Capítulo 3 de 25
La invitación que no era para ella
Alexandra encontró la noticia de la boda un viernes, a las cuatro y diecisiete de la tarde.
Después recordaría aquella hora porque el reloj de la computadora permaneció frente a ella mientras intentaba comprender lo que estaba viendo.
Había terminado una práctica y esperaba a que dejara de llover para salir de la universidad. Sentada en uno de los equipos de la biblioteca, revisaba referencias para un proyecto cuando entró a las redes sociales.
Una compañera había compartido una fotografía.
En la imagen aparecían cuatro personas alrededor de una mesa. Había tazas, un arreglo de flores y varias tarjetas color marfil. Rafael estaba junto a una muchacha de cabello oscuro, con una mano apoyada en su espalda.
Alexandra reconoció primero su camisa.
La había planchado ella una semana antes.
Después vio la tarjeta que la muchacha sostenía entre los dedos.
Karina y Rafael.
Debajo estaban la fecha y el nombre de una parroquia.
La boda era al día siguiente.
Alexandra acercó el rostro a la pantalla.
Leyó otra vez.
Abrió la fotografía. Buscó una explicación en los comentarios, como si alguna frase pudiera convertir aquello en un ensayo, una broma o una celebración que perteneciera a otras personas.
Ya casi llega el gran día.
Qué emoción verlos después de tantos años.
Los novios más bonitos.
Años.
El frío le subió por los dedos mientras buscaba en el teléfono la conversación con Rafael.
El último mensaje había llegado aquella mañana.
Te extraño. La próxima semana nos escapamos un rato.
Ella había respondido con un corazón.
Ahora aquel pequeño dibujo le produjo una vergüenza insoportable.
Lo llamó.
Una vez.
Dos.
A la tercera, la llamada entró directamente al buzón.
⁂
Salió de la biblioteca sin esperar a que terminara la lluvia.
Se dio cuenta de que llevaba la mochila abierta cuando varios papeles cayeron al suelo. Se agachó a recogerlos y permaneció unos segundos en cuclillas, mirando cómo el agua borraba una anotación hecha con tinta azul.
No podía llorar todavía.
Sentía que, si empezaba, no iba a poder levantarse.
Llamó a Griselda.
—¿Dónde estás? —preguntó su amiga al escuchar su respiración.
—En la universidad.
—¿Qué pasó?
Alexandra abrió la boca, pero la primera palabra no salió.
—Rafael se casa.
Griselda guardó silencio.
—¿Qué?
—Mañana.
Su amiga llegó veinte minutos después. La encontró bajo el techo de la entrada, empapada de las rodillas hacia abajo y con el teléfono sujeto entre las dos manos.
Alexandra le mostró la fotografía. Griselda la observó sin decir nada.
Luego miró la fecha.
—Vámonos de aquí.
—Necesito hablar con él.
—Podemos llamar desde mi casa.
—No me contesta.
Griselda le cerró la mochila y la ayudó a levantarse.
En el autobús, Alexandra seguía mirando la pantalla.
Rafael no aparecía en línea.
Cada minuto sin respuesta parecía confirmar algo que ella aún intentaba rechazar.
⁂
Desde la habitación de Griselda buscaron el nombre de Karina.
No fue difícil encontrarla.
Su perfil tenía fotografías públicas de cumpleaños, comidas familiares y vacaciones. Rafael aparecía en muchas de ellas.
En una, fechada meses antes de que él conociera a Alexandra, Karina llevaba una gorra suya. En otra estaban abrazados frente a un árbol de Navidad.
Alexandra recordó aquella noche de diciembre.
La presentación a la que él no llegó.
El asunto familiar.
Las flores del día siguiente.
En la fotografía navideña, Rafael sostenía una copa mientras Karina enseñaba un anillo.
Debajo había escrito:
Sí, mil veces sí.
Alexandra dejó el teléfono sobre la cama.
—Ya estaba comprometido.
Griselda se sentó a su lado.
—Eso parece.
—Cuando me dijo que necesitaba tiempo…
No pudo terminar.
Todo lo que había aceptado como paciencia empezó a cambiar de nombre.
Las fiestas a las que no la llevaba.
Las llamadas en el pasillo.
Los domingos ocupados.
No eran partes de una vida a la que todavía no sabía cómo invitarla. Eran puertas cerradas para que ella no descubriera quién estaba dentro.
—Yo le pregunté —susurró—. Le pregunté si estaba conmigo en serio.
Griselda le tomó la mano. Alexandra comenzó a llorar entonces, con una violencia que le dolió en la garganta.
—¿Por qué no me dijo que tenía a alguien?
