Capítulo 23 de 25
Lo que ninguno preguntó
Carlos encontró el último huevo de plástico debajo de una banca.
Lo levantó con ambas manos y corrió hacia la mesa donde Alexandra repartía pequeñas bolsas de recuerdos.
—¡Faltaba este!
Ella se agachó.
—Entonces la expedición está completa.
El niño abrió el huevo. Dentro había una figura diminuta.
—Este se lo voy a dar a mi papá.
Alexandra miró el juguete sobre su palma.
—¿No lo quieres para ti?
Carlos negó.
—Él me ayudó.
La respuesta la hizo sonreír.
Un momento después, Arturo llegó hasta ellos. Carlos le entregó el dinosaurio y empezó a contarle cómo lo había encontrado.
Arturo escuchó con atención. Alexandra se levantó y buscó una bolsa en la mesa.
Necesitaba hacer algo con las manos.
—Aquí pueden guardarlo —dijo.
Arturo la recibió.
Sus dedos no se tocaron.
Carlos ya estaba pensando en el siguiente juego.
⁂
Andrea observaba desde una mesa cercana.
No había descubierto una infidelidad. Lo sabía.
Arturo le había dicho quién era Alexandra antes de que empezara la fiesta, sin esperar a que alguien mencionara el pasado. Ella misma había contratado a aquella mujer y hablado con ella durante semanas.
Pero había algo en la forma en que se miraban que no podía ignorar.
No eran dos personas contentas de recordar.
Tampoco parecían dos desconocidos incómodos por una antigua relación.
El silencio entre ambos tenía peso.
Andrea tomó un vaso de agua.
Pensó en las conversaciones que había tenido con Arturo al principio. En la mujer que se fue sin dejar una dirección y en el tiempo que él necesitó para aceptar que no volvería.
Creía haber conocido aquella historia cuando ya estaba cerrada.
Ahora no estaba segura de qué significaba cerrarla.
Carlos la llamó desde el jardín. Andrea dejó el vaso y se acercó.
Su hijo necesitaba que le amarrara un cordón.
Lo hizo, recordándose que aquel era su cumpleaños y que las preguntas podían esperar unas horas.
⁂
Alexandra pasó parte de la tarde sin mirar directamente a Arturo.
Lo veía de todos modos.
En el reflejo de una ventana.
Entre los adultos que se acercaban a servir comida.
Junto a Carlos, cuando el niño necesitaba ayuda.
Su cuerpo parecía reconocerlo antes de que ella decidiera prestar atención.
Habían pasado doce años. Hasta aquel día había medido esa distancia por sus propios cumpleaños, trabajos y mudanzas. Ahora la veía también en Carlos, en las decisiones compartidas de sus padres y en una vida de Arturo de la que solo había recibido noticias sueltas.
Pensarlo le produjo una tristeza distinta de las anteriores.
Arturo retiró una silla del paso de los niños. Alexandra recordó que había hecho lo mismo el día en que se conocieron. Un gesto de cuidado que entonces pudo reconocer y que después, por miedo, dejó de aceptar.
Todavía le resultaba difícil aceptar esa diferencia, pero dejó de discutirla mientras ayudaba a un niño con su máscara. El trabajo le exigía volver a lo que tenía delante; no podía seguir reduciendo la fiesta a una explicación de su pasado.
⁂
A las cuatro y media, Lucía se acercó para confirmar el horario del pastel.
—Podemos hacerlo en veinte minutos.
Alexandra asintió.
Revisaron la mesa, los platos y las velas.
Andrea llegó mientras acomodaban las figuras.
—Carlos quiere poner una más —dijo, enseñando un dinosaurio pequeño.
Alexandra buscó un espacio.
—Aquí puede quedar.
Su clienta permaneció junto a ella después de colocar el juguete.
Durante unos segundos ninguna habló.
—No quiero que esto vuelva incómoda la fiesta —dijo Andrea al final.
Alexandra levantó los ojos.
—Lo siento.
Andrea negó despacio.
—No tienes que disculparte por estar aquí. Yo te contraté.
Aquella precisión la hizo respirar un poco mejor.
