Capítulo 6 de 13

La casa de los Barragán

El padre Esteban cerró la puerta del patio.

Julián permaneció detrás de él, con la mirada fija en el agua que había alcanzado la punta de sus zapatos.

La voz no volvió a escucharse.

Del otro lado del muro pasaron unos pasos rápidos. Luego un motor arrancó en la calle y se alejó. Aquellos sonidos ordinarios hicieron que el sacerdote levantara la cabeza, como si acabara de recordar dónde estaban.

—Voy a mirar afuera.

Julián lo sujetó del brazo.

—No vaya solo.

Salieron por la entrada de la parroquia. La calle estaba vacía, salvo por un perro que olfateaba una bolsa junto a la banqueta. Recorrieron el muro hasta la esquina. No había charcos ni huellas húmedas.

Cuando regresaron al patio, la muñeca seguía junto a la jardinera.

Esteban tomó una cubeta y una escoba. La levantó sin tocarla y la depositó dentro.

El carrizo dejó un olor de agua estancada.

—Usted también la oyó —dijo Julián.

El sacerdote apoyó la escoba contra el muro.

—Sí.

El anciano esperó una explicación.

Esteban miró la cubeta.

—Esta noche se queda aquí. Mañana veremos qué hacer.

Por primera vez desde que había encontrado a Inés, Julián no tuvo que convencer a nadie de que algo había sucedido.

Aun así, durmió peor.

El entierro fue por la mañana.

Julián se colocó detrás de las últimas personas, con el sombrero entre las manos. Había comprado un pequeño ramo de flores blancas. No sabía dónde dejarlo hasta que el hermano de Teresa se acercó y lo recibió.

—Gracias por venir.

Se llamaba Rafael. Julián apenas entonces se enteró.

Durante la ceremonia, el anciano observó los zapatos de los asistentes. Le resultaba imposible mirar por mucho tiempo el ataúd pequeño.

Teresa permanecía junto a su familia.

Cuando las primeras paladas de tierra cayeron, llevó una mano hacia delante, pero Rafael la sostuvo antes de que se acercara. Julián recordó sus propios dedos presionando el pecho de la niña.

Contó las paladas hasta que perdió la cuenta.

Al final, Teresa caminó hacia él.

—El padre dice que van a buscar la casa.

Julián asintió.

—Quiero ir.

Rafael, que venía detrás, abrió la boca para protestar.

Ella no lo dejó hablar.

—No voy a quedarme imaginando lo que haya allí.

Esteban se acercó.

Acordaron salir después del mediodía. Irían los cuatro, con Efraín conduciendo la embarcación. Julián pensó en Tomás y sintió alivio al saber que el muchacho permanecería lejos de los canales.

Antes de partir visitaron a Candelaria.

La mujer escuchó lo de la muñeca en el patio sin interrumpir. Después fue hasta un armario y sacó una caja de galletas que contenía papeles y fotografías.

Los extendió sobre la mesa.

—Mi madre guardaba todo.

Encontró una imagen amarillenta de tres mujeres frente a un puesto de flores. Señaló a la de las trenzas.

—Ella era Leonor Barragán.

Julián la reconoció.

Era más joven de lo que recordaba, pero tenía la misma expresión reservada.

—¿Su marido sigue vivo? —preguntó Esteban.

—No. Murió hace años.

—¿Y ella?

Candelaria sostuvo la fotografía por los bordes.

—Mi madre decía que se fue a vivir con una hermana. Nunca supe dónde.

Debajo de la imagen apareció un papel doblado, con manchas de grasa.

Era una carta.

Candelaria recorrió las primeras líneas y se quedó inmóvil.

—Está firmada por Leonor.

La fecha correspondía al año en que Aurelia había desaparecido.

El sacerdote le pidió permiso para leerla.

La letra era pequeña, apretada. Leonor agradecía unos alimentos y pedía que nadie fuera a la chinampa al anochecer. Más abajo había una frase subrayada:

«Anoche volvió a llamarme desde el agua. Mi hija nunca me decía Leonor».

Teresa apoyó ambas manos sobre la mesa.

La pregunta quedó sin respuesta.

Candelaria dobló cuidadosamente la carta.

—Mi madre no nos contó esto.

Efraín los llevó por un canal donde las ramas se encontraban sobre el agua.

La trajinera era pequeña, sin flores ni música. Rafael sostenía una lámpara de mano, aunque todavía había luz suficiente. Teresa llevaba el dibujo de Inés dentro de la carpeta.

Julián iba junto al sacerdote.

Habían dejado la muñeca sin brazos en la cubeta, cubierta con una tabla. Esteban encargó a la mujer que limpiaba la parroquia que no la moviera.

Al tomar el último desvío, Efraín redujo la marcha.

—Ahí bajaron.

Una lengua de tierra sobresalía entre los carrizos.

Más atrás se distinguía la casa: dos paredes de adobe, una ventana sin marco y restos de tejas entre la hierba. Un árbol crecía junto a la entrada, inclinado sobre lo que había sido el techo.

Teresa sacó el dibujo.

La disposición de las ramas coincidía.

Julián no quiso decirlo en voz alta.

Efraín aseguró la embarcación.

—Voy con ustedes.

Bajaron uno a uno.

La tierra cedía bajo los zapatos. Rafael ayudó a su hermana a pasar entre dos raíces.

Desde allí, la casa parecía menos abandonada.

Había un sendero estrecho entre la maleza.

