
—Sabía que existía esa posibilidad. Habíamos hablado de cuidarnos, pero después de la última vez no volvimos a encontrarnos.
Lucía apretó la cubierta.
—¿Por qué no lo buscaste?
Elena tardó en responder.
—Porque no quería una vida con él. Lo nuestro había terminado mal. Cuando regresé al pueblo y empecé a ver a Julián, quise creer que podía dejarlo todo atrás.
—Pero yo no era algo que pudieras dejar atrás.
La mujer bajó la cabeza.
—No.
Lucía esperó. Elena se obligó a continuar:
—Elegí la vida que quería y permití que tu papá creyera algo que no era cierto. Tú no decidiste nada de eso.
La joven miró hacia la ventana.
* * *
—No sé si quiero conocerlo —dijo Lucía.
Elena levantó el rostro.
—No tienes que decidirlo ahora.
Su hija la miró con cautela.
—¿Me vas a ayudar si algún día quiero buscarlo?
—Sí.
—Con lo que sepas. Sin esconder nada porque creas que me va a hacer daño.
—Voy a darte la información que tengo. Y si no sé algo, voy a decirte que no lo sé.
Lucía acarició el lomo del libro.
Su madre tenía las manos juntas sobre el regazo. Se veía mayor. No indefensa. Responsable de algo que ya no podía corregir cambiando una versión. La joven se levantó. Elena también, sin saber si la conversación había terminado. Lucía se acercó y la abrazó. Fue breve. Su madre no intentó retenerla.
—Todavía estoy muy enojada —murmuró la joven contra su hombro.
Elena cerró los ojos.
—Lo entiendo.
* * *
Darío la esperaba junto a la camioneta. Lucía subió con el libro apretado contra el pecho. Él no encendió el motor enseguida.
—¿Quieres hablar?
Ella negó primero. Después asintió. Darío permaneció quieto mientras Lucía le contaba lo que había preguntado y lo poco que todavía sabía de Rafael. No dijo que al menos ya podían estar juntos. Sabía que ese alivio no resolvía lo demás. Cuando ella terminó, dejó el libro sobre el asiento.
—A veces siento que si la abrazo estoy diciendo que ya no importa.
Darío volvió hacia ella.
—Yo sigo queriendo abrazar a mi mamá y todavía no puedo escuchar algunas cosas sin enojarme.
Lucía lo miró. Él se encogió de hombros. No tenía una respuesta mejor. La joven le tomó la mano.
* * *
Fueron al río al terminar la tarde. No llevaron prisa ni buscaron el lugar exacto de su primer beso. Dejaron los caballos a la sombra y caminaron junto al agua. Lucía le habló de la universidad. Había conseguido una habitación compartida con otra estudiante. Comenzaría las clases en pocas semanas. Darío la escuchó en silencio hasta que ella se detuvo.
—¿Te preocupa?
—Sí.
La sinceridad la hizo sonreír.
—A mí también.
Él bajó los ojos hacia una piedra que tenía en la mano.
—Me gusta que sepas lo que quieres. Pero me da miedo que te vayas y descubras que todo esto te queda pequeño.
Lucía miró el río. Después volvió hacia él.
—No quiero elegir entre estudiar y quererte.
Darío levantó el rostro.
—No te lo estoy pidiendo.
—Lo sé. Quiero que lo recordemos cuando empiece a ser difícil.
Él dejó caer la piedra junto a sus botas.
—Vamos a tener días difíciles.
Lucía se acercó.
—Ya tuvimos unos cuantos.
Darío sonrió y la besó. Esta vez no hubo una duda pendiente entre sus cuerpos.
* * *
Cuando volvieron a El Sauz, el cielo comenzaba a oscurecer. Lucía desmontó y se quedó junto al caballo mientras Darío guardaba las riendas. Julián apareció desde el corredor. No preguntó dónde habían estado. Saludó a ambos y miró la hora.
—Va a llover.
Darío volvió el rostro hacia los cerros. Una nube oscura cubría parte del horizonte.
—Me voy antes de que cierre.
Lucía le sujetó suavemente la mano.
—Quédate un rato.
Julián percibió el gesto. Durante un instante sintió el impulso de convertirse en el padre que imponía un horario para no tener que reconocer que su hija había crecido. En lugar de hacerlo, dijo:
—Hay café en la cocina.
Los dejó solos en el patio. Lucía miró a Darío y sonrió.
A él todavía le resultaba extraño recibir aquella libertad dentro de una casa donde había entrado tantas veces como visitante.
