Capítulo 12 de 13

El precio de quedarse

Esteban recogió el fragmento con un trapo.

La risa había terminado, pero el agua seguía moviéndose junto a las raíces.

Rafael miró hacia el recodo por donde se había alejado la canoa.

—Hay que alcanzarlos.

Echó a correr hacia el embarcadero. Julián lo siguió mientras el sacerdote guardaba el trozo de cuerda.

Empujaron la embarcación que quedaba y subieron sin recoger las herramientas. Efraín llevaba pocos minutos de ventaja. Lo alcanzaron al entrar en el canal ancho, cerca de una chinampa donde un hombre regaba flores.

La caja permanecía en la proa.

Leonor iba sentada junto a Beatriz, con las manos cruzadas sobre el bastón.

Rafael llamó al trajinero.

Las dos embarcaciones quedaron una junto a otra.

Esteban mostró el fragmento.

La anciana lo miró y después levantó los ojos hacia Julián.

—Manuel la cortó cuando encontró la figura.

—¿Dónde estaba este pedazo? —preguntó el sacerdote.

—Nunca lo supe.

El policía, sentado cerca de la caja, pidió que se lo entregaran.

Esteban obedeció.

Dentro del embalaje no se escuchaba nada.

El nudo seguía cerrado.

El agente comparó el fragmento con las fotografías tomadas antes del embalaje. La cuerda que sujetaba la figura no tenía una rotura reciente. El pedazo pertenecía al corte antiguo de Manuel; su aparición no probaba que Julián hubiera fallado. Lo que seguía llamando desde el canal era otra cosa que el cierre de la madera no había detenido.

No devolvieron la figura a la chinampa.

El agente insistió en terminar el traslado y registrar el fragmento junto con los otros objetos. Esteban lo acompañó. Antes de separarse, el sacerdote le pidió a Julián que pasara la noche en casa de Candelaria.

Esta vez el anciano aceptó.

Regresó con Rafael para recoger su bolsa y cerrar la vivienda.

Las muñecas colgaban inmóviles.

La excavación había sido cubierta. Quedaban huellas de botas, terrones dispersos y dos tablones sobre el borde del embarcadero.

Rafael guardó los cuchillos y la pala.

Julián recogió su cuaderno de ventas.

Las siete veces que alguien había escrito su nombre seguían visibles en el margen.

Pasó el pulgar sobre las letras.

—No fue suficiente —dijo.

Rafael dejó la herramienta que tenía en la mano.

—No sabemos eso.

Julián miró hacia el agua.

La risa que habían escuchado le había quitado toda esperanza de confundir el silencio con una victoria.

Candelaria les abrió antes de que tocaran.

Tomás estaba sentado junto a la mesa, con el pie apoyado en un banco. Al ver a Julián se levantó a medias. El anciano le puso una mano en el hombro.

—No te muevas.

La hermana del muchacho dormía en el cuarto del fondo. Candelaria les sirvió café y dejó una manta sobre una silla.

No preguntó por las muñecas hasta que Rafael empezó a contar lo sucedido.

Escuchó con los brazos cruzados.

Cuando él terminó, miró a Julián.

—Aquí se queda.

El anciano bajó la cabeza.

Tomás empujó hacia él un plato de pan.

—Mi mamá ya se lo dijo.

Julián sonrió apenas.

Durante unos minutos pudo escuchar una conversación sobre precios de verduras y reparaciones de canoas. Respondió cuando le preguntaron por la cosecha.

Después sintió un olor conocido.

Tierra mojada.

Levantó la vista.

Una gota cayó desde el borde de la mesa hasta su pantalón.

Candelaria la vio también.

El café no se había derramado.

El sonido empezó en el cuarto donde dormía la niña.

Tres golpes suaves contra el vidrio.

Candelaria dejó la taza.

Tomás se puso de pie, olvidando el tobillo.

Su madre corrió hacia el cuarto. Rafael la siguió. Julián permaneció junto a la mesa, incapaz de moverse.

Oyó a Candelaria llamar a su hija.

Luego un llanto de sueño.

La mujer regresó con la pequeña en brazos. La niña se abrazaba a su cuello.

—Había alguien afuera —murmuró.

Rafael salió a revisar el patio.

Volvió sin encontrar a nadie.

En la ventana había tres líneas húmedas.

Julián tomó su sombrero.

Candelaria lo vio.

—No.

Él sostuvo la mirada de la mujer.

—Ya sabe dónde están.

—También llegó a la parroquia.

—Porque yo estaba ahí.

Tomás apoyó una mano sobre la mesa.

—No tiene que irse solo.

Julián miró a la niña, que seguía temblando en brazos de su madre.

—No voy a traerlo otra vez a su casa.

Rafael se quedó con él en casa de Candelaria, procurando mantenerlo lejos de la puerta. Candelaria consiguió que esperaran hasta que llegara Esteban. El sacerdote apareció cerca de medianoche, después de recibir el aviso de un vecino.

Los objetos habían quedado bajo resguardo. La figura no se había movido durante el trayecto.

El fragmento de cuerda estaba separado.

—No podemos seguir llevándolo de un lugar a otro —dijo Esteban.

Julián se sentó frente a él.

—Entonces, ¿qué cerramos?

El sacerdote abrió las páginas de Manuel.

