Capítulo 7 de 13

Lo que Leonor había callado

Rafael leyó la hoja tres veces.

La embarcación avanzaba entre los carrizos y el papel temblaba en sus manos. Teresa seguía sentada junto a él, con la mirada fija en un punto de la borda.

—Falta lo demás —dijo.

Julián observó el borde irregular de la hoja.

Había sido arrancada de un cuaderno. En una esquina se distinguía el principio de otra frase, cortada después de dos palabras:

«Mientras tenga…».

Esteban pidió el papel.

Lo guardó entre las páginas de su libreta.

—Tenemos que encontrar a Leonor.

Efraín empujó la vara contra el fondo.

—Si vive.

Nadie le respondió.

Al llegar al embarcadero, Teresa necesitó ayuda para levantarse. Rafael la tomó del brazo y esperó hasta que estuvo firme sobre tierra.

—No quiero volver allí —dijo ella.

Julián miró al sacerdote.

Él tampoco quería.

La muñeca sin brazos permanecía dentro de la cubeta.

La tabla que la cubría estaba en el suelo. Esteban preguntó a la mujer encargada de la limpieza si alguien había entrado al patio.

—Solo yo.

—¿Movió esto?

Ella negó con la cabeza.

—Oí caer la madera. Pensé que era un gato.

Julián miró dentro.

El juguete estaba de espaldas. Una línea de lama recorría el plástico desde el cuello hasta la cintura.

Debajo había agua, aunque el sacerdote no había puesto ninguna.

La mujer se acercó.

—¿La van a tirar? Huele muy feo.

—Nos encargaremos —respondió Esteban.

Esperaron hasta que salió.

Después el sacerdote volvió a cubrir la cubeta y colocó encima un ladrillo.

Julián lo vio hacerlo.

No preguntó si creía que aquel peso serviría.

Candelaria llegó con una dirección.

Había visitado a una prima de su madre, una mujer que todavía recordaba a los Barragán. Leonor vivía al sur de la ciudad, en casa de una sobrina.

—Mi tía dice que no recibe visitas —advirtió.

Esteban anotó la dirección.

Julián se levantó.

—Voy con usted.

Salieron antes de que oscureciera.

El sacerdote consiguió que un conocido los llevara en su automóvil. Julián, acostumbrado a medir las distancias por curvas y árboles, se sintió perdido entre avenidas, semáforos y puestos que cerraban. Llegaron a una casa de un piso, con macetas en la azotea.

Una mujer de unos cincuenta años abrió apenas la puerta.

Esteban se presentó.

Al escuchar el nombre de Aurelia, la mujer soltó el picaporte.

—¿Quién les dijo que vinieran?

—Necesitamos hablar con su tía.

—Está enferma.

Desde el interior llegó una voz áspera:

—Déjalos pasar, Beatriz.

La sobrina cerró los ojos un instante.

Después se apartó.

Leonor estaba sentada junto a una ventana.

Tenía una manta sobre las piernas y el cabello blanco recogido en una trenza delgada. Sobre una mesa había un vaso, un frasco de medicinas y una fotografía boca abajo.

Julián reconoció sus ojos.

Ella también lo reconoció.

—Tú vendías acelgas.

El anciano asintió.

Leonor miró al sacerdote.

—¿Otra niña?

Esteban no necesitó preguntarle a qué se refería.

—Sí.

La mujer apoyó las manos sobre la manta.

Beatriz permanecía en la puerta.

—Tía…

—Tráeles sillas.

Esperó hasta que su sobrina salió.

Luego miró directamente a Julián.

—¿La sacaste?

Él sintió que volvía a hundirse en el canal.

—Lo intenté.

Leonor negó despacio.

—Sacaste el cuerpo. Eso ya es algo.

Esteban abrió la libreta y le mostró la hoja.

La mujer la sostuvo lejos de su rostro.

—Creí que mi marido había quemado todo.

Recorrió las líneas con el pulgar.

—Esto lo escribí después de entenderlo.

—¿Qué había debajo del piso? —preguntó Julián.

Leonor levantó la cabeza.

—¿Abrieron la tapa?

—Un poco.

La mujer apretó el papel.

—Entonces ya saben dónde llama.

El hueco había sido un depósito para guardar verduras, explicó.

Lo construyeron antes de que Aurelia naciera. En temporada de lluvias entraba agua por una grieta, así que dejaron de utilizarlo.

La noche en que la niña desapareció, Leonor había salido a buscar a su marido. Él debía regresar antes de cenar, pero se quedó bebiendo en otra chinampa.

—La dejé dormida —dijo—. Pensé que no tardaría.

Al volver encontró la puerta abierta.

Buscaron hasta el amanecer.

Durante días recorrieron los canales. Leonor preguntó en mercados, casas y embarcaderos. Nadie había visto a Aurelia.

Una semana después escuchó golpes debajo del piso.

Su marido levantó la tapa.

Dentro había una muñeca.

—La de mi hija —dijo Leonor—. Tenía el vestido que yo le había cosido.

Julián recordó la lata con el dedal y el hilo azul.

—¿Y Aurelia?

Leonor miró hacia la ventana.

—Nunca encontramos su cuerpo.

Esteban señaló la hoja.

—Aquí dice que murió aquella noche.

—Lo sé.

La mujer cerró los ojos.

—Una madrugada la vi en la orilla. Quise correr hacia ella, pero me pidió que me quedara donde estaba.

Julián esperó.

—Tenía miedo de algo detrás de mí.

Beatriz volvió con un vaso de agua.

Lo puso frente a su tía y examinó los rostros de los visitantes.

—No la hagan recordar más.

Leonor tomó un sorbo.

