Capítulo 34 de 40
Lo que la sangre no podía borrar
Julián no volvió a la habitación matrimonial. Al regresar del pueblo, encontró a Elena sentada en el comedor, con una taza intacta entre las manos. Ella se levantó al verlo.
—Necesitamos hablar.
Él dejó las llaves sobre una mesa.
—Sí. Pero primero vamos a aclarar lo que Lucía ha pedido.
Elena asintió. Había pasado la mañana intentando imaginar cómo explicaría dieciocho años en unas cuantas conversaciones. Cada frase que encontraba terminaba haciendo más evidente la decisión que había tomado.
—Voy a colaborar —dijo.
Julián la miró.
—Eso espero.
No levantó la voz.
La distancia con que pronunció aquellas palabras hizo que Elena volviera a sentarse. Él pasó hacia el despacho. Antes de entrar se detuvo.
—No le escribas a Rafael sin hablarlo con Lucía. Es su historia también.
Elena apretó los labios. Había pensado hacerlo. Buscarlo, preguntarle dónde estaba, preparar una explicación antes de que alguien pudiera sorprenderla.
* * *
Lucía pidió estar presente en cada conversación que la involucrara. Eligió la fecha de la consulta con el laboratorio y preguntó cómo podía obtener una respuesta fiable sobre Julián. No quería que nadie llevara muestras sin su consentimiento ni que un resultado llegara primero al escritorio de su padre.
—Quiero recibirlo yo también —dijo.
Julián asintió. La escuchó sin interrumpir. Días antes había tenido la misma conversación con Darío. Elena permanecía sentada al otro lado de la mesa. Lucía apenas la miraba. Cuando terminaron, su madre se acercó.
—¿Podemos hablar un momento?
La joven sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Hoy no quiero más explicaciones.
Elena se detuvo.
—Está bien.
Lucía pasó junto a ella. Solo una distancia que Elena no sabía cómo atravesar sin volver a imponerse.
* * *
Darío regresó al trabajo en La Encina. Los animales seguían necesitando alimento. Una bodega debía vaciarse antes de la siguiente entrega y había un tractor que llevaba dos días sin arrancar. Le hizo bien ocuparse de algo que respondía a causas visibles. Una pieza rota. Una cuenta incorrecta. Un trabajo sin terminar. Tomás lo acompañó durante buena parte de la mañana.
Al mediodía se sentaron a la sombra de un muro. El trabajador le ofreció agua. Darío bebió antes de preguntar:
—¿Tú sabías?
Tomás mantuvo la vista en el patio. Tardó en responder.
—Sabía que tu mamá y Julián se habían querido.
Darío giró el rostro.
—¿Y de mí?
El hombre se quitó el sombrero.
—Tuve sospechas. Nunca una certeza.
El joven apoyó la botella entre los pies.
—Todos tenían algo.
Tomás asintió.
No intentó decirle que había callado para protegerlo.
—Debí haberle pedido a tu madre que te hablara antes.
Darío miró sus manos. Aquel hombre le había enseñado a montar, a revisar una cerca y a detenerse cuando un caballo tenía miedo. No quería perder también esos recuerdos. Pero necesitaba poder enojarse con él.
—No sé qué hacer con todo esto —murmuró.
Tomás permaneció a su lado.
—No tienes que resolverlo hoy.
* * *
Candelaria esperó hasta la noche para buscar a su hijo. Lo encontró junto al corral pequeño. Darío estaba acariciando el cuello de una yegua oscura, nieta de la mora en la que su madre había aprendido a montar. La vieja yegua había muerto años atrás, durante la adolescencia de él. Su madre se detuvo al otro lado de la puerta.
—¿Puedo quedarme?
Él asintió sin mirarla. Durante un rato escucharon al animal masticar. Después Candelaria dejó un cuaderno sobre el travesaño. Darío reconoció la cubierta gastada.
—¿Qué es?
—Lo que fui anotando de ti cuando eras pequeño.
Él retiró la mano del cuello de la yegua. No tomó el cuaderno. Candelaria respiró despacio.
—Hay cartas y fotografías también. No espero que las leas ahora.
Darío miró el objeto.
—¿Lo escribías para él?
Ella no buscó una respuesta que la hiciera quedar mejor.
