Capítulo 22 de 25
El padre de Carlos
Alexandra llegó al jardín a las nueve de la mañana.
La fiesta empezaría a las dos, pero el proveedor de mobiliario había pedido descargar temprano. Encontró el portón abierto y al encargado del recinto barriendo hojas junto a la entrada.
Dejó el bolso en una mesa y sacó la carpeta.
Había aprendido a confiar en sus listas sin convertirlas en una garantía imposible. Podía faltar algo. Un proveedor podía retrasarse. Un niño podía decidir que no quería participar en ninguna actividad.
Su trabajo consistía en resolverlo.
Lucía llegó poco después, con una caja de materiales y dos cafés.
—Sin azúcar —dijo, entregándole uno.
Alexandra agradeció.
Durante la primera hora colocaron mesas, revisaron el sonido y comprobaron que la zona de juegos quedara lejos del acceso de los vehículos.
Todo avanzaba bien.
El día estaba despejado.
Alexandra levantó la vista hacia el árbol principal y pensó que habían elegido un buen lugar.
⁂
Carlos despertó preguntando si ya tenía cinco años. Arturo estaba junto a la cama, abriendo las cortinas.
—Desde que te despertaste.
El niño se incorporó enseguida.
—¿Y ahora puedo hacer más cosas?
Arturo sonrió.
—Podrías empezar por ponerte los calcetines solo.
Carlos miró sus pies.
—Eso ya podía ayer.
Andrea apareció en la puerta con un pequeño paquete.
El niño olvidó los calcetines.
Desayunaron juntos. Después Carlos quiso revisar varias veces el juguete que le habían regalado y Andrea tuvo que recordarle que faltaba bañarse.
Arturo se ocupó de algunas compras de última hora.
Necesitaban hielo adicional y habían olvidado recoger una caja con recuerdos para los invitados.
Andrea iría al jardín con Carlos. Él llegaría más tarde.
No había nada extraordinario en aquel reparto de tareas.
Era una mañana familiar, ocupada y alegre.
⁂
Andrea llegó poco después del mediodía. Carlos bajó del coche antes de que su madre terminara de abrir el maletero.
Alexandra se acercó.
—Todavía no puedes buscar los huevos —le advirtió—. Si los encuentras antes, los otros niños van a reclamar.
Él miró hacia el jardín.
—¿Ya están escondidos?
—Eso es información reservada.
Carlos se rio y corrió hacia la mesa de actividades. Andrea dejó unas bolsas junto a una silla.
—Perdón. Está así desde las seis.
Alexandra sonrió.
—Es su cumpleaños. Hoy tiene una buena razón.
Revisaron el programa mientras Lucía ayudaba a Carlos a elegir una figura de cartón.
Andrea le pidió que añadiera un contacto para el traslado de las cajas.
—Mi esposo va a recoger los recuerdos y el hielo. Si hay un cambio, pueden avisarle directo.
Le dictó el número. Alexandra lo guardó en la ficha de trabajo como Segundo contacto y lo pasó a Lucía, que coordinaría la descarga. Ya no recordaba de memoria todos los dígitos del teléfono de Arturo; doce años antes había decidido dejar de marcarlos. El nombre del padre de Carlos no apareció en aquel intercambio.
—Mi esposo viene en un rato —explicó Andrea—. Fue por unas cosas.
Alexandra asintió.
Señaló el lugar donde podían guardar los regalos y le recordó el horario de la comida.
Andrea observó el arco de hojas.
—Quedó mejor de lo que imaginaba.
Alexandra sintió satisfacción.
No sabía que, un rato después, aquella frase sería lo último sencillo que recordaría de la jornada.
⁂
Arturo llegó a la una y cuarenta.
Traía una caja bajo un brazo y una bolsa de hielo en la otra mano. Carlos lo vio desde el jardín y corrió hacia él.
—¡Papá!
Arturo dejó la caja en una mesa para poder recibirlo.
El niño le habló de los huevos escondidos, de un dinosaurio que había pintado mal y de una figura enorme colocada junto al pastel.
Alexandra estaba cerca de la zona de comida, comprobando una entrega.
Oyó la voz de Carlos.
Después escuchó la respuesta del hombre.
—Enséñame.
