Capítulo 7 de 25

La novia de las peonías

Fernando comenzó a ocupar los espacios que Alexandra había dejado libres durante años.

Primero fueron los mensajes al despertar. Después, los jueves por la noche y algunos domingos en que ella no tenía eventos.

Él proponía planes sencillos: desayunar en un mercado, caminar por el centro, buscar un libro que Alexandra había mencionado sin esperar que lo recordara. No parecía impaciente por llevarla a ningún sitio ni por obtener de ella una respuesta determinada.

Durante las primeras semanas, esa tranquilidad le permitió descansar.

Una tarde entraron a una tienda de muebles porque Alexandra quería comprar una mesa para su departamento. Se había mudado poco antes de conocerlo y todavía cenaba sobre una superficie plegable que Patricia le había prestado.

Fernando se sentó frente a una mesa de madera clara.

—Esta.

—Es demasiado grande.

—Aquí caben tus carpetas, la cena y los invitados.

Alexandra levantó una ceja.

—¿Qué invitados?

—Tu mamá. Griselda. Yo, si me invitas.

Ella lo miró un instante más de lo necesario.

Le gustó que se imaginara en su casa.

Compró una más pequeña, pero esa noche, cuando Fernando la ayudó a montarla, puso dos platos sobre ella.

⁂

La primera vez que pasaron la noche juntos fue en aquel departamento.

Habían preparado pasta y dejado los platos en el fregadero. Alexandra puso música mientras Fernando recogía las copas de la sala.

Al acercarse a ella, le preguntó si estaba cansada.

—Un poco.

—Puedo irme.

Alexandra negó.

Lo besó despacio y sintió cómo él dejaba la copa sobre la mesa para abrazarla.

Después se detuvo.

—Quiero decirte algo.

Fernando mantuvo las manos en su cintura.

—Dime.

Alexandra buscó sus palabras.

—Me gustas. Y quiero estar contigo. Pero no voy a pasar meses fingiendo que no te deseo para que después me consideres una mujer seria.

Él frunció el ceño, sorprendido.

—No te estoy pidiendo eso.

—Lo sé. Necesitaba decirlo.

Fernando le acarició la mejilla.

—Conmigo puedes estar tranquila.

Hablaron de protección. Alexandra hizo preguntas concretas y él respondió sin burlarse ni cambiar de tema.

Cuando volvieron a besarse, ella había decidido quedarse en ese momento. No estaba intentando asegurar un futuro ni convencerlo de nada.

Lo deseaba.

Más tarde, recostada junto a él, se sintió serena.

Fernando le tomó la mano y besó sus dedos.

—Te ves distinta aquí.

—¿Aquí dónde?

—En tu casa. Sin estar resolviendo problemas de todo el mundo.

Alexandra sonrió.

—También resuelvo problemas aquí. La regadera gotea.

Él se rio y la abrazó. Ella se quedó dormida escuchando su respiración.

⁂

Por la mañana, Fernando salió antes de que Alexandra terminara de preparar café.

—Tengo que pasar a ver a mi mamá —explicó, buscando las llaves.

Ella se apoyó en el marco de la cocina.

—Podrías llevarle pan.

—Buena idea.

Alexandra envolvió dos piezas que habían comprado la tarde anterior.

Cuando se las entregó, él la besó.

—Nos vemos en la semana.

No hubo nada extraño en la despedida.

Lo extraño apareció después, con una lentitud que le impidió reconocerlo enseguida.

Fernando siempre hablaba de su madre, pero nunca propuso que Alexandra la conociera. Mencionaba compañeros y reuniones familiares como quien describe lugares lejanos, sin preguntarle si quería acompañarlo.

Ella esperó.

Se dijo que no todos presentaban a una pareja durante los primeros meses.

Sin embargo, una noche, mientras elegían un restaurante, decidió preguntar.

—¿Qué somos para ti?

Fernando dejó el teléfono.

—¿Cómo?

—Estamos saliendo. Pasamos tiempo juntos. Me gustaría saber si tú lo ves como una relación.

Él la observó con atención.

—Claro que hay una relación.

—Me refiero a ser pareja.

Fernando tomó su mano.

—Me importas, Alexandra.

Ella permaneció quieta.

Con Rafael, esas palabras habían servido demasiadas veces para evitar otras.

—Eso no responde mi pregunta.

Fernando bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

—No quiero apresurar algo que está funcionando.

Alexandra retiró despacio la mano.

—No te estoy pidiendo que te cases conmigo.

Él sonrió, como si la frase le permitiera aliviar la conversación.

—Ya sé. Solo quiero que disfrutemos esto.

Esa noche ella tardó en dormir.

A la mañana siguiente, Fernando le mandó una fotografía del libro que había conseguido para ella.

Alexandra respondió.

La pregunta quedó pendiente.

⁂

María Elena llegó a la agencia a finales de febrero.

Patricia había aceptado su evento después de una recomendación de una antigua clienta. La fecha estaba fijada para octubre y la recepción se celebraría en una hacienda a las afueras de la ciudad.

