Capítulo 2 de 13

La niña sin nombre

Julián no desató la muñeca.

Durante la mañana trabajó en los surcos cercanos a la vivienda, desde donde podía vigilar el ahuejote. Cada vez que levantaba la cabeza, encontraba el mismo rostro de plástico vuelto hacia el canal.

Quizá había torcido la cuerda al hacer el nudo.

Esa explicación le permitió terminar de recoger las acelgas. Sin embargo, evitó acercarse al árbol hasta que el sol estuvo alto. La tierra conservaba las marcas de la noche anterior. Allí había apoyado las rodillas para intentar que la niña respirara; un poco más lejos estaban las huellas de las botas de los policías. Entre ambas quedaba una franja lisa donde habían tendido la manta.

Julián removió aquella superficie con el pie.

No quería verla cada vez que pasara.

Después examinó el mecate. Seguía firme alrededor de la rama. La muñeca colgaba con los brazos abiertos y una pierna más baja que la otra.

Le tocó la frente.

Estaba caliente por el sol.

—Te vas a echar a perder aquí —murmuró.

Al escuchar sus propias palabras retiró la mano. ¿Por qué le hablaba como si pudiera entenderlo? Regresó por un costal y se dispuso a cortar hierba.

Tomás llegó poco después, acompañado por su madre.

Doña Candelaria desembarcó con una olla envuelta en una servilleta. Era una mujer de manos anchas y cabello recogido, acostumbrada a regatear sin alzar la voz. Julián la conocía desde que ella era niña.

—Le traje caldo —dijo—. Mi hermano vio pasar a los policías anoche.

Él recibió la olla.

—No tenía que molestarse.

—¿Comió algo?

Julián no recordaba haber desayunado.

Candelaria dejó también unas tortillas sobre la mesa. Mientras acomodaba la servilleta, miró la cama y los pantalones todavía húmedos que colgaban de un clavo.

—¿Usted la sacó?

Él asintió.

Tomás permanecía en la puerta.

—¿Era de por aquí? —preguntó.

—No sé.

—Dicen que tenía vestido blanco.

Julián alzó los ojos.

—¿Quién dice?

—En el embarcadero.

La rapidez con que había viajado la noticia le produjo una vergüenza inexplicable. Mientras él seguía sin comprender lo ocurrido, otros ya hablaban del vestido, del cuerpo y del árbol.

Candelaria se sentó frente a él.

—¿Le dijeron dónde preguntar por su familia?

—No.

—Podemos averiguar.

—Yo la encontré. Eso fue todo.

Ella aceptó la respuesta sin discutir, pero se quedó hasta que Julián empezó a comer.

Tomás salió a recorrer la orilla.

Un momento después llamó desde afuera:

—¿Por qué la colgó?

Julián dejó la cuchara.

El muchacho señalaba la muñeca.

—Para que no vuelva al agua.

—Pero ayer dijo que alguien podía venir a buscarla.

—Pues que venga.

Tomás miró a su madre, sorprendido por el tono. Candelaria salió de la vivienda y se acercó al árbol. Observó el juguete sin tocarlo.

—¿También apareció anoche?

—Antes. En la mañana.

La mujer volvió el rostro hacia Julián.

—¿Antes de la niña?

—Sí.

Durante unos segundos solo se escuchó el roce de la canoa contra el embarcadero.

Candelaria llamó a su hijo.

—Ayúdame con los costales.

Julián los acompañó hasta el mercado.

Necesitaba vender lo que había cosechado y comprar petróleo para la lámpara. Eso se dijo mientras remaba detrás de ellos. Al dejar su chinampa, sin embargo, sintió alivio. En los canales más transitados encontró el movimiento habitual: hombres transportando flores, mujeres con bolsas de mandado, trajineras recién pintadas esperando pasajeros. Desde una casa llegaba el olor de tortillas calientes.

El mundo seguía funcionando.

Julián amarró su canoa junto a otras embarcaciones y ayudó a bajar las verduras. En cuanto Candelaria comenzó a acomodarlas, él preguntó dónde habían llevado a la niña.

Ella no mencionó su negativa de la mañana.

—Tomás puede acompañarlo a preguntar.

El muchacho se limpió las manos en el pantalón. Caminaron entre puestos, bicicletas y vendedores que descargaban cajas. Julián escuchó dos veces que alguien lo nombraba a sus espaldas. Aceleró el paso.

En la oficina donde los enviaron, un hombre les indicó que esperaran. Había una banca pegada a la pared y un ventilador detenido sobre un archivero. Julián se sentó con el sombrero entre las manos. Tomás observaba los papeles del mostrador.

Finalmente salió el policía que había tomado notas.

Lo reconoció enseguida.

—¿Recordó algo más?

—Vengo a saber quién era.

El agente consultó una hoja.

—Todavía no la identifican.

—¿Nadie la está buscando?

—Puede haber un reporte en otra parte. Se está revisando.

Julián apretó el borde del sombrero.

—Tenía un listón amarillo.

El policía levantó la vista.

—¿En el cabello?

—Se cayó cuando la levantaron.

El hombre escribió algo.

—¿Usted lo recogió?

