Capítulo 10 de 13
La muñeca enterrada
Julián permaneció lejos de la puerta.
La pregunta seguía suspendida en el silencio.
«¿Quién te enseñó a desatar?».
No había oído aquella voz antes. Era grave, áspera, y pronunciaba las palabras con una lentitud que le hacía imaginar una boca llena de agua.
El arrastre continuó junto al ahuejote.
Después algo golpeó la pared exterior de la vivienda.
Una vez.
Julián apretó los dientes.
El segundo golpe sonó a la altura de su cabeza.
Se agachó junto a la cama y se cubrió los oídos, aunque todavía podía sentir la vibración en la madera.
Pensó en las cuerdas recién anudadas. En las muñecas que miraban hacia el canal. Quiso creer que los golpes venían de una rama, pero el árbol más cercano no alcanzaba aquel muro.
La voz regresó.
Esta vez era Teresa.
—Don Julián, vine por Matilde.
El anciano contuvo la respiración.
Luego habló Tomás:
—Ya puedo caminar. Abra.
Julián hundió las uñas en la manta.
Los nombres cambiaban, las pausas permanecían iguales.
Esperó.
Al cabo de un rato oyó un crujido seco, seguido por un golpe pequeño sobre la tierra.
Una muñeca había caído.
Cuando amaneció, Julián abrió apenas la puerta.
La del vestido rosa estaba en el suelo.
Una de sus cuerdas colgaba de la rama; la otra seguía sujeta al árbol, pero el plástico había cedido alrededor de la cintura.
El juguete se había partido.
Julián se acercó por el lado de tierra.
La cabeza apuntaba hacia el canal.
Al recogerla vio que una mano conservaba barro entre los dedos. La noche anterior había quedado colgada lejos de la excavación.
El anciano envolvió los pedazos en un costal y los llevó bajo el alero. No los dejó directamente sobre la mesa. Puso antes una caja, después el costal.
Miró hacia el ahuejote.
El cordón que protegía el hueco seguía entero.
Sin embargo, la cubierta estaba desplazada.
La cuerda negra ya no se veía.
Julián retrocedió.
Esteban lo encontró esperando junto al embarcadero, con el sombrero puesto y la lámpara apagada entre las manos.
—Se movió —dijo el anciano.
El sacerdote no le preguntó qué.
Los hombres de la excavación regresaron esa mañana.
Trabajaron varias horas entre las raíces. Julián les contó que había encontrado la cubierta movida, pero no mencionó la voz.
Uno de ellos examinó los bordes del hueco.
—Puede haber animales.
El anciano asintió sin mirarlo.
Apartaron más tierra y siguieron el tramo de cuerda que continuaba enterrado.
En su extremo había un bulto.
Lo sacaron despacio.
Era una figura de madera, del tamaño de un bebé, cubierta con restos de tela oscura. No tenía piernas: el cuerpo terminaba en una base estrecha, erosionada por la humedad.
El rostro conservaba dos cavidades profundas.
La boca estaba marcada con una línea horizontal.
La cuerda rodeaba el tronco y atravesaba una argolla de hierro oxidado.
Julián sintió que el estómago se le cerraba.
El hombre encargado de registrar los hallazgos tomó varias fotografías.
—¿Esto es suyo?
—Nunca lo había visto.
Esteban se acercó lo suficiente para observarlo.
En la espalda de la figura había un clavo largo, doblado sobre sí mismo.
Debajo del hierro, la madera parecía quemada.
Al mediodía, los hombres anunciaron que trasladarían el objeto. Lo colocaron dentro de una caja, separado de lo recuperado el día anterior.
Julián se interpuso cuando la levantaron.
—Déjenlo aquí.
El encargado lo miró.
—Necesitamos examinarlo.
Esteban tomó al anciano del brazo.
—Julián.
Él no se apartó.
El ruido empezó en los árboles.
Un pequeño golpe de plástico contra corteza.
Después otro.
Las muñecas oscilaban una tras otra, siguiendo el orden de la orilla. El viento apenas movía las hojas.
Uno de los trabajadores alzó la vista.
—Están mal amarradas.
El hombre de la caja avanzó hacia el embarcadero.
Matilde giró sobre sus dos cuerdas.
El listón amarillo se tensó entre su mano y la de la muñeca rubia.
La tela se rasgó.
Julián dio un paso hacia ellas.
Entonces Efraín, que esperaba en la canoa, lanzó un grito.
El agua había empezado a entrar por el fondo.
Sacaron la caja de la embarcación.
Efraín saltó a tierra y tiró de la proa con ayuda de Rafael, que acababa de llegar.
La canoa quedó inclinada sobre la orilla.
Buscaron la grieta.
No había ninguna.
El agua que se acumulaba dentro tenía un olor espeso, desagradable. Uno de los trabajadores utilizó una lata para vaciarla.
Julián miró la caja.
La figura seguía envuelta.
Las muñecas habían dejado de moverse.
El encargado se limpió las manos en el pantalón.
—Buscaremos otra embarcación.
Esteban le pidió que esperara.
Hablaron apartados, junto a la vivienda. El sacerdote señaló el terreno, la excavación y el objeto. No intentó explicar las voces. Insistió en que conservaran todo allí hasta organizar un traslado adecuado.
Finalmente acordaron regresar al día siguiente.
