Capítulo 10 de 25

Las cosas que dejó de celebrar

El lunes, Alexandra llegó a la agencia con una carta doblada dentro del bolso.

Patricia estaba revisando unas facturas cuando la vio entrar.

—Te dije que podías tomarte unos días más.

Alexandra cerró la puerta.

—Necesito hablar contigo.

Su jefa apartó los documentos y señaló la silla de enfrente. Alexandra no se sentó enseguida. Había ensayado aquella conversación durante toda la madrugada, pero ahora las frases parecían demasiado grandes para el espacio de la oficina.

Sacó la carta.

Patricia la miró antes de tomarla.

—¿Estás renunciando?

Alexandra asintió.

Se sentó entonces, como si la pregunta hubiera terminado de quitarle las fuerzas.

—No puedo seguir organizando bodas.

Su jefa dejó la hoja sobre el escritorio sin leerla.

—Podemos cambiarte de área. Tenemos congresos, aniversarios de empresas, cenas…

—Lo sé.

—También puedes descansar.

Alexandra miró hacia la pared donde estaban las fotografías de los últimos montajes.

En una aparecía ella acomodando una mesa. En otra, sonreía junto a una pareja que le había regalado una carta de agradecimiento.

No odiaba aquel trabajo.

Esa era la parte que más le dolía.

—Ahora mismo no quiero estar aquí —dijo—. Sé que no es culpa de la agencia. Pero entro y empiezo a recordar cosas que no puedo detener.

Patricia guardó silencio.

—No quiero perderte por una decisión que tomes sin dormir.

Alexandra sostuvo las manos entre las rodillas.

—No he dejado de pensarlo desde el sábado. Y llevaba tiempo agotada, aunque no quería aceptarlo.

Su jefa leyó por fin la carta.

—No voy a pedirte que te quedes a cualquier precio —dijo—. Pero sí necesito que hagamos una entrega ordenada. Y quiero que sepas que podrías volver a hablar conmigo cuando estés mejor.

Alexandra sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Gracias.

Patricia dejó la hoja junto a las facturas.

—Hoy no atendemos ninguna cita tuya. Primero vemos qué necesitas entregar.

⁂

Permaneció dos semanas más.

Preparó carpetas, explicó presupuestos y dejó anotaciones para las compañeras que recibirían sus eventos. Evitó las reuniones con novias siempre que fue posible.

Una tarde, Lucía encontró a Alexandra inmóvil frente a una lista de invitados.

—¿Quieres que siga yo?

Ella le entregó la hoja.

No intentó aparentar que podía con todo.

La última vez que pasó por el almacén, revisó una caja donde aún quedaban cintas y muestras de las flores de María Elena.

Cerró la tapa sin detenerse.

El viernes de su despedida, sus compañeras compraron pan y pusieron café en la sala de juntas.

Nadie pronunció un discurso.

Patricia le entregó un sobre con el pago de cierre, el desglose de lo que le correspondía y una tarjeta personal.

—Mi número no cambia —dijo.

Alexandra la abrazó.

Al salir, llevaba una caja pequeña con sus cosas: una taza, un cuaderno, una fotografía con Griselda y la regla metálica que usaba desde la universidad.

Bajó la escalera despacio.

Durante años había salido de aquella oficina pensando en todo lo que tendría que resolver al día siguiente.

Ahora no había un día siguiente previsto.

⁂

Fernando regresó de su viaje de bodas a finales de octubre. Alexandra lo supo porque recibió un correo enviado desde una cuenta que no conocía.

Necesito hablar contigo. No he dejado de pensar en ti.

No respondió.

Él mandó otro dos días después.

No puedes borrar todo lo que vivimos.

Alexandra hizo una copia y cerró el correo.

El tercer mensaje llegó un domingo por la tarde.

Estoy abajo.

Se acercó a la ventana.

Fernando esperaba frente al edificio.

Llevaba la misma chamarra con que había ido a recogerla tantas veces.

Alexandra lo miró sin que él pudiera verla.

El teléfono empezó a vibrar. Un número nuevo.

Contestó.

—Vete.

