Capítulo 5 de 25

La mujer de la puerta

Karina llegó a la agencia un martes por la mañana.

Alexandra estaba revisando el presupuesto de una recepción cuando escuchó a Patricia hablar con alguien en la entrada. No levantó la cabeza hasta que oyó su nombre.

—¿Alexandra? Sí, está aquí. ¿Tiene una cita?

—No. Pero necesita verme.

Había algo en aquella voz que hizo que Alexandra dejara de escribir.

La mujer que apareció en la oficina era la misma de las fotografías.

Karina llevaba un vestido azul oscuro y sostenía el bolso contra el cuerpo. Tenía los ojos enrojecidos, aunque había intentado disimularlo con maquillaje.

Alexandra se puso de pie.

Durante un instante ambas permanecieron inmóviles.

Conocer su rostro no había preparado a Alexandra para verla allí, a unos pasos de su escritorio.

Karina miró las muestras de tela, los planos y la fotografía de un montaje colocada en la pared.

—Así que tú organizas bodas.

Alexandra sintió que se le secaba la boca. Patricia apareció detrás de la visitante.

—Podemos hablar en la sala de juntas, si se trata de un asunto privado.

—Es privado —respondió Alexandra enseguida.

Karina soltó una risa breve.

—Ahora sí te importa la privacidad.

En la oficina, una asistente dejó de teclear.

Alexandra se acercó a la puerta de la sala.

—Vamos aquí.

Karina no se movió.

—¿Desde cuándo?

Alexandra miró a Patricia, que conservaba una expresión firme.

—Señora, no voy a permitir una discusión frente al personal —dijo su jefa—. Puede hablar con Alexandra en la sala o tendremos que pedirle que se retire.

Karina apretó los dedos alrededor del bolso.

Finalmente entró.

⁂

Alexandra cerró la puerta, pero no con llave.

La sala tenía una mesa pequeña, cuatro sillas y un ventanal que daba a la calle. Sobre un mueble había catálogos de flores.

Karina no quiso sentarse.

—Encontré tus mensajes.

Alexandra apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—No sabía que tenía novia cuando empezó a salir conmigo.

—Pero supiste que se casó.

Aquello no admitía ninguna defensa.

—Sí.

Karina la miró con desprecio.

—Y seguiste.

Alexandra bajó los ojos.

—Sí.

La respuesta pareció enfurecerla más que una mentira.

—¿Eso es todo? ¿Sí?

—No sé qué puedo decirte que…

—Puedes decirme por qué.

Alexandra levantó la mirada.

Karina tenía una herida reciente en el labio, probablemente de habérselo mordido. Sus manos temblaban.

Ya no era la novia sonriente de una pantalla. Era una mujer que había encontrado algo insoportable en el teléfono de su marido y había pasado la noche intentando entenderlo.

—Lo quería —respondió Alexandra.

Karina dejó el bolso sobre la mesa con un golpe.

—Yo también.

Karina se quitó el anillo y lo sostuvo entre dos dedos. Pareció dispuesta a dejarlo sobre la mesa, pero volvió a ponérselo.

—Ayer le pregunté por cada fecha —dijo—. Primero negó los mensajes. Luego dijo que no significaban nada. Cuando dejó de poder negar, empezó a hablar de ti.

Alexandra entendió que aquella visita no era la primera discusión de la noche. Rafael había preparado el lugar hacia donde quería desviar la rabia de su esposa.

Alexandra sintió el peso de esas dos palabras.

No había pensado que Karina no amara a Rafael. Pero hasta entonces había conseguido mantener ese amor lejos, fuera de los cuartos donde él se encontraba con ella.

Ahora lo tenía enfrente.

—Lo siento —dijo.

—No me sirve.

—Lo sé.

Karina sacó el teléfono.

No se lo mostró. Miró la pantalla y después a Alexandra.

—Le mandaste que lo extrañabas. El domingo. Mientras estábamos comiendo con mis padres.

Alexandra recordó el mensaje. Lo había escrito después de pasar la mañana esperando una llamada.

—¿Te dijo que iba a dejarme?

—No.

Karina frunció el ceño.

—¿Entonces por qué seguías ahí?

Alexandra no pudo responder de inmediato.

Había muchas razones, ninguna capaz de reparar lo que había hecho.

—Porque no supe irme —dijo al final.

Karina la observó unos segundos.

—Qué cómodo.

