Capítulo 2 de 25
Un lugar que nunca llegaba
En noviembre, Alexandra ya conocía el sonido de las llaves de Rafael antes de que él abriera la puerta.
Sabía cuál de las tablas del departamento crujía, dónde guardaba las tazas y cuánto tardaba en calentarse el agua de la regadera. Conocía la cicatriz pequeña que tenía en la rodilla y la manera en que apretaba los labios cuando algo le preocupaba.
Sin embargo, no conocía a ninguno de sus amigos.
La contradicción empezó a incomodarla una tarde en que él le pidió que buscara una camisa en el armario.
—La azul. Creo que está hasta el fondo.
Alexandra apartó dos chamarras, encontró la prenda y se la llevó a la sala.
—¿Vas a salir?
—Es el cumpleaños de un compañero.
Él se puso la camisa frente al espejo.
—Podría acompañarte —dijo ella.
Rafael dejó de abrocharse un botón.
—No creo que te guste.
—¿Por qué?
—Son de mi generación. Hablan de cosas de la carrera, toman demasiado. Te aburrirías.
Alexandra miró las bolsas de comida que habían comprado juntos. Había imaginado que cenarían y verían una película.
—No sabía que tenías planes.
—Te dije que iba a estar ocupado.
—Me dijiste que tenías que terminar un trabajo.
Él se volvió.
—Y lo terminé. Después me invitaron.
Lo dijo con tanta naturalidad que Alexandra se preguntó si estaba haciendo demasiado grande una cosa pequeña.
Rafael se acercó y le rodeó la cintura.
—Sabes cómo son mis amigos. Si te llevo, van a hacer preguntas y tú vas a acabar molesta conmigo.
—Todavía no los conozco. No sé cómo son.
Él hizo una pequeña mueca, como si aquella precisión lo decepcionara.
—Yo sí. Por eso intento evitártelo.
Alexandra reconoció el cambio: ya no hablaban de que él no quisiera invitarla, sino de una supuesta incomodidad de la que pretendía protegerla.
—Mañana salimos tú y yo. A donde quieras.
—No se trata de salir a un lugar.
—¿Entonces?
Ella tardó en responder.
—Me gustaría conocer a las personas que forman parte de tu vida.
Él suspiró, sin retirar las manos.
—Ya empezamos otra vez.
Alexandra bajó la mirada.
Aquella frase la colocó de pronto en un papel que no había elegido: la muchacha insistente, la que estropeaba un momento agradable con preguntas.
—No estoy peleando —dijo.
—Yo tampoco. Pero parece que nada de lo que hago es suficiente.
Le dio un beso en la frente. Después tomó la cartera y preguntó si quería que la acercara a su casa.
Durante el trayecto, Alexandra sostuvo las bolsas de comida sobre las piernas.
Cuando bajó del coche, él le sonrió.
—No pongas esa cara. Te quiero ver bonita mañana.
Ella cerró la puerta sin saber qué contestar.
⁂
La fiesta era en un jardín al otro lado de la ciudad.
Karina llegó poco después de Rafael. Traía un regalo envuelto en papel oscuro y se disculpó por el tráfico.
Él salió a recibirla.
—Pensé que ya no venías.
—Te avisé que salí tarde.
Rafael tomó el regalo y la besó antes de conducirla hasta la mesa donde estaban sus amigos.
Alguien les hizo espacio. Otro preguntó cuándo iban a casarse.
Karina se rio, incómoda y contenta.
—Primero que termine la carrera.
—Ya falta poco —respondió Rafael.
No apartó la mano de su espalda.
Más tarde, mientras ella conversaba con una amiga, él miró el teléfono.
Alexandra había enviado una fotografía de los recipientes de comida acomodados en el refrigerador de su casa.
Guardé el tuyo. Mañana te lo llevo.
Rafael escribió:
Eres un amor.
Luego silenció la conversación y regresó a la mesa.
⁂
Alexandra empezó a trabajar con mayor frecuencia en una agencia de eventos pequeña, instalada en el segundo piso de una casa adaptada como oficina.
Su jefa, Patricia, tenía una libreta para cada celebración y una paciencia limitada para quienes confundían improvisación con creatividad.
—Una boda no se organiza con ganas —le repetía—. Se organiza con horarios, contratos y un plan para cuando algo falle.
Alexandra la admiraba.
Los sábados aprendía a recibir proveedores, contar mantelería y resolver problemas sin que los invitados los notaran. Una tarde consiguió que un florista reemplazara varios arreglos marchitos antes de que llegaran los novios. Otra evitó que el pastel se colocara bajo un reflector que empezaba a derretir la cobertura.
Patricia le fue dando responsabilidades.
—Tienes buen ojo —le dijo después de un montaje—. Ahora necesitas confiar más en tus decisiones.
Alexandra guardó aquella frase.