Fernando levantó la cabeza hacia las ventanas.

—Solo necesito cinco minutos.

—No voy a bajar.

—Entonces escúchame.

Alexandra permaneció junto a la cortina.

Podía cortar. Lo sabía.

Pero había algo que todavía necesitaba confirmar, aunque conociera la respuesta.

—¿Qué quieres de mí?

Él tardó unos segundos.

—Volver a verte.

—Estás casado.

—Eso no cambia lo que siento.

Alexandra cerró los ojos.

—Sí cambia lo que puedes pedirme.

Fernando bajó la voz.

—María Elena y yo estamos ajustándonos. No puedes esperar que un matrimonio funcione de inmediato en todos los aspectos.

La rabia le devolvió fuerzas.

—Llevas semanas casado.

—Precisamente ahora me estoy dando cuenta. Ella es una buena mujer. Es decente, quiere una familia. Pero en la intimidad…

—No me cuentes eso.

—Contigo era distinto.

Alexandra apretó el teléfono.

A través de la ventana lo veía caminar unos pasos y regresar al mismo sitio, como si su espera lo convirtiera en alguien que merecía ser escuchado.

—¿Y por eso me elegiste para esconderme? —preguntó.

—No te escondía.

—Ni siquiera conocía tu nombre completo.

Fernando se quedó quieto. Ella continuó:

—Me preguntaste por mis planes. Cenaste con mis amigos una vez. Dormiste en mi casa. Sabías exactamente quién era yo. Tú decidiste qué partes de tu vida podía conocer.

—Si te lo decía de golpe, no me habrías dado oportunidad de explicar las circunstancias.

Alexandra se apartó de la ventana.

—Me mentiste para poder seguir acostándote conmigo mientras preparabas una boda con otra mujer.

—No fue solo eso.

—Entonces debiste tratarme de otra manera.

Fernando no respondió. Alexandra volvió a mirar hacia abajo.

—No quiero que regreses. Si vienes otra vez, no voy a salir y voy a pedir ayuda para que te retires.

—¿Así vas a terminarlo?

Ella respiró despacio.

—Lo terminé el día de tu boda.

Cortó.

Esperó varios minutos antes de volver a asomarse.

Fernando ya no estaba.

A María Elena le escribió en noviembre.

No lo hizo durante una noche de rabia. Primero reunió las conversaciones que demostraban la relación y las revisó con Griselda. Quitó mensajes íntimos que no aportaban nada y conservó fechas, invitaciones y las respuestas en que Fernando negaba estar con otra persona.

Antes de enviar nada, Alexandra separó también lo que sabía de lo que suponía. No iba a describir el matrimonio de María Elena ni a asegurar lo que Fernando sentía. Podía hablar de sus propios encuentros y demostrar las mentiras que le había dicho a ella. Esa diferencia le ayudó a escribir sin repetir la forma en que él hablaba por las dos.

Alexandra redactó una carta breve.

Le explicó que conocía a su marido como Fernando Salcedo, que habían empezado a salir meses antes de la boda y que ella había preguntado directamente si tenía pareja.

También escribió lo ocurrido la víspera.

No pidió perdón por haber deseado a un hombre al que creía libre. Sí reconoció que, después de descubrir la verdad en la iglesia, no había podido hablar.

No te escribo para pedirte que hagas algo determinado. Te escribo porque no quiero seguir decidiendo por ti qué puedes saber.

Releyó aquella frase varias veces.

Después envió el correo a la dirección que María Elena había usado durante los preparativos.

No adjuntó todas las pruebas. Incluyó unas pocas y ofreció compartir el resto si ella lo necesitaba.

La respuesta llegó cuatro días después.

Recibí tu mensaje. Necesito tiempo. Por favor, no me contactes otra vez por ahora.

Alexandra contestó únicamente que respetaría su petición.

Luego guardó la conversación.

No supo qué sucedió en aquel matrimonio.

Dejó de buscarlo.

⁂

Encontró trabajo en una empresa de servicios administrativos antes de terminar el año.

El puesto no tenía nada que ver con flores ni ceremonias. Coordinaba agendas, organizaba archivos y daba seguimiento a entregas.