La caja quedó bajo el alero.
Uno de los hombres le hizo firmar a Julián un papel donde constaba que no debía abrirla ni moverla.
El anciano escribió su nombre con dificultad.
Rafael fue a buscar a Leonor.
No llevó el objeto. Le mostró una fotografía que Esteban había tomado después de pedir permiso.
La anciana la observó durante largo rato.
Después llamó a Beatriz.
—Trae la caja grande.
Su sobrina regresó con un arcón de madera.
Dentro había ropa doblada, estampas y un paquete de cartas. Leonor retiró las primeras telas hasta encontrar un sobre pequeño.
Se lo dio a Rafael.
—Manuel no escribió todo junto.
El hombre abrió el sobre.
Había un papel cubierto de manchas.
La primera línea decía:
«La encontramos al limpiar la orilla, antes de que naciera Aurelia».
Rafael siguió leyendo.
La figura llevaba años hundida entre raíces. Manuel la sacó para utilizar la argolla como pieza de amarre. Cortó la cuerda vieja y dejó la madera junto a la casa.
Esa misma noche escucharon llorar debajo del piso.
Leonor sostuvo la fotografía.
—Yo creí que era un gato.
Rafael levantó la mirada.
—¿La enterraron después?
Ella asintió.
—Cuando nos fuimos.
En la chinampa, Esteban reunió las páginas de Manuel. La frase arrancada del cuaderno de Leonor parecía adquirir sentido: «Mientras tenga…».
Pero el resto seguía perdido.
Julián escuchó el relato con las manos sobre las rodillas.
—Entonces Manuel la soltó.
—Eso parece —respondió el sacerdote.
—Y después intentó volver a amarrarla.
Rafael señaló las notas.
Había una descripción del entierro. Manuel envolvió la figura con su cuerda original, utilizó la argolla para sujetarla a una raíz y la cubrió de tierra.
Las muñecas quedaron alrededor durante varias semanas.
Después abandonaron el terreno.
Julián miró hacia la caja.
—La casa está más allá.
Esteban asintió.
La chinampa había cambiado con los años. Las orillas se erosionaban, los canales se cegaban y los terrenos se ampliaban con trabajo y sedimentos.
Efraín reconoció en el plano un recodo que una crecida había abierto años atrás. Desde allí el agua desembocaba en el canal de Julián.
—Se llevó un pedazo de la orilla de los Barragán —dijo—. Árboles con todo y raíces. Mi padre ayudó a despejar el paso.
La cuerda conservaba restos de madera dentro del lazo que había servido de amarre. La figura pudo viajar sujeta a una raíz arrancada y quedar atrapada bajo el ahuejote. Los restos hallados junto a ella podían haber seguido el mismo recorrido. Esteban anotó la posibilidad para comunicarla a los investigadores; todavía faltaba comprobarla.
Tampoco sabían cuánto tiempo había permanecido quieta.
Teresa llegó por la tarde.
Traía una bolsa con dos muñecas y otro listón amarillo, cortado del mismo rollo con el que había peinado a Inés por última vez. El original seguía en el árbol; aquel tramo limpio había quedado en casa.
Julián salió a recibirla.
La mujer miró los juguetes de los árboles. Se detuvo al ver el lazo roto entre Matilde y la muñeca rubia.
—¿Qué pasó?
Él le contó lo de la caja.
Teresa escuchó sin acercarse al alero.
Después pidió que amarraran las dos muñecas que había llevado en los lugares vacíos.
Rafael y Efraín comenzaron a hacerlo.
Ella permaneció debajo del ahuejote.
—No sé si estás aquí —dijo, mirando a Matilde—. No voy a pedirte que vengas.
Julián sintió una presión en el pecho.
Teresa sacó el listón limpio.
Le pidió al anciano que lo pasara entre las dos muñecas, sustituyendo el que se había roto.
Él obedeció.
Cuando terminó, la mujer apoyó la mano en el tronco.
—Yo sí voy a seguir viviendo, hija.
Lo dijo con dificultad.
Después se apartó y lloró junto a Rafael.
Nadie trató de consolarla con palabras.
Esteban decidió quedarse aquella noche.
Efraín amarró una embarcación en el extremo más alejado de la excavación. Rafael acompañó a Teresa de regreso antes del anochecer. El sacerdote y Julián cenaron dentro de la casa.
La caja permanecía bajo el alero.
Julián escuchaba cada pequeño ruido.
—Si de verdad hay niñas en esas muñecas —dijo—, no deberían tener que cuidar esto.
Esteban dejó la taza sobre la mesa.
—Lo sé.
—Tenemos que encontrar otra manera.
El sacerdote miró las páginas extendidas entre ambos.
—Mañana hablaremos con Leonor otra vez.
Afuera crujió una rama.
Los dos se quedaron quietos.
Después llegó el arrastre de la caja sobre la tierra. Esteban se levantó, pero Julián le sujetó la manga.
Esperaron.
Algo golpeó la puerta con fuerza.
La madera se hundió junto a la tranca.
Desde el alero, una voz grave empezó a reír.
El sacerdote acercó su silla a la del anciano.
Julián miró hacia el suelo.
Por debajo de la puerta entraba una cuerda negra.
Avanzó unos centímetros.
Luego otros.
Hasta detenerse junto a sus botas, con el nudo abierto.