Capítulo 25 de 25
La casa a oscuras
Alexandra permaneció sentada en el sofá hasta que dejó de escuchar los coches en la calle.
No se había quitado el vestido. Tenía una marca roja en el tobillo, donde la correa del zapato había rozado durante toda la jornada, y una pequeña mancha de pintura verde junto al pulgar.
Carlos la había dejado allí cuando le pidió ayuda con uno de los dinosaurios.
Alexandra miró su mano.
Había lavado pinceles, recogido vasos y acomodado regalos. Había cumplido con cada parte de la celebración.
También había mentido.
Una familia.
Hijos.
Alguien con quien compartir aquella casa.
Levantó la vista hacia la oscuridad.
El refrigerador empezó a funcionar con un zumbido leve. En el departamento vecino arrastraron una silla. Después volvió el silencio.
Nadie iba a preguntarle cómo estuvo su día.
Arturo encontró a Andrea sentada al borde de la cama.
Se había quitado los zapatos, pero todavía llevaba la ropa de la fiesta. Tenía una pulsera entre las manos y trataba de soltar el broche.
Él se acercó.
—Déjame ayudarte.
Andrea le dio la muñeca.
Arturo abrió el cierre y dejó la pulsera sobre el buró.
Durante unos segundos ninguno habló.
Luego ella levantó la mirada.
—¿Qué pasó hoy?
Arturo se sentó a su lado.
No quiso fingir que no entendía.
—No esperaba volver a verla.
Andrea observó sus manos.
—Eso ya me lo dijiste.
Él asintió.
La habitación estaba tibia. En el pasillo quedaba encendida una luz por si Carlos despertaba durante la noche.
Arturo escuchó el silencio de la casa que ambos habían construido y sintió miedo de lastimarla con una respuesta incompleta.
—Me removió muchas cosas —admitió.
Andrea respiró despacio.
—¿Quieres buscarla?
—No.
La respuesta salió firme.
Su esposa lo miró.
Arturo continuó:
—No voy a llamarla. No voy a pedirle que nos veamos. No quiero una vida a escondidas.
Andrea bajó la cabeza.
Aquello no respondía todo.
Pero era algo que él podía sostener.
⁂
Alexandra se quitó los zapatos y los dejó junto al sofá.
Después fue a la cocina.
Abrió un armario, sacó una taza y volvió a guardarla. No quería té. No tenía hambre.
Sobre la mesa había un recibo que debía archivar y una lista de pendientes para el lunes.
Los apartó.
Buscó en el teléfono la conversación con Andrea.
Todavía tenía fotografías de las propuestas, preguntas sobre el menú y mensajes agradeciendo su ayuda. En la ficha del evento seguía el número que Andrea había dictado para coordinar la entrega de materiales. Durante el montaje era solo el segundo contacto. Ahora Alexandra sabía que pertenecía a Arturo.
Alexandra lo miró.
Ahora podía encontrarlo.
Después de tantos años cerrando caminos, tenía uno abierto frente a ella.
Imaginó escribir:
No tengo a nadie.
Luego otra frase:
Nunca dejé de amarte.
No tocó el teclado.
Arturo había dicho que estaba enamorado de su esposa.
Alexandra cerró la conversación.
No iba a convertirse en la mujer que llegaba a una familia para pedir que alguien la eligiera demasiado tarde.
⁂
—Ella tiene una familia —dijo Arturo.
Andrea se volvió hacia él.
—¿Te lo contó?
Él asintió.
—Sí.
Su esposa permaneció callada un momento.
No conocía a Alexandra lo suficiente para confirmar nada. Tampoco había visto durante los preparativos señales claras de la vida que Arturo describía.
No hizo preguntas.
Aquella noche no quería investigar a otra mujer para entender a su marido.
—Yo necesito saber dónde estás tú —dijo.
Arturo sostuvo su mirada.
—Aquí.
Andrea cerró los ojos un instante.
—No me lo digas solamente porque Carlos está dormido al otro lado del pasillo.
Él sintió el peso de la frase.
—También estoy aquí por ti.
Era verdad.
La respetaba, la cuidaba y conocía la vida que ella había puesto en sus manos. Andrea no era una obligación que él cumpliera con resentimiento.
Pero esa verdad no borraba la otra.