No fue el nombre lo que la hizo volverse.
Fue aquella voz.
Arturo estaba de pie junto a la entrada.
Había cambiado.
Tenía algunas canas y una forma distinta de sostener los hombros. El tiempo había dejado marcas pequeñas alrededor de sus ojos.
Pero Alexandra lo reconoció antes de terminar de girar.
El papel que sostenía quedó suspendido entre sus manos.
Carlos le tomó un dedo y empezó a llevarlo hacia la mesa de actividades. Arturo levantó la vista.
La vio.
Se detuvo.
⁂
Alexandra sintió que todos los sonidos se alejaban.
Todavía escuchaba música, voces y el roce de las sillas, pero nada parecía estar ocurriendo cerca de ella.
Arturo no sonrió.
No avanzó.
La miró como si el jardín hubiera cambiado de lugar bajo sus pies.
Carlos tiró de su mano.
—Por aquí.
Él bajó los ojos hacia su hijo y consiguió dar un paso. Andrea se acercó entonces.
—Ya llegaste.
Le tocó el brazo y señaló a Alexandra.
—Te presento a quien ha hecho posible todo esto.
Arturo volvió a mirarla. Alexandra sintió una presión dolorosa en el pecho.
La familia que había imaginado como una noticia distante estaba allí: un niño que lo llamaba papá y Andrea acercándose con confianza. No había descubierto una relación paralela; estaba viendo el tiempo que había transcurrido desde que decidió irse.
El niño al que había ayudado a pintar era su hijo.
Andrea era su esposa.
Y el hombre que Alexandra todavía recordaba dormido en su cama estaba allí, a pocos metros.
⁂
Andrea notó el silencio.
—¿Ya se conocen?
Alexandra fue la primera en responder.
—Sí. Hace años.
Arturo asintió. Su esposa miró de uno a otro.
—Qué pequeño es el mundo.
Sonrió, todavía sin comprender.
Alexandra sostuvo la carpeta contra el cuerpo.
—Trabajamos en unas capacitaciones —añadió.
Era cierto.
También era una forma de no decir todo lo demás.
Arturo no la contradijo. Andrea pareció satisfecha con aquella explicación.
Carlos insistía en llevar a su padre hacia los dinosaurios.
—Ahora vengo —dijo Arturo.
Su voz salió baja.
Pasó junto a Alexandra sin tocarla.
Ella percibió un olor familiar bajo otro perfume.
Tuvo que mirar hacia la mesa para mantenerse quieta.
⁂
Lucía la encontró poco después detrás de una mampara de servicio.
Alexandra estaba revisando una hoja sin leerla.
—¿Qué pasa?
Ella levantó la mirada.
Su compañera esperó.
—El papá de Carlos —dijo Alexandra—. Lo conocía.
Lucía miró hacia el jardín.
No hizo falta más para advertir que aquello no era un encuentro agradable.
—Puedo encargarme del inicio.
Alexandra negó.
Después aceptó.
—Cinco minutos.
Lucía le tomó la carpeta.
—Los que necesites.
Alexandra entró al baño.
Cerró la puerta y apoyó las manos sobre el lavamanos.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que tuvo que esconderse allí durante un evento.
Se miró en el espejo.
Por un instante sintió que todas sus edades estaban presentes.
La estudiante empapada.
La mujer que sostuvo una boda mientras Fernando evitaba sus ojos.
La amiga que calló frente al vestido de Griselda.
Y ahora ella, casi cincuenta años, preparando el cumpleaños del hijo de Arturo.
Se cubrió la boca.
No quería volver a llorar de la misma manera.
⁂
Su mente buscó una explicación conocida.
Al final también se casó con otra.
La frase apareció con la rapidez de un refugio.
Después recordó a Griselda contándole la boda años antes. Recordó las fechas, la mudanza y los mensajes que había decidido no responder.
No podía colocarse otra vez en el mismo lugar.
Arturo no había mantenido dos relaciones mientras estaba con ella.
Había vivido después de que Alexandra se marchara.
Lo sabía.
Pero frente al espejo, con la respiración quebrada, una parte de ella se aferró al pensamiento más sencillo.
Por lo menos me fui antes de verlo.