Su amiga se acercó para abrazarla.
No encontró una respuesta que pudiera servir.
⁂
Rafael llamó a las nueve y media. Alexandra contestó antes de que Griselda pudiera decir nada.
—¿Te vas a casar?
Al otro lado hubo un silencio breve.
—¿Quién te dijo?
Aquella pregunta le quitó la última posibilidad de estar equivocada.
—¿Es verdad?
—Alexandra, necesito que te tranquilices.
—Dime que no es verdad.
Rafael respiró cerca del micrófono.
—Las cosas son más complicadas de lo que parecen.
Ella cerró los ojos.
—Mañana te casas con una mujer que se llama Karina.
—Sí.
La palabra fue corta. Apenas un sonido.
Alexandra tuvo que apoyarse contra la pared.
—Ayer me dijiste que querías verme.
—Porque quiero verte.
Griselda levantó la cabeza al escuchar la voz de su amiga.
—¿Y qué se supone que soy yo?
—No hagas esto por teléfono.
—¿Tu novia? ¿Tu entretenimiento? ¿Qué soy?
—Sabes que eres importante para mí.
Alexandra se llevó una mano a la boca. Sentía náuseas.
—¿Desde cuándo estás con ella?
—Eso no cambia lo que hay entre nosotros.
—Contéstame.
—Desde antes.
Ella miró hacia el suelo.
Antes.
Mientras se conocían, mientras él la buscaba, mientras ella aprendía a reconocer sus llaves y le preparaba un pastel.
Siempre había existido alguien más.
—Quiero verte ahora —dijo.
—No puedo salir.
—Entonces voy.
—No, Alexandra.
Por primera vez su voz sonó dura.
—Estoy con mi familia. No vengas a hacer un problema.
Ella permaneció inmóvil. Griselda le acarició el brazo, pero Alexandra apenas lo sintió.
—¿Yo soy el problema?
Rafael bajó el tono.
—No quise decir eso. Escúchame. Cuando pase todo, hablamos bien.
—¿Cuando pase tu boda?
—No voy a desaparecer de tu vida.
Alexandra cortó la llamada.
El teléfono volvió a sonar.
Lo dejó vibrar sobre la cama hasta que se apagó.
⁂
Durmió menos de una hora.
Durante la madrugada se levantó varias veces para beber agua. En el espejo del baño encontró un rostro hinchado, desconocido.
Intentó pensar en los exámenes de la semana siguiente. En el trabajo del sábado. En cualquier cosa que siguiera teniendo una forma comprensible.
Pero el pensamiento regresaba a la misma escena.
Rafael esperando a otra mujer. Rafael diciendo en voz alta las palabras que nunca había querido decirle a ella.
A las seis de la mañana envió un mensaje a Patricia. Dijo que estaba enferma y que no podría acudir al montaje. Era la primera vez que faltaba.
Después buscó la dirección de la parroquia.
La ceremonia empezaba a las cinco.
Escribió la dirección en un papel.
No sabía qué iba a decir cuando llegara. Imaginaba que, si él la veía, tendría que recordar lo que habían vivido. Que no podría casarse delante de ella como si nunca hubiera existido.
La idea se volvió más firme mientras avanzaba el día.
Necesitaba escucharlo mirándola a los ojos.
Necesitaba detener aquello antes de que fuera irreversible.
⁂
Griselda llegó a su casa poco después de las tres.
La madre de Alexandra había salido a trabajar. Sobre la cama había ropa descartada y un bolso abierto.
—No vayas —dijo su amiga.
Alexandra se abrochó una blusa con manos torpes.
—No puedo quedarme aquí.
—Puedes venir conmigo.
—No entiendes.
Griselda recibió la frase sin apartarse.
—Entiendo que te mintió. Pero llegar a la iglesia no va a convertirlo en otra persona.
Alexandra buscó unos zapatos.
—Quizá ella no sabe.
—Puede ser. Eso también se puede decir después, con pruebas, sin ponerte en medio de una boda.
—Después ya va a ser su esposo.
Se sentó para calzarse.
Griselda se arrodilló frente a ella.
—Mírame.
Alexandra lo hizo.
—¿Has comido?
Negó con la cabeza.
—Por lo menos toma algo antes de salir.
Bebió unos sorbos de agua. No pudo pasar más.
Cuando se levantó, Griselda tomó su propio bolso.
—Voy contigo.
Alexandra quiso protestar, pero su amiga ya estaba abriendo la puerta.
⁂
El taxi avanzó entre calles congestionadas.
