Capítulo 9 de 25
Que todo salga bien
Patricia tardó unos segundos en comprender.
—¿El Fernando con el que estás saliendo?
Alexandra apoyó la espalda contra el muro del vestíbulo.
—Sí.
Al otro lado de la llamada hubo un ruido de llaves.
—Voy para allá. ¿Dónde estás?
—En la entrada.
—Quédate con Lucía. No estés sola.
Alexandra miró hacia la nave. Su asistente se había colocado junto a la última fila, pendiente del sacerdote y del programa.
Todo continuaba.
La música había terminado. Los invitados estaban sentados y María Elena permanecía junto a Fernando, bajo la luz cálida del altar.
Alexandra se llevó una mano al estómago.
—Tengo que estar en la recepción —dijo.
—Eso lo resolvemos cuando llegue.
—El salón, los proveedores…
—Alexandra, escúchame. Voy en camino.
Ella cerró los ojos.
Asintió, aunque Patricia no podía verla.
⁂
Se quedó unos minutos en un pasillo lateral.
Allí llegaban fragmentos de la ceremonia, amplificados por las bocinas. El sacerdote hablaba de compromiso, respeto y fidelidad.
Alexandra apoyó las manos en un lavamanos del baño y dejó correr el agua.
En el espejo llevaba el mismo rostro con el que había recibido a María Elena aquella mañana.
El cabello recogido.
Los labios discretamente pintados.
Los aretes pequeños que Fernando había tocado la noche anterior mientras la besaba.
Se quitó uno.
Lo dejó sobre el borde del lavamanos.
Luego se quitó el otro y guardó ambos en el bolso.
No quería romper nada. No tenía fuerzas para hacerlo.
Abrió la conversación de Fernando.
Que todo salga bien hoy.
Más arriba estaba su propia respuesta, confiada, cotidiana.
Gracias. Luego te llamo.
Alexandra escribió:
No vuelvas a buscarme.
Envió el mensaje y bloqueó el número.
Esta vez no necesitó esperar a que él dijera cómo pensaba seguir.
Ya lo sabía.
⁂
Patricia llegó cuando la ceremonia estaba cerca de terminar.
La encontró sentada en una banca del pasillo.
No le hizo preguntas de inmediato. Se agachó frente a ella y le entregó una botella de agua.
—Bebe un poco.
Alexandra obedeció.
—Me dijo que estaba solo.
Patricia la miró con atención.
—Lo sé.
—Se lo pregunté.
La voz se le rompió.
—Se lo pregunté otra vez anoche.
Su jefa permaneció junto a ella hasta que pudo continuar. Alexandra contó lo del hotel con frases cortas. Mientras hablaba, le pareció que estaba describiendo la vida de otra mujer.
Patricia se sentó a su lado.
—Puedo hacerme cargo. Lucía conoce el programa de la recepción y tú puedes irte a casa.
Alexandra miró hacia la puerta.
No quería atravesar otra vez aquel pasillo y que Fernando la viera salir destrozada. Tampoco quería dejar a María Elena esperando a una coordinadora que había desaparecido sin explicación.
—Necesito terminar —dijo.
Patricia tardó en responder.
—No tienes que demostrar nada quedándote.
—Ya sé.
Alexandra se limpió una lágrima con el dorso de la mano.
—Pero hoy no puedo volver a mi casa y quedarme esperando que acabe la noche. Quiero hacer lo que vine a hacer.
Su jefa asintió despacio.
—Entonces yo me quedo contigo. Y si cambias de opinión, nos reorganizamos.
Le tomó el bolso mientras Alexandra se levantaba.
⁂
María Elena salió de la iglesia entre aplausos.
Fernando iba a su lado. Alexandra esperaba junto al vehículo de los novios, con Lucía a unos pasos. Había pedido que su asistente se encargara de las indicaciones directas al novio.
Aun así, él la vio.
Su mirada se detuvo en ella mientras un fotógrafo pedía que ambos levantaran las manos entrelazadas.
