Capítulo 4 de 13

Fuera de la chinampa

Julián acercó el oído a la puerta.

Las voces llegaban desde el ahuejote, mezcladas con el roce de las ramas. Una hablaba despacio; la otra respondía con sonidos breves que él no alcanzaba a distinguir. Por momentos parecían dos niñas entretenidas en un juego.

Después oyó su nombre.

Se apartó de la madera.

La lámpara seguía encendida sobre la mesa. Junto a ella estaba la bolsa que había preparado para marcharse, con la camisa doblada y el cuaderno de las ventas. La miró como si perteneciera a otro hombre: uno que todavía podía cerrar su casa y pasar unos días fuera sin temer lo que encontraría al regresar.

Las voces cesaron.

Julián esperó el llanto, los golpes, cualquier señal que exigiera otra cosa. No llegó nada. La noche transcurrió entre los sonidos habituales del canal.

Durmió sentado, con el sombrero sobre las rodillas.

Cuando abrió los ojos, la luz entraba por las rendijas de los postigos.

Afuera estaban las dos muñecas.

La del vestido azul colgaba más baja. El cuerpo hecho con costal había perdido parte de su forma, pero el zapato rojo seguía atrapado en uno de los pliegues.

Julián no se acercó.

Tomó su bolsa y salió a esperar a Candelaria.

Tomás llegó solo.

—Mi mamá se quedó vendiendo. Dice que lo lleve primero con el padre.

Julián subió a la canoa sin discutir.

El muchacho miró hacia el árbol antes de soltar la cuerda.

—Ahora tiene dos.

—Encontré las piezas.

—¿Y les hizo cuerpo?

Julián acomodó la bolsa entre sus pies.

—Rema.

Tomás empujó la canoa con la vara.

Durante los primeros minutos ninguno habló. El muchacho dirigía la embarcación cerca de la orilla, evitando los manojos de vegetación que se acumulaban en los pasos angostos.

Al llegar al recodo, Julián volvió la cabeza.

Los árboles ocultaban ya la vivienda.

Sintió alivio, seguido por una preocupación absurda: había dejado apagadas las veladoras.

Se obligó a mirar hacia delante.

—Anoche se quedaron calladas —dijo.

Tomás dejó de remar un instante.

—¿Quiénes?

Julián cerró los ojos.

—Nada. Sigue.

El muchacho obedeció, pero a partir de entonces evitó darle la espalda por completo. El padre Esteban había preparado un cuarto detrás del patio de la parroquia.

Tenía una cama estrecha, una palangana y una ventana que daba a un muro. Olía a jabón y a ropa guardada.

Julián dejó la bolsa junto al colchón.

El silencio de aquel lugar era distinto. No había agua debajo de las voces ni ramas rozando el techo. Escuchaba pasos en el patio, una escoba, el ruido de una puerta.

El sacerdote le llevó café.

—Descanse. Después comemos.

Julián se sentó en la cama.

—Colgué otra.

Esteban permaneció junto a la puerta.

—¿Otra muñeca?

Él contó lo sucedido con la caja, el ojo y el vestido azul. Al mencionar las dos voces, el sacerdote acercó una silla.

—¿Qué decían?

—No entendí.

—¿Reconoció alguna palabra?

—Mi nombre.

Esteban guardó silencio.

Julián esperaba otra pregunta sobre el sueño o los medicamentos. En cambio, el sacerdote le pidió que lo acompañara a la oficina. Sobre el escritorio había varios papeles sujetos con un broche.

—Esta mañana vino el policía que estuvo en su chinampa.

Julián se quedó de pie.

—¿Ya saben quién era?

—Hay una familia buscando a una niña. Quieren hablar con usted.

El anciano apoyó una mano en el escritorio.

—¿Son sus padres?

—Todavía están tratando de confirmarlo.

Esteban le acercó una fotografía.

Una niña sonreía frente a una pared verde. Tenía el cabello oscuro dividido en dos mechones y sostenía una muñeca contra el pecho.

Julián tomó la imagen.

La niña que había sacado del canal tenía el rostro hinchado, frío, con el cabello adherido a las mejillas. Aun así, reconoció la forma de la nariz.

Luego miró el juguete.

Una pierna estaba doblada hacia atrás.

La madre llegó después del mediodía.

Se llamaba Teresa y venía acompañada por su hermano. Él llevaba una carpeta; ella sujetaba un pañuelo húmedo entre las manos.

Esteban les ofreció asiento.

Teresa no se sentó hasta que Julián lo hizo.

—Me dijeron que usted la encontró.

El anciano asintió.

Ella miró hacia la ventana.

—Se llama Inés.

Julián apretó el sombrero entre las manos.

Desde que la había encontrado había intentado imaginar un nombre. Ahora que lo conocía, le parecía imposible que nadie se lo hubiera dicho antes.

—Cumplió ocho en abril —añadió Teresa.

Su hermano puso la carpeta sobre sus rodillas.

—Desapareció el domingo. Vinimos a comer con unos familiares y después salimos en una trajinera.

Julián recordó a Tomás hablando de embarcaciones perdidas.

—¿Por los canales de atrás?

El hombre asintió.

Teresa apretó el pañuelo.

