Capítulo 21 de 25

El cumpleaños que faltaba

La primera conversación entre Andrea y Alexandra ocurrió un martes por la tarde.

Carlos cumpliría cinco años en junio y la familia acababa de mudarse a Puebla. Todavía había cajas cerradas en el cuarto de visitas, una lámpara apoyada contra la pared y documentos escolares sobre la mesa del comedor.

Andrea buscaba una forma de celebrar el cumpleaños sin pasar las semanas siguientes entre proveedores.

Una madre del nuevo colegio le recomendó a Alexandra.

—Ella organizó la fiesta de mi hija. Te ayuda con todo y no intenta venderte cosas que no necesitas.

Andrea pidió el número.

Llamó mientras Carlos dibujaba a su lado.

Alexandra respondió desde su escritorio.

—Buenas tardes.

Andrea explicó que necesitaba organizar una fiesta infantil para principios de junio.

La fecha estaba libre.

Acordaron verse el jueves.

Ninguna escuchó en aquella conversación algo que mereciera recordarse.

⁂

Arturo había aceptado el traslado después de varias reuniones con su empresa.

El puesto implicaba supervisar una operación más grande, con menos viajes largos y mayor estabilidad. Le gustó la idea de pasar más tiempo en casa cuando Carlos empezara la primaria.

Andrea también encontró una oportunidad de trabajo en una clínica de Puebla. Pidió conocer las responsabilidades antes de aceptar: no quería repetir los años en que un puesto administrativo crecía sin reconocimiento ni límites claros.

La decisión había sido conjunta.

Aun así, la mudanza resultó difícil.

Carlos preguntaba cuándo volverían al departamento anterior. Extrañaba a sus amigos y a Laura, aunque su tía lo llamaba por videollamada casi todos los días.

Arturo intentó ayudarlo con rutinas pequeñas.

Lo llevaba al parque.

Le enseñó el camino al colegio.

Acomodaron juntos sus libros y juguetes.

Una tarde, mientras armaban una repisa, Carlos le preguntó:

—¿Aquí también voy a cumplir años?

Arturo dejó el destornillador.

—Claro.

—¿Y va a venir gente?

—Vamos a invitar a tus amigos nuevos y a los de antes que puedan venir.

Carlos pensó un momento.

Después tomó otra pieza de madera y se la pasó.

Aquella pregunta hizo que Andrea decidiera organizar la fiesta cuanto antes.

⁂

Alexandra tenía cuarenta y nueve años cuando recibió a Andrea.

Desde hacía casi dos trabajaba únicamente en sus eventos. Había dejado el empleo administrativo después de reunir ahorros y comprobar que podía sostener los gastos con una cartera pequeña de clientes.

No tenía un gran local.

Atendía por cita en una oficina compartida y guardaba materiales en un almacén cercano. Lucía, que también había salido de la agencia de Patricia, colaboraba con ella en algunos montajes.

Organizaba cumpleaños, reuniones familiares y encuentros profesionales.

Seguía rechazando bodas.

Andrea llegó diez minutos antes.

Traía una libreta, varias fotografías de fiestas que le gustaban y una lista con nombres de niños.

—Todavía no conozco bien la ciudad —explicó—. Así que necesito bastante orientación.

Alexandra le ofreció agua.

—Empezamos por lo importante. ¿Qué quiere Carlos?

Andrea sonrió.

—Dinosaurios. Pero no dinosaurios que den miedo.

Alexandra tomó nota.

—Eso es una instrucción muy útil.

Las dos se rieron.

Andrea quería una celebración en un jardín. Carlos disfrutaba correr y no le gustaban los espacios donde tenía que permanecer sentado mucho tiempo. Había pensado en juegos, una mesa para actividades y un pastel sencillo.

—Lo sencillo cambia mucho según quien lo pida —comentó Alexandra.

Andrea le mostró una imagen.

No había una estructura enorme ni una decoración imposible. Solo un pastel con pequeños animales sobre una base verde.

Alexandra asintió.

—Esto sí podemos hacerlo.

Revisaron presupuesto, número de invitados y horario.

En el formulario de contacto, Andrea quedó como responsable de todas las decisiones. Arturo estaba ocupado con la puesta en marcha de su nueva área y ella prefería centralizar los preparativos para evitar que ambos aprobaran cosas distintas.

