Capítulo 11 de 25

La calma tenía otro nombre

Griselda no llegó a aquella comida.

Llamó cuando Alexandra ya había pedido.

—No me vas a creer —dijo—. Se descompuso el coche de mi mamá. Estoy esperando la grúa con ella.

Alexandra miró la silla que habían reservado a su lado.

—¿Están bien?

—Sí. Enojadas, pero bien. Quédate. Luego me cuentas qué tal.

Al guardar el teléfono, Alexandra sintió el impulso de inventar una excusa y marcharse también.

Alfredo señaló la jarra que acababan de llevar.

—¿Tu amiga no viene?

—Tuvo un problema con el coche.

—¿Quieres que te pasemos algo para llevar?

La pregunta la hizo sonreír.

—Todavía no he decidido escapar.

—Avísame. Soy bueno envolviendo sobras.

Alfredo había llegado con Esteban, uno de los antiguos compañeros. Trabajaban en empresas que colaboraban en proyectos de distribución y se conocían desde hacía poco. No había estudiado con ellos ni conocía a Griselda.

Alexandra se relajó durante la comida.

Alfredo habló menos que los demás. Cuando alguien contó por tercera vez una anécdota universitaria, él escuchó con paciencia. También ayudó a repartir los platos que habían pedido al centro sin hacer de aquel gesto una presentación de sí mismo.

Al despedirse, preguntó si podía escribirle.

Ella sostuvo el bolso contra el cuerpo.

—Podemos hablar.

—Eso me parece un buen comienzo.

Le dio su número.

Después, camino a casa, se preguntó por qué lo había hecho.

No encontró una razón alarmante. Le había caído bien.

Decidió permitir que eso bastara por el momento.

⁂

Alfredo le escribió dos días después.

No envió un cumplido ni una pregunta sobre sus planes del fin de semana. Le mandó una fotografía de un perro dormido atravesando la entrada de una tienda.

Supervisor de acceso. No pude entrar.

Alexandra se rio sola frente a la pantalla.

Seguro te faltó presentar identificación.

La conversación siguió durante unos minutos.

Después él se despidió porque tenía que volver al trabajo.

A Alexandra le gustó no sentirse obligada a mantenerlo entretenido.

Durante las semanas siguientes hablaron casi todos los días, pero sin largas declaraciones. Alfredo trabajaba en la coordinación comercial de una empresa de distribución. Viajaba con frecuencia y tenía horarios irregulares.

Cuando hubo que completar los datos para una reserva, Alexandra lo anotó como Alfredo Mendoza, el nombre con que se presentaba en Morelia. Él no corrigió el formulario. No necesitaba inventar un apellido: bastaba con dejar fuera lo que cada persona todavía no sabía.

Le preguntó por su empleo.

Ella explicó que organizaba agendas y revisaba entregas.

—Pensé que Esteban había dicho algo de eventos.

Alexandra miró el mensaje antes de responder.

Trabajé en eso varios años.

¿Ya no te gustó?

Tardó en escribir.

Me gustaba mucho. Lo dejé por otras razones.

Alfredo no insistió.

Cambió de tema.

Ella agradeció aquella discreción.

⁂

La primera salida fue a una librería con cafetería.

Alexandra escogió el lugar y llegó diez minutos antes. Mientras esperaba, revisó el teléfono, aunque no tenía ningún mensaje pendiente. Alfredo apareció con la camisa un poco arrugada.

—Perdón. No quería llegar tarde y sacrifiqué la elegancia.

—Llegaste a tiempo.

—Entonces valió la pena.

Hablaron de libros que habían abandonado a la mitad, de ciudades que no conocían y de la dificultad de dormir cuando uno llevaba todo el día sentado.

Alfredo no parecía intentar impresionarla.

Eso le permitió escuchar sin estar preparando una defensa.

Antes de irse, Alexandra decidió preguntar.

—¿Estás casado?

Él negó.

—No.

—¿Tienes pareja?

—Tampoco.

Ella asintió. Alfredo la observó, pero no sonrió.

—¿Quieres preguntarme algo más?

Alexandra miró el borde de su taza.

—Quizá después.

—Cuando quieras.

No dijo que con él podía estar tranquila.

No prometió ser diferente de nadie.

Aquella ausencia de promesas le pareció, extrañamente, una razón para creerle.

⁂

Griselda consiguió un empleo en Querétaro a principios de mayo.

Había enviado solicitudes durante meses. Cuando recibió la oferta, llamó a Alexandra tan emocionada que casi no consiguió explicar el puesto.

