Capítulo 1 de 25
Las cosas que no estaba dispuesta a entregar
La primera vez que Alexandra organizó una boda, la novia tenía ocho años y el novio era un muñeco al que le faltaba un zapato.
Había colocado sillas de plástico en el patio de su abuela, cortado flores de papel y repartido invitaciones escritas con lápices de colores. Su prima caminó entre las macetas envuelta en una cortina mientras Alexandra daba instrucciones con la solemnidad de quien dirigía una ceremonia irrepetible.
—Todavía no aplaudan. Primero tiene que llegar.
A los veinte años, mientras estudiaba y trabajaba en Morelia, seguía creyendo en ese instante: alguien entrando a un lugar donde otra persona lo esperaba con alegría.
Ya no usaba cortinas ni flores de papel. Estudiaba una licenciatura orientada a la organización de eventos, trabajaba algunos fines de semana y conocía la diferencia entre una celebración hermosa y una celebración bien planeada. Pero conservaba aquella convicción infantil de que reunir a las personas podía ser una forma de hacerlas felices.
También quería casarse algún día, sin desaparecer dentro de un matrimonio.
—Con ese carácter vas a espantar a todos —le dijo su tía Beatriz una tarde, mientras Alexandra retiraba los platos de una comida familiar.
En el comedor, sus primos seguían sentados. Uno miraba el teléfono; otro pedía café sin levantarse.
Alexandra dejó la bandeja sobre la mesa.
—Si quieren café, la cafetera está en la cocina.
Su tía la miró como si acabara de anunciar una desgracia.
—A un hombre hay que saber atenderlo.
—Y a una mujer también.
—No empieces.
Alexandra recogió únicamente su vaso. Su madre la siguió a la cocina. Esperó a que estuvieran solas antes de hablar.
—Puedes decir las cosas sin pelearte con todo el mundo.
—No me estoy peleando. Estoy diciendo que ellos también tienen manos.
Su madre contuvo una sonrisa, pero enseguida volvió la vista hacia la puerta.
—Ya sé.
Ese «ya sé» le dolió más que el comentario de su tía. Había visto a su madre comer al final, levantarse antes que todos y pedir disculpas por estar cansada. La quería profundamente. Precisamente por eso no deseaba repetir su vida sin haberla elegido.
Alexandra quería trabajar, ganar su propio dinero, viajar. Quería una pareja con quien conversar hasta la madrugada y compartir los domingos. Quería cocinar cuando le naciera hacerlo, no para demostrar que merecía quedarse en una casa.
Y quería poder desear sin sentir vergüenza.
Nunca había entendido por qué las historias de sus compañeros se celebraban entre risas mientras las de una muchacha se convertían en advertencias.
Antes de conocer a Rafael había tenido un noviazgo breve que terminó cuando el muchacho se fue a estudiar a otra ciudad. Habían compartido besos, discusiones y una intimidad que ella recordaba con cariño. No se arrepentía. Tampoco consideraba que debiera explicárselo a cada hombre que llegara después.
Su vida no era una solicitud de perdón.
⁂
Conoció a Rafael un jueves de septiembre, durante una actividad universitaria.
Alexandra supervisaba el registro de asistentes a un encuentro de proyectos estudiantiles. Una de las impresoras había fallado, faltaban gafetes y un profesor llevaba diez minutos reclamando una mesa que no figuraba en la distribución aprobada.
—Si me cambia de lugar, me tapa el acceso —le explicó ella.
—Necesito estar junto a la entrada.
—Entonces tendremos que mover también el módulo de información.
—Pues muévalo.
Alexandra respiró antes de contestar.
—Necesito que me dé cinco minutos.
Cuando el profesor se alejó, un joven que esperaba junto al mostrador levantó una hoja.
—Yo solo venía por un gafete, pero creo que llegué a una guerra.
Ella soltó una risa involuntaria.
—¿Nombre?
—Rafael.
—Apellido.
Él se lo dio y añadió:
—Administración. Último año. Buen comportamiento, casi siempre.
Alexandra buscó en la lista.
—Eso último no lo verificamos aquí.
—Qué alivio.
Era alto, tenía una sonrisa fácil y una manera de mirarla que hacía parecer importante cualquier respuesta. Mientras ella recortaba una etiqueta provisional, él observó el plano del recinto.
—Si giras esa mesa, el profesor cabe sin taparte la entrada.
Alexandra revisó el espacio.
Tenía razón.
—Puedes ayudarme a moverla.
—¿Mi gafete incluye trabajo voluntario?
