Capítulo 24 de 25
La última despedida
Los invitados comenzaron a marcharse después de las seis.
Carlos abrazaba a sus amigos y les preguntaba si volverían al día siguiente. Andrea explicaba que podían organizar otra salida cuando todos descansaran. Arturo llevaba bolsas y cajas hasta el coche.
Alexandra revisó con Lucía la devolución de materiales. Había vasos debajo de una mesa, una chaqueta olvidada en una silla y un dinosaurio de cartón pegado al tronco de un árbol.
Lo despegó con cuidado.
Tenía una pata doblada.
Durante unos segundos lo sostuvo entre los dedos, pensando en la seriedad con que Carlos le había dicho que ciertos animales no podían sentarse.
Lo dejó junto a los otros trabajos de los niños.
—Yo termino aquí —dijo Lucía.
Alexandra miró la lista.
—Falta confirmar el equipo de sonido.
—Ya lo confirmé.
—Y las cajas…
—También.
Su compañera esperó hasta que Alexandra levantó los ojos.
—Puedes irte cuando quieras.
Alexandra asintió.
No recogió todavía su bolso.
⁂
Arturo encontró una cinta verde junto al coche.
Había caído de uno de los recuerdos para los invitados. Se agachó a recogerla y permaneció allí un instante, mirando el extremo deshilachado.
Recordó una tarde en el departamento de Alexandra.
Ella cortaba listones para un encuentro profesional mientras él preparaba café. Habían discutido en broma porque Arturo usó las tijeras buenas para abrir una bolsa.
La escena regresó completa.
La luz de la cocina.
La música.
Alexandra diciendo que nunca encontraría las cosas si seguía cambiándolas de lugar. Arturo cerró los dedos sobre la cinta.
El recuerdo lo retuvo hasta que oyó la voz de Carlos. Aflojó los dedos para no arrugar más la cinta.
Carlos lo llamó desde la entrada.
—¿Ya nos vamos?
Arturo guardó la cinta en una bolsa de materiales que debía devolver.
—En un momento.
Se incorporó.
Su hijo lo esperaba sosteniendo una figura de plástico.
Arturo le tomó la mano y regresaron juntos al jardín.
⁂
Andrea estaba revisando el último pago con Alexandra.
La conversación fue breve.
Todo lo contratado se había entregado. Había un pequeño ajuste por unos alimentos adicionales, explicado desde la mañana.
Andrea abrió la aplicación del banco. Alexandra esperó.
Las dos habían pasado semanas hablando del cumpleaños y ahora apenas sabían qué decirse más allá de las cifras.
—Listo —dijo Andrea, mostrándole la confirmación.
Alexandra la revisó.
—Gracias.
Andrea guardó el teléfono.
Miró el jardín casi vacío.
—Carlos se la pasó muy bien.
—Me alegra mucho.
—Todo quedó como lo queríamos.
Alexandra sonrió.
Lo había conseguido.
Los niños habían jugado, el pastel llegó a tiempo y Andrea pudo disfrutar la celebración sin correr detrás de los proveedores.
La tristeza no había arruinado su trabajo.
Pero al escuchar aquel agradecimiento sintió que ya no le quedaban fuerzas para permanecer allí mucho más.
⁂
Carlos llegó de la mano de Arturo.
Al ver a Alexandra, se soltó y corrió hacia ella.
—¿Te vas a llevar los dinosaurios?
Alexandra se agachó.
—Los grandes sí. Los que pintaste son tuyos.
El niño miró las figuras junto a la mesa.
—¿Todos?
—Todos los que hiciste.
Carlos sonrió.
Después señaló el dinosaurio que le había regalado a su padre.
—Ese también se queda.
—Ese también.
El niño la abrazó.
Fue un abrazo rápido, confiado. Alexandra cerró los ojos un instante y apoyó una mano en su espalda.
No pensó que habría podido ser suyo.
