Capítulo 4 de 25
El amor a escondidas
El lunes después de la boda, Alexandra no fue a la universidad.
Su madre creyó que el malestar se debía a que casi no había comido. El sábado había ido por ella y por Griselda a la parroquia y las había llevado a una consulta. La revisión no encontró una lesión por la caída; les recomendaron descanso y estar pendientes de cualquier nuevo malestar. Alexandra solo explicó que se había sentido mal durante una salida. Su madre esperó a que quisiera contarle lo demás.
Alexandra no pudo contarle más.
Había algo insoportable en decir en voz alta que el hombre del que le había hablado durante meses se había casado con otra mujer.
Apenas consiguió beber un poco de caldo. Después volvió a acostarse.
En el buró tenía el teléfono apagado.
No quería escuchar a Rafael.
Tampoco dejaba de preguntarse si habría intentado llamarla.
Aquella contradicción la mantuvo despierta durante horas.
⁂
El martes regresó a clases.
Se sentó hasta atrás y copió lo que apareció en el pizarrón sin entenderlo. Cuando una profesora le preguntó por el avance de su proyecto, Alexandra necesitó que repitiera la pregunta.
—Te lo entrego mañana —respondió.
La profesora asintió, pero se quedó observándola.
A la salida encontró a Griselda.
Su amiga llevaba dos tortas envueltas en servilletas.
—Antes de que digas que no tienes hambre.
Alexandra aceptó una.
Comieron en una banca, en silencio.
—Me escribió Patricia —dijo al cabo de un rato—. Preguntó cómo sigo.
—¿Qué le dijiste?
—Que ya estoy mejor.
Griselda no discutió la mentira.
—¿Y Rafael?
Alexandra dejó de masticar.
—No he prendido el teléfono.
Su amiga asintió.
—Puedes esperar.
Esa noche, sin embargo, lo encendió.
Llegaron notificaciones de sus compañeros, del grupo de trabajo y de Rafael.
Había mensajes enviados el sábado, el domingo y aquella misma tarde.
Necesito saber cómo estás.
No podemos dejar las cosas así.
Lo que siento por ti no cambió.
Alexandra leyó el último varias veces.
Después escribió:
Te casaste.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Déjame explicarte.
Ella apretó el teléfono contra las piernas.
Había imaginado que contestarle la haría sentir peor. En cambio, durante un instante sintió alivio: él seguía ahí.
Ese alivio le produjo vergüenza.
⁂
Se vieron el miércoles en una cafetería lejos de la universidad.
Alexandra escogió el lugar y llegó antes. Quería una mesa cerca de la salida. Quería poder irse en cuanto él empezara a mentir. Rafael apareció con una chamarra que ella le había prestado meses atrás.
Se detuvo al verla.
—Estás muy pálida.
Intentó besarla en la mejilla.
Alexandra se apartó. Él se sentó frente a ella y dejó las manos sobre la mesa.
No llevaba el anillo.
Alexandra lo notó antes de escuchar cualquier explicación.
—¿Tu esposa sabe que estás aquí?
Rafael bajó la mirada.
—No empieces así.
—¿Cómo quieres que empiece?
Una mesera se acercó. Él pidió café. Alexandra conservó el vaso de agua que ya tenía.
Esperó hasta que estuvieron solos otra vez.
—¿Por qué me buscaste si ya tenías novia?
Rafael se pasó una mano por el cabello.
—No planeé enamorarme de ti.
Ella sintió un dolor breve, casi esperanzado, al escuchar la palabra.
Lo odió por decirla en aquel momento.
—Pero sí planeaste tu boda.
—Con Karina había muchas cosas comprometidas. Nuestras familias, años juntos…
—Pudiste terminar conmigo.
—No quería perderte.
Alexandra lo miró sin moverse. Él parecía cansado. Tenía ojeras y hablaba en voz baja, como si también hubiera atravesado una desgracia.
—Entonces decidiste que yo no necesitaba saber.
Rafael no respondió.
La mesera dejó el café. Él tomó la taza, pero no bebió.
—Te quiero, Alexandra.
Ella bajó los ojos hacia sus propias manos.
Había esperado esas palabras durante meses.