Alexandra se concentró en la cola del vestido.
La acomodó para que no rozara el suelo mojado junto al automóvil.
—¿Todo bien? —preguntó María Elena.
Alexandra levantó los ojos.
—Sí. Vamos dentro del horario.
La novia sonrió. Fernando abrió la boca.
Patricia apareció a su lado.
—Los esperan en la hacienda —dijo—. El conductor ya tiene la ruta.
Alexandra se apartó.
No miró cómo el coche arrancaba.
⁂
En la recepción, cada tarea tenía una forma concreta.
Contar las mesas.
Confirmar las bebidas.
Revisar el micrófono.
Era más fácil sostener aquellas cosas que intentar entender por qué Fernando había elegido sentarse con ella la noche anterior cuando sabía lo que haría al día siguiente.
Alexandra recorrió el salón con la carpeta contra el pecho.
Las peonías estaban abiertas.
Los manteles caían hasta la altura prevista.
La mesa de los novios tenía dos sillas.
Se detuvo frente a ellas y recordó a Fernando montando la mesa de su departamento. Había mencionado a Griselda, a su madre, a sí mismo como invitado.
Alexandra se volvió antes de que el recuerdo la inmovilizara.
—Faltan dos copas aquí —indicó al capitán de meseros.
Él las llevó enseguida. Patricia la observaba desde la entrada.
No la seguía a todas partes, pero Alexandra sabía dónde encontrarla.
⁂
Fernando intentó hablarle durante las fotografías en el jardín.
María Elena estaba con su madre, corrigiendo un broche del vestido. Él se separó del grupo y alcanzó a Alexandra junto a una mesa de apoyo.
—Necesito explicarte.
Ella siguió revisando una lista.
—Vuelve con el fotógrafo.
—Por favor.
Alexandra levantó la cabeza.
Era la primera vez que lo tenía cerca desde la víspera.
Llevaba el anillo.
—Sabías que yo estaba organizando esto.
Fernando miró hacia el jardín.
—Había contratos firmados, familias involucradas. No podía deshacerlo todo de un día para otro.
—Tuviste meses.
—Las cosas con ella…
—No me hables de ella.
Él bajó la voz.
—Intenté mantener las cosas separadas hasta encontrar cómo resolverlas.
Alexandra sintió una náusea intensa.
La misma frase.
La misma pretensión de conservarla mientras elegía otra vida delante de todos.
—No vuelvas a tocarme —dijo.
Fernando había extendido una mano hacia su brazo. La retiró.
—Podemos hablar después.
—No.
—Hoy no es un buen momento para tomar una decisión definitiva.
Alexandra sostuvo su mirada.
—Ya decidí.
Patricia se acercó.
—Lo necesitan para las fotografías, señor Robles.
Fernando miró a ambas.
Pareció entender que ya no podía tratarla como si estuvieran solos en un cuarto.
Regresó al jardín.
Alexandra esperó a que se alejara para respirar.
⁂
Durante la cena, María Elena buscó su mano.
Alexandra había llegado a la mesa principal para confirmar el momento de los discursos.
—Siéntate un ratito —le pidió la novia—. No has parado.
—Tengo que revisar una cosa con el grupo.
María Elena apretó sus dedos.
—Todo está precioso.
Alexandra miró las flores detrás de ella. Fernando permanecía callado.
Había una copa intacta frente a él.
—Me alegra que te guste —respondió.
La novia giró hacia su esposo.
—Te dije que Alexandra sabía exactamente lo que quería.
Fernando levantó la mirada.
—Sí.
Alexandra retiró con suavidad la mano.
—Lucía va a venir por ustedes cuando sea el primer baile.
Se alejó antes de que pudiera decir algo más.
En un corredor de servicio encontró una silla vacía y se sentó.
Patricia llegó poco después.
—¿Te vas?
Alexandra negó.
No pudo hablar durante un rato.
Su jefa le dejó un plato pequeño con comida.
