Capítulo 1 de 13
Lo que devuelve el agua
La primera muñeca llegó antes que la niña.
Don Julián la encontró atorada entre las raíces de un ahuejote, al amanecer de un lunes. Tenía el cuerpo de plástico hinchado, una pierna doblada hacia atrás y los ojos abiertos. El agua le había arrancado casi todo el cabello; apenas conservaba un mechón oscuro pegado a la frente.
La recogió con la punta de una vara.
—Mira dónde viniste a dar —murmuró.
En los canales aparecía de todo: botellas, zapatos, ramos marchitos, juguetes que algún niño dejaba caer desde una trajinera. Julián solía apartar la basura para que no se enredara entre sus cultivos. Aquella muñeca, sin embargo, pesaba más de lo que esperaba.
La sacudió sobre el canal.
Del pequeño agujero que tenía en la espalda salió un hilo de agua turbia.
Pensó en echarla al costal de desperdicios, pero acabó dejándola sobre una caja de madera, junto a la puerta de su vivienda. Quizá alguna familia regresaría a buscarla.
Después se fue a revisar las calabazas.
Su chinampa estaba lejos de los embarcaderos más concurridos. Hasta allí llegaban los ecos de las canciones, las risas y las trompetas, pero el ruido se deshacía entre la vegetación. Al caer la tarde, únicamente quedaban el roce del carrizo y los movimientos de los animales ocultos en las orillas.
Julián apreciaba esa distancia.
Había aprendido a vivir con pocas cosas: un brasero, una mesa, herramientas, dos camisas buenas y una cama que crujía cada vez que se acostaba.
Al fondo de un cajón conservaba un botón de ropa infantil y una fotografía doblada. Nunca los ponía junto a las cosas de uso diario. Su esposa había muerto años después de la hija que perdieron; cuando Julián dejó aquella casa, llevó consigo esos dos objetos y las herramientas. Bajo el techo de lámina colgaban mazorcas secas y manojos de hierbas. La humedad había oscurecido las paredes, aunque él las encalaba cuando reunía dinero.
No consideraba que estuviera solo. Conocía sus árboles, sus surcos y los cambios del agua. Le bastaba mirar el canal para saber si habría que asegurar la canoa antes de dormir.
Aquella mañana vio algo que no supo interpretar.
Una hilera de burbujas cruzó frente a la orilla, avanzando contra la corriente.
Julián permaneció inmóvil.
Las burbujas se detuvieron junto al ahuejote donde había encontrado la muñeca.
Luego desaparecieron.
Cerca del mediodía llegó Tomás con una canoa cargada de costales vacíos.
—¿Ya tiene las acelgas, don Julián?
—Atrás. Hay dos montones.
Tomás amarró la embarcación y saltó a tierra. Era un muchacho de diecisiete años, delgado, que ayudaba a su madre a llevar verduras al mercado. Tenía la costumbre de hablar mientras trabajaba, incluso cuando nadie le contestaba.
—Ayer se metieron unas trajineras por acá. Andaban perdidos. Mi tío tuvo que sacarlos.
Julián siguió arrancando hojas dañadas.
—Siempre se meten donde no conocen.
—Traían niños. Uno casi se cae por andar asomado.
El anciano levantó la cabeza.
—¿De este lado?
—Más adelante. Por el paso angosto.
Tomás recogió el primer montón de acelgas. Al pasar frente a la vivienda vio la muñeca sobre la caja.
—Qué fea.
—La trajo el agua.
El muchacho la tomó por un brazo.
—Mi hermanita tuvo una de estas. Si la acostaba, cerraba los ojos.
La inclinó.
Los ojos permanecieron abiertos.
—Ya se descompuso.
—Déjala.
Tomás obedeció, sorprendido por la brusquedad de la orden. Julián tampoco habría sabido explicar por qué le molestó verlo tocarla.
Cuando terminaron de cargar, el muchacho se quedó observando el canal.
—¿Usted no oye cosas por la noche?
—Ranas.
—Cosas distintas.
—También gatos.
