Capítulo 35 de 40
Una mesa para los cuatro
Darío acompañó a Lucía hasta el portón de El Sauz. Todavía había luz en el comedor. Ella desmontó y le entregó las riendas a un trabajador. Después volvió hacia él.
—¿Quieres pasar?
Darío miró la casa. Había entrado allí de niño para llevar recados, esperando en el patio mientras los adultos conversaban. Más tarde había acudido por asuntos del ganado, siempre con documentos en las manos y una razón para marcharse pronto. Nunca había entrado como el hombre que quería a Lucía. Tampoco como hijo de Julián.
—Sí —respondió—. Pero si tú quieres que entre.
Ella le tomó la mano.
—Por eso te lo pregunté.
Subieron juntos los escalones.
* * *
Julián los vio desde el corredor. Se puso de pie antes de que llegaran. Su mirada fue hacia las manos entrelazadas y luego al rostro de su hija. Había alivio en ella. Una alegría cansada, distinta de la que había llevado a la casa después de aquel primer paseo.
—Ya hablamos —dijo Lucía.
Su padre asintió. Darío permaneció a su lado. No soltó su mano. Durante unos segundos, Julián sintió el impulso de preguntar qué habían decidido, adónde habían ido y a qué hora pensaban volver a verse. Se contuvo. Había utilizado demasiado tiempo su autoridad para evitar conversaciones que le correspondía iniciar.
—¿Quieren cenar? —preguntó.
Lucía miró a Darío. Él asintió.
—Gracias.
Julián se apartó para dejarlos pasar.
* * *
Elena estaba junto a la mesa. Al verlos entrar, dejó una jarra sobre el mantel. No parecía preparada para aquella visita.
—Voy a pedir otro plato.
Darío se detuvo.
—No quiero causar molestias.
Ella negó enseguida.
—No las causas.
La frase salió con una firmeza que lo sorprendió. Elena fue hacia la cocina y regresó con los cubiertos. Al colocarlos frente a él, tuvo que sujetar el borde de la mesa para que no le temblaran las manos. Darío lo advirtió. No sabía qué decirle. Lucía se sentó y dejó un espacio a su lado. Por primera vez, cenaron los cuatro.
* * *
Hablaron primero del trabajo. Julián preguntó por una partida de becerros. Darío respondió con cautela, pero terminó explicando por qué había rechazado una oferta que parecía conveniente. Su padre lo escuchó.
—Hiciste bien en revisar los registros —dijo.
Darío bajó los ojos hacia el plato. Había recibido elogios de profesores, trabajadores y compradores. Aquel comentario le produjo una incomodidad distinta. No supo si quería agradecerlo o reclamar cuánto había tardado en llegar. Lucía lo percibió y cambió de tema. Contó que debía entregar documentos para la universidad y que quería buscar una habitación compartida cerca de la escuela. Julián levantó la mirada.
—Podemos ver algo más cómodo.
Ella sonrió apenas.
—También quiero aprender a vivir con lo que yo pueda organizar.
Él abrió la boca. Después asintió. Elena siguió la conversación en silencio.
* * *
Al terminar, Lucía llevó unos platos a la cocina. Elena la siguió. Julián y Darío quedaron solos. El mayor apartó el vaso para dejar las manos sobre la mesa.
—¿Puedo preguntarte algo?
Darío lo miró.
—Sí.
—¿Qué esperas de mí ahora?
El joven tardó en responder. Desde que recibió el resultado, muchas personas parecían esperar que supiera cómo acomodarse dentro de una familia nueva. Él apenas estaba comenzando.
—Que no intentes resolverlo con regalos —dijo.
Julián bajó la cabeza.
—Está bien.
—Ni con tierras.
Su padre levantó los ojos. Darío continuó:
—Ya tengo trabajo. Mi mamá y yo hemos hecho una vida. Lo que no tengo son respuestas sobre ti.
Julián sostuvo su mirada.
—Puedes preguntarme.
El joven apoyó una mano junto al plato.
—¿Alguna vez quisiste conocerme de verdad?
La pregunta quedó entre ambos. Julián no buscó una versión que lo protegiera.
—Sí.
Darío aguardó.
—Y aun así me aparté cada vez que podía acercarme.
El joven miró hacia la cocina. Escuchó reír a Lucía por algo que había dicho Elena. Después volvió a su padre.
—Eso es lo que más me cuesta entender. No quiero que esta cena te haga pensar que ya quedó arreglado.
—A mí me cuesta aceptarlo —respondió Julián—. Pero lo hice. No voy a pedirte que me perdones esta noche.
* * *
Candelaria estaba despierta cuando Darío regresó. No había salido a esperarlo al patio. Permanecía en el cuarto del jardín con un libro abierto que no había leído. Su hijo llamó antes de entrar. Ella dejó el libro.
—¿Todo bien?
Darío se sentó frente a ella. Por primera vez en varios días no parecía estar a punto de marcharse.
—Cené en El Sauz.
Candelaria sintió una punzada.
No preguntó quién lo había invitado ni qué habían hablado.
—Me alegra que hayas podido estar tranquilo.
Él la observó.
—Lucía y yo vamos a seguir viéndonos.
Su madre asintió. Darío pareció sorprendido por la falta de discusión.
—No quiero que vuelvas a tratarla como parte de un problema tuyo con Julián.
Candelaria bajó los ojos. Había merecido la petición.
—No voy a hacerlo.
Su hijo esperó. Ella levantó la mirada.
—También quiero disculparme con ella.
Darío se recostó un poco en la silla. La tensión de sus hombros disminuyó.
—Pregúntale si quiere hablar contigo.
Candelaria asintió. Era una diferencia pequeña. Antes habría mandado buscar a Lucía.
