Capítulo 36 de 40
La caída que no fue un accidente
Petra no habló aquella noche. Valdés pidió que conservaran la calma y que no intentaran reconstruir los hechos sin asesoría. Al escuchar que la declaración podía involucrarla, la criada solicitó hablar primero con una abogada independiente. Candelaria estuvo de acuerdo. Después de la llamada permanecieron sentadas frente a frente. Desde el patio llegaban los pasos de un trabajador que cerraba las puertas.
—¿Tiene miedo de mí? —preguntó Petra.
Candelaria miró sus manos. Había imaginado tantas veces qué podía esconder aquella mujer que ya no sabía qué respuesta esperaba.
—No sé qué voy a sentir cuando te escuche.
Petra bajó la cabeza. Candelaria recogió los documentos del escritorio.
—Pero no voy a golpearte ni a amenazarte para que digas lo que me conviene.
La criada comenzó a llorar en silencio. La mujer no la consoló. Todavía no podía.
* * *
La declaración se rindió varios días después, ante las autoridades y con acompañamiento legal. Candelaria no estuvo presente mientras Petra contaba su versión. Esperó en una sala pequeña, con Mercedes a su lado. Había pedido que Darío supiera adónde iba.
Su hijo no intentó detenerla.
—Avísame cuando salgas —dijo.
Aquella petición sencilla la acompañó durante toda la mañana. Cuando finalmente le comunicaron lo esencial de la declaración, tuvo que pedir que repitieran una parte. No porque no la hubiera entendido. Porque durante años había vivido dentro de una historia que acababa de cambiar. Leonor había querido que ella sufriera una caída. El objetivo era interrumpir el embarazo. Eusebio había recibido la orden.
Petra había escuchado la conversación y colaborado para que el paseo ocurriera. El caballo había quedado preparado. Alejandro lo montó después.
* * *
Candelaria apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Era para mí?
La respuesta fue afirmativa. Miró a Mercedes. Su madre estaba inmóvil, con el bolso apretado contra el pecho. Candelaria volvió hacia el funcionario que le explicaba lo que podía comunicarse en ese momento.
—¿Y mi hijo?
No consiguió terminar. Le aclararon que aquello era una declaración que debía contrastarse. Todavía no una resolución sobre responsabilidades. Ella asintió. Entendía la diferencia.
Pero dentro de su cuerpo ya se había unido lo que durante tantos años permaneció separado. La insistencia de Leonor para que saliera. La elección del caballo. El miedo cuando Alejandro decidió acompañarla. El desmayo. Su hijo vivo. Alejandro muerto.
Candelaria cerró los ojos. Tuvo que recordar que estaba sentada, que podía respirar y que Darío era un hombre adulto que la esperaba en casa.
* * *
Petra había contado también lo ocurrido después del desmayo. El recado para buscar a Eusebio. Las tareas que la distrajeron. La suposición de que alguien habría retirado el peligro. No intentó presentarse como una persona que nada pudo hacer. Había tenido oportunidades. Podía haber avisado a Alejandro. Podía haber advertido al mozo. Podía haber dicho que nadie debía tocar aquel caballo. No lo hizo.
Cuando su abogada le pidió que distinguiera lo que vio de lo que imaginó, Petra volvió varias veces sobre sus palabras. No sabía exactamente cómo había intervenido Eusebio en el equipo. Sí sabía para qué lo había llamado Leonor. Sí había presenciado el ofrecimiento de borrar la deuda.
Sí escuchó al capataz advertir que una caída podía matar.
También reconoció que había guardado silencio después de la muerte. Durante más de dos décadas.
* * *
Julián recibió la llamada mientras trabajaba con Darío. El joven revisaba una entrega junto al cobertizo. Al ver cambiar la expresión de su padre, dejó la hoja sobre una tabla. Julián escuchó hasta el final. Después respondió:
—Vamos para allá.
Colgó. Darío lo miró.
—¿Qué pasó?
Él guardó el teléfono. No quería transmitir una versión confusa. Tampoco podía volver a tratar al muchacho como alguien a quien convenía dejar fuera.
—Petra declaró sobre el caballo que montó Alejandro.
Darío se quedó quieto. Julián respiró despacio.
—Tu madre acaba de saber que la caída estaba preparada para ella.
El joven miró hacia el camino de La Encina. No preguntó nada más. Tomó las llaves.
* * *
Candelaria los encontró en el corredor al regresar. Darío se acercó primero. Le bastó verlo para sentir que las piernas le temblaban.
Su hijo la abrazó. Ella se aferró a su camisa. No era el abrazo de un niño que intentaba consolar a su madre sin comprender. Darío sabía por qué lloraba. Conocía la parte de la historia que le correspondía.
Eso hizo que Candelaria se permitiera apoyarse en él sin pedirle que sostuviera una mentira.
—Estoy aquí —dijo el joven.
Ella asintió contra su hombro. Cuando se apartó, Julián seguía junto a la escalera. No intentó ocupar el lugar de Darío. Esperó hasta que Candelaria lo miró.
—Lo siento —dijo.
Ella cerró los ojos. Entraron los tres.
* * *
Mercedes sirvió agua. Nadie la probó al principio. Candelaria contó lo que le habían comunicado, cuidando de distinguir la declaración de lo que aún debía investigarse. Darío escuchaba con los brazos apoyados sobre las rodillas. Julián permanecía cerca de la ventana.
—Leonor quería hacerme perder al niño y que yo siguiera viviendo aquí —murmuró Candelaria.
Mercedes dejó la jarra.
—Estaba dispuesta a arriesgar también tu vida —dijo.