—Estoy intentando hacer bien mi trabajo —respondió Alexandra.
—Lo estás haciendo.
Andrea miró hacia donde Arturo ayudaba a Carlos a limpiarse las manos.
Después volvió a ella.
—Solo me sorprendió.
Alexandra asintió.
—A mí también.
No dijeron nada más.
Las dos regresaron a las tareas de la fiesta, conscientes por primera vez de lo que la otra tenía que sostener.
⁂
Arturo se acercó mientras Lucía reunía a los niños. Alexandra estaba junto a una mesa lateral, comprobando que tuvieran un encendedor.
Él se detuvo a unos pasos.
—¿Podemos hablar un momento?
Ella miró hacia el jardín. Andrea estaba con Carlos.
No había un rincón secreto ni un intento de apartarla de todos.
Aun así, sintió miedo.
—Tengo que llevar el pastel.
Arturo asintió.
—Después, si quieres.
Alexandra sostuvo el encendedor.
Podía negarse.
Había pasado tantos años imaginando un encuentro que ahora cualquier conversación real le parecía insuficiente y peligrosa.
—Solo un momento —respondió.
Se quedaron cerca de la mesa, a la vista de los invitados, mientras los niños terminaban el juego.
Arturo miró su cabello.
Ya no tenía el color oscuro con que ella llegó a Puebla. Lo llevaba a la altura de los hombros, con algunas hebras claras.
—Casi no te reconocí —dijo.
Alexandra intentó sonreír.
—Yo sí te reconocí.
Él bajó la mirada.
La frase abrió algo que ambos evitaron tocar.
⁂
—¿Hace cuánto te mudaste? —preguntó ella.
—Unos meses. Por trabajo.
Alexandra asintió.
—Andrea me dijo que estaban acomodándose.
Arturo miró hacia su familia.
—Carlos ya está más contento.
Ella siguió la dirección de sus ojos.
El niño había convencido a otro de ponerse una máscara de cartón.
—Es muy dulce.
Arturo sonrió con una ternura que Alexandra recordó y, al mismo tiempo, vio nueva.
—También muy terco.
Ella soltó una risa breve.
Después llegó el silencio.
La pregunta sobre la mudanza dejó un silencio. Arturo hizo girar la bolsa de recuerdos entre sus dedos; Alexandra buscó la siguiente tarea en la mesa. Hablaron de lo que todavía podían nombrar sin pedir explicaciones.
⁂
—¿Y tú? —preguntó Arturo—. ¿Cómo ha sido tu vida?
Alexandra miró el jardín.
Podía hablar de su trabajo. De su madre. De Griselda y de los años en que recuperó una parte de sí misma.
Pero al levantar los ojos vio la preocupación en el rostro de él.
No quiso que la compadeciera.
No quiso convertirse en la mujer que había huido y después se quedó esperando un amor que ya no podía reclamar.
—Bien —respondió—. He estado bien.
Arturo asintió.
Parecía dispuesto a aceptar lo que ella quisiera contar.
Eso la hizo continuar.
—También conocí a alguien.
La mentira salió con facilidad.
Alexandra sintió un vacío inmediato. Arturo permaneció quieto.
Solo cambió la manera en que sostenía las manos.
—Me alegra —dijo.
Ella sonrió.
No supo por qué añadió lo siguiente.
Quizá porque la primera mentira ya había abierto un camino y retroceder habría sido admitirlo todo.
—Tengo una familia. Hijos.
Arturo levantó un poco la mirada.
—¿Sí?
Alexandra asintió.
Miró hacia la mesa del pastel para no ver su expresión.
—No están aquí hoy. Tenían otros planes.
Había construido en tres frases una vida que nunca existió.
No tenía una fotografía que enseñar ni una historia sencilla que contar.
Esperó que él no preguntara más.
Arturo no lo hizo.
⁂
La noticia lo hirió antes de que pudiera decidir cómo recibirla.
No porque creyera que Alexandra le debía soledad.
Habían pasado muchos años. Él estaba casado y su hijo corría a pocos metros.
Pero durante todo aquel tiempo había imaginado que la relación entre ambos quedó detenida en la despedida, como un cuarto cerrado al que ninguno regresó.
