Capítulo 3 de 13

Una compañera para el silencio

Julián retrocedió hasta que su espalda chocó con el tronco.

La mano de la muñeca seguía extendida hacia la vivienda. El listón amarillo, empapado, se adhería al plástico como una tira de piel.

No quiso volver a pasar debajo de ella.

Rodeó el árbol, caminó entre los surcos y entró en la casa por un costado. Al cerrar la puerta, la lámpara golpeó la madera. La sostuvo con ambas manos hasta que dejó de temblar.

Dentro todo parecía estar en su sitio.

La olla, el sombrero, la camisa colgada.

Sin embargo, el olor del canal había entrado con él.

Se acercó a la cama.

La almohada estaba seca. También la manta. Levantó un borde, revisó debajo y después se agachó para mirar el suelo.

Encontró algo junto a una de las patas.

Era un pequeño círculo de barro.

Lo tocó con el índice.

Todavía estaba húmedo.

Julián se quedó arrodillado, siguiendo con la lámpara otros dos círculos que se prolongaban hasta la pared. No tenían la forma de una huella. Parecían gotas caídas desde un objeto que alguien hubiera llevado por la habitación.

La puerta había permanecido trancada.

Recordó la muñeca mojada en el árbol.

Se incorporó lentamente.

El ruido empezó cuando estaba a punto de apartar la cama: un golpecito dentro de la pared, a la altura de sus rodillas.

Después otro.

Julián apoyó la palma sobre la madera.

Sintió la vibración.

—Ya te dejé tu juguete —dijo.

Los golpes cesaron.

Permaneció allí hasta que le dolieron las piernas. Luego arrastró la silla junto a la puerta y se sentó con la lámpara entre los pies.

No volvió a acostarse.

Tomás lo encontró dormido al amanecer.

Tuvo que llamarlo varias veces desde afuera. Cuando Julián abrió, el muchacho dejó de sonreír.

—¿Está enfermo?

—No dormí bien.

—Parece que no durmió nada.

Llevaba una bolsa de pan y un jarro envuelto en un trapo.

—Mi mamá dice que se tome el atole antes de que se enfríe.

Julián se apartó para dejarlo entrar.

Tomás puso las cosas sobre la mesa y miró la silla atravesada frente a la puerta.

—¿Pasó algo?

El anciano estuvo a punto de contarle.

Imaginó al muchacho repitiéndolo en el embarcadero, las risas, las personas que vendrían a mirar su casa. También imaginó al policía anotando en otra hoja que el viejo de la chinampa oía voces.

—Un animal estuvo rascando.

Tomás aceptó la explicación, aunque siguió observándolo.

Mientras Julián bebía el atole, el muchacho salió a revisar los cultivos. Regresó casi enseguida.

—¿De dónde salió el listón?

El jarro quedó suspendido frente a la boca del anciano.

—¿Cuál?

—El amarillo. La muñeca no lo tenía ayer.

Julián dejó el atole.

Ahora alguien más lo había visto.

—Estaba ahí cuando llegué del mercado —mintió.

Tomás se acercó a la puerta.

—A mi hermana le gustan esos listones. Mi mamá le compra de varios colores.

Julián recordó las uñas llenas de tierra.

—¿Tu hermana sale en las trajineras?

—A veces.

—Que no se asome.

El muchacho se volvió.

—Mi mamá no la deja.

—Aunque haya alguien cuidándola.

Tomás asintió sin bromear.

Candelaria llegó antes del mediodía.

Su hijo le había contado que Julián estaba pálido y que había pasado la noche sentado. Ella traía un manojo de hierbabuena, pero lo dejó sobre la mesa sin ofrecer explicaciones.

—Tomás va a revisar la canoa —dijo.

El muchacho entendió y salió.

Candelaria esperó hasta oírlo alejarse.

—Ahora sí dígame.

Julián miró sus manos.

Contó lo de la muñeca sobre la almohada, la voz en la puerta y la veladora apagada. Al hablar del listón tuvo que detenerse.

La mujer no lo interrumpió.

Cuando terminó, ella se frotó los brazos.

—¿La vio?

—A la niña, no.

—¿Y la voz era de ella?

—¿Cómo voy a saber? Cuando la encontré no hablaba.

Candelaria bajó la mirada.

—Tiene razón.

Julián agradeció que no intentara consolarlo de inmediato.

Ella salió hasta el árbol. Él la siguió a cierta distancia.

La muñeca tenía los brazos caídos.

Durante la noche uno había apuntado hacia la casa. Julián se lo dijo, pero Candelaria solo observó la cuerda y el listón.

—¿Puedo tocarla?

El anciano sintió el impulso de impedírselo.

—Mejor no.

Ella retiró la mano.

—Mi abuela ponía agua junto a las veladoras cuando rezaba por un difunto. Decía que venían cansados.

—Esta viene mojada.

Candelaria lo miró.

Julián se dio cuenta de lo que acababa de decir. Ya hablaba de aquella presencia como si fuera una visita que regresaría.

—Podemos pedirle al padre que venga —propuso ella.

Él asintió.

