Capítulo 8 de 25
El hombre que esperaba en el altar
En septiembre, Alexandra empezó a llevar dos cuentas del tiempo.
Una estaba en su agenda: faltaban semanas para la boda de María Elena. La otra no aparecía escrita en ninguna parte: habían pasado tres meses desde que Fernando prometió darle un lugar claro en su vida.
Seguían viéndose.
Él continuaba siendo cariñoso a solas, atento a sus mensajes y generoso con pequeños detalles. Pero cada intento de conocer a su familia terminaba en una explicación distinta.
Su madre había salido de la ciudad.
Un hermano estaba atravesando un problema.
La comida del domingo se había cancelado.
Alexandra dejó de preguntar durante algunas semanas. Después comprendió que aquel silencio no le daba tranquilidad; solamente evitaba una conversación que temía escuchar.
Una noche, mientras Fernando buscaba una película, ella apagó el televisor.
—Necesitamos hablar.
Él dejó el control sobre el sofá.
—¿Pasó algo?
—Siguen pasando las mismas cosas.
Fernando suspiró. Alexandra sintió el impulso de disculparse por el momento elegido. Lo contuvo.
—Me dijiste que no ibas a alargar esto durante meses.
—He tenido muchísimo trabajo.
—También yo.
Él se acomodó frente a ella.
—No estoy jugando contigo.
—Entonces deja de pedirme que te crea sin mostrarme nada.
Fernando bajó la vista.
—Después de octubre voy a estar más libre.
Alexandra observó sus manos.
—Siempre hay una fecha nueva.
—Esta vez es verdad.
Ella se levantó y recogió las dos tazas de la mesa.
En la cocina permaneció un momento frente al fregadero, sosteniéndolas sin lavarlas.
Cuando Fernando se acercó, no dejó que la abrazara.
—Necesito pensar si quiero seguir así.
Él asintió.
Pero antes de irse la besó en la frente y dijo que no quería perderla.
Alexandra cerró la puerta con una sensación demasiado conocida.
⁂
La boda de María Elena ocupaba casi todas sus jornadas.
Patricia había dejado a Alexandra como coordinadora principal. Ella conocía cada modificación del menú, cada nombre en la distribución de mesas y cada problema que podía surgir en el traslado de los invitados.
La ceremonia religiosa empezaría a las cinco. Después habría cóctel en el jardín de la hacienda y recepción en el salón.
Los novios habían contratado una empresa audiovisual diferente de aquella donde Fernando trabajaba. Era una de las preferencias del novio, comunicada por María Elena al principio de los preparativos.
Alexandra no había encontrado nada raro en ello.
Ahora revisaba con aquel proveedor el lugar donde se instalaría el generador de respaldo.
—Quiero probarlo antes de las dos —indicó—. No cuando ya tengamos una falla.
María Elena la escuchaba desde una mesa cercana.
Cuando terminaron la visita, se acercó a ella.
—¿Tú siempre piensas en todo lo que puede salir mal?
Alexandra cerró la carpeta.
—Intento pensarlo antes para no tener que hacerlo durante la fiesta.
La novia sonrió, pero luego se quedó mirando el jardín.
—Yo sí estoy nerviosa.
—Es normal.
—A veces siento que llevo meses organizando esto y no he tenido tiempo de pensar en lo que viene después.
Alexandra guardó silencio.
María Elena miró el anillo.
—Lo quiero mucho. Solo espero que podamos hacernos tiempo cuando ya no haya una boda que preparar.
Alexandra reconoció aquella esperanza. No supo qué hacer con la cercanía que le produjo.
—Pueden hablarlo —respondió.
María Elena asintió.
Después tomó su teléfono para fotografiar las mesas.
⁂
El viernes anterior a la boda, Alexandra llegó a la oficina antes de las ocho.
Comprobó las entregas, imprimió programas y preparó un sobre para cada responsable. Patricia supervisaría la recepción de proveedores en la hacienda. Alexandra acompañaría a María Elena durante la preparación y coordinaría la ceremonia.
Las asistentes se repartirían entre ambos sitios.
No habría ensayo conjunto en la parroquia. El sacerdote les había dado instrucciones, y los contrayentes habían confirmado por separado su llegada.