Ahora debía aceptar que ella también había vivido después.
Una familia.
Hijos.
Alguien que quizá recibió la confianza que Arturo no consiguió conservar.
Quiso preguntarle cuándo ocurrió.
Cómo se llamaban.
Si era feliz de verdad.
No lo hizo.
Alexandra estaba frente a él con una sonrisa cuidadosa y los ojos demasiado brillantes. Arturo entendió que no quería hablar más.
—Espero que te vaya muy bien —dijo.
Ella apretó el encendedor entre los dedos.
—¿Y tú?
⁂
Arturo miró hacia Andrea. Su esposa ayudaba a Carlos a acomodarse la camisa. El niño protestaba porque quería seguir jugando.
Aquella escena contenía su vida.
No podía ofrecer a Alexandra una confesión que dejara a Andrea convertida en la mujer junto a la que se acostaba pensando en otra.
Aunque el reencuentro hubiera despertado todo lo que llevaba años guardando, no tenía derecho a colocar ese peso entre ambas.
—Soy feliz —respondió.
Alexandra sostuvo su mirada. Él continuó:
—Quiero mucho a mi familia.
Eso era verdad.
Después añadió algo que no pudo decir sin bajar un poco la voz.
—Estoy enamorado de Andrea.
Alexandra sintió una punzada que le quitó el aire. Arturo se quedó quieto.
No hubo alivio en ninguno de los dos.
La conversación había cumplido su propósito: dejar claro que no había nada que recuperar.
El precio estaba en todo lo que tuvieron que ocultar para lograrlo.
Lucía llamó desde la mesa.
Era momento de encender las velas.
Alexandra se volvió enseguida.
—Tengo que seguir.
Arturo asintió.
—Claro.
Ella caminó hacia el pastel y pidió que bajaran un poco la música.
Las velas eran verdes.
Cinco pequeñas llamas.
Carlos se colocó entre sus padres, exactamente como Alexandra había anotado semanas antes.
Los invitados se acercaron.
Alguien comenzó a cantar.
Andrea rodeó a su hijo con un brazo. Arturo puso una mano sobre su hombro. Alexandra permaneció detrás del grupo, cerca de Lucía.
Desde allí podía verlos completos.
Una familia.
No había un lugar vacío en aquella fotografía.
⁂
Carlos sopló y dejó dos velas encendidas.
Volvió a intentarlo, riéndose.
Los adultos aplaudieron.
Alexandra también.
Después ayudó a retirar las figuras para cortar el pastel.
Andrea le acercó un plato.
—Este es para ti. Carlos lo pidió.
Alexandra lo recibió.
Miró al niño, que ya estaba distraído con uno de los regalos.
—Gracias.
Se sentó unos minutos junto a una mesa de servicio.
El pastel tenía un sabor suave, agradable. Comió despacio, aunque le costaba tragar.
Lucía se quedó cerca.
—¿Quieres que termine yo?
Alexandra negó.
—Ya falta poco.
Su compañera no insistió.
⁂
Arturo observó a Alexandra desde el otro lado del jardín.
Había querido verla durante años.
Ahora sabía dónde estaba y conocía su trabajo. Andrea tenía el contacto de la organizadora; él aún no lo había guardado en su teléfono. Podía pedirlo con una pregunta sencilla.
No haría esa pregunta.
Ella le había dicho que tenía una familia. Él tenía la suya.
Y aun si el dolor que acababa de sentir significaba que nunca dejó de amarla, no lo convertiría en permiso para buscarla a escondidas.
Carlos se acercó con una caja que no podía abrir. Arturo se agachó y lo ayudó.
El niño apoyó una mano en su hombro para mirar mejor.
Él sostuvo la caja con cuidado.
Al levantar la vista, encontró a Alexandra recogiendo las velas apagadas.
Ella no lo estaba mirando.
Carlos le mostró el juguete y Arturo volvió a escucharlo. Al otro lado del jardín, Alexandra guardó las velas en una caja. Las respuestas que habían dado seguían entre ellos, pero la fiesta aún requería su presencia.