A las cuatro y cuarenta y cinco empezó a llover. Primero fueron gotas aisladas sobre el parabrisas. Luego el cielo se oscureció y el conductor encendió las luces.
Alexandra llevaba el papel con la dirección apretado en la mano.
Un accidente había detenido el tránsito varias cuadras antes de la parroquia.
Miró la hora.
Cinco y doce.
—Aquí me bajo.
Griselda intentó sujetarla.
—Espera. Falta bastante.
Alexandra abrió la puerta.
El conductor protestó mientras su amiga buscaba dinero para pagar.
—¡Alexandra!
Ella ya corría.
La lluvia le golpeó el rostro. En la primera esquina pisó un charco que le cubrió el zapato. No se detuvo.
Había visto en el mapa dónde tenía que doblar.
Una calle.
Otra.
El aire empezó a faltarle.
Mientras corría, ensayaba frases que no lograba completar.
Rafael, mírame.
Dile que estabas conmigo.
Dime que no me quisiste.
Un trueno sacudió la calle. Alexandra se estremeció y siguió avanzando, con el cabello pegado a las mejillas y el agua resbalándole por el cuello.
Cuando vio las torres de la parroquia, sintió un alivio desesperado.
Todavía podía llegar.
⁂
Las puertas principales estaban cerradas a medias para evitar que entrara la lluvia.
Alexandra subió los escalones sujetándose de la baranda. Una ráfaga le arrebató el papel; lo vio caer sobre el pavimento y no intentó recuperarlo.
Desde el interior llegaba una voz amplificada.
Entró en el pequeño vestíbulo, a la izquierda de la nave.
Vio primero las flores.
Después los invitados de pie.
Y, al fondo, a Rafael.
Karina estaba frente a él, vestida de blanco.
El sacerdote acababa de terminar una frase. Alexandra no alcanzó a escucharla completa, pero vio cómo Rafael se inclinaba hacia la novia.
Los aplausos llenaron la iglesia.
Se besaron.
Alexandra apoyó una mano en el muro.
Quiso pronunciar su nombre.
Solo salió aire.
Rafael sonreía. La familia de Karina se acercaba al pasillo con los teléfonos levantados. Nadie miraba hacia aquel rincón de la entrada. Alexandra sintió que el suelo se movía.
Las flores se desdibujaron. El sonido quedó lejos, como si la iglesia se hubiera llenado de agua.
Pensó en las llaves de su departamento.
En las velas sobre el pastel.
En todas las veces que había confundido estar cerca de él con tener un lugar en su vida.
Dio un paso.
La rodilla le falló.
Se deslizó junto al muro, detrás de una de las hojas de madera, y perdió el conocimiento antes de tocar por completo el suelo.
Dentro continuaban los aplausos.
⁂
Griselda la encontró unos minutos después.
Había seguido el camino preguntando en las esquinas, sin dejar de llamarla. Al entrar en el vestíbulo vio el bolso abierto y, detrás de la puerta, a Alexandra tendida sobre las losetas.
Se arrodilló a su lado.
—Alexandra. Escúchame.
Un encargado de la parroquia se acercó al oírla. Entre los dos consiguieron que reaccionara y la ayudaron a sentarse en un banco, lejos de la salida principal.
El encargado ofreció llamar a emergencias. Alexandra podía contestar y reconocía dónde estaba, pero Griselda no quiso dejar la caída sin revisar. Avisó a la madre de Alexandra y acordaron llevarla a una consulta antes de volver a casa. No tenía sentido ocultar lo ocurrido si eso significaba arriesgar su salud.
Los invitados seguían dentro, ocupados con las fotografías.
Rafael no la había visto. Alexandra abrió los ojos.
—¿Se casó?
Griselda sostuvo su rostro entre las manos.
No quiso mentirle.
—Sí.
Alexandra miró hacia la puerta por la que había intentado entrar.
Al fondo alguien reía.
Cerró los ojos otra vez, sin desmayarse. Las lágrimas empezaron a mezclarse con el agua que todavía le caía del cabello.
—Llévame a casa —pidió.
Griselda la abrazó mientras esperaban el coche de su madre. La consulta, el regreso y las explicaciones podían venir después; en aquel banco, lo urgente era que Alexandra no estuviera sola.
En su bolso, el teléfono vibró.
Era un mensaje de Rafael enviado antes de la ceremonia, que hasta entonces no había visto.
Por favor, no hagas nada. El lunes hablamos. Lo nuestro no tiene por qué terminar.
Alexandra lo leyó con las manos temblorosas.
Después volvió la pantalla contra su pecho.
Todavía lo amaba.
Y aquella fue la parte que más le dolió.