La contratación se haría a su nombre.

En el formulario quedaba un espacio para un segundo contacto que pudieran localizar durante el montaje. Andrea acordó completarlo al confirmar los horarios de recogida. Hasta entonces, Alexandra tenía únicamente los datos de su clienta y del niño.

Era una organización habitual.

Alexandra anotó los datos sin preguntarse por la identidad del esposo.

Antes de irse, Andrea guardó la libreta.

—Me siento mucho más tranquila.

Alexandra sonrió.

Le gustaba escuchar aquella frase sin tener que mirar un vestido blanco.

⁂

Esa noche, Andrea le contó a Arturo que había encontrado a la organizadora.

Él estaba sentado en el suelo, ayudando a Carlos a separar piezas de un rompecabezas.

—¿Cómo te fue? —preguntó.

—Bien. Ya tenemos dos jardines para visitar.

Arturo levantó la mirada.

—¿Está dentro de lo que habíamos pensado?

Andrea le dijo el presupuesto. Él asintió.

Carlos levantó una pieza.

—¿Va a haber dinosaurios?

—Sí —respondió ella—. Pero de los que no te asustan.

El niño sonrió.

Andrea habló del horario y de la mesa de actividades. No mencionó el nombre de Alexandra.

La conversación se había concentrado en el presupuesto y los horarios. Arturo recogería los materiales el día de la fiesta, pero las citas y los mensajes previos quedaban a cargo de Andrea.

Arturo preguntó si necesitaba acompañarla a alguna visita.

—Por ahora no. Cuando elijamos el lugar, te mando las fotos.

Él volvió al rompecabezas.

La conversación terminó allí.

⁂

Alexandra conoció a Carlos la semana siguiente. Andrea lo llevó a una visita al jardín que más les había gustado. Quería comprobar cómo se sentía el niño en aquel espacio.

Carlos salió del coche sosteniendo un dinosaurio pequeño.

Se quedó junto a su madre hasta que Alexandra se agachó frente a él.

—¿Ese va a venir a tu fiesta?

El niño miró el juguete.

—Sí.

—Entonces necesitamos saber dónde va a sentarse.

Carlos la observó con seriedad.

—No se sienta. Tiene la cola muy grande.

Alexandra sonrió.

—Eso cambia el plan.

El niño se rio.

Después empezó a recorrer el jardín, señalando lugares donde podrían esconder huevos de dinosaurio.

Alexandra lo acompañó unos metros mientras Andrea hablaba con la encargada del recinto.

—Aquí no —dijo Carlos frente a un arbusto—. Se pueden meter animales.

—Entonces buscamos un sitio más fácil de revisar.

El niño asintió, satisfecho.

Alexandra sintió afecto por aquella manera de tomar en serio el juego. Anotó la altura del arbusto para que los huevos quedaran al alcance de los niños y volvió con Andrea a revisar el recorrido.

⁂

Griselda llamó aquella noche.

Seguía viviendo en Querétaro y había cambiado de trabajo. Hablaban con regularidad, aunque las visitas eran menos frecuentes.

Alexandra le contó del niño y de los dinosaurios.

—Cinco años —dijo su amiga—. Debe ser agotador.

—Más agotador es tratar de convencer a veinte adultos de que terminen una reunión a tiempo.

Griselda se rio.

Después preguntó si iba a visitar a su madre el mes siguiente.

Alexandra pensaba hacerlo. Su madre había envejecido y ya no le gustaba viajar sola. Alexandra intentaba regresar cada vez que el trabajo se lo permitía.

Conversaron sobre horarios y un pequeño problema médico que ya habían revisado.

Arturo no apareció en la llamada.

Hacía años que Griselda no tenía noticias directas de él. Su relación con Laura había sido cordial, pero nunca estrecha.

El vínculo que alguna vez pudo unir esas vidas se había vuelto casi invisible.

Arturo encontraba en Puebla una comodidad inesperada.

Le gustaban las calles cerca de su nueva casa y el ritmo que estaban construyendo. Carlos empezó a mencionar nombres de compañeros sin añadir que quería volver.

Andrea tenía sus propios planes.

Algunas tardes llegaba cansada de la clínica y él preparaba la cena.