María Elena había intentado fijar un ensayo diez días antes. Fernando canceló cuando ya estaba acordado: envió a su prometida una fotografía de una instalación antigua y dijo que debía quedarse fuera otra noche. Luego llamó a Patricia para recibir las indicaciones por separado. Alexandra supo únicamente que el novio no podría asistir; tenía otras dos ceremonias aquella semana y aceptó reorganizar la cita.
Fernando guardó la fotografía utilizada. Recordó cuál había enviado para no emplearla otra vez. María Elena creía que su prometido regresaría aquella mañana de un proyecto fuera de Morelia. Fernando le había dado un itinerario falso. En realidad llevaba una semana en un hotel de la ciudad, aprovechando que aún no vivían juntos para separar los últimos preparativos de sus encuentros con Alexandra.
A mediodía, Fernando escribió.
¿Puedes verme hoy?
Alexandra miró el mensaje mientras esperaba una llamada del florista.
Respondió que tenía trabajo.
Aunque sea un rato. Quiero hablar contigo.
Pensó en la conversación pendiente.
Salgo a las siete.
Fernando propuso cenar en el restaurante de un hotel cercano a la oficina. Le dijo que llevaba una semana alojándose allí por asuntos de un proyecto y que al día siguiente saldría temprano.
Alexandra aceptó.
No quería seguir aplazando las preguntas.
⁂
Fernando la esperaba junto a una ventana.
Se levantó al verla y apartó la silla.
—Estás agotada.
—Mañana tengo una boda grande.
—Entonces no te quito mucho tiempo.
Durante la cena, Alexandra notó que él estaba inquieto. Miraba el teléfono y lo dejaba otra vez boca abajo.
—¿Qué querías decirme? —preguntó.
Fernando sostuvo la copa entre los dedos.
—Que he pensado en lo que hablamos.
Ella esperó.
—No quiero que sientas que no eres importante.
Alexandra dejó de comer.
—Quiero saber si hay algo que no me estás diciendo.
Él levantó los ojos.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque llevo meses escuchando que después todo va a cambiar.
Fernando guardó silencio.
A unos metros, un mesero retiraba platos de otra mesa. Alexandra oyó el roce de los cubiertos, la música del restaurante, una risa breve.
Él tuvo tiempo de responder con la verdad.
—Tengo cosas que resolver —dijo finalmente—. Pero no hay nadie más.
Alexandra lo miró con atención.
—No me mientas en eso.
—No te estoy mintiendo.
Ella sintió alivio antes de poder defenderse de él.
⁂
Subieron a su habitación después de cenar.
Alexandra pensó que debía volver a casa, descansar, revisar una vez más los horarios. Fernando le ofreció llamar un taxi cuando quisiera irse.
Conversaron sentados junto a la ventana.
Él le preguntó por el evento. Alexandra habló del jardín, de las peonías y del vestido de la novia. Fernando escuchó sin preguntar nombres.
Cuando la besó, ella apoyó una mano en su pecho.
—Tengo que levantarme temprano.
—Lo sé.
Alexandra también lo deseaba.
Le dolería después recordar que aquella noche no había sentido miedo. Había creído obtener, por fin, una respuesta suficiente para seguir.
La intimidad fue tranquila. Después, mientras buscaba una horquilla caída entre las sábanas, él le acarició la espalda.
—Quisiera que no tuvieras que irte.
Ella sonrió sin volverse.
—Yo quisiera no tener que trabajar mañana.
Fernando no dijo nada.
La acompañó al ascensor cerca de la medianoche.
—Cuando termine la boda, hablamos —le pidió Alexandra.
Él la besó.
—Claro.
⁂
A las ocho de la mañana, Alexandra estaba en la habitación donde se preparaba María Elena.
La novia llevaba una bata clara y sostenía una taza de té mientras la maquillista organizaba sus productos. Su madre había llegado con demasiadas bolsas. Una prima buscaba unos aretes que estaban guardados en una caja sobre la cama.
Alexandra empezó a ordenar la jornada.
Encontró los aretes, confirmó el transporte y pidió que dejaran libre el espacio junto a la ventana para las fotografías.
María Elena la observó desde la silla.
—¿Dormiste?
—Lo suficiente.
Era mentira, pero podía trabajar.
