Capítulo 11 de 13

El nudo que faltaba

Julián levantó los pies.

La cuerda permanecía sobre la tierra, a unos centímetros de sus botas. El extremo abierto formaba un lazo oscuro.

Esteban empujó su silla hacia atrás sin ponerse de pie.

Durante un momento no ocurrió nada.

Después el lazo empezó a cerrarse.

Julián sintió un tirón bajo el pantalón.

Se sujetó del borde de la mesa. La cuerda visible no lo tocaba, pero algo apretaba su tobillo con la fuerza de una mano.

—No se levante —dijo Esteban.

El sacerdote tomó el palo con que removían las brasas y lo metió por debajo de la cuerda. Intentó apartarla de las botas.

El palo se quebró.

La mesa crujió cuando Julián se aferró con ambas manos.

Afuera, las muñecas golpearon los troncos.

El sonido avanzó alrededor de la chinampa y se detuvo en el ahuejote.

Entonces una voz pequeña pronunció una sola palabra:

—Suelta.

La presión desapareció.

Julián cayó de rodillas.

Esteban lo ayudó a sentarse en la cama. Cuando volvió la cabeza, la cuerda ya no estaba dentro de la vivienda.

La tranca seguía puesta.

Ninguno volvió a acercarse a la puerta.

Al amanecer encontraron la caja abierta.

La tapa yacía junto al escalón. Los clavos estaban doblados hacia fuera.

La figura de madera permanecía dentro, pero la cuerda negra había cambiado de posición. Ya no rodeaba su cuerpo. Una parte salía de la caja y se prolongaba hasta la excavación.

Julián se levantó el pantalón.

Tenía una marca oscura alrededor del tobillo.

Esteban la observó sin tocarla.

—Hoy sale de aquí.

El anciano miró el alero.

—No van a poder llevarse eso.

—Hablo de usted.

Julián bajó el pantalón.

El sacerdote guardó sus papeles y fue hasta el embarcadero. Efraín acababa de aparecer entre los carrizos.

Al verlo, Esteban levantó una mano.

—Necesitamos ir a buscar a Leonor.

Beatriz no quiso dejar salir a su tía.

La anciana estaba sentada junto a la ventana, con el arcón abierto a sus pies. Había pasado parte de la noche revisando cartas.

—No puede subir a una embarcación —dijo su sobrina—. Apenas camina hasta el patio.

Leonor cerró el sobre que tenía en las manos.

—No voy a quedarme esperando otra noticia.

Esteban le explicó lo de la cuerda.

La mujer miró a Julián.

—¿Le habló?

—No.

—¿Le pidió algo?

—Entró hasta mis pies.

Leonor apoyó las manos en el bastón.

—Manuel dejó un nudo sin hacer.

Beatriz se volvió hacia ella.

—¿Cómo sabes?

La anciana abrió el sobre.

Dentro había una hoja breve, escrita con la letra de su marido.

«No pude cerrar la última vuelta. Me habló con la voz de mi padre. Solté la cuerda».

Julián leyó la frase por encima del hombro del sacerdote.

Más abajo había otra línea:

«La enterré así. Creí que bastaría».

Leonor había encontrado aquella hoja después de la muerte de Manuel. Durante años creyó que la figura estaba bien sujeta. El miedo y la vergüenza de su marido habían quedado ocultos entre los papeles.

—Nunca me dijo que se había detenido —murmuró.

Esteban observó el dibujo del nudo.

No era complejo. La cuerda debía pasar por la argolla, rodear dos veces el cuerpo de madera y regresar sobre sí misma antes de apretarse.

La última vuelta cerraba ambas anteriores.

En el reverso de aquella hoja Leonor había copiado la frase completa de su cuaderno: «Mientras tenga quien le responda, seguirá encontrando una puerta». Debajo, Manuel diferenciaba dos cosas: el nudo sujetaba la madera; el silencio debía cerrar el camino hacia las casas. No había escrito cuánto tardaba en conseguirlo.