Alexandra la recibió en la sala de juntas.

—Perdón por llegar sola —dijo la novia, acomodando el bolso junto a su silla—. Mi prometido está fuera por trabajo.

—No te preocupes. Hoy vamos a revisar lo que ya tienen contratado y lo que falta.

María Elena sacó una carpeta llena de separadores.

Alexandra sonrió.

—Venías preparada.

—Es la única forma de que no se me olvide nada.

Había elegido la hacienda, la parroquia y al fotógrafo. Quería que la agencia coordinara a los proveedores, desarrollara la decoración y supervisara el día de la boda.

En la documentación figuraban los nombres completos de ambos contrayentes. Alexandra leyó el del novio sin detenerse en él: Luis Fernando Robles Salcedo.

El hombre con quien salía se presentaba profesionalmente como Fernando Salcedo. Los técnicos y los clientes de su empresa usaban ese nombre, tomado de su segundo nombre y su apellido materno. Alexandra había visto el nombre comercial en cotizaciones antes de conocerlo de manera íntima. Por eso no lo asoció con aquel Luis Fernando: no esperaba encontrarlo en el expediente de una novia.

Entre los documentos había imágenes del recinto, del vestido y de referencias decorativas, pero ninguna de la pareja. Todavía no iban a producir invitaciones con retratos; el fotógrafo trabajaba directamente con María Elena.

María Elena había pedido encargarse de las decisiones cotidianas. Su prometido participaría en el presupuesto y en asuntos familiares, pero las citas de diseño las haría ella, algunas veces acompañada por su madre.

Era una distribución frecuente.

Alexandra abrió el formulario de preferencias.

—Cuéntame cómo imaginas la recepción.

María Elena soltó el aire, como si hubiera esperado mucho tiempo aquella pregunta.

—Quiero que se sienta como un jardín, pero sin que parezca que trajimos el jardín entero al salón.

Las dos se rieron.

La novia mostró una fotografía.

Había peonías blancas, follaje y velas altas.

—Esto me encanta.

Alexandra acercó la imagen.

—Podemos usarla como referencia, pero las peonías dependen de disponibilidad e importación. Voy a cotizar también una alternativa para que no tengamos sorpresas.

—¿Tú qué pondrías?

Alexandra empezó a explicarle.

María Elena escuchó y tomó notas.

Al terminar la reunión, tenía el gesto más relajado.

—Gracias. Pensé que iba a salir de aquí con veinte problemas nuevos.

—Tendrás algunas decisiones nuevas —respondió Alexandra—. Problemas, todavía no.

⁂

Durante los meses siguientes, María Elena se convirtió en una de sus clientas más cercanas.

Llegaba puntual, respondía los correos y agradecía las explicaciones. Cuando no podía pagar una propuesta, lo decía sin intentar regatear el trabajo de los proveedores.

Alexandra disfrutaba atenderla.

Una tarde probaron muestras de mantelería junto a las ventanas de la hacienda.

María Elena levantó una tela color marfil.

—A él le gustó esta.

—Entonces la dejamos entre las finalistas.

—Dice que yo decida, pero luego sí tiene opiniones.

Alexandra sonrió.

Conocía esa dinámica en muchas parejas.

La novia dejó la tela sobre la mesa.

—¿Tú estás casada?

—No.

—¿Tienes novio?

Alexandra tardó apenas un segundo.

—Estoy saliendo con alguien.

—¿Y él qué opina de que trabajes tantas bodas?

—También trabaja en eventos.

María Elena hizo una expresión divertida.

—Entonces sí te entiende cuando llegas cansada.

Alexandra pensó en Fernando llevándole café durante un montaje.

—Sí. Eso ayuda.

La conversación siguió hacia el menú.

Al regresar a la oficina, encontró un mensaje suyo.

¿Cómo te fue en la hacienda?

Ella respondió que bien.

No mencionó a la novia. Tampoco él preguntó su nombre.

⁂

Fernando sí sabía de qué evento se trataba.

María Elena le había enseñado el folleto de la agencia semanas antes de contratarla.

En una fotografía del equipo aparecía Alexandra junto a Patricia, frente a una mesa decorada.

Él había reconocido su rostro de inmediato.

—Me la recomendó Ana —explicó María Elena—. Dice que trabajan muy bien.

Fernando mantuvo los ojos en el folleto.

María Elena le preguntó si podrían acudir juntos a la primera reunión. Fernando abrió el calendario del teléfono.

—Ese jueves tengo una instalación. Ve tú y luego me pasas la propuesta.

—Podemos cambiarla al viernes.

—No conviene moverles la agenda. Si trabajan como Ana dice, vamos a contratarlas de todos modos.

María Elena aceptó. Fernando anotó el horario de la reunión, pero no para asistir: necesitaba evitar que Alexandra lo viera cerca de la agencia ese día. La primera ausencia quedó resuelta con un argumento práctico. Después prepararía las siguientes.