Su teléfono vibró dentro del bolsillo.
Fernando.
Que todo salga bien hoy.
Alexandra escribió:
Gracias. Luego te llamo.
Guardó el aparato y ayudó a desplegar la cola del vestido.
⁂
A las cuatro y media, los invitados comenzaron a entrar en la parroquia.
Una asistente de la agencia recibía al novio por una puerta lateral y comprobaba los últimos detalles con el sacerdote. Alexandra permanecía afuera, junto a María Elena, esperando a que terminaran las fotografías con su padre.
El radio crujió.
—El novio ya está en posición.
—Recibido —respondió Alexandra.
Revisó el velo.
Una ráfaga había desplazado una esquina de la tela. La acomodó sobre el hombro de María Elena y se agachó para extender la cola.
La novia la tomó del brazo.
—Gracias por todo.
Alexandra levantó la cabeza.
—Todavía nos falta la fiesta.
—Pero hasta aquí… gracias.
María Elena estaba temblando.
Alexandra le apretó suavemente la mano.
—Respira. Camina despacio. No tienes que ir siguiendo a nadie.
La novia asintió.
Su padre se colocó a su lado.
Dentro empezaron a sonar las primeras notas del órgano.
Alexandra avanzó hasta la entrada para dar la señal.
Y lo vio.
⁂
Fernando esperaba frente al altar.
Llevaba un traje oscuro y una flor blanca en la solapa.
Alexandra se detuvo detrás de la última fila.
No lo reconoció de inmediato como al hombre con quien había pasado la noche. Durante un segundo absurdo pensó que estaba trabajando allí, que alguien lo había llamado para resolver un problema.
Después vio al padrino junto a él.
El sacerdote.
La posición exacta donde debía estar el novio.
Luis Fernando Robles Salcedo.
El nombre completo apareció en su memoria con una claridad cruel.
Robles era el apellido que él no usaba en el trabajo. El nombre del expediente y el de las cotizaciones pertenecían al mismo hombre. De pronto vio las ausencias enlazadas: las citas canceladas, el proveedor que él había apartado, aquella llegada anunciada desde una ciudad donde no estaba. Había dedicado meses a impedir precisamente ese encuentro.
No había nadie más.
La víspera había vuelto a decírselo.
Alexandra sintió un zumbido en los oídos.
La voz de su asistente llegó por el radio.
—¿Damos entrada?
No respondió.
Fernando miró hacia el fondo de la iglesia.
La encontró.
La sonrisa le desapareció.
Ese cambio terminó de confirmar lo que Alexandra ya sabía.
⁂
Una mano tocó su hombro.
María Elena.
—¿Ya?
Alexandra se volvió. La novia tenía los ojos húmedos y una sonrisa nerviosa. Detrás, su padre esperaba la indicación.
Durante un instante, Alexandra imaginó decirlo allí.
Anoche estuvo conmigo.
Le bastaba una frase para detener la música y transformar todas aquellas miradas.
Pero no consiguió pronunciarla.
No había elegido cómo hablar con María Elena ni tenía fuerzas para explicarse delante de una iglesia llena. Apenas podía sostenerse.
Necesitaba salir del pasillo.
Necesitaba que alguien más tomara el radio.
La asistente se acercó al notar la demora.
Alexandra le entregó el programa.
—Continúa tú —susurró—. Voy a llamar a Patricia.
—¿Estás bien?
Negó casi imperceptiblemente.
Después miró a María Elena.
Acomodó por última vez un pliegue del velo.
—Ya puedes entrar.
La novia avanzó del brazo de su padre. Alexandra se apartó.
No cayó al suelo.
Se sostuvo del respaldo de un banco, mientras Fernando esperaba a la mujer que ella había ayudado a vestir.
En el bolsillo llevaba todavía el mensaje de aquella mañana.
Que todo salga bien hoy.
Sacó el teléfono y llamó a Patricia.
Cuando su jefa contestó, Alexandra tuvo que cerrar los ojos para conseguir hablar.
—Necesito que vengas a la iglesia.
—¿Qué pasó?
Al fondo, María Elena llegó junto al altar.
Fernando evitó mirar hacia atrás. Alexandra apretó el teléfono.
—El novio —dijo, con una voz que apenas reconoció—. El novio es Fernando.