Ganaba menos.

Durante un tiempo agradeció que las tareas no exigieran sonreír frente a una pareja enamorada.

Llegaba a casa a la misma hora casi todos los días. Preparaba algo de comer, lavaba su uniforme y veía una serie sin recordar después el argumento.

La tranquilidad se parecía demasiado al vacío.

Griselda empezó a visitarla los miércoles.

A veces llevaban cena. Otras caminaban hasta una tienda por pan.

—No tienes que conocer a nadie —le dijo una noche—. Pero sí tienes que seguir saliendo de aquí.

Alexandra se acomodó una manta sobre las piernas.

—Todos terminan queriendo lo mismo.

Griselda la observó.

—Esos dos quisieron lo mismo.

—No me pidas que haga otra distinción ahora.

Su amiga asintió.

No discutió más.

Cuando se fue, Alexandra se quedó pensando en su propia frase. Había sentido la necesidad de encerrar a todos los hombres dentro de una explicación que le permitiera mantenerse lejos.

Todavía no sabía vivir sin esa defensa.

⁂

Volvió a buscar apoyo psicológico.

Esta vez no llegó preguntando cómo dejar de amar a Fernando.

Llegó diciendo que ya no quería sentir nada por nadie.

La psicóloga le preguntó qué otras cosas había dejado de hacer.

Alexandra enumeró algunas: ver a ciertos amigos, comprar flores, escuchar música mientras cocinaba.

Al mencionarlas se sorprendió.

Ninguna pertenecía a Fernando.

Eran suyas desde antes.

Recuperó primero la música.

La puso una tarde mientras limpiaba la cocina. Una canción la hizo llorar y la dejó terminar, sin apagarla.

Después compró una planta pequeña.

No flores blancas. Una planta de hojas verdes para la ventana.

Cada mañana comprobaba la tierra antes de regarla.

La rutina no solucionó su dolor. Le ofreció algo sencillo que cuidar sin tener que adivinar una mentira.

⁂

Los meses se convirtieron en años.

Alexandra cumplió veintinueve en casa de su madre.

Su tía Beatriz quiso preguntarle si no pensaba casarse, pero su madre cambió de conversación antes de que terminara.

Griselda llegó tarde, con una tarta y el cabello deshecho por el viento.

Después de varios intentos consiguieron encender las velas. Alexandra las sopló mientras su madre y Griselda aplaudían, riéndose del esfuerzo que había costado mantener aquellas pequeñas llamas.

Alexandra se rio hasta que le dolió el estómago.

Aquella noche, ya en su departamento, recordó que había pasado varias horas sin pensar en ninguno de los dos hombres.

No hizo de ello una promesa.

Se quitó los zapatos y puso agua para té.

⁂

Un sábado de marzo, Griselda la invitó a comer con un grupo de antiguos compañeros.

Alexandra estuvo a punto de negarse.

Había lavado las sábanas y planeaba pasar la tarde leyendo. Además, no tenía ganas de contestar preguntas sobre su vida.

—Nadie va a interrogarte —aseguró Griselda—. Y si alguien lo intenta, le doy tu lista de pendientes para que se entretenga.

Alexandra sonrió.

—Una comida.

—Una comida.

El restaurante estaba lleno.

Griselda se había retrasado, así que Alexandra llegó sola. Reconoció a dos personas en la mesa y se acercó.

Un hombre se levantó para mover una silla.

—Aquí hay lugar.

Ella agradeció y dejó el bolso.

No lo conocía.

Tenía una voz tranquila y llevaba un reloj gastado, con una pequeña marca en la correa.

—Soy Alfredo —dijo.

Alexandra le dio su nombre. Él no preguntó si tenía novio ni por qué había llegado sola. Le pasó la carta y le advirtió que uno de los platos tardaba demasiado.

Ella sonrió con educación.

Después miró hacia la entrada, esperando a Griselda.

Todavía no sintió nada.

Por eso, cuando Alfredo le preguntó si quería compartir una jarra de agua, respondió sin miedo.

—Sí. Gracias.

Y por un rato, aquella tarde solo fue una comida.