—Al principio, algunas cosas sí. Después lo seguí haciendo para no olvidarlas yo.
El joven levantó los ojos.
—¿Le contaste mis cumpleaños?
Candelaria sintió que la pregunta le apretaba la garganta.
—Algunos.
—¿Y él respondió?
—Pocas veces.
Darío volvió la vista hacia la yegua. Ella permaneció allí, soportando el silencio.
* * *
—Yo también dejé de insistir —añadió.
Su hijo la miró.
—No quiero que todo parezca culpa de Julián.
Darío apoyó las manos en el travesaño. Candelaria continuó:
—Tenía miedo de lo que pasaría si se sabía. Me avergonzaba cómo había empezado todo. Y después, cuando tú creciste, cada año encontraba otra razón para esperar.
El joven bajó la cabeza.
—Me dejaste creer que mi historia era otra.
Ella asintió.
—Sí.
No añadió que lo amaba. No porque no fuera cierto, sino porque comprendió que aquel amor no respondía a lo que él estaba preguntando.
Darío tomó el cuaderno. Lo sostuvo un momento.
—Voy a leerlo solo.
Candelaria se apartó de la puerta.
—Está bien.
Su hijo pasó junto a ella. Antes de alejarse, se detuvo.
—Que no vuelva a quedar nada por contar.
Candelaria pensó en Petra, en la montura y en la declaración incompleta de Eusebio. Había otra herida bajo el silencio de la hacienda.
—Hay preguntas sobre la muerte de Alejandro que todavía no tienen respuesta —dijo—. Te voy a contar lo que sabemos. Y también lo que no sabemos.
Antes de hablar de Petra, le contó la bofetada de aquella noche. Darío la escuchó sin mirar la fotografía.
—¿Por qué nunca habías dicho eso?
—Porque después murió. Y porque yo creía que haberlo engañado me quitaba el derecho a hablar de lo que él hizo.
Darío acercó una silla.
—Puedes contar las dos cosas, mamá.
Darío la observó. Esta vez se quedó para escuchar.
* * *
Los días hasta el resultado fueron extraños para Lucía y Darío. Se escribían, pero cuidaban cada palabra. No querían fingir que todo había terminado. Tampoco querían castigarse por lo que habían sentido sin conocer las dudas de sus padres. A veces conversaban de cosas sencillas. La universidad. Un animal enfermo. Un libro que ella no conseguía terminar.
Esas conversaciones los ayudaban a recordar que no eran solamente dos personas atrapadas en un secreto familiar. Una tarde se encontraron en la plaza. Lucía llevaba una libreta nueva.
Darío se sentó junto a ella.
—¿Más apuntes?
—Preguntas.
Él miró las páginas. Había una lista escrita con letra firme. Fechas, nombres y cosas que necesitaba saber de Elena. Darío asintió.
—Yo también tengo unas cuantas.
Lucía cerró la libreta.
—No quiero vivir buscándole mentiras a todo el mundo.
Él volvió hacia ella.
—Yo tampoco.
Permanecieron juntos hasta que comenzaron a encender las luces. Al despedirse, se tomaron de la mano. Ninguno prometió que la confianza regresaría de golpe.
* * *
Rosa recibió a Lucía con los brazos abiertos. La joven había evitado visitarla desde la confesión de Elena. Al entrar, se quedó junto a la puerta de la cocina.
—¿Tú sabías?
Su abuela negó. Tenía los ojos húmedos.
—No, hija.
Rosa le tomó las manos.
—Y no necesitas traerme un resultado para venir aquí.
La muchacha comenzó a llorar.
Había temido aquella visita sin reconocer cuánto. Temía que cada lazo de su vida necesitara ahora una explicación distinta. Rosa la abrazó. Después la hizo sentarse y puso comida frente a ella. La casa seguía oliendo a café. Sobre una repisa estaba la fotografía de Lucía con sus botas demasiado grandes. Nadie la había retirado.
* * *
Julián fue al pueblo a ver a Darío una mañana. No llegó a La Encina ni pidió que lo hicieran pasar. Le envió un mensaje preguntando si podía hablar con él donde prefiriera. El joven eligió una cafetería pequeña. Se sentaron frente a frente. Julián había preparado frases durante el trayecto. Al verlo, decidió no utilizarlas.
