Capítulo 6 de 25
Lo que volvió a florecer
El día de su graduación, Alexandra buscó a su madre entre las butacas y la encontró levantando una mano.
Estaba sentada junto a Griselda. Las dos sonreían, y su madre tenía el teléfono en posición vertical, preparada para grabar el momento en que dijeran su nombre.
Alexandra sostuvo la carpeta del diploma contra el pecho.
Durante meses había imaginado aquella ceremonia con Rafael a su lado. Él iba a llevarle flores, conocería por fin a su familia y saldría con ella en las fotografías.
Ahora había una silla vacía junto a Griselda, reservada para su tía Beatriz, que seguía atrapada en el tráfico.
Alexandra miró ese espacio y no sintió la punzada que esperaba.
La sorprendió.
No había olvidado a Rafael. Había días en que una canción todavía la obligaba a cambiar de estación. Pero aquella mañana podía reconocer lo que había conseguido sin sentir que la ausencia de él lo volvía insuficiente.
Cuando anunciaron su nombre, su madre se puso de pie.
Alexandra caminó hasta el escenario.
Recibió el diploma, sonrió hacia la cámara y, al bajar, comprendió que conservaría una fotografía feliz de un día en el que Rafael no estaba.
⁂
No había sido sencillo llegar hasta allí.
Después de la visita de Karina, Alexandra acudió al servicio de orientación psicológica de la universidad. En la primera sesión pasó casi todo el tiempo llorando.
Había contado la historia intentando justificar cada decisión, anticipándose a un juicio que la psicóloga no hizo.
—Puedes reconocer que continuaste una relación que dañó a otra persona —le dijo— y también reconocer que él te engañó y se aprovechó de lo que sentías.
Alexandra sostuvo un pañuelo húmedo entre las manos.
—Entonces, ¿por qué me cuesta tanto dejar de quererlo?
—Porque lo que entiendes y lo que sientes no siempre cambian al mismo tiempo.
Aquella respuesta no la curó. Le permitió dejar de tratarse como si fuera una estúpida por no estar bien.
Aprendió a soportar tardes difíciles sin llamar a Rafael. A contarle a Griselda que lo extrañaba sin convertir esa confesión en un anuncio de que volvería con él.
También habló con su madre.
Lo hizo una noche en la cocina, mientras las dos desgranaban elotes para la comida del día siguiente.
Su madre dejó de trabajar al escuchar lo de la boda.
—¿El muchacho que vino con las flores?
Alexandra asintió.
Contó lo demás mirando sus propias manos.
Cuando terminó, esperó una reprimenda.
Su madre tardó en hablar.
—Ojalá me hubieras dicho.
—Me daba vergüenza.
La mujer se limpió las manos en un paño.
—No quiero que te dé vergüenza venir conmigo cuando alguien te lastime.
Alexandra empezó a llorar otra vez. Su madre la abrazó entre el olor del maíz y el ruido de una olla que hervía.
⁂
Rafael intentó buscarla después.
Primero llamó desde un número que Alexandra no reconoció. Al oír su voz, ella cortó.
Luego mandó un correo.
Decía que no sabía cómo estaban llegando a tanto, que Karina ya estaba tranquila y que podían verse para cerrar bien la historia.
Alexandra no respondió.
Una mañana recibió otro mensaje, esta vez a través de una cuenta nueva.
Me enteré de que te graduaste. Siempre supe que lo lograrías.
Durante unos segundos sintió la tentación de contestar.
Después recordó la presentación a la que él no había ido.
Guardó una copia del mensaje y bloqueó la cuenta.
No volvió a verlo.
⁂
Patricia le ofreció un puesto de tiempo completo pocas semanas después de la graduación.
—Ya haces más que muchos coordinadores —dijo, deslizando un contrato sobre el escritorio—. Es hora de que también se note en tu sueldo.
Alexandra leyó las condiciones con cuidado.
La agencia había crecido. Ya no ocupaban solamente dos habitaciones de aquella casa adaptada: tenían una oficina más amplia, un almacén pequeño y proveedores que conocían la voz de Alexandra por teléfono.
Al firmar, pensó en la niña que acomodaba sillas de plástico en el patio de su abuela.
Se habría sentido orgullosa.
Durante los años que siguieron al cierre de aquella relación, el trabajo le dio una continuidad que no dependía de Rafael.