Ahora no sabía dónde ponerlas.
—No me querías en tu cumpleaños. Ni con tus amigos. Ni frente a tu familia.
—Eso no significa que no te quiera.
—¿Qué significa entonces?
Rafael miró hacia la ventana.
—Que contigo las cosas son distintas.
Alexandra levantó la cabeza.
—Explícame.
Él tardó demasiado.
—Karina es una mujer con la que puedo construir una familia.
El aire de la cafetería pareció volverse más pesado.
—¿Y conmigo qué puedes construir?
—No quise decir…
—Acabas de decirlo.
Rafael se inclinó hacia ella.
—Tú eres libre. Te gustan otras cosas. No vas a querer quedarte en casa ni dedicarte solamente a un matrimonio.
—Nunca me lo preguntaste.
—Te conozco.
—No. Sabes qué café tomo. Eso no es conocerme.
Por primera vez él mostró irritación.
—Estoy tratando de hablar contigo y me atacas por todo.
Alexandra sintió que le ardían los ojos.
—Te estoy escuchando decir por qué ella merece algo que yo no.
Rafael extendió una mano sobre la mesa. Ella no se la tomó.
—Karina tiene una forma de ser más… tradicional.
Alexandra recordó aquella noche en que él había preguntado por su ex.
—Esperó —dijo.
Él guardó silencio.
—Por eso.
—No es tan sencillo.
—¿Te casaste con ella porque no quiso acostarse contigo?
Rafael miró alrededor, incómodo por el volumen de la pregunta.
—Baja la voz.
Alexandra se levantó.
La silla rozó el suelo con un ruido áspero.
—Yo no hice nada malo por quererte.
Tomó el bolso y salió antes de que él pudiera detenerla.
⁂
Rafael la llamó esa noche.
No contestó.
Al día siguiente le envió una disculpa extensa. Decía que había hablado mal, que estaba confundido, que no soportaba verla sufrir.
Alexandra borró el mensaje.
Luego abrió la carpeta de conversaciones eliminadas y volvió a leerlo.
Durante dos semanas sostuvo la distancia.
Regresó al trabajo, entregó su proyecto atrasado y dejó que Griselda la acompañara a casa algunas tardes. Había momentos en que podía concentrarse durante una hora completa sin pensar en él.
Después veía un coche parecido al suyo y el dolor regresaba.
Lo extrañaba cuando algo le salía bien.
Lo extrañaba al acostarse.
Sobre todo extrañaba a la persona que había creído conocer, aquella que le llevaba comida y escuchaba sus planes.
Entendía que esa persona también había mentido.
Entenderlo no bastaba para dejar de buscarla dentro de sus recuerdos.
⁂
Rafael la esperó una tarde afuera de la agencia. Alexandra salió con una caja de muestras y lo vio junto al coche.
Se detuvo.
—No vuelvas a venir aquí.
Él se acercó.
—Solo dame cinco minutos.
—Ya hablamos.
—Y no me dejaste terminar.
Alexandra sintió cansancio. Tenía dolor de espalda después de un montaje y quería llegar a casa. Rafael señaló la caja.
—Déjame ayudarte.
—Puedo sola.
Él mantuvo las manos quietas.
Aquella obediencia mínima la desarmó más de lo que habría querido.
Caminaron hasta una calle menos transitada.
—¿Qué quieres? —preguntó ella.
Rafael la miró a los ojos.
—Estar contigo.
—Estás casado.
—Lo sé.
—Entonces no puedes estar conmigo.
Él bajó la voz.
—No soy feliz, Alexandra.
Ella apretó la caja.
La boda había ocurrido menos de un mes antes.
—No me digas eso.
—Es verdad. Con Karina todo es correcto, todo tiene que hacerse de cierta manera. Contigo podía hablar, podía sentir…
Se interrumpió, buscando su mirada.
—No es igual.
Alexandra sabía hacia dónde iba la conversación antes de que él lo dijera.
—Ella no es como tú cuando estamos solos.
Dejó la caja sobre una banca.
—No hables de tu esposa conmigo.
Rafael pareció sorprendido.
—Estoy tratando de decirte cuánto te extraño.
—Me estás diciendo qué te falta en tu cama.