Carlos era Carlos. Un niño al que había conocido preparando una fiesta.
Lo que sintió fue el dolor de aquella cercanía inocente con una vida que le pertenecía a Arturo.
Cuando el niño se apartó, ella le acomodó el cuello de la camisa.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias.
Andrea lo llamó para que ayudara a escoger las figuras que llevarían. Carlos volvió a la mesa.
⁂
Arturo se quedó frente a Alexandra.
Lucía recogía materiales unos metros más allá. Andrea estaba a la vista, guardando los dibujos de su hijo.
No se habían escondido.
Aun así, el momento tuvo una quietud que Alexandra sintió demasiado íntima.
—Gracias por todo —dijo Arturo.
Ella sostuvo el bolso contra su cuerpo.
—Es mi trabajo.
Él asintió.
Hubo un silencio.
Alexandra miró sus manos.
No encontró en ellas ningún gesto que anunciara una petición. Arturo no intentó tocarla ni alargar la conversación con un pretexto.
La estaba dejando ir.
Eso debería haberla tranquilizado.
En cambio, le dolió.
El silencio de Arturo le dejó un espacio que ella no sabía usar. Podía despedirse sin defenderse de ninguna petición, pero había llegado a ese momento con palabras que tampoco encontraba cómo decir.
Quiso decirle que no tenía pareja.
Que no había hijos esperando en su casa.
Que había inventado una familia porque no soportaba ser vista con las manos vacías.
No habló.
⁂
Arturo observó el rostro de Alexandra.
Buscó alguna señal de aquella mujer que lo besó primero frente a su edificio. Estaba allí, en la forma de inclinar la cabeza y de apretar los labios cuando necesitaba contener algo.
También había años que él no conocía.
Personas.
Decisiones.
Una familia de la que ella apenas había mencionado lo indispensable.
No le correspondía pedir explicaciones.
—Me dio gusto saber que estás bien —dijo.
Alexandra levantó los ojos.
La frase la obligó a sostener la mentira.
—A mí también.
Él respiró despacio.
Podía decir que la había buscado durante años.
No para reclamarle, sino para que supiera que no la olvidó al cerrar la puerta.
Pero luego tendría que explicar por qué se lo decía ahora, casado, durante el cumpleaños de su hijo.
Arturo decidió no abrir ese camino.
Una confesión podía aliviarlo a él y dejar a Alexandra esperando. No tenía una decisión responsable que acompañara esas palabras; las guardó.
—Cuídate —dijo Alexandra.
Arturo asintió.
—Tú también.
Ella dio un paso para irse.
Después se detuvo.
Él esperó. Alexandra quiso pronunciar su nombre como antes, sin la distancia de una despedida formal.
—Arturo…
Lo miró.
Por un instante, él sintió que todo el jardín desaparecía.
Alexandra bajó la vista.
—Que Carlos siga teniendo cumpleaños así.
Arturo tardó en responder.
—Eso espero.
Ella sonrió apenas. Alexandra volvió a cerrar el bolso. La conversación había terminado antes de que consiguiera hablar de sí misma.
Se alejó hacia la mesa donde Lucía había guardado sus cosas.
⁂
Andrea terminó de acomodar las figuras dentro de una caja. Arturo se acercó y la tomó para llevarla al coche.
Su esposa le tocó el brazo.
—¿Estás bien?
Él miró hacia la entrada del jardín. Alexandra todavía estaba allí, hablando con Lucía.
—Fue inesperado —respondió.
Andrea asintió.
No le bastaba aquella explicación, pero reconoció que era verdadera.
—Luego tenemos que hablar.
Arturo volvió hacia ella.
—Sí.
Andrea no preguntó más delante de Carlos.
El niño estaba cansado y empezaba a protestar por cualquier cosa. Quería abrir otro regalo, no quería recoger el juguete que acababa de dejar en el suelo y aseguraba que todavía no tenía sueño.