Tomás sonrió, pero enseguida bajó la voz.
—Mi tío dice que por aquí se oye llorar.
Julián apretó el nudo de la cuerda que sujetaba los costales.
—Tu tío toma.
—Sí. Pero otros también lo han oído.
—El sonido viaja por el agua. Alguien llora en una casa y ustedes creen que está entre los árboles.
Tomás subió a la canoa.
Antes de empujarla, volvió a mirar la muñeca.
—Yo la tiraría.
Julián no respondió.
Se quedó en la orilla hasta que el muchacho desapareció detrás del carrizo.
La lluvia comenzó por la tarde.
Al principio fueron gotas espaciadas que levantaban pequeños círculos sobre el canal. Después llegó una cortina gris, tan cerrada que borró la chinampa vecina. Julián metió las herramientas, aseguró la canoa y puso una olla debajo de una gotera.
La muñeca seguía afuera.
Desde la puerta podía verla sentada sobre la caja, con la espalda apoyada en la pared. El agua resbalaba por su cara y se acumulaba en el hueco de la boca.
Entró a preparar café.
Mientras removía las brasas oyó un golpe.
Se volvió.
La muñeca estaba tendida en el suelo.
Una ráfaga había sacudido la lámina unos segundos antes. Se dijo que el viento la había derribado, aunque la caja quedaba protegida bajo el alero. La recogió y la dejó en el rincón donde guardaba los costales.
Esta vez le pareció tibia.
Julián retiró la mano y la observó.
El plástico conservaba el calor del día, pensó.
La lluvia continuó hasta entrada la noche.
Cenó frijoles con tortillas, apagó el fuego y se acostó sin quitarse los pantalones. Durante un rato escuchó el golpeteo sobre el techo.
Después oyó un chapoteo.
Era un sonido breve, próximo a la vivienda.
Abrió los ojos.
Otro chapoteo.
Luego tres golpes contra la canoa.
—¿Quién anda?
Esperó una respuesta.
La lluvia había disminuido. En los intervalos entre las gotas podía distinguir el agua moviéndose junto a la orilla.
Se levantó, tomó la lámpara de petróleo y abrió la puerta.
La luz alcanzó el embarcadero, la cuerda mojada y parte del tronco del ahuejote.
No había nadie.
Julián bajó los dos escalones de tierra.
La canoa se balanceaba suavemente.
Entonces escuchó una risa.
Venía del otro lado del árbol.
Era una risa infantil, apenas un soplo.
—Aquí no se juega —dijo.
Alzó la lámpara y avanzó.
Un bulto blanco flotaba entre las raíces.
Durante un instante creyó que era una bolsa.
Luego vio una mano.
La lámpara tembló entre sus dedos.
Dejó la luz en el suelo y entró al agua.
El fondo cedió bajo sus botas. Se sujetó del tronco, se inclinó cuanto pudo y alcanzó la tela del vestido.
—Aguanta.
Lo dijo por instinto.
La niña estaba boca abajo.
Julián tiró de ella con cuidado, pero algo la retenía. Metió un brazo bajo el agua y encontró el dobladillo enredado en una raíz. Tuvo que hundirse hasta el pecho para liberarlo.
Al levantarla, la cabeza cayó sobre su antebrazo.
Era pequeña. Tendría siete años, quizá ocho.
La llevó hasta la orilla y la tendió sobre la tierra. El cabello le cubría el rostro. Julián lo apartó con unos dedos torpes y vio sus labios azulados.
—Niña.
Le tocó el cuello.
Después acercó la mejilla a su boca.
No sintió aire.
Recordó haber visto a un hombre sacar a otro del canal años atrás. Intentó repetir sus movimientos. Le presionó el pecho, se detuvo, volvió a intentarlo.
—Respira. Vamos.
La lámpara iluminaba una de las manos de la pequeña.
Tenía las uñas llenas de tierra.
Julián siguió trabajando hasta que el dolor de sus propios brazos lo obligó a parar.
Se arrodilló junto a ella.