—Dos bocados, por lo menos.
Alexandra sostuvo el tenedor.
Tenía el estómago cerrado, pero comió.
Después bebió agua y volvió al salón.
⁂
El primer baile empezó a las nueve y veinte.
Alexandra había comprobado aquella canción durante los preparativos. María Elena quería que la iluminación bajara en el primer verso y que un foco cálido siguiera a la pareja.
Todo ocurrió como estaba planeado.
Fernando puso una mano en la cintura de su esposa. Ella apoyó la cabeza cerca de su hombro.
Los invitados levantaron los teléfonos.
Alexandra dio la indicación de encender las luces pequeñas colocadas alrededor de la pista. Su voz salió firme por el radio.
Luego se quedó mirando el control que tenía en la mano.
Había hecho posible cada detalle de aquella escena.
Fernando había reconocido su fotografía en el folleto y preparado cada ausencia. Alexandra no conocía aún todos los detalles de esa maniobra, pero ya podía nombrar lo esencial: él había sabido que ella estaría allí. Pensarlo le permitió seguir dando indicaciones sin aceptar que aquella pista de baile demostrara un defecto suyo.
⁂
Cuando sirvieron el pastel, Fernando volvió a acercarse.
La encontró junto a la salida de la cocina.
—No me has dejado decirte lo que siento.
Alexandra miró detrás de él. María Elena hablaba con unos familiares al otro lado del salón.
—Hoy te casaste —respondió—. Eso también dice lo que elegiste.
Fernando se pasó una mano por el rostro.
—Con ella es distinto.
Alexandra sintió cansancio antes que sorpresa.
—No sigas.
—Tú sabes que entre nosotros hay algo que…
—No sigas —repitió.
Él guardó silencio. Alexandra sostuvo la carpeta contra el cuerpo.
—Anoche me dijiste que no había nadie más. No fue una confusión. No fue que yo entendiera mal.
Fernando bajó los ojos.
—Lo siento.
Ella lo observó durante unos segundos.
Después señaló el salón.
—Tu esposa te está buscando.
Él no se movió. Patricia apareció en el corredor y permaneció junto a Alexandra.
Fernando volvió por fin a la fiesta.
La recepción terminó después de las dos.
María Elena abrazó a Alexandra antes de irse.
—Cuando vuelva del viaje te escribo. Quiero que tengas las fotografías.
Alexandra asintió.
Durante aquel abrazo pensó en decirle la verdad. No había dejado de pensarlo desde la iglesia.
Pero la jornada entera había sido un esfuerzo por mantenerse de pie. No podía iniciar entonces una conversación que merecía hacerse con claridad y pruebas, lejos del ruido.
No le prometió guardar silencio para siempre.
Solo consiguió despedirse.
Fernando quiso acercarse después. Patricia se interpuso con una pregunta sobre el traslado de unas pertenencias.
Alexandra aprovechó para volver al almacén.
Allí comprobó la última caja de materiales y firmó la entrega.
La boda había terminado.
⁂
Patricia la llevó a casa.
Durante el trayecto, Alexandra miró las calles vacías sin hablar.
Al detenerse frente al edificio, su jefa apagó el motor.
—Mañana descansas.
Alexandra asintió.
—Y el lunes vemos lo demás.
—Gracias por quedarte.
Patricia le apretó el hombro.
Antes de bajar, Alexandra sacó el teléfono.
Tenía un mensaje de Fernando desde un número desconocido.
No renuncies a nosotros por esto. Cuando regrese necesito verte.
Lo leyó una sola vez.
Hizo una captura y bloqueó el número.
Dentro de su departamento, dejó las llaves sobre la mesa que él había montado.
Se quitó los zapatos. Apagó la luz de la sala y entró en su habitación.
Solo allí, cuando ya no quedaba ninguna indicación que dar ni nadie esperando que resolviera algo, dejó de sostenerse.
Se sentó en el suelo, junto a la cama, y lloró hasta que amaneció.