Candelaria se dirigió al embarcadero, pero antes de subir se detuvo junto a una caja de madera.

La misma donde había dejado la muñeca al encontrarla.

—¿Esto estaba aquí?

Dentro había un pedazo de tela azul.

Julián lo levantó.

Era un vestido diminuto, hecho para un juguete.

Buscaron en la chinampa.

Tomás recorrió las orillas con una vara mientras Candelaria revisaba entre las cajas y los costales. Julián caminó detrás de la vivienda, apartando hierbas.

Encontró un zapato pequeño.

De plástico rojo.

Lo recogió y lo puso junto al vestido sobre la mesa.

Tomás apareció poco después con una cabeza de muñeca entre las manos. Tenía el cabello rubio enredado en una rama y uno de los ojos hundido.

—Estaba en el carrizo.

Candelaria le pidió que la dejara afuera.

Siguieron buscando.

No encontraron el cuerpo.

Julián examinó la cabeza sin levantarla. Era de un juguete distinto al que había colgado: más pequeño, con la boca cerrada y unas pestañas negras adheridas al párpado sano.

—A lo mejor lo tiraron desde una trajinera —dijo Tomás.

—A lo mejor —respondió Candelaria.

Pero el vestido estaba limpio.

La tela conservaba el azul y tenía un botón blanco cosido en la espalda. El zapato tampoco mostraba lama. Parecían cosas perdidas en una casa, no arrastradas durante días por el agua.

Julián guardó las tres piezas en la caja.

La llevó bajo el alero.

Esa tarde no trabajó.

El padre Esteban llegó cuando las sombras de los árboles empezaban a cruzar los surcos. Era un hombre de unos cuarenta años, de lentes gruesos, que había conocido a Julián por las verduras que llevaba algunas veces a la parroquia. Candelaria lo acompañaba.

El sacerdote escuchó la historia sentado junto a la mesa. Preguntó cuánto había dormido, si había comido y si tomaba algún medicamento.

Julián respondió con creciente impaciencia.

—Yo sé cuándo estoy despierto, padre.

Esteban juntó las manos.

—Le creo que está pasando por algo que lo asusta. Encontrar a una niña así también deja cosas que uno tarda en entender.

—El listón lo vimos todos.

Candelaria asintió.

El sacerdote pidió que se lo mostraran.

Frente al ahuejote permaneció un rato en silencio. Después rezó por la niña, por su familia y por Julián. El anciano escuchó con el sombrero apretado contra el pecho.

Cuando terminaron, Esteban se volvió hacia él.

—Venga a dormir cerca de la parroquia unos días.

—¿Y mis cultivos?

—Podemos ayudarle.

Julián miró la casa.

Le costaba marcharse después de años de defender su soledad. Aun así, pensó en la silla junto a la puerta y en la voz al otro lado.

—Mañana —dijo.

El sacerdote no insistió.

Antes de partir, bendijo la vivienda. Candelaria prometió regresar temprano con Tomás. Julián los vio alejarse hasta que la canoa dobló el recodo.

Por primera vez se permitió preparar una bolsa.

Guardó una camisa, unas monedas y el papel donde apuntaba las ventas.

Después se sentó a cenar.

La caja con las piezas de la segunda muñeca estaba afuera, bajo el alero. Desde la mesa distinguía una esquina, iluminada por la lámpara.

Cuando acabó de comer, la esquina se movió.

Julián dejó la tortilla.

La caja volvió a deslizarse, apenas unos centímetros.

Fue hasta la puerta.

Una rata, pensó.

Se inclinó y alumbró debajo.

No había nada.

La abrió con la punta de un palo.

La cabeza descansaba sobre el vestido azul. El zapato rojo estaba a su lado.

Julián acercó la luz.

El ojo hundido había vuelto a su sitio.

Retrocedió tan rápido que tropezó con el escalón.

Desde el árbol llegó un crujido.

La primera muñeca oscilaba, aunque las hojas permanecían quietas.

Entonces escuchó llorar.

Era un llanto bajo, fatigado. Venía de la caja.

Julián apoyó una mano en la puerta.

—¿Qué quieres?

El llanto cesó.

Esperó, sintiendo el sudor frío debajo de la camisa.

La respuesta llegó desde el ahuejote.

—No tiene dónde dormir.

Julián miró la cabeza pequeña, el vestido vacío.

Pensó en enterrarla. En arrojarla lejos. En subir a la canoa y remar hasta encontrar una casa con luz.

Pero cada posibilidad lo obligaba a caminar junto al agua.

Entró por un costal viejo.

Lo cortó, lo enrolló y le dio una forma torpe de cuerpo. Sujetó la cabeza con un cordel, acomodó el vestido azul y guardó el zapato en uno de sus pliegues.

Trabajó sin mirar hacia el árbol.

Cuando terminó, llevó aquella figura hasta una rama cercana a la primera muñeca. Ató el cordel con dedos entumecidos y tiró dos veces para asegurar el nudo.

El llanto no regresó.

Julián entró en la vivienda y cerró la puerta.

Por un rato solo oyó grillos.

Después, entre las ramas, dos voces pequeñas comenzaron a conversar.