—No sé cómo empezar a ser tu padre a estas alturas —dijo.
Darío sostuvo la taza entre las manos.
—Yo tampoco sé cómo empezar a ser tu hijo.
—No voy a exigirte que me llames de ninguna manera.
Durante unos segundos ninguno habló. Después Julián preguntó por su trabajo.
El joven respondió con cautela. Hablaron de una compra de ganado y de un problema con el agua. Eran asuntos que ambos conocían. Por primera vez los utilizaron para acercarse, en lugar de esconderse. La conversación duró veinte minutos. Al despedirse, Darío le estrechó la mano. Julián tuvo que conformarse con eso.
* * *
El resultado de Lucía llegó una semana después. Ella lo abrió en su habitación, acompañada por una profesional del laboratorio a través de una llamada programada para explicar el informe. Julián y Elena esperaron fuera por petición suya. La conclusión excluía a Julián como su padre biológico. Lucía pidió que le explicaran el significado con claridad.
Después preguntó si aquello permitía descartar que Darío y ella compartieran padre a través de él. La respuesta fue afirmativa. La profesional aclaró que se descartaba el vínculo paterno a través de Julián. La identidad de Rafael requería una comprobación distinta; no aparecía parentesco conocido por las ramas maternas. Lucía anotó la diferencia antes de cerrar la libreta. Lucía agradeció la explicación. Terminó la llamada.
Durante unos segundos miró el documento sin moverse. Luego dejó el teléfono sobre la cama y comenzó a llorar. Esta vez el llanto llegó acompañado de alivio.
* * *
Julián se levantó cuando ella abrió la puerta. Elena permaneció junto a la pared.
Lucía miró a ambos.
—Ya está.
Su padre asintió lentamente. No preguntó si había algo que hacer para cambiarlo. Ella se acercó.
—No eres mi padre biológico.
A Julián se le tensó la mandíbula. Aunque lo esperaba, escucharlo en su voz dolió. Lucía le tomó una mano.
—Pero eres mi papá.
Él cerró los ojos. Después la abrazó. Elena bajó la cabeza. La joven se apartó al cabo de un momento y miró a su madre.
—Contigo necesito tiempo.
La mujer asintió.
—Lo tendrás.
No pidió un abrazo. No pidió que comprendiera aquella misma tarde. Lucía volvió a su habitación para llamar a Darío.
* * *
Se encontraron junto al río antes del anochecer. Al organizar el encuentro, los dos habían pensado en el mismo lugar. Lucía fue quien lo nombró primero. Darío la esperaba de pie junto al árbol. Lucía bajó del caballo y sostuvo las riendas unos segundos.
Él se acercó despacio.
—¿Estás segura de lo que dice?
Le contó la explicación recibida, las preguntas que hizo y lo que todavía tendría que aclarar sobre Rafael. Darío escuchó hasta el final. Después dejó escapar una respiración que parecía haber contenido durante días. Lucía dio un paso hacia él.
—Ya no tengo miedo de abrazarte.
Darío la rodeó con los brazos. Ella escondió el rostro en su pecho. Permanecieron así mucho tiempo. No había público, ni padres esperando una respuesta, ni documentos entre sus manos. Cuando se apartaron, Lucía le acarició la mejilla. Darío la besó con cuidado. La emoción le hizo temblar los dedos.
* * *
Se sentaron después junto al agua. Lucía apoyó la cabeza sobre su hombro.
—No quiero que esto termine convertido en otra pelea.
Darío entrelazó sus dedos con los de ella.
—Yo tampoco.
—Ni quiero tener que escaparme para estar contigo.
Él miró la corriente. Pensó en la historia que Candelaria acababa de contarle: una madrugada, una amenaza y un hombre esperando solo. Después volvió hacia Lucía.
—Entonces vamos a empezar de otra manera.
Ella levantó el rostro.
—¿Cómo?
Darío le besó la frente.
—Sin prometer lo que todavía no sabemos hacer.
Lucía sonrió. Había muchas cosas que seguían doliendo. Su madre. El padre biológico al que no conocía. Los años que Julián y Darío no podrían recuperar. Nada de eso desapareció al volver a besarse.