—Ahora sí.
Rafael se quitó la mochila y la dejó detrás del mostrador. Entre los dos desplazaron la mesa, acomodaron las sillas y resolvieron en pocos minutos lo que el profesor había convertido en una crisis.
Al terminar, él se limpió las manos en los pantalones.
—Te debo un café —dijo Alexandra.
—Me gustaría cobrarlo cuando no estés a punto de evacuar un edificio.
Ella sonrió.
Le dio su número antes de que terminara la jornada.
El café ocurrió dos días después.
Rafael eligió una terraza cerca de la universidad. Llegó puntual y recordó que Alexandra había mencionado un examen para el lunes.
—¿Ya estudiaste?
—Un poco.
—Entonces tengo que portarme interesante. Estoy compitiendo con tus apuntes.
Hablaron durante casi tres horas.
Él quería trabajar en la empresa de un tío mientras reunía dinero para abrir un negocio. Ella le contó que deseaba tener una agencia propia.
—Bodas, congresos, festivales. Todavía no sé en qué especializarme.
—Bodas —respondió él.
—¿Por qué?
—Se te ilumina la cara cuando hablas de ellas.
Alexandra bajó la mirada hacia su taza, sorprendida de que lo hubiera notado.
—Me gusta que las cosas salgan como alguien las imaginó.
—¿Y tú cómo imaginas la tuya?
Ella se rio.
—Todavía ni tengo novio.
—No pregunté cuándo. Pregunté cómo.
La pregunta le pareció íntima de una forma agradable.
Le habló de un jardín, de música en vivo, de una ceremonia sencilla. No quería llegar a su propia fiesta agotada por haberla organizado. Quería bailar, comer, estar presente.
—Y nada de promesas de obediencia —añadió.
Rafael levantó las cejas.
—¿Así de peligrosa eres?
—Así de poco obediente.
Él sonrió.
—Me gusta.
Mucho tiempo después, Alexandra recordaría esas dos palabras con una precisión dolorosa.
Aquella tarde le creyó.
⁂
Durante la semana siguiente intercambiaron mensajes a todas horas.
Rafael le preguntaba si había desayunado, le mandaba fotografías absurdas de sus clases y encontraba pretextos para verla entre una actividad y otra. Alexandra empezó a reconocer el sonido de su teléfono aun en medio del ruido.
El viernes salieron a cenar.
Después caminaron por una avenida donde las jacarandas todavía conservaban algunas flores tardías. Rafael le tomó la mano. Ella se acercó sin fingir indiferencia.
El primer beso ocurrió frente a una farmacia cerrada.
No fue torpe ni inesperado. Llevaban un rato deteniéndose demasiado cerca, hablando cada vez más bajo.
Alexandra lo besó de vuelta. Cuando se separaron, Rafael apoyó la frente contra la suya.
—Tenía ganas de hacer eso desde el jueves.
—Pudiste haber preguntado.
—¿Y perder esta semana de sufrimiento?
Ella se rio y volvió a besarlo.
Más tarde, dentro del coche, él le acarició la mejilla.
—No quiero que sientas que tienes que hacer nada.
Alexandra lo miró.
—No lo siento.
Estaba nerviosa, pero sabía distinguir los nervios del rechazo. Lo deseaba. Quería seguir con él esa noche.
—Podemos ir a mi departamento —propuso Rafael—. Si quieres.
Ella tardó un instante en responder, lo suficiente para preguntarse a sí misma si estaba decidiendo por gusto o por miedo a decepcionarlo.
La respuesta fue clara.
—Sí quiero.
⁂
El departamento era pequeño y tenía libros amontonados junto al sofá. Rafael compartía la renta con un compañero que acababa de marcharse a una estancia académica fuera de Morelia. Su parte del alquiler estaba cubierta y no tenía previsto regresar durante varios meses.
Alexandra dejó su bolso sobre una silla. Él le ofreció agua y puso música a un volumen bajo.
Cuando volvieron a besarse, ella lo hizo con la misma franqueza con que había hablado de su carrera, de su familia y de la vida que quería construir.
Se detuvieron para hablar de protección. Rafael preguntó de nuevo si estaba segura.
—Sí —respondió Alexandra—. Y si cambio de opinión, te lo digo.
—Está bien.
La intimidad llegó sin promesas de matrimonio ni declaraciones precipitadas. Hubo deseo, cuidado y la torpeza inevitable de dos personas que todavía estaban aprendiendo a conocerse.
Después permanecieron abrazados.