Él se acercó un paso.
—También extraño reírme contigo. Tus mensajes. Tu manera de mirarme.
Alexandra sintió que empezaba a ceder y se odió por reconocerlo.
—¿Vas a separarte?
Rafael permaneció callado.
El ruido de un autobús llenó la calle.
—No puedo hacer eso ahora —respondió finalmente.
Ella tomó la caja.
—Entonces no me busques.
Él no la sujetó.
Pero antes de que se alejara dijo:
—Después de todo lo que hemos pasado, no entiendo cómo puedes dejarme hablando solo.
Alexandra siguió caminando.
Lloró hasta llegar a la parada.
⁂
Volvió a verlo una semana después.
No hubo un momento que después pudiera señalar como una decisión firme. Respondió un jueves, tras discutir en casa, a un mensaje suyo preguntando si había comido. Aquel intercambio le pareció soportable; aceptar que fuera por ella también. Solo más tarde vio cómo había cruzado el límite por pasos que, separados, quiso considerar pequeños.
Alexandra respondió. Rafael fue por ella.
Durante la cena evitó hablar de Karina. Le preguntó por la escuela, escuchó una anécdota de Patricia y consiguió hacerla reír.
Aquella risa le dolió después.
Parecía una traición a todo lo que se había prometido.
Cuando llegaron al departamento, Alexandra permaneció junto a la puerta.
—No puedo ser esto.
Rafael dejó las llaves sobre la mesa.
—Para mí no eres “esto”.
—Sabes a qué me refiero.
Él asintió.
—No quiero lastimarte más.
—Entonces dime que me vaya.
Rafael la miró. Alexandra esperaba que lo hiciera. Una parte de ella necesitaba que alguien sostuviera el límite que estaba a punto de perder.
Él se acercó y la abrazó. Ella se quedó inmóvil unos segundos. Después hundió el rostro en su pecho y empezó a llorar.
No supo en qué momento el abrazo se convirtió en una reconciliación.
Solo supo que, al despertar junto a él, todo seguía igual.
Karina seguía siendo su esposa.
Y Alexandra tendría que salir antes de que amaneciera.
⁂
A Griselda se lo contó tres días después.
Su amiga la escuchó con el rostro serio.
—Sé lo que vas a decir —murmuró Alexandra.
—No sé si lo sabes.
—Que estoy haciendo una tontería.
Griselda dejó el vaso sobre la mesa.
—Voy a decir que me preocupa cómo estás. Y que Karina no dejó de existir porque él no la nombre.
Alexandra apretó los labios.
—Yo también pienso en ella.
—Entonces escúchate.
La vergüenza le cerró la garganta.
—Todavía lo amo.
Griselda extendió la mano, pero Alexandra tardó en tomarla.
—No tienes que dejar de amarlo hoy para dejar de verlo.
Ella lloró en silencio.
Había querido demostrar que su deseo no la hacía menos digna de amor. Ahora se encontraba aceptando un lugar que la lastimaba, no por desear a Rafael, sino por miedo a perder incluso lo poco que él le ofrecía.
⁂
Los encuentros continuaron.
Rafael la veía entre semana, en horarios que cambiaban a última hora. Ya no dejaba que Alexandra olvidara un arete o una blusa en el departamento. El compañero había terminado su estancia y regresó al departamento. Rafael empezó a elegir hoteles y habitaciones donde Alexandra no pudiera dejar rastro de su presencia.
El anillo permanecía a veces dentro de la cartera.
Una noche, Alexandra lo vio al abrirla para pagar.
No dijo nada.
Después él tuvo que irse antes de cenar porque Karina lo estaba esperando.
Alexandra se quedó en el cuarto, sentada sobre la cama, oyendo el agua de una tubería detrás del muro.
Había pedido algo de comer, pero perdió el apetito cuando llegó.
En la televisión pasaban una película romántica. Buscó el control y la apagó.
Su teléfono vibró minutos después.
Llegué bien. No estés triste.
Alexandra miró la bolsa de comida sobre la mesa. Rafael había vuelto a su casa.
Ella todavía tenía que reunir fuerzas para levantarse, vestirse y regresar a la suya.