* * *
Lucía aceptó verla tres días después. Llegó a La Encina por la mañana, sin Darío. Candelaria la recibió en el corredor. La joven llevaba una carpeta bajo el brazo y el cabello recogido. Había en su manera de caminar algo de Elena, aunque Candelaria nunca había prestado suficiente atención para notarlo.
—Gracias por venir.
Lucía asintió. Se sentaron cerca del jardín. Durante un momento, ambas miraron la fuente.
—Te hice sentir que estabas haciendo algo malo antes de explicar qué me preocupaba —comenzó Candelaria—. Lo siento.
Lucía sostuvo la carpeta sobre el regazo.
—Lo que más me molestaba era que pareciera que todos podían decidir por nosotros.
—Es lo que hice.
La joven la miró. Esperaba una explicación más larga. Una mención al miedo, al pasado o al daño que Leonor había causado. Candelaria no la añadió. Lucía respiró despacio.
—Quiero a Darío.
La mujer sintió la seriedad de aquellas palabras.
—Lo sé.
—No quiero que él tenga que elegir entre usted y yo.
Candelaria se inclinó ligeramente hacia ella.
—Yo tampoco quiero ponérselo delante como una elección.
Lucía bajó los ojos.
* * *
Julián y Elena comenzaron a hablar de separarse. No ocurrió durante una discusión.
Se sentaron en el despacho después de recibir orientación sobre cómo proceder y proteger los asuntos que compartían. Elena llevaba una libreta. Había anotado gastos, bienes y preguntas. Julián la observó.
Durante muchos años aquella mujer había sido parte de cada decisión cotidiana. Compras, consultas, preocupaciones, pequeños arreglos que hacían funcionar una casa. La confesión no borraba esa vida. Tampoco le permitía continuar como si no hubiera ocurrido.
—No voy a pedirte que te vayas de inmediato —dijo.
Elena asintió.
—Estoy buscando un lugar en la cabecera. Quiero estar cerca de Lucía cuando se vaya a estudiar.
Él apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso tienen que hablarlo ustedes.
—Lo sé.
La mujer pasó una página. No lloró. Cuando terminaron, cerró la libreta.
—¿Vas a volver con Candelaria?
Julián tardó en responder. Había esperado aquella pregunta.
—No lo sé.
Elena lo miró. Por primera vez no le pareció una evasión. Parecía el reconocimiento de algo que él tampoco podía decidir solo.
Candelaria vio a Julián durante una reunión sobre el camino compartido. Los administradores habían llevado un presupuesto. Había que reparar un tramo antes de las lluvias. Revisaron cantidades, compararon propuestas y llegaron a un acuerdo sin discutir.
Cuando los otros hombres se retiraron a medir una alcantarilla, ambos quedaron junto a la cerca. Julián miró los papeles.
—Lucía me contó que hablaron.
—Es una buena muchacha.
Él levantó la cabeza. Había orgullo en sus ojos. También una tristeza que no intentó ocultar.
—Sí.
La mujer lo observó. Era el hombre que había amado y herido. El padre de su hijo. Un desconocido en muchas de las cosas que ahora formaban su vida. No bastaba con recordar para conocerlo otra vez.
—Darío leyó parte del cuaderno —dijo.
Julián se quedó inmóvil.
—¿Qué cuaderno?
Candelaria le explicó. Los primeros pasos. Las palabras mal pronunciadas. Los dibujos que había guardado entre las páginas. Él miró hacia los potreros.
Tardó unos segundos en recuperar la voz.
—Si algún día quiere mostrármelo…
—Tendrá que decidirlo él.
Julián asintió. No pidió nada más.
* * *
Darío empezó a visitar El Sauz sin que siempre estuviera Lucía. A veces acudía por trabajo. Otras, Julián le enviaba un mensaje con una pregunta concreta. Una tarde revisaron juntos un caballo que se resistía a entrar en el remolque. Darío quiso apurarlo. Su padre levantó una mano.
—Dale espacio.
El joven se detuvo. Observaron al animal, cambiaron la posición y esperaron. Cuando consiguieron hacerlo entrar, Darío cerró la puerta y se secó las manos en el pantalón.
—Tomás me enseñó eso —dijo.
—Es bueno con los caballos.
Darío miró al hombre que pudo haberle enseñado tantas cosas. Conversaron junto al remolque hasta que comenzó a bajar el sol.
* * *
Petra observó esos cambios desde La Encina. Vio a Lucía entrar sin esconderse.
Escuchó que Darío había pasado la tarde con Julián. Presenció una conversación entre los administradores que terminó con un acuerdo y no con un recado de enojo. La carta ya no estaba encerrada en la memoria de quienes la habían entregado. Y nada se había derrumbado por completo. Había dolor.
Había familias separándose. Pero también había personas que empezaban a hablar. Una noche buscó a Candelaria en el despacho. La mujer levantó la vista.
—¿Qué necesitas?
Petra cerró la puerta sin pasar el pestillo. Tenía las manos vacías.
—Quiero terminar lo que no pude contarle cuando vino el abogado.
Candelaria dejó la pluma. La criada miró la silla. Esta vez no esperó a que la invitaran. Se sentó.
—Es sobre el caballo de aquella mañana.
Candelaria sintió que el cuerpo se le quedaba inmóvil. Durante años había temido que la verdad le quitara todo. Ahora sabía que también podía exigirle dejar de proteger lo que nunca debió mantenerse oculto. Acercó el teléfono.
—Voy a llamar a Valdés —dijo—. Y tú vas a tener asesoría antes de hablar.
Petra asintió. No intentó marcharse.
Mientras Candelaria buscaba el número, la criada mantuvo la mirada en la puerta abierta del despacho.