La documentación usaría su nombre completo. María Elena lo llamaba Luis, como sus padres; los compañeros de trabajo usaban Fernando Salcedo. Esa diferencia existía desde antes de las dos relaciones. Él decidió aprovecharla.

Cuando María Elena propuso contratar el sonido con la empresa de Fernando, él eligió otra.

—Prefiero estar pendiente de nosotros, no del equipo. Si mis técnicos vienen, todo el mundo va a pedirme que resuelva cosas.

Le envió tres presupuestos y recomendó uno. María Elena agradeció que por fin se ocupara de una tarea. Para Fernando, aquel contrato eliminaba a varias personas que podían saludarlo con el nombre que Alexandra conocía.

Se dijo que faltaban meses para la boda.

Que tendría tiempo.

Cuando María Elena preguntó si le parecía bien contratar a Patricia, respondió que sí.

⁂

En mayo, Griselda fue a cenar al departamento de Alexandra.

Encontró un ramo de flores junto a la ventana y un libro con una dedicatoria sobre la mesa.

—Fernando —dijo Alexandra, siguiendo su mirada.

Griselda abrió el libro.

Para que descanses de planear finales felices y disfrutes uno inventado.

Su amiga sonrió.

—Tiene sus momentos.

Alexandra sirvió la cena.

Hablaron de trabajo y de un viaje que seguían posponiendo. Después, Griselda preguntó cómo iban las cosas.

—Bien —respondió Alexandra.

—¿Ya conociste a alguien de su familia?

Ella dejó la cuchara.

—Todavía no.

Griselda esperó.

—Trabaja mucho. Y su mamá ha estado ocupada con unos asuntos.

—¿Eso te dijo?

Alexandra la miró.

—Sé por dónde vas.

—Voy por donde tú me has contado.

La incomodidad le quitó un poco el apetito.

—No es Rafael.

—No dije que lo fuera.

Alexandra bajó los ojos.

Unos segundos después habló más despacio.

—Me da miedo arruinarlo por desconfiar de todo.

Griselda apoyó la mano sobre la mesa.

—Puedes confiar y también pedir claridad.

Ella asintió.

Esa noche, después de que su amiga se marchara, redactó un mensaje para Fernando.

Quiero que hablemos de nosotros.

Lo leyó varias veces.

Luego lo envió.

⁂

Entre un montaje y un viaje de Fernando tuvieron que aplazar la conversación. Hablaron, finalmente, el primer domingo de junio.

Fernando llegó a su departamento con pan dulce. Alexandra puso café y dejó el teléfono lejos de la mesa.

—No quiero seguir sin saber si somos novios —dijo.

Él sostuvo la taza entre las manos.

—Estamos juntos.

—Entonces quiero que eso también exista fuera de aquí.

Fernando miró hacia la ventana.

—¿Te refieres a mi familia?

—A tu familia, a tus amigos. A no tener que adivinar cómo me presentarías si encontráramos a alguien en la calle.

Él guardó silencio. Alexandra sintió miedo, pero continuó.

—No voy a repetir lo que viví antes.

Fernando dejó la taza.

—Entiendo.

Se acercó a ella y le tomó ambas manos.

—Voy a ordenar mis horarios. No tiene sentido presentarte a todos en medio de este cierre de proyectos. En cuanto lo resuelva, organizo una comida.

Alexandra lo observó.

Era una respuesta incompleta.

También era la primera vez que parecía aceptar lo que ella pedía.

—No quiero una promesa que se alargue meses.

—No va a ser así.

Ella quiso creerle.

⁂

En junio, María Elena llegó a una reunión con fotografías de su vestido.

Se las mostró a Alexandra desde el teléfono, emocionada.

—No se las he enseñado a él. Dice mi mamá que da mala suerte.

Alexandra amplió una imagen para revisar la longitud de la cola.

—Necesitaremos dejar suficiente espacio entre las primeras filas.

Mientras regresaba el teléfono, entró una llamada.

En la pantalla apareció: Luis

María Elena contestó.

La llamada apenas dejaba pasar palabras sueltas por el auricular. Alexandra reconoció un tono masculino, no una voz que pudiera identificar. Siguió revisando el plano mientras la novia buscaba una zona con mejor señal.

—Estoy con Alexandra, viendo lo de la entrada.

Al otro lado se oyó una voz amortiguada. La novia se levantó y salió al pasillo para hablar mejor.

Alexandra siguió tomando notas.

Escribió una indicación sobre el vestido, otra sobre las flores y una tercera para confirmar el horario de la ceremonia.

Cuando María Elena regresó, sonreía.

—Dice que confía en nosotras.

Alexandra sonrió también.

Sobre la mesa quedaron las muestras de peonías blancas y el plano de un pasillo por el que, meses después, aquella mujer caminaría hacia Fernando.

Alexandra trazó una línea junto al altar.

Todavía no sabía a quién estaba dejando espacio.