⁂

La conversación cambió cuando Alexandra preguntó qué había dicho Rafael.

Karina alzó la barbilla.

—Que tú no lo dejabas en paz.

Alexandra sintió un golpe en el estómago.

—Eso no es verdad.

—Que desde la universidad lo buscabas. Que trató de terminar contigo, pero te pusiste mal.

Por un instante, Alexandra volvió a verse sentada en la cafetería, escuchándolo decir que no quería perderla.

—Tengo sus mensajes —respondió—. Puedo enseñarte…

—No necesito ver nada tuyo.

—Te está mintiendo.

Karina tomó el bolso.

—Ya sé que me mintió. No necesitas explicármelo tú.

Alexandra guardó silencio.

Karina caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrirla.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?

Alexandra no contestó.

—Que a mí me dio mi lugar.

La frase le dolió, aunque ya sabía que ese lugar también estaba construido sobre engaños.

—A ti te busca para una cosa —continuó Karina—. No te confundas.

Alexandra respiró con dificultad.

—Puedes estar enojada conmigo. Lo entiendo. Pero no…

—¿Pero no qué? ¿No te diga lo que eres?

Karina abrió la puerta.

Patricia estaba al otro lado.

—La conversación termina aquí —dijo.

Pero Karina ya miraba hacia el escritorio de Alexandra.

—Yo soy la catedral —soltó, con la voz quebrada—. Tú eres una de sus capillitas. Una más. Una zorra que creyó que iba a quitarme a mi marido.

Alexandra se quedó en la sala.

Oyó cómo Patricia pidió a la asistente que cerrara la puerta de la oficina. Después acompañó a Karina hacia la salida.

Nadie respondió a los insultos.

El silencio que dejaron resultó más difícil de soportar.

⁂

Patricia regresó unos minutos después.

Encontró a Alexandra sentada, con las manos entre las rodillas.

—¿Quieres agua?

Ella negó.

Luego asintió.

Su jefa dejó un vaso sobre la mesa y tomó la silla de enfrente.

—No tienes que contarme todo.

Alexandra miró el agua.

—Lo que dijo…

No pudo continuar.

Patricia esperó.

—Yo no sabía al principio —consiguió decir—. Después sí. Y seguí viéndolo.

Su jefa mantuvo la mirada sobre ella.

—Eso tendrás que resolverlo tú. Aquí no vamos a permitir que venga nadie a insultarte.

Alexandra empezó a llorar.

Le habría resultado más fácil recibir un regaño. La firmeza tranquila de Patricia la obligaba a reconocer que podía haber hecho daño y, aun así, seguir siendo una persona a la que no se debía humillar.

—No quiero perder el trabajo.

—No te estoy despidiendo.

Patricia acercó una caja de pañuelos.

—Pero hoy no vas a atender clientes. Te quedas aquí un rato y después decides si puedes continuar con el presupuesto o si necesitas irte.

Alexandra tomó un pañuelo.

—Gracias.

—Y si ese hombre viene, no entra. Voy a dejarlo indicado.

Por primera vez en meses, alguien establecía un límite sin exigirle que lo justificara.

⁂

Rafael llamó al mediodía. Alexandra vio su nombre y sintió una rabia nueva.

Contestó desde la escalera, lejos de la oficina.

—¿Qué le dijiste?

Él no saludó.

—¿Fue a verte?

—Le dijiste que yo te acosaba.

—No dije eso.

—Que tú habías intentado terminar conmigo.

Rafael respiró con impaciencia.

—Tuve que explicarle algo. Encontró la conversación completa.

Alexandra apoyó la mano en la baranda.

—Podías explicarle la verdad.

—Está muy alterada. No entiende.

—Sí entiende. Sabe que la engañaste.

Él guardó silencio.

Luego bajó la voz.

—¿Qué te dijo?

Alexandra cerró los ojos.

Podía repetir los insultos. Podía contarle cómo tembló delante de Patricia, cómo evitó mirar a sus compañeras al salir de la sala.

No quiso darle ese conocimiento.

—Vino a mi trabajo, Rafael.

—Lo siento. Voy a hablar con ella para que no vuelva.

—No vas a arreglar esto hablando con ella.

—Entonces dime qué quieres que haga.

Alexandra miró los escalones.

Durante meses había esperado aquella pregunta. Había imaginado pedirle que la eligiera, que admitiera su relación, que dejara de esconderla.

Ahora le parecía agotador tener que enseñarle cómo dejar de lastimar a dos mujeres.