Había leído las notas otra vez durante el traslado. Señaló una frase casi borrada en el reverso del plano:

«La madera se queda quieta, pero sigue llamando desde donde le respondemos».

Rafael inclinó la lámpara.

Debajo había otra anotación:

«Leonor salió del terreno. Yo dejé de decir su nombre. Afuera ya no la oímos».

Julián recordó a Inés apareciendo primero en un dibujo, lejos de los canales.

La voz había encontrado un camino antes de la visita.

No sabían cómo.

Pero ahora conocía otros nombres.

Esperaron hasta el amanecer para regresar a la chinampa.

Esteban fue con ellos.

Durante el trayecto, Julián no miró el agua. Mantuvo el sombrero sobre las rodillas y repasó en silencio los nombres de los vivos: Tomás, Candelaria, Teresa, Rafael, Beatriz.

Necesitaba recordarlos como eran.

Al desembarcar encontraron varias muñecas vueltas hacia la casa.

Los pequeños trozos de tela blanca que Rafael había puesto en las cuerdas estaban torcidos.

Dos nudos se habían aflojado.

Julián dejó la bolsa bajo el alero.

—Hay que acomodarlas.

Trabajaron toda la mañana.

Rafael recogió la muñeca rosa rota y la sujetó dentro de una pequeña malla. Esteban anotó cuáles habían girado. Julián volvió a orientar los rostros hacia el canal.

Ninguna voz los interrumpió.

A mediodía llegaron Efraín y Candelaria.

Traían más juguetes.

La mujer evitó mirar a Julián al entregarle el costal.

—Mi hija amaneció bien.

El anciano cerró los ojos un instante.

Pasaron los días.

La figura permaneció inmóvil donde había sido guardada. Las personas que la examinaban no encontraron nada que explicara los movimientos descritos por los testigos. En la chinampa, las voces regresaban después de oscurecer.

Julián aprendió a reconocer los lugares donde empezaban. Algunas llegaban del agua; otras parecían salir del hueco dejado entre dos muñecas.

Colgó más.

Los vecinos le entregaban juguetes viejos cuando él llevaba verduras al mercado. Al principio preguntaban. Después bastaba con que separaran una muñeca antes de tirar la basura.

Esteban lo visitaba por las mañanas.

Efraín revisaba el embarcadero.

Rafael llevaba mecate y alambre.

Teresa iba una vez por semana y permanecía un rato junto a Matilde, hablando de cosas sencillas: una planta que había florecido, el calor, el pan que a Inés le gustaba.

Nunca le pedía que respondiera.

Las muñecas se multiplicaron alrededor del terreno.

Julián dejó de contarlas cuando superaron las cincuenta.

La identificación de los restos tardó.

Leonor entregó fotografías y declaró sobre la bolsa de canicas. Beatriz la acompañó en cada visita. Cuando finalmente pudieron despedirse de Aurelia, Julián fue al entierro.

La anciana lo tomó de la mano.

—Ahora sé dónde dejarle flores.

Él asintió.

No le contó que la muñeca rubia había amanecido sin su zapato rojo.

Lo había encontrado en la orilla, limpio, colocado sobre una hoja. Después del funeral, Esteban volvió a ofrecerle un cuarto.

Julián negó despacio.

—No me llama cuando estoy con ustedes —dijo—. Los llama a ustedes.

El sacerdote se quedó junto a él.

—Quedarse tampoco garantiza nada.

—Lo sé.

Esteban no intentó discutir con esa certeza.

Llegó la temporada de lluvias.

Las telas se oscurecieron. El plástico perdió color. Algunas cabezas se desprendían y Julián las sujetaba de nuevo antes de que tocaran el agua.

Trabajaba con las manos agrietadas.

Había noches tranquilas en las que podía dormir varias horas. En otras, la chinampa entera parecía llena de personas que caminaban sin encontrarse.

El anciano ya no contestaba.

Cuando escuchaba la voz de Elisa, apoyaba las manos sobre la mesa y recordaba el cuarto donde Elisa había muerto y el rostro de su esposa junto a la cama.

Cuando lo llamaba Tomás, pensaba en el muchacho regateando en el mercado.

Así conseguía esperar hasta el amanecer.

Una tarde encontró un nudo abierto bajo Matilde.

Lo rehízo.

Al día siguiente apareció abierto otra vez.

Esteban llevó una cuerda nueva.

Rafael sujetó la escalera mientras Julián aseguraba la muñeca desde una rama más alta.

Habían reforzado ambas vueltas cuando empezó a llover.

El sacerdote les pidió que terminaran.

Julián bajó lentamente.

Desde tierra firme observó el listón amarillo que unía a Matilde con la muñeca rubia.

La tela estaba desgastada.

—Mañana traigo otro —dijo Rafael.

El anciano asintió.

Se fueron antes de que la lluvia cerrara el canal. Julián entró en la vivienda, encendió la lámpara y dejó las botas junto a la cama.

A medianoche oyó algo caer.

No fue un golpe contra tierra.

Fue un chapoteo.

Se acercó a la puerta y miró por una rendija.

Entre las raíces del ahuejote flotaba Matilde.

El listón amarillo se extendía sobre el agua.

Desde la rama vacía llegó una voz pequeña:

—No alcanza.

Julián apoyó la frente en la madera.

Detrás de la muñeca, el agua empezó a elevarse alrededor de algo que venía caminando por el fondo.