Celebraron cenando en su departamento.

Después del brindis, las dos permanecieron calladas.

La mudanza ocurriría en tres semanas.

—No es otro país —dijo Griselda.

Alexandra recogió una servilleta.

—Ya sé.

—Y voy a venir.

—También lo sé.

Su amiga se acercó a ella.

—Entonces pon otra cara. Parece que me voy a morir.

Alexandra soltó una risa y la abrazó.

La ayudó a empacar libros, ropa y una colección de tazas que ocupaba más espacio del razonable.

Durante una de esas tardes, Griselda preguntó por Alfredo.

—¿Siguen hablando?

—Sí.

—¿Te gusta?

Alexandra dobló una blusa.

—Me cae bien.

Su amiga levantó una ceja.

—Esa respuesta ya la escuché.

—No voy a adelantarme.

Griselda aceptó la cautela sin discutir.

No conocía a Alfredo. Aquella comida a la que no pudo llegar había sido su única oportunidad de coincidir con él, y Alexandra todavía no tenía una relación que quisiera presentar.

Pensaron que habría tiempo.

⁂

Alfredo la besó a finales de junio.

Habían ido al cine y después caminaron hasta una plaza. Alexandra se sentó en el borde de una jardinera mientras él compraba dos botellas de agua.

Al volver, le entregó una y permaneció frente a ella.

—Me gusta estar contigo.

Alexandra giró la tapa sin abrirla.

—A mí también.

Alfredo se inclinó un poco. Ella levantó el rostro.

El beso fue suave, y aun así le hizo sentir una alegría que llevaba mucho tiempo evitando.

Cuando él se apartó, Alexandra mantuvo los ojos cerrados unos segundos.

No estaba pensando en Rafael ni en Fernando.

Por primera vez en años, aquel espacio parecía pertenecer solamente al presente.

⁂

La intimidad llegó unas semanas después.

Alfredo había ido a cenar a su departamento. Prepararon algo sencillo y discutieron, entre risas, sobre quién había quemado una parte de las verduras.

Más tarde, mientras lavaban los platos, él le rozó la nuca con los labios.

Alexandra dejó una taza en el escurridor y se volvió.

Lo besó.

Cuando se separaron, él buscó su mirada.

—¿Estás bien?

—Sí.

Ella no sintió que tuviera que repetir el discurso que había tenido con Fernando. Tampoco quería fingir una espera que no deseaba.

Hablaron de protección y de lo que necesitaban para estar cómodos.

Alexandra le pidió una sola cosa.

—Si un día no quieres seguir conmigo, dímelo.

Alfredo le acarició la mano.

—Claro.

Ella sostuvo sus dedos.

Quería que aquel acuerdo sencillo tuviera valor.

Esa noche se permitió disfrutarlo.

A la mañana siguiente, Alfredo preparó café y salió a comprar pan.

Alexandra lo escuchó volver y sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

No había huido antes del desayuno.

Todavía estaba allí.

⁂

Los primeros meses fueron amables.

Alfredo le llevaba noticias absurdas de sus viajes y pequeñas cosas que encontraba en el camino: un separador de libros, una bolsa de dulces, una postal que había comprado en una terminal.

Ella volvió a cocinar con música.

A veces él la ayudaba. Otras se sentaba en la cocina y le contaba el día.

Una tarde, Alexandra le habló de la agencia.

No de Fernando todavía. De Patricia, de los montajes, de lo que sentía al entrar en un salón vacío y verlo transformarse poco a poco.

—Se nota que lo extrañas —dijo Alfredo.

Ella cortó un tomate.

—Extraño algunas partes.

—Podrías organizar otra clase de cosas.

Alexandra dejó el cuchillo.

Era una idea que otras personas le habían sugerido. Escucharla de él le resultó agradable porque no sonó a presión.

—Tal vez.

Alfredo no insistió.

Le pasó un plato limpio y siguieron preparando la cena.

⁂

Con Griselda hablaba por teléfono varias veces a la semana.

Al principio, su amiga apenas tenía tiempo para acomodar el departamento nuevo. Después empezó a contarle del trabajo, de una vecina amable y de lo difícil que era encontrar un taller de confianza.

Alexandra escuchaba desde su cocina o mientras caminaba hacia la oficina.

En septiembre, Griselda le habló de un hombre.

—Se llama Daniel.

Alexandra sonrió.

—Eso lo dijiste muy rápido.