—Dejar de contestar no le borra lo que ya aprendió —dijo Leonor—. A nosotros nos siguió llamando después de irnos.

Julián siguió el trazo con el dedo.

—Yo puedo hacerlo.

Beatriz soltó una risa seca.

—¿Y después qué? ¿Ya no va a pasar nada?

Nadie contestó de inmediato.

Leonor tomó la mano de su sobrina.

—No sabemos.

La franqueza de la respuesta hizo que Beatriz se sentara.

La anciana continuó:

—Pero sabemos lo que pasó cuando Manuel la sacó. Y lo que pasó cuando intentó enterrarla otra vez.

Esteban dobló la hoja.

—Necesitamos trabajar con luz. Sin voces.

Julián miró hacia la ventana.

Por primera vez aquella condición le pareció posible.

Regresaron a la chinampa antes del mediodía.

Leonor fue con ellos. Beatriz la acompañó y no soltó su brazo hasta dejarla sentada bajo la sombra, lejos del alero.

Rafael y Efraín habían reunido herramientas, una cuerda nueva y una red gruesa.

El agente de la libreta llegó poco después.

Esteban le mostró la caja abierta y explicó que el objeto se había deteriorado. Le pidió que documentara su estado antes de moverlo.

El policía observó los clavos doblados.

—¿Quién abrió esto?

—No lo sabemos —respondió el sacerdote.

El hombre examinó los rostros.

Fotografió la figura y la cuerda, después recorrió la excavación.

Cuando terminó, permitió que reforzaran el embalaje. Él permanecería allí mientras lo hacían.

Julián miró a Esteban.

El sacerdote asintió.

Podían tocar la figura.

Leonor no quiso acercarse.

Desde su silla veía la caja, las manos de Rafael y el extremo del mecate.

—No corten la cuerda vieja —advirtió.

Julián utilizó la red para sacar la figura sin sujetarla directamente.

Pesaba más de lo que esperaba.

La colocaron sobre una tabla.

La madera estaba húmeda, aunque había permanecido bajo techo. Dentro de las cavidades del rostro se acumulaba agua.

El policía se inclinó.

—Tiene un hueco.

En la base había una abertura estrecha.

Rafael acercó la lámpara.

Algo brilló en el interior.

Una pequeña esfera azul.

Julián recordó la bolsa de canicas.

Retrocedió un paso.

Leonor se levantó apoyándose en el bastón.

—No saquen nada.

Beatriz la sostuvo.

El agente miró hacia ellas.

—¿Qué es?

La anciana cerró los ojos.

—Algo que le quitó.

Esteban colocó las páginas de Manuel sobre una caja.

Julián recogió la cuerda original. Las fibras estaban negras, pero resistieron cuando tiró de ambos extremos.

Rafael mantenía la figura inmóvil con la red.

Efraín sujetaba la tabla.

El anciano pasó la cuerda por la argolla.

Una vuelta alrededor del cuerpo.

Después otra.

Nada se movió.

Julián sintió una esperanza tan brusca que tuvo que obligarse a trabajar despacio.

Regresó el extremo sobre las vueltas anteriores.

La última parte del nudo quedó entre sus dedos.

Entonces oyó:

—Papá.

Su mano se detuvo.

No había escuchado aquella voz en muchos años.

Esteban advirtió el cambio.

—Míreme, Julián.

El anciano no levantó la cabeza.

Había tenido una hija.

No hablaba de ella con Tomás ni con Candelaria. Guardaba su nombre en un lugar que evitaba tocar, junto con la ropa pequeña que había perdido al abandonar una casa distante.

La niña murió antes de aprender a escribir.

La voz volvió a llamarlo.

Julián soltó el extremo de la cuerda.

Esteban lo tomó de los hombros.

—Eso está aquí, sobre la tabla.

El anciano intentó apartarse.