El agua fría le devolvió poco a poco la sensación de sus manos. Comprobó que podía respirar sin forzarse, se secó y regresó al jardín.
⁂
Arturo buscó a Andrea antes de que empezaran a llegar los invitados. Ella estaba junto a la mesa de recuerdos.
Él se acercó.
—Quiero decirte algo.
Andrea levantó la vista. Arturo miró hacia el pasillo por donde Alexandra había desaparecido.
No podía continuar fingiendo que solo habían coincidido en un trabajo.
—Ella es Alexandra.
Su esposa permaneció quieta.
Conocía aquel nombre.
Arturo había hablado de esa relación durante los primeros meses en que salieron. No había contado cada detalle, pero Andrea sabía que existió una mujer que se marchó y que él tardó años en dejar de esperar.
Miró hacia el jardín.
—¿La Alexandra de la que me hablaste?
Él asintió. Andrea bajó los ojos.
Hubo un silencio incómodo.
—No sabía que estaba aquí —dijo Arturo.
Su esposa sostuvo el borde de la mesa.
—Yo tampoco.
Carlos llamó desde unos metros. Andrea se volvió hacia él y después miró a su marido.
—Luego hablamos.
Arturo asintió.
No intentó pedirle que no se preocupara. No tenía derecho a decidir tan pronto lo que debía sentir.
⁂
La fiesta empezó a las dos.
Alexandra dio la señal para abrir la mesa de actividades y Lucía recibió a los primeros niños. Carlos corrió entre sus amigos.
Andrea saludaba a los padres. Arturo se quedó cerca de su hijo, ayudándolo a explicar dónde debían dejar los regalos.
Alexandra lo observó mientras corregía una cinta suelta.
Conocía su manera de agacharse para escuchar a alguien más pequeño. Había visto ese gesto con su sobrino.
Ahora lo hacía con su propio niño.
Sintió ternura.
El dolor llegó inmediatamente después.
No porque Carlos existiera.
Porque Arturo había construido una vida que ella imaginó alguna vez compartir.
⁂
No hablaron a solas durante la primera hora.
Arturo la miraba de vez en cuando, sin acercarse. Alexandra encontraba cosas que hacer antes de que sus ojos coincidieran.
Comprobó las bebidas.
Reorganizó dos sillas.
Pidió que una bocina bajara de volumen.
Andrea se acercó para preguntarle si podían adelantar un poco la comida. Alexandra respondió con profesionalidad.
Su clienta la observó un instante más.
—Arturo me dijo que tuvieron una relación.
Alexandra sintió que se le enfriaban las manos.
—Sí.
Andrea asintió.
No había hostilidad en su rostro, pero sí una cautela nueva.
—No lo sabía cuando te llamé.
—Yo tampoco sabía quién era tu esposo.
Ambas permanecieron calladas.
Después un niño pidió ayuda junto a la mesa.
Alexandra se volvió. Andrea la dejó ir.
⁂
Arturo la encontró al terminar una actividad.
No estaba escondida. Revisaba que retiraran unos recipientes antes de comenzar el siguiente juego.
Él se detuvo a una distancia prudente.
—Hola, Alexandra.
Ella levantó la vista.
Había pasado más de una década desde la última vez que la llamó por su nombre estando frente a ella.
—Hola.
Arturo miró hacia las mesas.
Después volvió a ella.
—No sabía que vivías aquí.
Alexandra sostuvo el bolígrafo entre los dedos.
—Desde hace años.
Él asintió.
Podía preguntarle por qué nunca escribió.
Podía decirle cuánto tiempo la buscó.
No lo hizo.
Detrás de él estaban Andrea y Carlos, rodeados de invitados.
—Espero que estés bien —dijo.
Alexandra miró hacia el niño. Carlos reía con una figura de cartón en la mano.
—Sí —respondió—. Estoy bien.
La mentira le permitió sonreír.
Arturo intentó responder con otra sonrisa.
Ninguno preguntó lo que realmente necesitaba saber.
Lucía llamó a Alexandra desde el jardín.
Ella aprovechó para apartarse. Arturo se quedó junto a la mesa, con las manos vacías.
La había encontrado.
Y no había ningún lugar al que pudiera llevar aquel descubrimiento.