Capítulo 5 de 13
La otra niña
Julián salió de la chinampa con ellos.
El padre Esteban le sostuvo la bolsa mientras subía a la canoa. Tomás se acomodó en el centro, con el tobillo envuelto en un pañuelo, y dejó que el sacerdote tomara la vara.
Antes de alejarse, Julián miró las muñecas.
La del vestido azul tenía la cabeza inclinada sobre un hombro. Matilde colgaba junto al tronco, con el listón amarillo visible entre las hojas.
Nada se movía.
Durante el trayecto, Tomás mantuvo la pierna recogida. Cada vez que la embarcación rozaba un carrizo, se volvía hacia el sonido.
—¿Te duele? —preguntó Julián.
El muchacho asintió.
El anciano quiso pedirle perdón. No había provocado que la tabla se rompiera ni que aquellas marcas aparecieran, pero había sido él quien los llevó hasta el árbol.
—Tu mamá va a enojarse conmigo.
—Se va a enojar con todos.
Tomás intentó sonreír.
Esteban remaba con movimientos cortos, poco hábiles. Aun así, ninguno le ofreció ayuda. Julián estaba pendiente del agua; Tomás, de las orillas.
Cuando alcanzaron un canal más ancho, encontraron una trajinera con músicos. Una trompeta lanzó las primeras notas de una canción alegre.
Tomás se cubrió el rostro.
Solo entonces comenzó a llorar.
Candelaria los esperaba en el embarcadero.
Vio el pañuelo alrededor del tobillo de su hijo y bajó de inmediato hasta la canoa.
—¿Qué pasó?
Tomás empezó a explicar lo de la tabla. Su madre lo escuchó mientras deshacía el nudo.
Las marcas seguían allí.
Cinco manchas alargadas rodeaban el tobillo, demasiado separadas para pertenecer a una mano pequeña.
Candelaria levantó los ojos hacia Julián.
El anciano no intentó darle una explicación.
—Hay que llevarlo a que lo revisen —dijo Esteban.
La mujer ayudó a su hijo a levantarse.
Antes de partir, se volvió hacia ellos.
—Ninguno regresa esta noche.
Julián asintió.
Aquella orden le produjo más alivio que vergüenza.
Durmió en el cuarto de la parroquia.
Al principio se despertaba con cada puerta que cerraban. Después el cansancio lo venció y pasó varias horas sin soñar.
Cuando abrió los ojos, encontró un vaso de agua sobre una silla.
Esteban había dejado también un pan y una nota: «Estoy en la oficina».
Julián bebió despacio.
No olía a canal.
Se lavó la cara, se puso la camisa limpia y salió al patio. Una mujer barría las hojas acumuladas cerca de una jardinera. Dos niños discutían por una pelota.
Se quedó observándolos.
Uno lanzó la pelota demasiado fuerte. El otro corrió a recogerla y regresó protestando. A Julián le pareció extraordinario que pudieran alejarse unos pasos y volver.
En la oficina, Teresa estaba sentada frente al escritorio.
Su hermano permanecía junto a la ventana.
La mujer se levantó cuando lo vio.
—¿Pudo dormir?
Él respondió que sí.
Teresa tenía los ojos inflamados. Sobre la mesa descansaba la carpeta de fotografías. Esteban les explicó que la familia había concluido los trámites para recuperar el cuerpo de Inés. El entierro sería al día siguiente.
Julián se quitó el sombrero.
—Quisiera ir.
Teresa asintió.
Después sacó una hoja de la carpeta.
—Anoche encontré esto entre sus cosas.
Era un dibujo hecho con lápices de colores.
Mostraba una embarcación, un árbol y tres figuras sobre una franja verde. Dos eran grandes. La tercera tenía un vestido blanco y cabello oscuro.
Julián examinó la hoja.
—¿Lo hizo antes del paseo?
—Sí. El viernes.
El anciano miró al sacerdote.
Esteban se inclinó para observarlo.
—¿Ya habían ido a ese lugar?
—Inés no —respondió Teresa—. Nosotros estuvimos en Xochimilco hace años, pero ella todavía no nacía.
Julián recorrió con el dedo el árbol dibujado. De una rama colgaba algo rojo.
Podía ser una flor.
También un zapato.
Teresa les contó que Inés llevaba semanas hablando de una amiga.
La llamaba «la niña de allá».
Al principio había creído que se trataba de una compañera de la escuela. Su hija mencionaba juegos, pequeños disgustos, cosas que una niña decía de otra.
—Una vez me pidió hilo azul.
—¿Para qué? —preguntó Julián.
—Dijo que su amiga tenía el vestido roto.
El anciano dejó de mirar el dibujo.
Esteban acercó una libreta.
—¿Cuándo fue eso?
—No recuerdo el día. Hace unas dos semanas.
El sacerdote anotó.
Teresa siguió hablando:
—Le pregunté por qué no le decía a su mamá. Inés respondió que no tenía.
El hermano, que hasta entonces había guardado silencio, se apartó de la ventana.
—Teresa, los niños inventan amigos.
—Ya sé.
—Ese dibujo puede ser cualquier árbol.
La mujer bajó la cabeza.
Julián sintió ganas de darle la razón al hombre. Habría sido un alivio guardar la hoja, acompañarlos al entierro y dejar que todo lo demás se deshiciera con el tiempo. Pero había visto el vestido azul antes de conocerlos.
