Capítulo 13 de 13

El guardián de las muñecas

Julián retiró la tranca.

No lo hizo al escuchar una voz. Ninguna le había pedido que abriera.

Lo hizo porque vio el listón amarillo desaparecer entre las raíces.

Se calzó las botas, tomó la vara larga que guardaba junto a la puerta y salió bajo la lluvia. El viento doblaba las ramas; las muñecas chocaban unas contra otras, produciendo un ruido hueco.

Matilde flotaba de costado.

La pierna torcida se había enganchado en un manojo de carrizo. Cada movimiento del agua hundía un poco más la cabeza.

Julián caminó hacia el ahuejote.

El suelo cedía bajo sus botas.

Se detuvo antes de llegar a la orilla y extendió la vara. La punta rozó el brazo del juguete, pero la corriente lo apartó.

Lo intentó otra vez.

A unos metros, una protuberancia oscura avanzaba bajo el agua.

Julián no quiso mirarla demasiado.

Acomodó la vara entre dos raíces y enganchó el mecate que todavía rodeaba la cintura de Matilde.

Tiró.

La muñeca se movió hacia él.

Entonces algo sujetó el otro extremo.

El tirón lo obligó a dar un paso.

Julián hundió los talones en el barro y se aferró al tronco con una mano. La vara se curvó.

Por debajo de las ramas llegó la voz de Elisa.

—Papá.

El anciano apretó los dientes.

En el canal apareció una frente pálida. Después los ojos. Durante un segundo vio a su hija como la recordaba, pequeña, con el cabello peinado hacia un lado.

No respondió.

La figura abrió la boca.

El agua entró y salió entre sus labios sin interrumpir la voz.

—No me dejes otra vez.

Julián miró la punta de la vara.

Matilde estaba a su alcance.

Soltó el tronco apenas lo necesario para inclinarse, tomó el brazo de plástico y tiró de la muñeca hacia tierra.

La cabeza de Elisa desapareció.

Lo que quedó debajo era mucho más grande.

Julián retrocedió abrazando el juguete.

Una mano oscura emergió entre las raíces.

Los dedos encontraron su bota.

Cayó de rodillas.

La muñeca golpeó la tierra, pero él consiguió sujetarla antes de que rodara hacia el canal.

Algo apretó su tobillo.

Julián arañó el barro con la mano libre.

Buscó una raíz, una piedra, cualquier cosa firme. Encontró el extremo del mecate que Rafael había utilizado para asegurar la escalera. El otro extremo seguía atado a una raíz delgada, debajo de la que sobresalía sobre el canal. Se enrolló la cuerda alrededor de la muñeca.

El tirón volvió.

Su cuerpo avanzó unos centímetros.

Desde los árboles llegó un golpe.

Luego otro.

Las muñecas empezaron a girar hacia el agua.

El anciano levantó la cabeza.

La del vestido azul se balanceaba sobre él. Su cuerpo de costal estaba empapado, deformado por la lluvia. Julián agarró a Matilde por debajo de los brazos.

La levantó hasta una raíz alta y gruesa, fuera del alcance del canal. Con el tramo de cuerda que aún rodeaba el cuerpo del juguete la sujetó a aquella raíz; mantuvo en su muñeca el mecate de la escalera.

Hizo una vuelta.

Los dedos le fallaban.

Hizo la segunda.

El nudo quedó torcido, pero resistió cuando tiró.

Solo entonces intentó incorporarse.

La mano bajo el agua apretó con más fuerza.

La lluvia le llenaba los ojos.

Julián sintió que el mecate alrededor de su muñeca le cortaba la piel. Tiró con el brazo entero.

Por un instante logró levantar el pecho.

Vio su puerta abierta y la luz de la lámpara.

Estaba a pocos pasos.

Pensó en el caldo de Candelaria, en Tomás llegando con costales vacíos, en Teresa hablando bajo el árbol.

No había querido morir allí.

Quería amanecer, revisar las cuerdas, llevar unas verduras al mercado.

—Ayúdame —dijo.