—No me llames más.

—No decidas así, enojada.

—Estoy decidiendo porque ya vi lo que estás dispuesto a hacer para protegerte.

—También te estoy protegiendo a ti.

Alexandra soltó una risa sin alegría.

—Me dejaste cargar con todo.

—Eso no es justo.

—No vuelvas a buscarme.

Cortó.

Esta vez no esperó a que el teléfono sonara de nuevo.

Lo bloqueó.

⁂

Griselda fue por ella al terminar la jornada.

Caminaron hasta una cafetería pequeña, pero Alexandra no quiso entrar. Compraron agua y se sentaron en una plaza.

Le contó lo ocurrido sin omitir la parte que más vergüenza le daba.

—Karina tenía razón en algo —dijo—. Yo sabía que estaba casado.

Griselda asintió despacio.

—Sí.

Alexandra agradeció que no intentara borrarlo.

—Pero él le dijo que yo lo perseguía.

Su amiga la miró.

—¿Y ahora?

Alexandra sacó el teléfono.

Abrió una conversación antigua de Rafael. Había mensajes cariñosos, invitaciones y disculpas. La prueba de que no había inventado aquella relación.

Durante un momento quiso enviárselos todos a Karina.

Después cerró la pantalla.

—Voy a guardarlos —dijo—. Si vuelve a mentir sobre mí, no quiero quedarme sin nada.

—Me parece bien.

—Pero hoy no puedo hablar con ella otra vez.

Griselda le tomó la mano.

Permanecieron sentadas hasta que Alexandra dejó de llorar.

⁂

El viernes, Rafael apareció frente a su casa.

Su madre abrió la puerta y la llamó. Alexandra salió al escuchar su nombre. Al verlo sintió el impulso conocido de acercarse, aunque el cuerpo se le quedó quieto.

—Necesito hablar contigo —dijo él.

Ella cerró la puerta detrás de sí.

—Ya hablamos.

Rafael llevaba una bolsa con un libro que ella le había prestado.

—También vine a devolverte esto.

Alexandra lo recibió.

—Gracias.

Él no se fue.

—Karina no va a volver a molestarte.

Alexandra lo miró.

—No la llames así.

—¿Ahora la defiendes?

—Ella no vino aquí por su cuenta. Vino por lo que tú hiciste y por lo que yo acepté.

Rafael apretó la mandíbula.

—Te extraño.

Alexandra sintió que esas palabras todavía podían alcanzarla. Por eso mantuvo una mano sobre la puerta.

—Yo también te extraño —admitió.

Él dio un paso, esperanzado. Ella levantó la mano.

—Pero no voy a volver contigo.

—No puedes decir que me extrañas y cerrar la puerta como si yo no hubiera significado nada.

—La manera que quieres ya la conozco.

Rafael miró hacia las ventanas de la casa.

—No quería que terminaras sufriendo así.

Alexandra sostuvo el libro contra el pecho.

—Y aun así seguiste.

Él pareció buscar una respuesta.

No la encontró.

Ella abrió la puerta.

—No regreses.

Entró antes de que él pudiera tocarla.

⁂

Aquella noche reunió lo que conservaba de Rafael.

Una chamarra. Dos fotografías impresas. Un boleto de cine que había guardado dentro de un cuaderno.

No rompió nada.

Puso sus pertenencias en una bolsa y pidió a Griselda que la ayudara a devolverlas sin verlo. Las fotografías quedaron dentro de un sobre, al fondo de un cajón.

Después se sentó frente a la computadora.

Tenía un presupuesto pendiente y una entrega escolar atrasada.

Trabajó veinte minutos.

Lloró otros diez.

Volvió a trabajar.

Cuando terminó, guardó el archivo y abrió la agenda. Había perdido clases, horas de sueño y días enteros intentando descifrar cuándo Rafael encontraría tiempo para quererla.

Anotó lo que necesitaba hacer el lunes.

Hablar con su profesora.

Confirmar el montaje del sábado.

Buscar ayuda para dejar de sentirse así.

Antes de apagar la luz volvió a revisar el teléfono. No había mensajes suyos; lo había bloqueado en todas partes.

La ausencia dolió.

Alexandra dejó el aparato sobre el buró y se acostó sin deshacer esa decisión.

Todavía lo amaba. Dejó que ese sentimiento la acompañara durante la noche sin convertirlo en una razón para volver.