Alexandra escuchaba el tránsito lejano y el golpeteo de una rama contra la ventana. Se sentía tranquila. No había entregado una prueba de amor ni obtenido un compromiso. Había compartido algo que quería compartir.
Rafael le besó el hombro.
—Eres muy distinta.
—¿A quién?
—A otras mujeres.
Ella giró la cabeza.
—No sé si eso es un cumplido.
—Lo es.
—Puedes decir que te gusto sin compararme.
Él soltó una pequeña risa.
—Me gustas.
Alexandra acomodó la cabeza sobre su pecho.
Eso sí le pareció suficiente.
⁂
El lunes, Griselda la encontró sonriendo frente al teléfono.
Eran amigas desde la preparatoria. Griselda estudiaba en otra facultad, pero solían almorzar juntas en una cafetería cercana al campus.
—Ya tienes cara de problema —dijo, dejando la mochila en la silla.
—Se llama Rafael.
—Peor. Los problemas con nombre propio duran más.
Alexandra le dio un golpe suave con una servilleta.
Le contó del encuentro, del café y de lo atento que había sido. Cuando mencionó que habían pasado la noche juntos, Griselda guardó silencio un momento.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Entonces está bien.
Alexandra agradeció aquella respuesta.
—¿Crees que fui demasiado rápido?
—¿Tú lo crees?
—No. Pero ya sabes lo que dice la gente.
Griselda removió el azúcar de su café.
—La gente dice cosas hasta cuando una no hace nada.
—No quiero tener que fingir que no deseo a alguien para que me quiera.
Su amiga levantó la vista.
—Pues no finjas.
Alexandra dejó el teléfono boca abajo. Por unos minutos hablaron de exámenes y del trabajo que ella tendría el sábado.
Cuando la pantalla volvió a encenderse, apareció un mensaje de Rafael.
No dejo de pensar en ti.
Ella sonrió otra vez.
⁂
Las primeras semanas fueron fáciles.
Rafael la esperaba a la salida de clases, la besaba en el coche y la llamaba por las noches. Sabía escuchar sus preocupaciones y hacerla reír cuando estaba cansada.
Alexandra empezó a enamorarse en esos detalles pequeños.
Un día él apareció con un sándwich porque ella llevaba horas preparando una exposición. Otro le prestó su chamarra durante una lluvia inesperada. Recordó el nombre de su madre y le preguntó cómo seguía de un dolor de espalda.
Pero había espacios de su vida que permanecían cerrados.
Cuando Alexandra propuso comer con sus amigos, Rafael explicó que eran muy pesados. Cuando lo invitó a conocer a su familia, dijo que prefería esperar.
—¿Esperar a qué?
Estaban sentados en el coche, afuera de su casa.
Rafael acarició sus dedos.
—A que lo nuestro esté más sólido.
—Yo siento que estamos saliendo en serio.
—Y yo.
—Entonces me gustaría poder decir que eres mi novio.
Él miró un momento hacia el parabrisas.
—No quiero que una palabra nos meta presión.
Alexandra retiró despacio la mano.
—Para mí no es presión. Es saber dónde estoy.
Rafael volvió hacia ella con expresión dulce.
—Estás conmigo.
La besó antes de que pudiera responder.
Ella aceptó el beso, aunque la conversación siguió inquietándola después de entrar en casa.
Se dijo que apenas llevaban unas semanas. Que no todos avanzaban al mismo ritmo. Que debía darle tiempo.
Esa noche Rafael volvió a escribirle.
Duerme bonito, preciosa.
Alexandra abrazó una almohada y contestó.
⁂
Al otro lado de la ciudad, Rafael estaba sentado en la sala de una casa que Alexandra no conocía.
Karina apareció con dos tazas de café.
—Mi mamá pregunta si vendrás el domingo.
Él guardó el teléfono.
—Claro.
Karina se sentó a su lado y le acomodó el cuello de la camisa.
Llevaban más de un año juntos. Sus familias se conocían; sus amigos los invitaban como pareja. En aquella sala había una fotografía de ambos tomada durante unas vacaciones.
—¿Quién te escribía? —preguntó ella.
—Una compañera de la universidad. Lo del evento.
Karina asintió.
Rafael rodeó sus hombros con un brazo y la acercó a él.
Minutos antes había llamado preciosa a Alexandra. Ahora besaba el cabello de Karina mientras hablaban del almuerzo del domingo.
No pensaba terminar con ninguna.
Alexandra, en cambio, se durmió creyendo que apenas estaban aprendiendo a quererse.