—Bajamos en una chinampa porque Inés quería ir al baño. Mi hermana la acompañó, pero ella regresó antes. Cuando fuimos a buscarla, ya no estaba.

—¿Cerca de mi terreno?

—No sabemos dónde era —respondió el hermano—. El trajinero dice que puede llevarnos, pero todo se parece.

Teresa sacó otra fotografía de la carpeta.

Esta vez la niña aparecía sola, con un vestido claro.

Julián reconoció el borde bordado que había sentido bajo el agua.

—Es ella —dijo.

La mujer cerró los ojos.

Su hermano le sostuvo el hombro.

Julián quiso explicar que había intentado hacerla respirar, pero Teresa habló primero.

—¿Estaba sola?

—Sí.

—¿No había nadie cerca?

—Yo no vi a nadie.

La mujer miró la fotografía que él todavía tenía en la mano.

—Llevaba su muñeca.

Julián sintió que la habitación se estrechaba.

—Encontré una.

Teresa levantó la cabeza.

—¿La tiene?

Él tardó demasiado en responder.

—Está en mi chinampa.

—Quiero verla.

Regresaron esa tarde.

Tomás condujo la primera canoa con Julián y el padre Esteban. Teresa y su hermano los siguieron en una embarcación prestada.

Nadie hablaba.

Al aproximarse al terreno, Julián vio las muñecas entre las ramas y deseó haberlas quitado antes. El cuerpo de costal resultaba vergonzoso bajo la luz del día: un bulto mal cosido, un vestido demasiado pequeño.

Teresa desembarcó con ayuda de su hermano.

Caminó directamente hacia el ahuejote.

Julián permaneció junto a la canoa.

La mujer se detuvo debajo de la primera muñeca.

—Es Matilde.

Lo dijo con una ternura que le hizo daño.

Le tocó el pie, después la pierna torcida.

—Se le rompió hace meses. Inés no quiso que compráramos otra.

Teresa vio el listón amarillo.

Sus dedos quedaron inmóviles.

—Yo se lo puse el domingo.

El padre Esteban miró a Julián.

El anciano apenas pudo asentir.

La mujer buscó el nudo del mecate.

—Voy a llevármela.

Julián avanzó de inmediato.

—Espere.

Teresa se volvió.

—Es de mi hija.

Él soltó la cuerda que había alcanzado a sujetar.

No podía contarle que había oído una voz ordenándole que no se la llevara. Tampoco tenía derecho a impedirle recuperar aquel juguete.

El hermano de Teresa sacó una navaja.

Cortó el mecate por debajo de la rama.

La muñeca cayó en brazos de la mujer.

El agua golpeó la orilla.

Tomás levantó la vista desde el embarcadero.

Una ondulación larga avanzaba por el canal. No había pasado ninguna embarcación cerca.

La canoa vacía se separó de la tierra hasta tensar su cuerda.

Esteban acompañó a Teresa hacia la vivienda.

—Podemos envolverla para que no se manche.

Julián seguía mirando el árbol.

La segunda muñeca había girado.

El rostro rubio apuntaba hacia la mujer.

—¿Esa también estaba con ella? —preguntó el hermano.

—No —respondió Julián.

Tomás tiró de la cuerda para acercar la canoa.

Entonces la madera del embarcadero crujió bajo sus pies.

El muchacho perdió el equilibrio.

Julián lo vio inclinarse y corrió.

Alcanzó a sujetarlo por la camisa cuando una tabla se desprendió. Tomás cayó de rodillas sobre el borde, con una pierna dentro del agua.

Gritó.

El hermano de Teresa llegó a ayudarlos.

Entre ambos lo arrastraron hasta tierra.

El muchacho se aferraba al brazo de Julián.

—Me agarró.

—La tabla —dijo el hombre, todavía jadeando.

Tomás negó violentamente.

Se levantó el pantalón.

Alrededor de su tobillo había cinco marcas rojizas.

Teresa dejó la muñeca sobre la mesa para acercarse a ellos.

En ese instante se oyó un golpe dentro de la vivienda.

Todos volvieron la cabeza.

El juguete estaba en el suelo.

La mujer entró a recogerlo, pero se detuvo en el umbral.

Julián llegó detrás.

Del agujero en la espalda de la muñeca salía agua. Se extendía por la tierra, oscura, espesa, aunque el plástico había permanecido seco desde la mañana.

Teresa se cubrió la boca.

Julián encontró un mecate entre sus herramientas.

Le pidió permiso con una mirada.

Ella no contestó.

El anciano levantó el juguete, lo llevó al ahuejote y volvió a sujetarlo bajo los brazos.

Cuando terminó el nudo, el agua del canal se aquietó.

Nadie quiso quedarse.

Antes de subir a la canoa, Teresa se acercó a Julián.

—Cuando Inés regresó hacia la trajinera, mi hermana la oyó hablando.

El anciano la miró.

—¿Con quién?

—No vio a nadie. Pensó que estaba jugando con Matilde.

Teresa apretó el pañuelo.

—Decía que una niña le había pedido ayuda.

Detrás de ellos, entre las ramas, sonó una risa breve.

Teresa cerró los ojos.

Julián sostuvo su brazo hasta que pudo subir a la embarcación.