—Porque si me detenía, me daba pena.

Se habían conocido durante una actividad de proveedores de la empresa. Él vivía en otra ciudad, pero visitaba Querétaro por trabajo.

—Todavía no sé qué va a pasar —añadió Griselda.

Alexandra reconoció la cautela.

—No tienes que saberlo hoy.

—Mira quién está dando buenos consejos.

Ambas se rieron.

Griselda quiso saber cómo seguía Alfredo.

—Bien —respondió Alexandra.

Esta vez lo dijo sin apresurarse a enumerar razones.

—Mándame una foto —pidió Alexandra.

—Tengo una donde casi no salgo yo. Cuando llegue a casa busco otra.

Griselda envió aquella noche una imagen de la mesa del restaurante. En un extremo aparecían su propia mano y la manga del hombre que estaba enfrente.

Alexandra respondió con una broma sobre la cantidad de platos. Dos días después preguntó si viajarían juntos a Morelia. Griselda dijo que sí, en cuanto pudieran hacer coincidir sus días libres.

Daniel había ofrecido tomar la primera fotografía porque Griselda estaba avergonzada de pedirle una de los dos. Ella aceptó. Todavía llevaban pocas semanas saliendo; la presentación pendiente les pareció una forma mejor de completar lo que faltaba.

⁂

En octubre, Alexandra conoció una sombra nueva en Alfredo.

Estaban viendo una película. Una mujer en la pantalla se reencontraba con un antiguo amante y lo besaba después de una discusión.

Alfredo hizo una mueca.

—Por eso luego nadie las toma en serio.

Alexandra se volvió.

—¿A quiénes?

Él señaló el televisor.

—A mujeres así. Ni se da tiempo de conocer al tipo.

Alexandra dejó el cojín que tenía sobre las piernas.

—Pero él también la está besando.

—Sí, bueno. Él es otra cosa.

Ella lo miró. Alfredo notó su expresión y sonrió, buscando suavizar el comentario.

—Es una película. No empieces a analizarme por eso.

Alexandra no sonrió.

—No te estoy analizando. Te estoy preguntando por qué para ella significa algo malo y para él no.

Él tomó el control y bajó el volumen.

—No dije que fuera malo. Solo que una persona tiene que darse su lugar.

Aquella frase le produjo un frío inmediato.

Alfredo lo vio.

—No estoy hablando de ti.

Alexandra apartó los ojos.

Eso también lo había escuchado antes.

⁂

Esa noche le contó parte de su historia.

Lo hizo sin detalles íntimos ni nombres. Habló de dos hombres que habían negado otras relaciones y después quisieron conservarla a escondidas.

Alfredo escuchó con el ceño fruncido.

—Yo nunca haría algo así.

Alexandra se abrazó las rodillas.

—No necesito que me lo prometas. Necesito que entiendas por qué esos comentarios me duelen.

Él se acercó.

—Está bien. No los voy a hacer.

Durante unos segundos ella no supo si había sido escuchada o solamente calmada.

Después Alfredo la abrazó y Alexandra apoyó la cabeza en su hombro.

Estaba cansada de vigilar cada palabra.

Deseaba que una conversación bastara para resolver algo.

⁂

Alfredo viajó a Querétaro la semana siguiente.

Antes de subir al autobús, le envió un mensaje a Alexandra.

Te llamo cuando llegue.

En la terminal lo esperaba Griselda.

Al verlo, dejó la bolsa que llevaba sobre una banca y se acercó sonriendo.

—Daniel.

Él la abrazó.

Se llamaba Alfredo Daniel Mendoza Reyes. En Querétaro usaba Daniel desde antes de conocer a Griselda, igual que varios de sus contactos de aquella ruta. Ella conocía sus nombres completos; lo llamaba Daniel porque así se había presentado. La diferencia, cotidiana para él, todavía no era una maniobra contra las amigas: Alfredo aún no sabía quién era Alexandra para Griselda.

Griselda le habló durante el trayecto hasta su departamento. Quería preparar algo de cenar y había comprado los ingredientes de una receta recomendada por su mejor amiga.

—Alexandra dice que si sigo bien los tiempos, no puedo arruinarlo.

Él miró hacia la ventanilla.

Ya había escuchado aquel nombre varias veces.

Aún no había visto una fotografía que le permitiera comprender el peligro.

—Entonces vamos a confiar en Alexandra —respondió.

Griselda le tomó la mano.

En otra ciudad, Alexandra ponía agua para café y esperaba una llamada.