La palabra salió sin dirigirse a nadie en particular.

Algo pequeño rozó su mano.

Julián miró.

Junto a Matilde, sobre la raíz, había una niña.

El agua le escurría del vestido blanco, pero su rostro no tenía la hinchazón que él recordaba.

Detrás de ella vio otra figura, más baja, con el cabello oscuro y un pie descalzo.

Ninguna se acercó al canal.

La primera niña puso la mano sobre el mecate.

Julián sintió que la presión en su muñeca disminuía.

Entonces la raíz delgada que sostenía el mecate de la escalera se quebró. La cuerda perdió tensión alrededor de la muñeca del anciano. Matilde permaneció arriba, sujeta a la raíz más gruesa, mientras Julián resbalaba hacia el canal.

Un golpe contra la ventana despertó a Tomás.

Tomás se incorporó en su cama, todavía sin comprender por qué tenía el corazón acelerado.

La ventana estaba cerrada.

Afuera llovía.

Oyó tres golpes contra el vidrio.

Se quedó inmóvil.

Después vino la voz de Julián:

—Tomás.

El muchacho apretó la manta.

Había prometido no contestar.

La voz no pidió que abriera.

No dijo que necesitara ayuda.

Al cabo de unos segundos se oyó un golpe de plástico contra la pared.

Tomás llamó a su madre.

Candelaria encendió una vela y fue hasta la ventana. Revisó el patio desde dentro.

Junto al muro estaba la muñeca de vestido rosa.

La que habían colgado dentro de una malla.

Tomás empezó a vestirse.

—Hay que ir por el padre.

Su madre lo sujetó del brazo.

—Ahora no vamos al canal.

—Algo le pasó.

Candelaria miró otra vez el juguete.

Lo acompañó hasta la parroquia bajo la lluvia.

Llegaron a la chinampa cuando el cielo empezaba a aclarar. Efraín condujo la canoa. Esteban iba delante, con una lámpara protegida bajo el abrigo. Rafael llegó en otra embarcación unos minutos después.

La puerta de la vivienda estaba abierta.

Tomás desembarcó antes de que terminaran de amarrar.

—¡Don Julián!

Encontró la cama vacía y las botas ausentes.

Sobre la mesa estaba el cuaderno de ventas.

La lámpara seguía encendida.

Esteban lo llamó desde la orilla.

Julián estaba entre las raíces del ahuejote, en el mismo tramo de canal donde había encontrado a Inés.

Lo sacaron entre Rafael y Efraín.

El sacerdote se arrodilló junto a él.

Tomás permaneció de pie, sin sentir la lluvia.

Vio barro bajo las uñas del anciano y una marca profunda alrededor de su muñeca. Tenía una mano cerrada.

Candelaria llegó detrás de su hijo.

Lo abrazó antes de que Esteban levantara la cabeza.

Nadie tuvo que decirles lo que había ocurrido.

Matilde seguía amarrada a la raíz alta.

El nudo estaba mal hecho, apretado con una urgencia que todavía parecía conservar el movimiento de las manos.

Debajo había una raíz rota.

Rafael la examinó mientras esperaban a las autoridades.

No cortó el mecate.

El agente de la libreta llegó con otros hombres. Hizo preguntas, tomó fotografías y pidió que se apartaran de la orilla. Tomás oyó hablar de la lluvia, del terreno resbaladizo y de una caída accidental.

No discutió.

Recordaba la voz en su ventana y la muñeca que había aparecido en el patio.

Cuando abrieron con cuidado la mano de Julián, encontraron una semilla.

Era oscura y estaba cubierta de barro.

Esteban la reconoció. Habían visto una igual entre los dedos de la mano de plástico que apareció sobre la mesa. Recordó la advertencia de Manuel. No podía demostrar que hubiera sido una marca, pero aquella repetición le impidió aceptar la caída como una explicación completa.

El sacerdote cerró los ojos.

Al entierro acudieron más personas de las que Tomás esperaba. Vecinos, vendedores, trajineros, hombres que habían comprado verduras durante años. Teresa llevó flores blancas. Leonor llegó con Beatriz y permaneció sentada junto a Candelaria.