Su matrimonio era una vida concreta: compras, horarios, desacuerdos y responsabilidades compartidas.

Arturo estaba presente.

No fingía cariño por su hijo ni cuidado por Andrea.

Pero había una parte de su mundo interior que había aprendido a dejar en silencio.

A veces recordaba a Alexandra durante un trayecto.

No como una posibilidad.

Como alguien a quien había amado y seguía amando desde una distancia que ya no intentaba atravesar.

Compartía las decisiones con Andrea y atendía lo que ella necesitaba. No llevaba una clasificación de sus afectos que pudiera mostrarle; lo que callaba era la intensidad con que Alexandra seguía regresando a su memoria. A veces confundía no comparar a las dos mujeres en voz alta con haber resuelto esa reserva.

Sabía, sin embargo, que había aceptado un matrimonio mientras conservaba un amor que no consiguió terminar. Esa conciencia lo acompañaba algunas noches, aun cuando no tuviera ninguna intención de romper la familia que habían construido.

⁂

Alexandra preparó tres propuestas de decoración. Andrea eligió la menos recargada.

Quería un arco de hojas, algunos globos en tonos verdes y figuras pequeñas. La mesa de actividades tendría materiales para pintar y armar dinosaurios de cartón.

Durante una reunión, hablaron del momento del pastel.

—Su papá va a estar con él —dijo Andrea—. Carlos se pone nervioso cuando todos lo miran.

Alexandra anotó:

Pastel: padres a ambos lados.

Después preguntó si el niño tenía alguna alergia.

La conversación siguió hacia los alimentos y la ubicación de una mesa para invitados mayores.

La ficha del cumpleaños quedó junto a los otros encargos de junio. Alexandra marcó la siguiente visita y cerró la agenda.

⁂

A finales de mayo, Andrea llevó a Carlos al parque después de una cita.

El niño quiso saber si Alexandra iría a su fiesta.

—Claro —respondió su madre—. Ella está ayudándonos a prepararla.

Carlos sostuvo el dinosaurio que casi nunca dejaba en casa.

—¿También puede comer pastel?

Andrea sonrió.

—Sí.

Esa noche, el niño se lo contó a Arturo.

—Ya conocí a la señora de la fiesta.

Él se agachó para quitarle los zapatos.

—¿Y te cayó bien?

Carlos asintió.

—No le dan miedo los dinosaurios.

Arturo soltó una risa.

—Eso es importante.

El niño continuó hablando de la búsqueda de huevos y de una pintura verde que quería usar.

No dijo el nombre de Alexandra.

Arturo le pasó el pijama y lo acompañó a lavarse los dientes.

Dos días antes del cumpleaños, Alexandra visitó el jardín por última vez.

Comprobó los accesos, la zona de sombra y el sitio donde instalarían el sonido.

Lucía iba con ella.

Mientras revisaban la distribución, una ráfaga movió las hojas del árbol principal.

Alexandra levantó la cabeza.

Le gustaban aquellas mañanas de trabajo antes de que llegara la gente. Todavía podía imaginar un espacio y después verlo tomar forma.

—¿Todo bien? —preguntó Lucía.

Ella asintió.

—Sí. Creo que va a quedar bonito.

Su compañera miró el plano.

—Siempre dices eso y luego cambias tres cosas.

Alexandra sonrió.

Cambió una.

⁂

Andrea llamó al regresar a casa.

Confirmó el número final de invitados y pidió que reservaran un sitio para una tía que viajaría con su hijo.

Alexandra hizo la modificación.

—¿Algo más? —preguntó.

—No. Creo que ya está todo.

—Entonces nos vemos el sábado.

Andrea agradeció. Alexandra cerró el cuaderno.

En la página había un nombre rodeado con lápiz verde:

Carlos. Cinco años.

Al otro lado de la ciudad, Arturo entró al cuarto de su hijo para apagar la lámpara.

Carlos seguía despierto.

—¿Falta mucho para mi fiesta?

—Dos días.

El niño levantó dos dedos.

Después se acomodó bajo la sábana.

Arturo le besó la frente.

No sabía quién estaba preparando la celebración.

Alexandra tampoco sabía para quién había reservado aquella silla junto al pastel.

Entre ambos faltaban dos días y una puerta de jardín que ninguno imaginaba atravesar.