La figura se había vuelto pesada. Efraín dobló las rodillas para sostenerla. Rafael apretó la red con ambas manos.

El policía retrocedió.

De la abertura en la base salió agua.

Después otra canica.

Rodó sobre la tabla y cayó a tierra.

Leonor empezó a llorar.

—Así lo hizo con Manuel.

Julián miró hacia el canal.

Entre los carrizos distinguió un vestido que recordaba.

Su hija había tenido uno parecido.

Una parte de él sabía que aquella tela no podía estar allí. Otra quería llegar hasta la orilla y comprobarlo.

Esteban se interpuso.

—Dígame su nombre.

El anciano lo miró.

—¿Qué?

—El nombre de su hija.

Julián tragó saliva.

Le costó pronunciarlo.

—Elisa.

El vestido desapareció.

La voz llamó de nuevo, ahora desde la figura.

—Papá, tengo frío.

Julián bajó los ojos hacia la madera.

Vio la boca tallada, la argolla y la cuerda abierta entre sus dedos.

No había una niña dentro de aquello.

Su hija había muerto acompañada. Él recordaba la habitación, las manos de su esposa y la pequeña frente sobre la que puso un beso.

Aquella voz no formaba parte de ese recuerdo.

Recogió el extremo.

—Elisa no está aquí —dijo.

Hizo la última vuelta.

Apretó.

La figura golpeó la tabla con tanta fuerza que Efraín perdió una mano de apoyo. Rafael sujetó la red contra su pecho.

Julián tiró otra vez.

El nudo cerró.

El agua dejó de salir.

Durante varios segundos todos permanecieron en la misma posición.

Luego el agente se acercó lentamente.

—¿Qué acaba de pasar?

Esteban no respondió.

Leonor pidió que revisaran la abertura.

La figura estaba quieta.

El policía colocó una tela limpia sobre la tabla y, utilizando sus guantes, inclinó la madera.

Cayeron cuatro canicas.

Una azul, dos verdes y una transparente con una espiral roja.

Leonor se llevó ambas manos a la boca.

Beatriz la abrazó.

El agente guardó las pequeñas esferas junto con el resto de los hallazgos para que fueran examinadas. Después ayudó a colocar la figura dentro de una caja más fuerte. Rafael aseguró la tapa. Efraín preparó la embarcación.

La caja quedó asegurada en la proa mientras Efraín comprobaba que no entrara agua. El agente ocuparía el banco contiguo durante el traslado. Julián observó los preparativos sin sentir alivio. Estaba demasiado cansado.

Al caer la tarde, Esteban ayudó a Leonor a subir a la canoa.

La anciana miró una última vez el ahuejote.

Matilde y la muñeca rubia seguían unidas por el listón.

—Gracias —dijo.

No quedó claro a quién se dirigía.

Beatriz se sentó junto a ella, detrás del agente y de la caja. Efraín empujó la embarcación y los llevó hacia el canal ancho.

Julián permaneció con Rafael y el sacerdote.

Las muñecas habían dejado de golpear los troncos.

Incluso el viento parecía más suave.

Rafael empezó a recoger las herramientas.

—Ahora podrá irse a descansar.

Julián asintió.

Cuando pasó junto al ahuejote, encontró un pedazo de cuerda negra sobre la tierra.

Era corto, apenas del tamaño de su mano.

Uno de los extremos había sido cortado hacía mucho tiempo. El otro estaba húmedo y deshilachado. No parecía haberse desprendido del nudo recién cerrado: las vueltas que habían ajustado conservaban sus extremos. Julián no podía saber si aquel fragmento había estado enterrado o si alguien lo había dejado allí para que lo encontraran.

Esteban se agachó.

En las páginas de Manuel, la cuerda aparecía entera.

Julián miró hacia el lugar donde habían subido la caja a la canoa.

—El nudo cerró —murmuró.

Desde el canal llegó una risa grave.

Esta vez no imitaba a nadie.