* * *
La lluvia comenzó antes de que terminara el café. Elena estaba en su habitación. Julián había ido al despacho para revisar unos documentos. Darío y Lucía permanecieron en la sala pequeña del fondo. Hablaron hasta quedarse sin asuntos urgentes. Después el silencio cambió. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Él le acarició los dedos.
—No tienes que quedarte porque esté lloviendo —murmuró Lucía.
Darío la miró.
—Quiero quedarme contigo.
Ella levantó el rostro. Se besaron despacio. Había pasado mucho tiempo desde aquel primer beso junto al río, aunque en el calendario no pareciera tanto. Lucía le tomó una mano y lo llevó hasta la puerta de su habitación. Antes de entrar se volvió hacia él. Darío le acarició la mejilla.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—Sí.
Habían hablado de sus límites y de cuidarse. Aun así, volvieron a preguntarse, a escucharse, a dejar espacio para detenerse.
La puerta se cerró suavemente. La lluvia siguió sobre el tejado. Aquella noche estuvieron juntos con ternura, aprendiendo sin prisa la cercanía que ambos habían elegido.
* * *
Darío bajó antes del amanecer. Había dejado a Lucía dormida, después de despedirse en voz baja para no despertarla del todo. Encontró a Julián en el corredor. Ambos se detuvieron. El joven sostuvo su mirada. No quería mentir. Su padre observó las botas que llevaba en la mano y luego volvió a su rostro.
Durante unos segundos no supo si estaba allí como padre de Lucía, como padre de Darío o como el hombre que había llegado a comprender demasiado tarde lo que significaba respetar una decisión.
—¿Quieres café antes de irte? —preguntó al fin.
Darío asintió. Se sentaron en la cocina. No hablaron de la noche. Julián preguntó por el camino después de la lluvia y Darío le respondió que esperaría a que aclarara un poco. Compartieron una taza sin convertirla en un interrogatorio. Al terminar, el joven dejó el plato sobre la mesa.
—La quiero —dijo.
—Trátala de acuerdo con eso.
Después de un momento añadió:
—Quiero que tú y yo también podamos hablar de otras cosas. Su padre apretó la taza entre las manos.
—Yo también.
* * *
El viernes, Elena salió de El Sauz. No hubo una escena en el portón. Los trabajadores cargaron las cajas y Julián revisó que nada faltara por subir. Lucía había ido temprano. Ayudó a acomodar el libro de cuentos en una bolsa que se llevaría ella. Su madre le dio una copia de las llaves de la nueva casa.
—No es una obligación —dijo.
La joven las recibió.
—Ya sé.
Antes de subir al vehículo, Elena miró una vez más los corredores. Había sido su hogar durante dieciocho años. También el lugar donde había pospuesto cada oportunidad de decir la verdad. Julián se acercó.
—Avísame cuando llegues.
Quiso decir que lo sentía otra vez. Comprendió que ya lo sabía y que repetirlo no le daba una respuesta nueva. Se despidieron. Lucía abrazó a su madre antes de dejarla ir.
* * *
Candelaria vio pasar el vehículo desde el camino de entrada a La Encina. Reconoció a Elena al volante.
Ambas se miraron apenas unos segundos. La mujer levantó una mano. Candelaria respondió al saludo. No sintió victoria. Recordó su propia llegada a la hacienda, muchos años atrás, convencida de que una casa podía darle la vida que deseaba.
Ahora Elena se marchaba de otra casa que también había intentado conservar mediante el silencio. Candelaria permaneció junto al portón hasta que el vehículo desapareció. Después regresó a pie. En el despacho la esperaba una notificación sobre las diligencias relacionadas con la muerte de Alejandro. La abrió antes de atender cualquier otra cosa.
* * *
Al anochecer, Darío y Lucía se sentaron en el muro bajo que separaba el jardín del camino. Habían pasado un día difícil. Ella estaba triste por la mudanza de su madre. Él pensaba en las conversaciones pendientes con Candelaria y Julián. Se quedaron un rato sin hablar. Después Lucía apoyó la cabeza en su hombro.
—No quiero que nuestra casa empiece con alguien teniendo que perderse a sí mismo.
Darío volvió hacia ella. La palabra nuestra lo había sorprendido. Lucía lo advirtió y se ruborizó. Él le tomó la mano.
—Entonces tendremos que construirla despacio.
Ella sonrió.
No había una propuesta de matrimonio. Todavía no. Pero por primera vez hablaron de una casa sin pensar en quién era su dueño, cuánto valía o qué puerta debían usar para entrar sin ser vistos.