Aprendió a discutir presupuestos sin disculparse por cada cifra. A decirle a una novia que una fotografía de internet no podía reproducirse con la mitad del dinero. A pedir refuerzos antes de que el cansancio volviera imposible resolver algo.
Hubo bodas hermosas y bodas agotadoras.
En una, la madre del novio decidió cambiar el orden de las mesas cuando los invitados ya estaban entrando. En otra, el vestido se rompió minutos antes de la ceremonia y Alexandra sostuvo la tela mientras una costurera trabajaba de rodillas.
Cada vez que una pareja le agradecía, sentía que volvía a habitar una parte de sí misma que el dolor no había conseguido destruir.
⁂
Cumplió veintiséis años en una terraza, rodeada de amigos.
Griselda le regaló una agenda de pasta verde.
En la primera página había escrito:
Para todo lo que todavía te falta vivir.
Alexandra pasó un dedo sobre la dedicatoria.
—Suena a amenaza.
—Lo es —respondió su amiga—. Te faltan vacaciones.
Las dos se rieron.
Griselda llevaba meses insistiendo en que saliera con alguien. Había un compañero de trabajo, un primo de una amiga y un vecino al que Alexandra jamás había visto.
—No estoy castigando a nadie —le dijo aquella noche—. Simplemente no me nace.
Griselda apoyó los codos en la mesa.
—¿Y si un día te nace?
Alexandra miró las luces de la terraza.
—Supongo que lo voy a notar.
Había salido a cenar con dos hombres durante esos años. Uno quiso verla de nuevo; el otro no. Ninguno le había despertado el deseo de construir una cercanía.
No extrañaba tener novio por tenerlo.
Extrañaba, a veces, la posibilidad de confiar.
⁂
Conoció a Fernando tres meses después, durante el montaje de una boda.
Tenía veintiséis años. Había terminado la universidad, vivía por su cuenta y podía resolver una jornada difícil sin pedirle a nadie que la salvara. Aquella seguridad no alcanzaba todas las zonas de su vida, pero era suya.
El salón estaba a punto de recibir a ciento ochenta invitados cuando una falla eléctrica dejó sin luz parte del jardín.
Alexandra tenía un radio en una mano y una carpeta en la otra. El proveedor de iluminación insistía en que el problema pertenecía al recinto. El encargado del recinto decía que la instalación del proveedor había sobrecargado una línea.
—Discutan después —intervino ella—. Ahora necesito saber qué pueden encender.
Un hombre que revisaba el tablero se volvió.
—Dame diez minutos.
Alexandra lo observó.
Llevaba las mangas de la camisa dobladas y una linterna pequeña entre los dedos.
—Tengo siete.
Él miró hacia el jardín oscuro.
—Entonces voy a dejar de hablar.
No sonrió al decirlo. Se puso a trabajar.
Alexandra continuó reorganizando la entrada. Indicó que encendieran velas en una zona segura, retrasó el acceso de los invitados y pidió al grupo musical que empezara a tocar dentro del salón.
Ocho minutos después, la iluminación regresó.
El hombre apareció junto a ella.
—Me pasé por uno.
Alexandra soltó el aire que llevaba reteniendo.
—Te lo perdono.
—Fernando —se presentó.
Era coordinador operativo de una empresa audiovisual que colaboraba por primera vez con la agencia.
Ella le dio su nombre y volvió al trabajo.
Al terminar la recepción, lo encontró ayudando a recoger equipo.
—Pensé que los coordinadores solo daban órdenes —comentó.
Fernando levantó una caja.
—Eso intento, pero nadie me hace caso.
Alexandra sonrió.
Estaba agotada. Aun así, se quedó conversando unos minutos.
⁂
Fernando comenzó a aparecer en otros eventos.
No siempre trabajaban juntos, pero cuando coincidían encontraba un momento para saludarla.
Recordaba sus indicaciones y las cumplía sin convertir cada ajuste en una discusión.
Un viernes le dejó un café sobre la mesa de coordinación.
—Sin azúcar —dijo.
Alexandra alzó la vista.
—¿Cómo sabes?
—Te escuché pedirlo la vez pasada.
Agradeció el gesto y siguió revisando el programa.
Cuando él se alejó, miró el vaso más tiempo del necesario.
Se dio cuenta de que había empezado a esperar sus saludos.
⁂
La primera invitación llegó al terminar un montaje.
—¿Has cenado? —preguntó Fernando.