Le habría gustado poder llevar esa seguridad a su relación.
Con Rafael, en cambio, siempre terminaba revisando lo que había dicho.
Tal vez había preguntado en mal momento.
Tal vez él tenía demasiadas preocupaciones.
Tal vez debía esperar a que terminara el semestre.
Anotaba fechas de entregas y montajes con seguridad. Para su relación, en cambio, nunca encontraba un día que pudiera escribir sin un signo de interrogación.
Una noche, después de cenar, Alexandra le mostró un diseño que había preparado para una materia.
Era una propuesta de recepción: mesas distribuidas alrededor de una pista, iluminación cálida y flores blancas con follaje.
—Aquí pondría una entrada lateral para los meseros —explicó—. Si cruzan por el centro, interrumpen todo.
Rafael miró la pantalla unos segundos.
—Está bonito.
—Me falta ajustar el presupuesto.
Él le apartó un mechón del rostro.
—Trabajas demasiado.
—Me gusta.
—Ya sé.
La besó. Alexandra cerró la computadora y lo abrazó.
Más tarde, cuando estaban acostados, él le hizo una pregunta que nunca antes había formulado.
—¿Con tu ex también eras así?
Ella levantó la cabeza.
—¿Así cómo?
—Tan… entregada.
La palabra le resultó extraña en su boca.
—No quiero hablar de otra persona mientras estoy contigo.
—Era una pregunta.
—¿Qué quieres saber?
Rafael miró hacia el techo.
—Nada. A veces me pregunto si esto es especial para ti.
Alexandra se incorporó un poco.
—Claro que lo es.
—Es que contigo todo pasó muy rápido.
Ella sostuvo la sábana contra el pecho, aunque unos minutos antes no había sentido ninguna necesidad de cubrirse.
—Los dos quisimos.
—No estoy diciendo que hicieras algo malo.
—Entonces no entiendo.
Rafael tardó en mirarla.
—Hay mujeres que prefieren esperar porque se toman en serio las relaciones.
Alexandra sintió que algo se tensaba dentro de ella.
—Yo me tomo en serio lo nuestro.
—No hablo de ti.
—Acabas de preguntarme por mi ex y por qué estuve contigo tan pronto.
Él se sentó también.
—No puedo decir nada sin que lo conviertas en una discusión.
Durante unos segundos solo se oyó el ventilador.
Alexandra respiró despacio.
—No tienes que querer lo mismo que yo. Pero si disfrutaste estar conmigo, no me parece justo que después uses eso para dudar de lo que siento.
Rafael bajó la vista.
—Está bien. Lo dije mal.
Le tomó la mano.
—Ven acá.
Ella dejó que la abrazara, aunque tardó en recostarse.
A la mañana siguiente él preparó café y le preguntó a qué hora tenía clases. Fue cariñoso, como si la conversación hubiera quedado resuelta.
Alexandra intentó pensar lo mismo. Griselda la escuchó sin interrumpirla.
Estaban en una banca del campus, compartiendo una bolsa de cacahuates. Alexandra había contado la conversación casi palabra por palabra.
—¿Y qué respondió cuando le dijiste que él también quiso? —preguntó su amiga.
—Que se había explicado mal.
Griselda dejó la bolsa entre las dos.
—¿Y tú le creíste?
Alexandra observó a unos estudiantes que cruzaban el patio.
—Quiero creerle.
—Eso es distinto.
Ella volvió la cabeza.
—No es malo conmigo todo el tiempo.
Griselda frunció el ceño.
—Yo no dije que lo fuera.
Alexandra se arrepintió de su propia respuesta. Sonaba como una defensa preparada antes de escuchar una acusación.
—A veces es muy lindo —añadió, más bajo—. Me escucha. Me busca. Se preocupa por mí.
—Entonces puede escuchar esto también.
Alexandra dobló una esquina de la bolsa.
—No quiero perderlo por estar exigiendo demasiado.
Griselda la miró con tristeza.
—¿Conocer a sus amigos te parece demasiado?
Alexandra no respondió.
La campana de un edificio cercano marcó la hora. Las dos se levantaron para volver a clases, pero la pregunta siguió acompañándola durante el resto del día.
⁂
En diciembre, Rafael faltó a una presentación importante.
Alexandra llevaba semanas preparando el proyecto final de una materia. Había conseguido que le permitieran exhibir muestras de telas, una maqueta y fotografías de montajes en los que había trabajado.
Él prometió asistir.
—Aunque sea llego al final —le aseguró la noche anterior.
Alexandra lo buscó entre los presentes antes de comenzar.
Mientras explicaba su propuesta, volvió a mirar hacia la puerta. Después, al terminar. Y cuando sus compañeros empezaron a recoger las mesas.
Rafael no llegó.
Su mensaje apareció casi una hora más tarde.