Candelaria buscó su mano sobre el mantel. Julián se sentó.
—Necesitas descansar.
Candelaria negó.
—Primero necesito decir una cosa.
Miró a Darío.
—Yo hice daño a Alejandro. Lo engañé. Lo hice sufrir aquella noche.
Su hijo sostuvo su mirada. Ella continuó:
—Pero no sabía lo del caballo.
Darío le apretó la mano.
—Ya lo sé.
Candelaria comenzó a llorar otra vez. Había repetido dentro de sí que lo había mandado a la muerte cada vez que recordaba la discusión. Por primera vez podía separar su traición de una decisión criminal que no había tomado. Eso no la libraba de todo. Pero le permitía respirar de otra manera.
* * *
Eusebio vivía en una casa a las afueras de la cabecera. Se había retirado años atrás y trabajaba a veces arreglando herramientas para sus vecinos. Cuando recibió la citación, no preguntó de qué se trataba. Puso el papel sobre la mesa. Su esposa lo observó desde la cocina.
—¿Qué pasa?
Él miró la fecha. Durante mucho tiempo había temido que alguien llegara a buscarlo.
Después comenzó a temer lo contrario: morir sin que nadie supiera por qué se despertaba llamando al patrón.
—Tengo que contar algo —respondió.
La mujer dejó el paño que llevaba en las manos. Eusebio se sentó. No empezó por Leonor. Empezó por sí mismo. Por una deuda que aceptó convertir en motivo para obedecer.
* * *
Su versión no coincidió con Petra en cada detalle. Había horas que recordaban de manera distinta y conversaciones que uno había escuchado solo en parte. Pero coincidieron en lo esencial. La orden. La finalidad del supuesto accidente. La intervención en el equipo del caballo. La omisión de advertir a quienes podían montarlo.
Las declaraciones se incorporaron a la revisión de los antecedentes. También se buscaron documentos, personas que conservaran recuerdos útiles y los registros de la investigación original. El paso del tiempo imponía dificultades. Leonor había muerto. Algunas piezas ya no existían. No todo lo que podía saberse permitiría demostrar de la misma manera lo ocurrido.
Valdés se lo explicó a Candelaria sin prometerle una condena ni un cierre rápido. Ella escuchó.
—Quiero que se investigue —respondió—. No que alguien escriba una versión para tranquilizarme.
Darío llevó a Lucía al lugar donde estaba enterrado Alejandro.
La propuesta fue suya. Candelaria no lo supo hasta después. El joven había comprado flores sencillas y permaneció largo rato frente al nombre. Lucía se quedó a su lado.
—No sé cómo llamarlo ahora —dijo él.
Ella miró la sepultura. Darío continuó:
—Durante años fue mi papá en una fotografía. Después pensé que no tenía derecho a sentir nada por él.
Lucía le tomó la mano.
—Él sí sintió algo por ti, aunque no supiera todo.
Darío bajó los ojos. Recordó lo que su madre le había contado. La habitación que Alejandro quería preparar. Los nombres leídos en voz alta. El testamento. No había sido su padre biológico. Había esperado su llegada con amor. Darío dejó las flores.
—Eso también es parte de mi historia —murmuró.
Lucía asintió. No intentó añadir nada.
* * *
Julián encontró a Candelaria junto al jardín al anochecer. Darío había salido con Lucía y Mercedes descansaba. Él se detuvo a unos pasos.
—Si prefieres estar sola, me voy.
Candelaria negó. Le señaló un lugar en la banca. Julián se sentó. Durante un rato miraron la fuente.
—Yo soñaba con esta casa —dijo ella.
Él permaneció callado.
—Antes de casarme. Me parecía que dentro no podía faltarme nada.
Candelaria miró sus manos.
—No quiero fingir que nunca me importó el dinero. Me importó. Por eso te hice tanto daño.
Julián levantó la vista hacia los arcos.
—Yo también volví pensando en lo que ibas a sentir cuando me vieras llegar.
Ella lo miró. Él asintió, avergonzado.
—No compré El Sauz solamente para trabajar.
Candelaria dejó escapar una respiración larga.
* * *
—¿Fuimos capaces de querernos bien alguna vez? —preguntó ella.
Julián tardó en responder. Recordó las flores, el río y los planes de una casa pequeña. Había amor en aquellos recuerdos. También juventud, orgullo y cosas que ninguno sabía todavía de sí mismo.
—Hubo días en que sí —dijo.
Candelaria sonrió con tristeza.
—Después nos pasamos muchos años intentando cobrarnos los otros.
Él bajó la cabeza.
Desde el camino llegó el ruido de un vehículo. Darío y Lucía volvían hablando. La risa de ella cruzó el jardín antes de que aparecieran. Julián y Candelaria miraron hacia el portón. Sus hijos venían sin esconderse. No había resuelto la investigación. No borraba los matrimonios ni devolvía los años.
* * *
Aquella noche, Candelaria abrió el cajón donde conservaba las llaves antiguas. Junto a ellas guardaba la primera fotografía de Darío. La sostuvo entre los dedos. Durante mucho tiempo había pensado que su vida cambió cuando recibió la hacienda. Ahora podía recordar otra cosa. Un caballo que no llegó a montar. Un niño que nació pese a quienes no querían que naciera.
Un hombre cuya muerte no debía seguir sirviendo para callar. Dejó la fotografía sobre el escritorio y escribió una nota para Valdés. Quería revisar los documentos de Alejandro y conservar en orden todo lo que pudiera servir a la investigación. Después apagó la lámpara.
Por primera vez en muchos años, no se llevó a la cama la necesidad de encontrar una explicación que la dejara a salvo.