Alexandra cerró la carpeta.
—He comido tres almendras y la mitad de una galleta.
—Una alimentación ejemplar.
—No acepto críticas de alguien que lleva cuatro cafés.
Él sonrió.
—Hay un lugar abierto cerca. Podemos mejorar juntos.
Alexandra miró la hora.
Pensó en su casa, en la ropa cómoda que la esperaba y en la tranquilidad de no tener que averiguar qué quería alguien de ella.
Después miró a Fernando.
—Una hora —dijo.
Cenaron tacos en una mesa junto a la ventana.
Fernando tenía treinta y dos años y estudiaba cursos de administración para ampliar su trabajo. Le habló de los viajes que hacía para congresos y de un perro que había tenido de niño.
Alexandra le contó cómo había empezado en la agencia. Él escuchó sin intentar adelantarse a sus frases.
Cuando salieron, no la besó.
—Me gustaría volver a verte sin radios de por medio —dijo.
Alexandra sintió una alegría pequeña, seguida inmediatamente por miedo.
—Podemos tomar un café.
—Me parece bien.
⁂
Lo pospuso dos veces.
La primera de verdad tuvo trabajo. La segunda pasó la tarde en casa mirando el mensaje con la invitación.
Fernando no reclamó.
Cuando puedas, respondió.
Aquella paciencia le permitió intentarlo.
Durante el café, él notó que Alexandra elegía con cuidado sus respuestas.
—¿Te incomodo?
Ella negó.
Después decidió no mentir.
—Me cuesta empezar algo.
Fernando dejó la taza.
—¿Una mala experiencia?
Alexandra miró hacia la calle.
—Sí.
No quiso contarle toda la historia. Le habló de un hombre que le había ocultado otra relación y de lo difícil que había sido salir de allí.
Fernando escuchó con el rostro serio.
—No tendrías que haber pasado por eso.
Alexandra asintió.
—Pero no necesito que me prometas que contigo todo va a ser distinto.
Él pareció sorprendido.
—Está bien.
—Necesito poder preguntar cosas y que me respondas de verdad.
Fernando sostuvo su mirada.
—Puedes hacerlo.
Alexandra dejó las manos quietas sobre la mesa.
—¿Tienes pareja?
—No.
—¿Estás saliendo con alguien?
Él negó.
—Si hubiera alguien, no estaría aquí invitándote a salir.
Ella sintió que los hombros se le aflojaban.
No tomó la respuesta como una garantía para siempre. La tomó como el punto desde el que podían empezar. Si él mentía en algo tan concreto, la responsabilidad no podía estar en la manera en que ella preguntara.
⁂
Fernando la besó en la cuarta salida.
Estaban junto al coche de Alexandra, después de caminar por el centro. Él le había contado algo que la hizo reír y luego se quedó mirándola.
—¿Puedo?
Ella supo qué preguntaba.
Asintió.
El beso fue breve. Fernando se apartó lo suficiente para dejarle espacio.
Alexandra lo tomó de la camisa y volvió a acercarse.
Le sorprendió desearlo con tanta claridad.
No había perdido aquella parte de sí misma. Había permanecido quieta, protegida, hasta encontrar a alguien que le pareciera seguro.
Camino a casa sonrió frente a un semáforo.
Después se llevó una mano al pecho, asustada por la facilidad con que una ilusión podía volver.
⁂
Esa misma noche, Fernando recibió una llamada cuando ya estaba en su departamento.
Alexandra le había enviado un mensaje agradeciendo la salida. Él todavía lo tenía abierto al contestar.
—Hola, amor —dijo María Elena.
Fernando se recostó en el sofá.
—¿Cómo te fue con tu mamá?
—Ya elegimos dos lugares para ir a ver. Necesito que me digas qué sábado puedes.
Sobre la mesa había una carpeta con cotizaciones de salones.
Fernando la miró.
—Mándame las fechas.
—Y no vayas a olvidarlo otra vez.
—No me olvido.
María Elena siguió hablando de la boda.
Él escuchó mientras respondía el mensaje de Alexandra.
Yo también la pasé muy bien. Quiero verte pronto.
En su habitación, Alexandra leyó aquellas palabras y dejó el teléfono sobre la almohada.
Afuera empezaba a llover.
Esta vez no corrió hacia ninguna parte.
Cerró la ventana y se acostó, creyendo que había aprendido a elegir mejor.