Alexandra seguía siendo la mujer a la que había amado con una entrega que no volvió a sentir del mismo modo.
Arturo no encontró una manera de decir ambas cosas sin dejar a su esposa frente a una herida que esa noche no podía reparar.
Andrea lo observó durante un rato.
Después se levantó para cambiarse.
—Estoy cansada —dijo.
Él no la detuvo.
Alexandra sacó el libro del estante.
Sabía exactamente dónde estaba el papel.
Lo había cambiado de página varias veces, como si moverlo pudiera quitarle importancia. Nunca consiguió tirarlo.
Reservé a las ocho. Paso por ti.
La letra de Arturo permanecía intacta.
Se sentó a la mesa y dejó la hoja frente a ella.
Durante años había usado sus recuerdos de los otros hombres para explicar por qué necesitaba marcharse. Rafael, Fernando y Alfredo habían convertido el cariño en una forma de conseguir lo que querían sin asumir consecuencias.
Lo que ellos hicieron había sido real.
También lo había sido Arturo.
Su miedo los había colocado demasiado cerca unos de otros, hasta que dejó de distinguir la mano que la sujetaba de la que podía ayudarla a sostenerse.
Aquella noche ya no pudo decirse que él también la traicionó.
Ahora podía ordenar los hechos sin añadirles una traición: se había marchado, él intentó hablar con ella y sus mensajes quedaron sin respuesta. Después Arturo siguió viviendo. El papel de la cena pertenecía a un tiempo anterior a todo eso, cuando aún podía aceptar una invitación.
Alexandra apoyó la frente sobre las manos.
Había llorado muchas veces por no ser elegida.
Ahora lloraba por la vez en que sí lo fue y no consiguió quedarse.
⁂
Arturo entró al cuarto de Carlos antes de acostarse.
El niño había girado sobre la almohada. Una pierna estaba fuera de la sábana y el dinosaurio pequeño había caído al suelo.
Lo recogió.
Lo puso sobre el buró y cubrió a su hijo.
Carlos no despertó.
Arturo permaneció junto a la cama, mirando el rostro tranquilo.
No deseaba que esa vida desapareciera.
No quería imaginar un mundo sin su hijo.
La tragedia no consistía en que Carlos existiera ni en que Andrea hubiera llegado. Ellos eran personas a las que debía cuidado, no obstáculos puestos entre él y un amor antiguo.
Lo que le dolía era otra posibilidad.
Una vida que pudo comenzar muchos años antes y que nunca tendría forma.
No podía recuperar aquel tiempo sin romper el presente.
Y no iba a romperlo.
⁂
Alexandra encontró un cuaderno en el cajón de la mesa.
Abrió una página limpia.
No escribió una carta para enviar.
Solo necesitaba decir algo sin tener que proteger su orgullo.
Arturo:
Se detuvo después del nombre.
Las lágrimas cayeron sobre el papel y dejaron dos pequeñas manchas.
No tengo hijos. No hay nadie esperando conmigo. Hoy te mentí porque no pude soportar que vieras cuánto me dolía encontrarte.
Apoyó el bolígrafo.
En la oscuridad del vidrio de la ventana estaba su reflejo.
La mujer que se veía allí había conseguido muchas cosas. Había trabajado, acompañado a su madre y recuperado una amistad. No era una vida vacía de afecto ni una historia borrada por la ausencia de una pareja.
Pero esa noche estaba sola con el amor que nunca se permitió despedir.
Volvió a escribir.
No me fui porque no te amara. Me fui porque te amaba tanto que empecé a imaginar cómo iba a sobrevivir cuando me dejaras.
Su mano tembló.
Y nunca esperé a saber si lo harías.
⁂
Arturo se acostó junto a Andrea.
Ella estaba de espaldas, despierta todavía.
Él apagó la lámpara.
Durante un rato escucharon el ruido lejano de una motocicleta.
Andrea habló sin volverse.
—Necesito que hablemos de esto de verdad. Otro día, cuando podamos.
Arturo miró el techo.
—Sí.
No prometió una conversación fácil.
Solo aquella que debía haber empezado mucho tiempo antes, cuando comprendió que seguir adelante no significaba haber dejado de amar.
Andrea acomodó la almohada.