Perdón, preciosa. Se complicó una cosa familiar.
Alexandra estaba guardando la maqueta en una caja.
¿Todo bien?
Sí. Luego te cuento.
No le contó.
Al día siguiente apareció con flores.
Alexandra las recibió en la entrada de su casa. Su madre estaba en la cocina y se asomó al oír la puerta.
—Pasa —lo invitó—. Estoy haciendo café.
Rafael sonrió con cortesía.
—Gracias, señora, pero llevo prisa. Solo vine a dejarle esto.
Alexandra sintió la decepción antes de poder disimularla.
—Cinco minutos —le pidió.
Él miró el reloj.
—De verdad no puedo.
Cuando se quedaron solos junto al coche, Rafael la besó.
—No estés triste. Seguro te fue increíble.
—Me fue bien.
—¿Ves?
Ella miró las flores.
Quería contarle que Patricia había asistido, que el profesor la felicitó y que por primera vez sintió cercana la posibilidad de vivir de aquello.
Rafael ya estaba abriendo la puerta del coche.
—Te llamo en la noche.
Alexandra asintió.
Las flores duraron una semana sobre su escritorio.
⁂
Pasaron las vacaciones y comenzó otro semestre.
Rafael estaba cada vez más ocupado. Su titulación, las prácticas, los asuntos familiares. Alexandra conocía las razones por separado; juntas formaban una pared.
Aun así, siempre encontraba tiempo para verla a solas.
Una tarde ella llegó a su departamento con un pastel pequeño. Él cumplía años al día siguiente y le había dicho que pasaría la fecha con su familia.
—Así celebramos antes —propuso.
Rafael la dejó entrar, sorprendido. Alexandra puso dos velas sobre el pastel, aunque no correspondían a su edad. Eran las únicas que había encontrado.
Cantó riéndose. Él pidió un deseo y las apagó.
Después cenaron sentados en el suelo, junto a la mesa de centro.
Por un rato todo fue sencillo.
Hasta que el teléfono de Rafael vibró.
Él miró la pantalla y rechazó la llamada.
Volvió a vibrar casi de inmediato.
—¿No vas a contestar? —preguntó Alexandra.
—Ahorita.
—Puede ser importante.
Rafael se levantó.
—Voy a hablar afuera. Mi mamá se alarga muchísimo.
Salió al pasillo y cerró la puerta.
Alexandra recogió los platos. Desde la cocina alcanzó a escuchar fragmentos de su voz, demasiado bajos para distinguir las palabras.
Cuando él regresó, parecía inquieto.
—Tengo que llevarte.
—¿Pasó algo?
—Quieren que vaya a casa.
Ella miró el pastel. Apenas habían cortado dos rebanadas.
—Puedo ir contigo.
Rafael negó antes de que terminara la frase.
—Hoy no.
La rapidez de su respuesta la dejó inmóvil.
—¿Algún día sí?
Él cerró los ojos un instante.
—Alexandra…
—Solo quiero saberlo.
Rafael tomó las llaves.
—No hagamos esto hoy.
Ella guardó sus cosas sin discutir.
En el coche, él intentó hablar del tráfico y de una película que quería ver. Alexandra respondió con monosílabos.
Al llegar a su casa, no se inclinó para besarlo.
—Yo no quiero estar contigo únicamente cuando nadie puede verme —dijo.
Rafael apoyó las manos en el volante.
—No es eso.
—Pues se parece mucho.
Él la miró por fin.
—Dame tiempo.
Alexandra sostuvo su mirada, buscando algo que pudiera conservar sin sentirse ingenua.
—Ya te lo estoy dando.
Bajó del coche antes de que él encontrara otra respuesta.
⁂
Esa noche, Karina esperaba a Rafael en casa de sus padres.
Sobre la mesa había un pastel más grande, platos para doce personas y una botella que su padre reservaba para ocasiones especiales.
—Pensamos que no llegabas —dijo ella cuando él entró.
—Se me complicó salir.
Karina le acomodó una mano sobre el brazo y lo llevó al comedor.
Después de cenar, la madre de Rafael sacó un sobre de su bolso. Dentro había información de dos salones para bodas.
—Solo para que vayan viendo —dijo.
Karina se sonrojó.
Rafael sonrió y aceptó el sobre.
En su teléfono permanecía un mensaje de Alexandra que todavía no había abierto.
No quiero seguir sintiendo que pedirte un lugar en tu vida es molestarte.
Él lo leyó más tarde, desde el baño.
Escribió que la quería, que estaba pasando por una etapa difícil y que pronto las cosas serían distintas.
Alexandra recibió el mensaje sentada al borde de su cama.
Lo leyó varias veces.
Luego dejó el teléfono junto a la almohada y apagó la luz, aferrándose a la única palabra que parecía ofrecerle algo:
Pronto.