Había un listón amarillo atado a un mechón de su cabello. Miró hacia los canales, esperando ver una embarcación, una luz, alguien que viniera buscándola.
—¡Ayuda!
Su voz se perdió entre los árboles.
Volvió a gritar.
Nadie contestó.
Entró en la vivienda, arrancó una manta de la cama y regresó para cubrirla.
Al levantar la tela creyó sentir que los dedos de la niña rozaban su muñeca.
Retrocedió.
La mano seguía inmóvil.
Permaneció observándola hasta que se convenció de que había sido el borde mojado del vestido.
Después tomó la canoa.
Regresó acompañado por dos policías y un hombre del embarcadero.
Para entonces la lluvia había terminado.
Los policías hicieron preguntas mientras el otro hombre sostenía una linterna.
Dónde la había encontrado.
A qué hora.
Si había visto a alguien.
Si había movido el cuerpo.
Julián respondió mirando la manta.
Uno de los agentes apuntó en una libreta.
El otro recorrió la orilla.
—Pudo venir desde lejos —dijo—. Con la lluvia se mueve todo.
Julián señaló las raíces.
—Estaba ahí.
El policía dirigió la luz al árbol.
—Ya nos dijo.
La manera en que lo pronunció le hizo cerrar la boca. Cuando levantaron a la niña, el listón amarillo cayó sobre la tierra. Julián se agachó a recogerlo, pero el agente le pidió que se apartara.
No vio si alguno lo guardó.
Antes de subir a la embarcación, el policía de la libreta miró hacia la vivienda.
—¿Tiene familia aquí?
—No.
—¿Vive solo?
—Sí.
El hombre hizo una última anotación.
Le dijeron que buscarían a los padres y que quizá tendrían que volver a preguntarle algunas cosas.
Julián quiso saber el nombre de la niña.
Ninguno lo conocía.
Las luces se alejaron por el canal.
Él se quedó bajo el ahuejote, con la camisa húmeda pegada al pecho. En la tierra había quedado la forma de un cuerpo pequeño.
Dentro de la vivienda olía a café frío.
Julián se cambió la camisa y se sentó frente a la mesa. Tenía los dedos arrugados por el agua. Al cerrar los ojos volvía a sentir el peso de la niña sobre sus brazos.
No consiguió acostarse.
Cerca del amanecer se levantó a encender el brasero.
Entonces vio la muñeca.
Estaba sobre su cama.
La había dejado en el rincón, encima de los costales. Lo recordaba con precisión: un brazo había quedado metido en una de las asas.
Ahora yacía sobre la almohada.
Julián miró la puerta.
Seguía cerrada con la tranca.
Las dos ventanas tenían sus postigos puestos.
Tomó la lámpara y examinó el suelo. Había barro junto a la entrada, donde él mismo se había cambiado. Más allá distinguió unas gotas que llegaban hasta la cama.
Acercó la luz.
Debajo del cuerpo de plástico, la almohada estaba mojada.
Julián sostuvo la muñeca por el cuello y salió.
Caminó hasta el ahuejote.
Quiso arrojarla al canal, pero al levantar el brazo recordó la mano de la niña apareciendo entre las raíces.
Se quedó así unos segundos.
Finalmente dejó el juguete entre dos ramas bajas.
—Ahí te quedas.
Regresó sin mirar atrás.
Cuando estaba por entrar en la casa oyó una voz pequeña a su espalda.
—Se va a caer.
Julián se volvió.
La muñeca seguía en el árbol.
Una de sus piernas colgaba sobre el agua.
Él recorrió la orilla con la lámpara, alumbró los surcos y llamó varias veces. No encontró a nadie. El cielo comenzaba a aclarar cuando volvió al ahuejote con un tramo de mecate.
Sujetó la muñeca por debajo de los brazos y anudó la cuerda alrededor de una rama.
Tiró para comprobar que estuviera firme.
Solo entonces pudo volver a la casa.
Antes de cerrar, miró hacia el árbol.
El juguete había quedado de frente al canal.
Julián recordaba haberlo amarrado mirando hacia su puerta.