—¿Su hija tenía otra muñeca? —preguntó.
—Varias. Matilde era la que llevaba siempre.
—¿Una de cabello rubio?
Teresa pensó unos segundos.
—Sí. La regalamos el año pasado.
Julián sacó el pañuelo del bolsillo y se secó las manos.
Esteban advirtió el movimiento.
—¿Qué tiene?
El anciano describió la cabeza encontrada entre el carrizo. Teresa buscó una fotografía en la carpeta. Era una imagen tomada en una fiesta: Inés estaba junto a una mesa de pastel, rodeada de juguetes.
Señaló una muñeca rubia.
Julián la reconoció por las pestañas.
En la fotografía todavía tenía cuerpo.
El hermano de Teresa se sentó.
—Alguien está haciendo esto.
Nadie respondió enseguida.
—Alguien que conocía a Inés —continuó—. Que vio sus juguetes. Que sabe dónde vive este señor.
Julián agradeció aquella posibilidad. Podía temer a una persona, buscarla, cerrar mejor su puerta.
Luego recordó el agua saliendo de Matilde.
—¿Y lo de Tomás?
El hombre miró a Esteban.
—Se cayó. Había madera debajo del agua. Pudo engancharse.
El sacerdote cerró la libreta.
—Conviene hablar con el trajinero. Necesitamos saber dónde desembarcaron.
Acordaron buscarlo esa misma tarde.
Teresa guardó las fotografías, pero dejó el dibujo sobre la mesa.
—Quédenselo.
Su hermano salió primero.
La mujer se detuvo junto a Julián.
—Si vuelve a escucharla…
No terminó la frase.
Él esperó.
Teresa apretó la carpeta contra el pecho.
—Dígale que fui a buscarla.
El trajinero se llamaba Efraín.
Lo encontraron reparando una banca cerca del embarcadero. Al ver al hermano de Teresa dejó el martillo.
No discutió ni trató de excusarse.
—Ya le dije a los policías todo lo que recuerdo.
Esteban le pidió que señalara el recorrido.
Efraín utilizó un pedazo de madera para trazar líneas sobre la tierra. Marcó un canal ancho, un desvío y una curva.
Julián se agachó junto a él.
—Ahí no hay paso.
—Ahora no. Antes se podía rodear.
El anciano reconoció el lugar: una chinampa abandonada, con una construcción de adobe derrumbada entre los árboles.
Quedaba a unos veinte minutos de su terreno.
—¿Los dejó ahí?
Efraín asintió.
—La señora me pidió detenerme. Había tierra firme.
—¿Quién vivía?
El trajinero miró hacia el embarcadero.
—Los Barragán, hace mucho.
Julián conocía el apellido. Recordaba a un hombre que vendía flores y a una mujer que llevaba dos trenzas hasta la cintura.
No recordaba niños.
—¿Por qué se fueron?
Efraín recogió el martillo.
—Eso pregúntenle a alguien más viejo.
Candelaria supo de quién hablaban antes de que Julián terminara de describir la casa. Estaban en su cocina. Tomás descansaba en un cuarto contiguo; quien lo había revisado recomendó que no apoyara mucho el pie durante unos días.
La mujer apartó una olla del fuego.
—Mi madre conocía a la señora.
—¿Tenían hijos?
Candelaria tardó en contestar.
—Una niña.
Julián miró a Esteban.
El sacerdote sacó su libreta.
—¿Cómo se llamaba?
—Aurelia. Mi madre decía Aurita.
—¿Qué le pasó?
Candelaria se sentó.
—Se perdió.
Julián sintió que la cocina se enfriaba.
—¿En el canal?
—La buscaron allí. También en otras partes. Nunca la encontraron.
—¿Hace cuánto?
La mujer miró hacia el cuarto de Tomás, como si necesitara comprobar que seguía cerca.
—Yo tendría diez años. Mi madre nos prohibió volver a ese terreno.
Esteban anotó el nombre.
Candelaria continuó:
—La mamá de Aurita salió una madrugada. Dejó la puerta abierta. Cuando regresó, la niña ya no estaba.
Julián recordó la voz que había dicho: «No tiene dónde dormir».
—¿Por qué salió?
—No sé. Mi madre nunca quiso contarme.
Desde el cuarto llegó el ruido de un vaso sobre una mesa.
Tomás llamó a su madre.
Candelaria fue a verlo.
Julián permaneció sentado, observando la libreta.
Esa noche, en la parroquia, Esteban extendió el dibujo de Inés bajo la lámpara.
Julián se inclinó sobre el papel.
El sacerdote había notado unas letras junto a la figura del vestido blanco. El color era tenue y quedaba oculto entre las rayas que representaban el agua.
Leyeron primero una A.
Después una U.
Julián acercó más la lámpara.
Debajo del árbol, escrito con la letra irregular de una niña, estaba el nombre completo:
Aurelia.
El anciano se sentó lentamente.
Desde el patio llegó un golpe.
Esteban salió a mirar.
Julián lo siguió hasta la puerta.
Junto a la jardinera había una muñeca pequeña, sin brazos, envuelta en carrizo húmedo.
Ninguno se acercó.
Del juguete salió un hilo de agua que avanzó entre las losas hasta detenerse a los pies de Julián.
Entonces, desde el otro lado del muro, una niña dijo:
—La dejaste sola.