Arturo quiso acercarse y abrazarla. No supo si ella necesitaba ese gesto o si él buscaba alivio para su propia culpa.
Permaneció quieto.
Al cabo de un rato, su esposa empezó a dormir.
Él siguió despierto.
Recordó el momento en que Alexandra sostuvo su mirada junto al pastel.
La imaginó regresando a una casa donde tendría que explicar que había encontrado a un hombre del pasado. Pensó en los hijos que ella dijo tener, en la pareja que quizá la escucharía, en una mesa compartida.
Quiso alegrarse.
No consiguió dejar de sentir la pérdida.
⁂
Alexandra terminó la página.
Hoy dije que era feliz para no pedirte nada.
Leyó la frase.
Después añadió:
Lo sigo sin pedir. No quiero que lastimes a Andrea. No quiero que Carlos aprenda a esperarte mientras tú estás en otra casa. No quiero convertirme en aquello que tanto me dolió.
La tinta se había corrido en un borde.
Pero te amo. Nunca encontré la manera de dejar de hacerlo.
Cerró el cuaderno.
No rompió la hoja.
La dejó allí, junto al papel donde él había anotado una cena que todavía podía recordar.
No habría un mensaje.
Ni una llamada.
Alexandra decidió no contarle que aquella familia inventada había sido una defensa levantada durante unos minutos para que no la viera caer. Cerró el cuaderno y apartó el teléfono.
⁂
Cerca de la medianoche comenzó a llover.
Arturo escuchó las primeras gotas contra la ventana.
Pensó en el paraguas de Alexandra frente a la cafetería. En su manera de decir que no buscaba una relación y en el mensaje que ella mandó días después para hablar de una planta.
Recordó que había empezado por allí.
Una albahaca.
Un café.
Una mujer que todavía podía reír cuando dejaba de vigilar el mundo.
Giró la cabeza hacia Andrea.
Dormía con una mano debajo de la mejilla.
Arturo sintió un dolor profundo por ambas.
Por Alexandra, a quien había perdido.
Por Andrea, que merecía ser amada sin una ausencia acostada entre los dos.
Se cubrió los ojos con el antebrazo.
Lloró en silencio para no despertarla.
No pensó en buscar a Alexandra.
Pensó en aprender a vivir sin convertir aquel reencuentro en una promesa. Al día siguiente tendría que hablar con Andrea, aunque la conversación le obligara a decir lo que había evitado durante años.
⁂
En su departamento, Alexandra escuchó la misma lluvia.
Se quedó sentada a la mesa hasta que el frío le hizo llevarse las manos a los brazos.
Entonces fue a su habitación.
No encendió la luz.
Se acostó todavía con la sensación de tener frente a ella el jardín, a Carlos levantando un juguete y a Arturo intentando sonreír.
Había pasado la vida rechazando la idea de que su valor dependiera de cuánto ocultaba, de cuántos meses hacía esperar a un hombre o de cuántas cosas sacrificaba para ser considerada digna.
No estaba equivocada en eso.
Su deseo y su libertad no eran errores que aquella noche debiera corregir.
Lo que lamentaba aquella noche era haber dejado que el daño sufrido eligiera por ella cuando por fin alguien le ofreció amor sin pedirle que se volviera otra.
Se llevó una mano a la boca.
—Te amaba —susurró.
La frase quedó dentro del cuarto.
Después la corrigió, llorando.
—Te amo.
⁂
Arturo cerró los ojos junto a su esposa.
Alexandra abrazó una almohada en una cama donde no había nadie más.
Habían decidido no buscarse.
No tenían intención de volver a encontrarse.
A la mañana siguiente, él prepararía el desayuno para Carlos. Ella respondería mensajes de trabajo y confirmaría otro cumpleaños. Las vidas que habían dicho tener continuarían: una real, la otra inventada únicamente ante el hombre que todavía amaba.
Pero aquella noche ninguno pudo refugiarse en ellas.
Arturo permaneció junto a Andrea, destrozado por un amor al que ya no podía volver.
Alexandra lloró sola, en la oscuridad de su casa, por las palabras que no dijo cuando todavía había alguien para escucharlas.
Mucho tiempo se había llamado a sí misma la jamás amada.
Esa noche, al fin, comprendió cuánto podía doler haberlo sido.
Fin