Capítulo 8 de 13
Las que miran hacia fuera
Esteban levantó la cubeta.
Debajo había un círculo húmedo y una hebra de carrizo pegada a una losa. La tabla no tenía agujeros. El ladrillo seguía donde lo habían puesto.
Julián recorrió el patio con la mirada.
La ventana de su cuarto estaba abierta.
Recordaba haberla cerrado antes de salir.
—Espere aquí —dijo el sacerdote.
Entraron juntos.
La cama conservaba la manta doblada. Sobre la silla estaban el vaso y la bolsa de ropa. Nada parecía faltar. Entonces Julián vio su cuaderno de ventas en el suelo.
Lo recogió.
Entre las páginas había una mancha oscura. El agua había corrido por los renglones, deshaciendo algunas cifras. Dejó el cuaderno abierto sobre la cama y buscó el papel donde anotaba los encargos.
Un nombre se repetía en el margen.
Julián.
Estaba escrito siete veces.
La letra era infantil.
Esteban se acercó, pero no tocó la hoja.
El anciano levantó la bolsa.
—Tengo que volver.
—Ahora es de noche.
—Aquí también llegó.
El sacerdote miró la ventana abierta.
—Volvemos al amanecer. Esta noche nos quedamos juntos.
Julián dejó la bolsa sobre la silla.
No estaba tranquilo, pero le quedaban pocas fuerzas para discutir. Leyeron las páginas del marido de Leonor en la oficina.
El hombre se llamaba Manuel. Había escrito fechas, observaciones y pequeñas correcciones sobre el dibujo de su terreno. Algunas frases estaban tachadas; otras llevaban signos de interrogación. No era un conjunto de instrucciones seguras. Era el registro de alguien que había probado cosas mientras tenía miedo.
Esteban leyó en voz alta:
—«Las que ponemos mirando a la casa llaman más».
Julián recordó a Matilde volteándose hacia el canal.
El sacerdote siguió:
—«Cuando miran al agua, a veces se oye pelear».
Había una anotación posterior:
«Hoy una cayó. La voz salió del pozo y del árbol al mismo tiempo».
Julián se inclinó sobre la mesa.
—¿Pozo?
Esteban señaló un pequeño cuadrado en el plano.
El depósito bajo el piso.
Manuel utilizaba ambos nombres para el mismo hueco.
En la tercera página había dibujado una muñeca con dos cuerdas: una debajo de los brazos y otra sujeta a la cintura. Al lado escribió:
«No confiar en un solo nudo».
Julián se frotó la cara.
Sus dos muñecas estaban amarradas con una sola cuerda.
A medianoche alguien llamó a la puerta de la oficina.
Esteban levantó la cabeza.
—¿Quién?
Julián le sujetó la muñeca.
El sacerdote se quedó inmóvil.
Desde el pasillo respondió una mujer:
—Padre, soy Candelaria.
La voz sonaba cansada.
—Tomás está peor. Necesito que venga.
Julián miró los zapatos de Esteban.
Él no se levantó.
—Mi hijo no puede respirar.
El anciano contuvo la respiración.
En el pasillo hubo un roce, como una falda arrastrada sobre el suelo.
Después la voz cambió.
—Don Julián.
Era Tomás.
—Abra. Me está jalando otra vez.
Esteban apretó las manos sobre la mesa.
El picaporte descendió.
La puerta estaba cerrada con llave.
Al otro lado alguien empezó a golpear con la palma abierta.
Los golpes se aceleraron hasta hacer vibrar el vidrio de una fotografía colgada en la pared.
Julián miró al sacerdote, buscando en su rostro una señal de que resistirían.
Esteban tenía lágrimas en los ojos.
Permanecieron sentados.
Finalmente, los golpes cesaron.
Durante unos segundos se oyó una respiración próxima a la cerradura.
Luego una voz que ninguno conocía dijo:
—Así aprendió Leonor.
Al amanecer, Esteban fue a casa de Candelaria.
Julián lo acompañó.
La mujer abrió mientras terminaba de sujetarse el cabello. Tomás estaba dormido. Su hermana desayunaba junto a la cocina.
Ninguno había salido durante la noche.
Esteban contó lo ocurrido sin repetir las palabras que habían oído.
Candelaria se sentó.
—No quiero que vuelva a decir su nombre —pidió, mirando a Julián.
El anciano asintió.
Comprendía la petición, aunque no sabía cómo impedirlo.
La mujer se levantó y abrió un cajón. Sacó una muñeca vieja, con un vestido rosa y el cabello cortado de manera desigual.
—Era mía. Tomás la encontró hace unos meses y se la dio a su hermana, pero ya no juega con ella.
Julián retrocedió.
—No le quite sus cosas.
—Ella tiene otras.
Candelaria le puso el juguete en las manos.
—Si las va a colgar, use esta también.
Él miró el rostro redondo, limpio todavía.
Hasta entonces el agua le había entregado las muñecas.
Aquella era la primera que recibía de una persona viva.
Efraín los llevó a la chinampa.
Además del sacerdote y Julián, iba Rafael. Teresa había decidido permanecer en casa; les envió una bolsa con mecate y un mensaje para el anciano: «No deje sola a Matilde». Julián guardó el papel sin leerlo por segunda vez.
Antes de desembarcar revisaron el embarcadero. La tabla rota seguía colgando de un clavo. Rafael colocó dos tablones que habían llevado y los aseguró mientras Efraín sostenía la embarcación.
Julián caminó hacia el ahuejote.
Matilde conservaba el listón amarillo.
La muñeca rubia tenía el vestido azul cubierto de manchas.
Entre las raíces, apenas por encima del agua, estaba la tercera.
La que había desaparecido de la cubeta.
El carrizo le rodeaba la cintura.