Alguien lo había recorrido recientemente.

Dentro encontraron botellas rotas, costales deshechos y una silla sin asiento. El suelo conservaba fragmentos de losetas. En una pared había un rectángulo más claro donde debió colgar un cuadro.

Esteban revisó los rincones antes de permitir que Teresa entrara.

Julián permaneció junto a la ventana.

Recordaba haber pasado frente a aquella casa muchos años atrás. A veces Leonor lavaba ropa en la orilla. Su marido lo saludaba desde los cultivos.

Nunca había desembarcado.

Teresa se acercó al muro del fondo.

Allí sobrevivían varias rayas hechas con carbón, una sobre otra, con pequeñas fechas al lado.

Marcas de crecimiento.

La última estaba a la altura de su cintura.

—Aquí vivía —murmuró.

Rafael se agachó junto a un montón de madera.

Apartó una tabla y descubrió una lata oxidada.

Dentro había botones, un dedal y una aguja todavía ensartada con hilo azul.

Julián sintió una presión en la garganta.

—No toque más.

Rafael levantó la mirada.

—Tenemos que revisar.

El anciano no discutió.

Observó el hilo mientras el hombre colocaba la lata sobre una piedra.

Entonces Teresa llamó desde el otro cuarto.

Era una habitación pequeña, abierta al cielo por el derrumbe del techo. En el suelo había un ropero caído. Teresa señalaba la parte interior de una de sus puertas.

Alguien había pegado allí recortes de flores y una estampa religiosa. Entre ellos se conservaba una fotografía.

Una niña estaba sentada sobre un banquito.

Tenía el cabello oscuro, un vestido sencillo y un zapato rojo de niña en la mano. El otro pie estaba descalzo. Julián pensó en el zapato diminuto atrapado dentro del cuerpo de costal. No podía ser el mismo: aquel era de plástico, un accesorio de juguete. Pero repetía el color y la ausencia que mostraba la fotografía.

Esteban se arrodilló para observar la imagen.

Rafael la desprendió con cuidado. Detrás había un nombre escrito:

«Aurita, seis años».

Teresa se llevó la fotografía al pecho.

—Esta es la que dibujó Inés.

Julián miró hacia la puerta.

Efraín estaba afuera, inmóvil.

—Vengan a ver.

El trajinero había encontrado una tabla junto a la orilla. Estaba clavada entre dos postes, casi oculta por los carrizos.

La madera tenía palabras grabadas con una punta.

Julián apartó las hojas.

«NO CONTESTES DESPUÉS DE OSCURECER».

Debajo, con una letra distinta:

«AUNQUE CONOZCAS LA VOZ».

Rafael quiso arrancar la tabla.

Esteban lo detuvo.

—Primero mírela.

En la cara posterior había varias muescas profundas, agrupadas de cinco en cinco. Algunas atravesaban casi toda la madera.

Teresa retrocedió hacia la casa.

—¿Qué estaban contando?

Nadie lo sabía.

Efraín miró el cielo.

—Hay que irnos.

Todavía faltaban horas para que oscureciera, pero las ramas cerraban la luz sobre el terreno. El trajinero se dirigió a la embarcación para comprobar la cuerda.

Julián quiso seguirlo.

Un sonido lo detuvo.

Tres golpes.

Venían de debajo del ropero.

Rafael levantó la lámpara y regresó al cuarto.

—Puede haber un animal.

Los golpes se repitieron.

Esteban entró detrás de él. Entre ambos movieron el mueble unos centímetros. La madera podrida se quebró y dejó al descubierto una tapa en el suelo.

Tenía una argolla.

Rafael tiró de ella.

La tapa no cedió.

Julián vio que la aseguraban dos clavos, puestos desde arriba.

—Espere.

El hombre volvió a tirar.

Uno de los clavos se desprendió.

Desde el hueco salió una corriente de aire frío.

Olor a tierra húmeda.

Y después una voz:

—Mamá.

Teresa soltó la carpeta.

Los papeles se esparcieron por el suelo.

—Inés.

Dio un paso hacia la tapa.

Julián se interpuso.

La mujer intentó apartarlo.

—Es ella.

Debajo del suelo, la voz volvió a hablar.

Esta vez pronunció el nombre completo de Teresa.

Ella se detuvo.

Esteban bajó la tapa con ambas manos.

Rafael colocó encima un pedazo del ropero mientras Julián ayudaba a Teresa a salir. Ella caminaba sin mirar el suelo, con el pañuelo apretado entre los dedos.

Efraín los esperaba en la embarcación.

Subieron deprisa.

Cuando Rafael estuvo a bordo, el trajinero empujó con la vara.

La embarcación no se movió.

Volvió a intentarlo.

El agua se hundió junto a la proa, formando un remolino pequeño.

Julián miró la casa.

En la ventana había una niña.

Solo alcanzó a ver su vestido azul y una mano apoyada en el adobe. Luego Efraín dio un tercer impulso y la trajinera se separó de la orilla.

La figura desapareció.

Rafael comenzó a recoger los papeles que había rescatado del suelo. Entre ellos encontró una hoja que no pertenecía a Teresa.

Era un trozo de cuaderno, doblado muchas veces.

Julián lo abrió.

La primera línea estaba escrita con la misma letra de la carta de Leonor:

«Mi hija murió aquella noche».

Más abajo, las palabras parecían hechas a toda prisa.

«Lo que salió del agua aprendió a hablar como ella».