—Necesitan saberlo.

Su sobrina salió, aunque dejó la puerta entreabierta.

La anciana continuó:

—La niña de la orilla desapareció cuando mi marido abrió la puerta. Esa misma noche empezamos a oírla debajo del piso.

Al principio la voz pedía que levantaran la tapa.

Después les pedía comida, ropa, juguetes.

Leonor obedecía.

—¿Qué pasaba con las cosas? —preguntó Julián.

—No estaban al día siguiente.

Su marido quiso llenar el hueco de tierra. Mientras trabajaba, escuchó la voz de su propia madre, muerta desde hacía años.

Dejó la pala.

—Desde entonces ya no me dejó acercarme —dijo Leonor—. Clavó la tapa. Puso aquella tabla en la orilla.

Esteban recordó las advertencias.

—¿Y las muescas?

La mujer miró sus manos.

—Las noches en que logramos no contestar.

—¿De día no hablaba? —preguntó Esteban.

—También. Pero de noche nos seguía hasta la puerta y tenía más fuerza. La tabla advertía del peor momento, no de las únicas horas en que podía engañarnos.

Julián sintió una vergüenza repentina al recordar cuántas veces había hablado con la voz.

—Yo le hice cuerpo a una muñeca.

Leonor lo observó largamente.

—¿La colgaste?

—En un árbol.

—¿Y se quedó tranquila?

—Un rato.

La anciana dejó el vaso.

—Nosotros también probamos eso.

Habían suspendido muñecas de las ramas, cerca de la casa.

Las primeras noches los golpes disminuyeron. Leonor pudo dormir, y su marido volvió a trabajar los cultivos.

Después empezaron a faltar juguetes.

Encontraban cuerdas vacías y huellas húmedas frente a la puerta.

Una noche, su marido salió para recoger una muñeca que había caído.

Leonor lo oyó hablar.

Cuando abrió la ventana, lo vio caminando hacia el canal.

—Decía que su madre lo estaba esperando.

Consiguió alcanzarlo antes de que entrara al agua. Él la golpeó al intentar soltarse, sin reconocerla.

A la mañana siguiente no recordaba nada.

Abandonaron la chinampa pocos días después.

—¿Por qué no avisaron? —preguntó Esteban.

Leonor lo miró con cansancio.

—Avisamos. Unos se rieron. Otros dijeron que yo no soportaba haber perdido a mi hija.

Julián bajó la cabeza.

Conocía aquella mirada que acompañaba a las explicaciones demasiado razonables.

—¿Los siguió? —preguntó.

—Durante un tiempo.

La anciana señaló la fotografía boca abajo.

—Dejé de llamarla. Guardé su ropa. No volví a contestar.

—Pero ahora está en mi terreno.

Leonor asintió.

—Encontró a alguien que escucha.

Julián se levantó y caminó hasta la ventana.

Afuera una mujer recogía ropa de un tendedero. En la casa vecina sonaba una radio.

—¿Inés también la escuchaba?

Leonor no conocía el nombre, así que Esteban le contó lo del dibujo y la amiga invisible.

La anciana se llevó una mano al pecho.

—Mi hija también hablaba sola antes de perderse.

Julián volvió lentamente.

—Entonces empezó antes de Aurelia.

Leonor asintió.

Aquella certeza cambió el rostro del sacerdote.

Hasta ese momento habían seguido nombres, fotografías y objetos de dos niñas. Ahora el origen volvía a alejarse.

—¿Qué puede hacer? —preguntó Esteban.

Leonor sostuvo la mirada de Julián.

—Yo solo sé cómo nos engañó a nosotros.

El anciano sacó del bolsillo una pequeña hebra de hilo que se había quedado prendida en su camisa al fabricar el cuerpo de costal.

La puso sobre la mesa.

—No puedo dejar que agarre a otro.

Leonor acercó un dedo al hilo.

—Entonces averigua qué estás manteniendo allí con esas muñecas.

Leonor recordó que, durante las últimas noches en su terreno, había visto a Aurelia entre las ramas. La niña miraba hacia el agua, como si vigilara algo que no podía abandonar. Manuel llegó a escribir que las figuras parecían necesitar a alguien del lado de tierra. Leonor no sabía si era cierto; solo recordaba que los golpes disminuían mientras él recorría las cuerdas sin responder.

Cuando salieron, Beatriz los acompañó hasta la puerta.

Llevaba un sobre amarillento.

—Mi tío me pidió que guardara esto. Nunca quise abrirlo.

Se lo entregó a Esteban.

Dentro había tres páginas dobladas y un dibujo tosco de la chinampa de los Barragán.

En el plano aparecían árboles, la casa y una línea de muñecas alrededor del terreno.

Uno de los puntos estaba marcado con una cruz. El sacerdote leyó las primeras palabras bajo la luz del automóvil:

«Si una cae, no la dejen tocar el agua».

Julián buscó la siguiente línea.

«Las voces no siempre vienen del mismo lado».

En un margen Manuel había añadido: «La semilla quedó en una mano de juguete. Después la encontré en mi palma. Leonor dice que señala a quien quiere llevarse». Julián volvió a leer aquellas palabras. No demostraban qué significaba la semilla, pero explicaban por qué Manuel había empezado a revisar sus manos al despertar.

El conductor encendió el motor.

Antes de subir, el anciano miró hacia la ventana de Leonor. Ella había apartado la fotografía y sostenía el retrato de Aurelia entre las manos.

Julián comprendió que llevaba años resistiendo el deseo de volver a escucharla. Cuando regresaron a la parroquia, el ladrillo seguía sobre la tabla.

La cubeta estaba vacía.