Capítulo 9 de 13

El hilo bajo la tierra

Las huellas empezaban junto al ahuejote.

Julián se agachó sin acercarse demasiado. Cada marca tenía un talón estrecho y una parte delantera larga, hundida profundamente en el barro. No distinguía dedos.

Siguió el rastro con los ojos.

Terminaba en el canal.

Entre una pisada y otra había pequeños agujeros redondos, como los que dejaría una vara apoyada para caminar. El anciano buscó su propia vara. Seguía junto a la puerta.

Después miró a Matilde.

El listón amarillo había vuelto a quedar anudado alrededor de la muñeca izquierda.

No se atrevió a tocarlo.

Cuando llegaron Esteban y Efraín, los hizo desembarcar por el extremo opuesto. El sacerdote examinó las huellas mientras el trajinero permanecía detrás de él.

—Anoche habló una voz distinta —dijo Julián—. Me pidió que no saliera.

Esteban levantó la cabeza.

—¿Le contestó?

—No.

El sacerdote asintió, pero Julián advirtió que seguía preocupado. Habían aprendido a desconfiar de las voces que pedían ayuda. Ahora debían decidir qué hacer con una que parecía ofrecerla.

—La que imita nos pide abrir o acercarnos —dijo Julián—. Esta me pidió quedarme adentro.

Esteban anotó la diferencia. No podían confiar solo en el timbre de una voz, pero sí observar adónde intentaba llevarlos.

Rafael llegó poco después con un costal de juguetes. Los había conseguido entre vecinos y familiares. Muñecas sin cabello, un bebé de plástico sin un ojo, dos cuerpos separados de sus cabezas.

Vació el costal sobre una manta.

Julián contempló aquel montón con una mezcla de gratitud y desagrado.

—¿Les dijo para qué eran?

—Que estaba haciendo un arreglo en su terreno.

Efraín tomó una muñeca que tenía los brazos unidos por una tira de alambre.

—Esta todavía sirve.

La frase hizo que los cuatro se miraran.

El trajinero la dejó despacio.

—Quiero decir que está completa.

Julián recogió el mecate.

Trabajaron sin hablar durante un rato. Revisaban las ramas antes de elegirlas, evitaban las que sobresalían demasiado sobre el agua y hacían dos nudos por cada juguete.

Esteban anotó el número y la posición.

Al terminar habían colgado once muñecas.

Todavía quedaban tramos vacíos entre los árboles, pero desde la casa Julián podía ver un rostro en casi cualquier dirección. El terreno empezaba a parecer habitado por algo que ninguno deseaba nombrar.

Fue Rafael quien encontró el hilo.

Estaba tendiendo una cuerda desde un poste hasta el árbol cercano al embarcadero cuando notó una hebra azul prendida en una raíz.

La recogió.

—¿Es de su costal?

Julián dejó el cuchillo.

El hilo del cuerpo de la muñeca rubia era oscuro. Aquel tenía el mismo azul intenso que habían visto en la lata de Leonor.

Rafael tiró suavemente.

La hebra continuaba bajo la tierra.

Esteban se acercó.

—No la rompa.

Apartaron hojas y barro con un palo. El hilo aparecía unos centímetros más adelante, pasaba debajo de una piedra y volvía a ocultarse. Julián sintió un recuerdo preciso: los dedos de la niña llenos de tierra.

Se agachó.

—Aquí la tendí después de sacarla.

El hilo cruzaba justamente el lugar donde había tendido a Inés.

Siguieron limpiando.

La hebra llegaba hasta el ahuejote y se perdía entre dos raíces gruesas.

Efraín miró el canal.

—No metan la mano ahí.

Julián fue por una pala.

Excavaron desde el lado de tierra.

El suelo estaba blando, pero las raíces impedían avanzar. Rafael cortó algunas delgadas mientras Julián apartaba los terrones.

A poca profundidad encontraron un trozo de tela.

Azul.

El anciano se quedó inmóvil con la pala en las manos.

Esteban pidió que trabajaran más despacio.

La tela pertenecía a una bolsa pequeña, endurecida por la humedad. Tenía la boca cerrada con varias vueltas del mismo hilo.

Rafael la liberó utilizando el cuchillo.

Dentro había barro, una canica opaca y un pequeño fragmento blanco. La costura inferior estaba abierta; una raíz atravesaba la tela. Más abajo, entre la tierra, asomaban otras piezas blanquecinas. La bolsa no las contenía: había quedado atrapada encima de ellas.

Esteban se arrodilló.

—Déjenla.

Ninguno volvió a moverse.

El sacerdote observó el contenido durante unos segundos y luego se levantó.

—Tenemos que avisar.

Julián miró hacia Matilde.

La muñeca rubia estaba junto a ella, con su cuerpo de costal y el vestido azul.

Por primera vez pensó que habían encontrado las piezas de aquel juguete para que buscaran otra cosa. Los policías llegaron con dos hombres que llevaban herramientas y guantes.

El agente de la libreta reconoció a Julián.

Esta vez no preguntó por las muñecas.

Le pidió que explicara dónde había encontrado la bolsa y quiénes habían estado presentes.

Esteban respondió junto a él.

Acordonaron una parte de la orilla y les indicaron que permanecieran cerca de la casa.

Julián se sentó bajo el alero.

Desde allí veía las espaldas de los hombres, la pala entrando en tierra y los recipientes donde guardaban lo que encontraban.

No pudo observar mucho tiempo.

Rafael salió a buscar a Teresa.

Antes de irse, Esteban le pidió que no le asegurara nada.

Todavía no sabían a quién pertenecían aquellos restos.

Efraín se quedó con el sacerdote.

Julián permaneció sentado hasta que uno de los hombres se acercó.

—Vamos a necesitar volver.