—No me dejaron acercarme.

El agente tardó en contestar.

—Voy a preguntar.

Julián sintió que aquello significaba que el listón se había perdido.

—¿Y si vienen sus padres?

—Se les avisará.

—Yo quisiera hablar con ellos.

El policía lo miró con más atención.

—¿Para qué?

Julián abrió la boca, pero no encontró una respuesta que pudiera pronunciar allí.

Quería decirles que había intentado ayudarla. Quería saber cuánto tiempo llevaba en el agua. Quería que alguien le confirmara que, cuando vio aquella mano entre las raíces, ya no había nada que hacer.

—Para contarles dónde estaba —dijo al fin.

El agente anotó cómo llegar a su chinampa.

Al salir, Tomás caminó unos metros en silencio.

—Usted hizo lo que pudo.

Julián siguió mirando el suelo.

No recordaba haberle contado sus intentos de reanimarla.

Antes de regresar compró dos veladoras.

Las guardó en el fondo de una bolsa, debajo de la botella de petróleo, como si alguien pudiera reprocharle aquel gasto. Antes de salir había devuelto a Candelaria la olla del caldo. Ahora ella le entregó el dinero de las verduras.

—Véngase a dormir a la casa —propuso—. Tomás puede llevarlo mañana temprano.

Julián negó con la cabeza.

—Tengo cosas que hacer.

Ella le sostuvo la mirada.

—Entonces deje encendida la luz.

No preguntó por qué.

Emprendió el regreso al atardecer. Conforme se alejaba de los embarcaderos, las voces disminuían y el agua parecía oscurecerse antes que el cielo.

Al doblar el último recodo vio la muñeca.

Desde la canoa daba la impresión de que estaba esperando su llegada. Julián amarró, descargó sus compras y buscó un lugar seco junto al ahuejote. Puso una veladora sobre un ladrillo.

Le costó encenderla. Las primeras cerillas se apagaron entre sus dedos. Cuando consiguió prender la mecha se quitó el sombrero.

Sabía el padrenuestro, pero tuvo que empezar dos veces.

Al terminar miró la pequeña llama.

—No sé cómo te llamabas —dijo—. Si tu mamá viene, le voy a enseñar dónde estabas.

El canal permaneció quieto.

Julián volvió a ponerse el sombrero y entró en la casa.

Esa noche trancó la puerta antes de cenar.

Dejó la lámpara encendida sobre la mesa y se acostó con las botas al alcance de la mano. Durante un rato oyó grillos, un perro lejano y el crujido de las ramas.

Se durmió sin advertirlo.

Lo despertaron tres golpes.

Eran suaves, separados por una pausa.

Julián se incorporó.

Los golpes se repitieron, esta vez desde la parte baja de la puerta.

—¿Quién es?

Algo rozó la madera.

Él metió los pies en las botas y tomó la lámpara. La llama se movió dentro del vidrio.

—Diga quién es.

Una voz respondió del otro lado:

—Se apagó.

Julián sintió frío en el vientre.

Era la misma voz que había escuchado al amanecer.

Miró la tranca.

Podía llamar a Tomás, pensó, pero el muchacho estaba demasiado lejos. Podía esperar. Podía convencerse de que seguía soñando.

—¿Qué se apagó?

No hubo respuesta.

Acercó la lámpara al hueco entre la puerta y el suelo. Una sombra interrumpía la franja de oscuridad. Parecían dos pies pequeños detenidos frente al umbral.

Julián retrocedió.

La sombra desapareció.

Después escuchó pasos sobre la tierra mojada.

Esperó hasta que cesaron. Solo entonces retiró la tranca y abrió.

No había nadie.

La veladora del árbol estaba apagada.

Se acercó con la lámpara en alto. La cera conservaba un pequeño charco alrededor de la mecha; el vaso estaba tibio. No soplaba viento.

Encendió otra cerilla.

Antes de acercarla, una gota cayó desde arriba y la extinguió.

Julián alumbró las ramas.

La muñeca estaba mojada.

El agua le escurría por la pierna doblada, aunque no había llovido.

Bajo sus pies, la tierra se había oscurecido formando un círculo. Julián sostuvo la lámpara hasta que le dolió el brazo. Buscó entre las hojas algo que explicara aquella humedad.

Entonces distinguió una tira amarilla atada a la muñeca.

El listón estaba anudado alrededor de la articulación izquierda del juguete. El mismo listón que había visto caer junto a la manta.

Julián no lo tocó.

Bajó la lámpara y miró hacia el canal. Cerca de las raíces aparecieron unas burbujas. Una tras otra fueron desplazándose hasta detenerse frente a él. Desde algún punto debajo de la orilla llegó un roce lento, como si alguien arrastrara las uñas por la madera del embarcadero.

Julián empezó a rezar.

Apenas había pronunciado las primeras palabras cuando oyó a la niña otra vez.

—No se la lleves.

La voz había sonado junto a su oído.

Él giró bruscamente, levantando la lámpara.

La chinampa estaba vacía.

Cuando volvió a mirar el árbol, la mano de plástico con el listón amarillo apuntaba hacia su casa.