Esteban habló poco.

Contó que Julián había vivido del trabajo de sus manos y que nunca dejó sin alimento a quien se acercaba con hambre.

No mencionó las voces.

Tomás sostuvo el sombrero del anciano durante toda la ceremonia.

Después Teresa le preguntó qué harían con las muñecas.

El muchacho miró a su madre.

Candelaria respiró despacio.

—Primero vamos a arreglar la casa.

Rafael ofreció madera.

Efraín se comprometió a reparar el embarcadero.

Esteban conservaría los papeles y ayudaría a revisar las cuerdas.

No decidieron aquella tarde cuánto tiempo lo harían.

Solo acordaron volver.

El canal permaneció tranquilo durante las semanas siguientes.

En casa de Candelaria no se escucharon golpes. Teresa dejó de despertar creyendo oír a Inés en el pasillo. Leonor pudo colocar la fotografía de Aurelia junto a su cama sin volver a escucharla bajo el piso.

La figura de madera permanecía inmóvil, con el nudo cerrado.

Nadie afirmó haber comprendido lo sucedido.

En la chinampa repararon el alero y aseguraron los escalones. Tomás limpió los surcos que Julián había dejado sin cosechar.

Al principio iba acompañado.

Después comenzó a pasar allí las mañanas, regresando antes de que oscureciera.

Las muñecas se deterioraban.

Si una cuerda mostraba desgaste, la sustituía. Si una cabeza se desprendía, la guardaba hasta poder sujetarla de nuevo.

Los vecinos siguieron entregándole juguetes.

Tomás aceptaba unos y rechazaba otros cuando todavía podían servirle a un niño. No quería que nadie confundiera aquel lugar con un sitio donde deshacerse de todo.

Pasaron los años.

Los árboles crecieron alrededor de las cuerdas. La casa conservó el olor de la tierra y el petróleo. En la mesa, protegido dentro de una caja, permaneció el cuaderno de Julián.

Tomás se convirtió en un hombre y siguió llevando verduras al mercado.

A veces llegaban visitantes que preguntaban por las muñecas.

Él contaba que un anciano había encontrado a una niña ahogada y comenzó a colgar juguetes en los árboles. Decía también que murió en el mismo lugar.

La historia viajaba por los canales.

Algunos añadían cosas. Otros se reían mientras miraban los rostros rotos.

Tomás les pedía que no tocaran las cuerdas.

Nunca se quedaba allí después de oscurecer.

Tomás había sustituido varias veces el listón amarillo, conservando siempre la unión entre Matilde y la muñeca rubia. Guardaba los trozos gastados en la caja del cuaderno. Una tarde encontró dos flores atrapadas en el listón nuevo.

Las dejó en su sitio.

La última vez que Teresa visitó la chinampa, caminó despacio hasta el ahuejote. Había envejecido. También el juguete: el plástico estaba agrietado, el cabello casi había desaparecido y una parte del vestido se deshacía al tocarla.

La mujer apoyó la mano sobre el tronco.

Habló de su casa, de Rafael y de una niña de la familia que había empezado la escuela.

Después guardó silencio.

Tomás esperaba cerca de la embarcación.

Cuando Teresa se volvió para marcharse, una rama crujió.

Matilde había inclinado la cabeza hacia la muñeca rubia.

La mujer sonrió entre lágrimas.

No dijo nada.

En el canal, un reflejo oscuro se movió bajo las raíces.

Tomás ayudó a Teresa a subir y soltó la cuerda.

Mientras se alejaban, oyó golpes entre los árboles.

Uno tras otro, hasta rodear la chinampa.

Volvió la cabeza.

Sobre la tierra, junto a la puerta de la casa, había una figura con sombrero. Permanecía inmóvil frente al agua, con una vara larga apoyada en la mano.

Tomás dejó de remar un instante.

Después siguió hacia el embarcadero, sin llamar a nadie.

Detrás de él, todas las muñecas miraban hacia fuera.

Fin.