El anciano asintió.

—¿Qué encontraron?

El hombre miró hacia Esteban.

—Restos que deben examinarse. Estaban debajo y alrededor de la bolsa. Vamos a documentar cómo quedaron depositados antes de retirarlos.

Julián apretó el sombrero.

No hizo otra pregunta.

Leonor supo de la excavación esa misma tarde.

Esteban habló con Beatriz y después la anciana pidió que le llevaran la fotografía de Aurelia. Llegó a la parroquia acompañada por su sobrina, apoyándose en un bastón. Julián se levantó en cuanto la vio.

Ella no aceptó su brazo.

Caminó hasta la silla y se sentó con dificultad.

—¿Había una bolsa azul?

El sacerdote asintió.

—No podemos confirmar nada todavía.

Leonor miró a Julián.

—Yo hice esa bolsa.

El anciano sintió que el aire le faltaba.

Beatriz se sentó junto a su tía.

—Era para guardar sus canicas —continuó Leonor—. Le cosí una tira para que la llevara al cuello.

Esteban anotó la descripción.

La mujer se llevó una mano a la garganta, señalando dónde colgaba.

—La usaba debajo del vestido. Decía que así nadie podía quitárselas.

Julián pensó en los años que aquella madre había pasado sin saber dónde buscar.

—Estaba en mi terreno —murmuró.

Leonor cerró los ojos.

—El agua mueve las cosas.

Él negó despacio.

—Yo caminaba sobre ella.

Beatriz tomó la mano de su tía.

La anciana dejó que lo hiciera.

Teresa llegó cuando todavía estaban reunidos.

Rafael le había contado lo indispensable, pero ella comprendió al ver a Leonor.

Se sentó enfrente.

Ninguna supo qué decir durante unos momentos.

Después Teresa sacó de la carpeta una copia del dibujo de Inés y la puso entre ambas. Leonor recorrió la figura del vestido blanco con un dedo.

—Tenía el cabello más corto —dijo.

Sonrió apenas.

Fue una sonrisa breve, dolorosa.

Teresa se inclinó hacia ella.

—Mi hija escribió su nombre.

Leonor leyó las letras bajo el árbol.

La mano empezó a temblarle.

Beatriz quiso retirar la hoja, pero su tía la retuvo. Julián vio que el dedo de la anciana había quedado apoyado sobre el punto rojo de la rama.

El zapato.

Recordó la muñeca rubia en la fotografía de la fiesta de Inés.

Había una pregunta que todavía no habían hecho.

—Teresa, ¿a quién le regaló ese juguete?

La mujer levantó la cabeza.

—A una señora que recogía ropa para familias. Se lo llevó con otros.

—¿Sabe dónde vive?

Teresa negó.

La ruta de aquella muñeca seguía siendo desconocida. Esteban escribió otra pregunta en la libreta.

Mientras seguían reunidos, Teresa pidió a Rafael que llamara a una vecina desde la oficina de la parroquia. Con su ayuda localizaron a la mujer. El juguete había sido entregado a una familia de Xochimilco; lo habían desechado al romperse. No supieron decir en qué canal terminó. Rafael regresó a la mesa con la noticia.

—Entonces no era la muñeca de Aurelia —dijo el anciano.

Esteban negó. La cabeza pertenecía al juguete reciente de Inés; el vestido y el pequeño zapato habían aparecido por separado. Al reunirlos, Julián había construido una figura nueva. Si Aurelia encontraba refugio en ella, no era porque aquel plástico hubiera sido suyo en vida.

Al regresar a la chinampa, Julián encontró al policía junto al ahuejote. Los hombres habían retirado parte de la tierra y cubierto la excavación. El agente le pidió que no tocara nada hasta que volvieran.

Después observó las muñecas.

—¿Siempre ha tenido esto?

—No.

—Los muchachos del embarcadero ya hablan del lugar.

Julián miró hacia el canal.

—Que no vengan de noche.

El policía cerró la libreta.

—Ponga un letrero. Y tenga cuidado con esas tablas.

Cuando se fueron, Esteban ayudó al anciano a asegurar el cordón que rodeaba la excavación.

El hueco abierto había dejado expuestas dos raíces.

Entre ellas se distinguía algo negro.

No parecía madera.

Julián alzó la lámpara, aunque aún quedaba luz.

Era una cuerda vieja, enterrada profundamente.

Esteban se inclinó sin cruzar el cordón.

La cuerda avanzaba hacia el canal.

En el extremo visible tenía un nudo semejante a los que ellos habían hecho bajo los brazos de las muñecas.

Decidieron dejarla intacta.

Esteban regresaría temprano para hablar con los hombres de la excavación. Julián prometió permanecer dentro de la casa al oscurecer.

Antes de partir, el sacerdote miró las once muñecas.

—Lo que encontramos puede ayudar a Leonor a despedirse.

El anciano asintió.

—¿Y lo otro?

Esteban observó el agua.

—Todavía no lo sabemos.

Julián lo acompañó al embarcadero.

Cuando quedó solo, preparó una olla de café y revisó las cuerdas desde tierra firme. La muñeca de Candelaria tenía una rama rozándole el rostro; la apartó para que el viento no dañara el plástico.

Al llegar a Matilde se detuvo.

El listón amarillo había sido pasado por la mano de la muñeca rubia.

Las dos estaban unidas.

Julián no deshizo el pequeño lazo.

Entró antes de que anocheciera.

Durante un rato oyó el canal, los grillos y el roce de los cuerpos contra los troncos.

Después empezó un sonido distinto.

Venía de la excavación.

Era el arrastre lento de una cuerda sobre la tierra.

Julián apagó la lámpara y se alejó de la puerta.

Desde afuera una voz adulta preguntó:

—¿Quién te enseñó a desatar?