Arturo se agachó para ayudarlo.
Aquella tarea no era una distracción de su vida.
Era su vida.
La sostuvo con el cuidado que merecía, aunque por dentro estuviera intentando despedirse de otra.
⁂
Alexandra se marchó unos minutos después.
Lucía propuso acompañarla.
Ella agradeció, pero dijo que podía conducir.
Se quedó sentada en el coche antes de encenderlo.
Desde el estacionamiento alcanzaba a ver el portón del jardín. Arturo apareció cargando una caja. Andrea caminaba detrás, con Carlos de la mano.
Alexandra no se movió.
Los vio llegar a su vehículo.
Arturo guardó las cosas y ayudó a su hijo a sentarse. Después Andrea se inclinó para comprobar el cinturón.
Todo ocurrió con una coordinación aprendida a lo largo de los años.
Alexandra apartó la vista.
Alexandra bajó la mirada hacia el comprobante del último pago que llevaba en el bolso. Había terminado un trabajo del que podía sentirse orgullosa, aunque todavía no consiguiera separar esa satisfacción del encuentro. Guardó el recibo y esperó a que el coche saliera antes de encender el suyo.
⁂
En el camino, Carlos se quedó dormido antes de que salieran de la zona del jardín.
Andrea miró hacia el asiento trasero y sonrió.
Después volvió la cabeza hacia Arturo.
—No sabía que vivía aquí.
Él sostuvo el volante.
—Yo tampoco.
Andrea esperó.
—¿La habías vuelto a ver desde que se fue?
—No.
La respuesta llegó sin vacilación.
Su esposa miró por la ventanilla. Arturo quiso preguntarle qué estaba sintiendo. También sabía que no podía exigirle una conversación ordenada cuando él mismo no conseguía ordenar lo que llevaba dentro.
—No voy a buscarla —dijo.
Andrea se volvió.
Lo observó durante unos segundos.
—No te lo pregunté.
Arturo asintió. Ella volvió la mirada hacia la calle.
La frase quedó entre ambos durante el resto del trayecto.
⁂
Alexandra llegó a su edificio cuando empezaba a oscurecer.
Estacionó y permaneció dentro del coche hasta que una luz automática se encendió frente a la entrada.
Recogió el bolso.
Subió las escaleras.
Cada paso le pareció el regreso a una vida que conocía demasiado bien.
Abrió la puerta.
El departamento estaba en silencio.
Había una taza lavada sobre el escurridor, un libro en el sofá y una lista de compras pegada al refrigerador.
Nadie había movido nada durante su ausencia.
Nadie la esperaba.
Alexandra dejó las llaves sobre la mesa y encendió la lámpara de la sala.
La luz le permitió ver todo con claridad.
Después la apagó.
⁂
Arturo llevó a Carlos dormido hasta su habitación.
Le quitó los zapatos con cuidado y dejó el dinosaurio cerca de la almohada.
El niño abrió los ojos un momento.
—¿Ya pasó mi cumpleaños?
Arturo le acarició el cabello.
—Ya pasó la fiesta.
Carlos pareció pensar la diferencia.
Luego volvió a dormirse.
Arturo permaneció junto a la cama.
Aquella mañana había empezado como cualquier padre que esperaba disfrutar el cumpleaños de su hijo. Ahora tenía dentro el rostro de una mujer que creyó perdida para siempre.
La había encontrado.
Había escuchado que era feliz.
Le había dicho que él también.
Apagó la lámpara del cuarto.
En el pasillo, Andrea lo esperaba antes de entrar en su habitación.
Arturo se acercó.
No llevaba una explicación capaz de dejar a todos intactos.
A varios kilómetros, Alexandra se sentó en el sofá, todavía con el vestido de trabajo.
No había llorado al despedirse.
No había dicho que lo amaba.
Y ahora ya no quedaba nadie frente a quien pudiera seguir sosteniendo la sonrisa.