Julián llamó a Esteban con un gesto.
El sacerdote la reconoció y se detuvo.
Rafael observó sus caras.
—¿Qué pasa?
—Esta estaba en la parroquia —respondió Esteban.
El hombre miró el canal, luego el terreno.
No propuso ninguna explicación.
Sacaron la muñeca con una vara.
Julián la colocó sobre un costal extendido en tierra. Dentro del cuerpo se escuchó un movimiento de agua, aunque por fuera estaba seca.
Esteban abrió las páginas de Manuel.
Revisaron cada cuerda y añadieron otra.
Al tocar a Matilde, Julián creyó escuchar un suspiro. Se detuvo con el mecate entre los dedos. Teresa había querido llevarse aquel juguete para conservar algo de su hija. Ahora él lo utilizaba de una forma que no comprendía.
—Perdóname —murmuró.
Rafael lo oyó, pero no preguntó.
Colgaron la muñeca sin brazos de un árbol cercano al embarcadero. Dejaron la de Candelaria en el extremo opuesto del terreno.
Las cuatro quedaron mirando hacia el agua.
Efraín caminó alrededor de la chinampa.
—No alcanza para rodearla.
Julián examinó las orillas.
Había demasiada distancia entre los árboles ocupados.
—Por ahora tenemos estas.
El sacerdote anotó su posición.
Rafael marcó las cuerdas con pequeños trozos de tela blanca para poder comprobar si se movían.
Trabajaron hasta el mediodía.
Cuando Rafael ajustaba la muñeca rosa, su rostro quedó vuelto hacia la casa. Desde el embarcadero se escucharon tres golpes y un murmullo. Julián la giró hacia el canal; el murmullo se interrumpió. Esperaron varios minutos. Esteban anotó lo sucedido junto al dibujo, sin llamarlo todavía una prueba definitiva.
Julián encontró la casa abierta.
La tranca estaba en el suelo, intacta.
Dentro había barro junto a la cama y una mano de plástico sobre la mesa. Los dedos estaban cerrados alrededor de una semilla.
El anciano no la tocó.
Esteban se acercó por detrás.
—¿Es de alguna de las muñecas?
—Ninguna tenía esa mano.
Rafael la levantó utilizando un trapo.
Debajo había una palabra trazada en el polvo:
«MÁS».
Julián salió de la vivienda.
La orden lo enfureció de una manera que el miedo no había conseguido.
—Ya te di lo que encontré.
Esteban lo siguió.
—No le hable.
—Siempre pide otra cosa.
El anciano miró hacia el canal.
Quiso arrojar la mano tan lejos como pudiera.
Rafael llegó con ella envuelta en el trapo.
—Podemos llevarla.
Julián negó.
Pensó en la muñeca apareciendo detrás del muro de la parroquia.
—Aquí se queda.
La guardaron en una caja seca, sin dejarla tocar el suelo.
Después se sentaron a comer bajo el alero.
La discusión comenzó cuando Esteban propuso regresar.
Julián recogió los platos.
—Yo me quedo.
Rafael dejó de ajustar la correa de su reloj.
—No puede dormir aquí.
—Alguien tiene que revisar las cuerdas.
—Venimos mañana.
Julián miró la muñeca sin brazos.
Una gota cayó de su pie sobre la tierra.
—Si una cae esta noche, mañana no sabemos dónde va a estar.
Efraín observaba el agua.
—Podemos quedarnos hasta que oscurezca.
El sacerdote negó.
Habían prometido regresar antes de la noche.
Julián dejó los platos sobre la mesa.
—Entonces váyanse.
Esteban lo apartó unos pasos.
—No sabemos si colgarlas ayuda.
—Tampoco sabemos si irme ayuda. A la parroquia llegó. A Tomás lo llamó.
El sacerdote no encontró una respuesta inmediata.
Al final acordaron que Julián pasaría aquella noche en su casa. Esteban y Efraín regresarían al amanecer. Si el anciano escuchaba voces, permanecería dentro. Si una cuerda se rompía, esperaría a que hubiera luz.
Manuel había anotado que, cuando una muñeca tocaba el agua, los golpes atravesaban el espacio que antes vigilaba. Colgarlas no destruía a la presencia; parecían sostener un límite. Nadie debía acercarse al canal de noche para reparar una caída.
Julián aceptó.
No estaba seguro de poder cumplirlo.
Cuando las embarcaciones desaparecieron, la chinampa recuperó sus sonidos.
Julián preparó la lámpara y dejó agua limpia sobre la mesa. Cerró los postigos antes de que el cielo perdiera el último color.
Después se sentó junto a la puerta.
Las cuatro muñecas quedaban fuera de su vista.
Durante una hora no ocurrió nada.
Entonces oyó un golpe de plástico contra madera.
Otro respondió desde el lado opuesto del terreno.
Julián sostuvo el borde de la silla.
Comenzaron las voces.
Una le pidió que abriera. Otra pronunció el nombre de Leonor. Una tercera lloraba como Inés, aunque él nunca había conocido su llanto.
No contestó.
Los sonidos se acercaron al árbol donde estaba Matilde.
Allí se detuvieron.
Por primera vez escuchó palabras que no parecían dirigidas a él.
—No lo llames.
La voz era pequeña, firme.
Después llegó un chapoteo violento, seguido por el tirón de una cuerda contra una rama.
Julián se puso de pie.
Al otro lado de la puerta, alguien apoyó una mano.
—No salgas —dijo la misma voz.
El anciano permaneció inmóvil hasta el amanecer.
Cuando abrió, encontró las cuatro muñecas mirando hacia el canal.
Matilde tenía el listón amarillo extendido entre los dedos.
En el barro, frente a ella, había una hilera de huellas grandes que terminaba en el agua.